Un misterio de la ciudad: esos rieles en los que alguna vez pasó un tranvía; esas vías inútiles que en una calle cualquiera emergen de pronto del asfalto, corren algunos metros y vuelven a desaparecer, como si se sumergieran en la nada.

Me gustan esas vías inútiles. Son como cicatrices. Navajazos de plata en el rostro de la urbe. Cuando se me atraviesa alguna, procuro imaginar la cantidad de vidas, de seres que aquellos rieles transportaron: fantasmas en un tranvía que ya no pasa.

Un tranvía con destino al Zócalo pasa por el cruce de las avenidas Jalisco y Revolución, antes llamadas Juárez y Morelos, en Tacubaya. Esta histórica localidad fue el primer destino al que llegó el tranvía eléctrico en enero de 1900; en la fotografía, cercana a 1920, se aprecia una serie de construcciones que desaparecieron al ensanchar la avenida, y del lado izquierdo se alcanza a ver la antigua residencia de la familia Mier, que poco después fue reemplazada por el Edificio Ermita. Hoy por este sitio pasa la línea 2 del Metrobús.

Un tranvía con destino al Zócalo pasa por el cruce de las avenidas Jalisco y Revolución, antes llamadas Juárez y Morelos, en Tacubaya. Esta histórica localidad fue el primer destino al que llegó el tranvía eléctrico en enero de 1900; en la fotografía, cercana a 1920, se aprecia una serie de construcciones que desaparecieron al ensanchar la avenida, y del lado izquierdo se alcanza a ver la antigua residencia de la familia Mier, que poco después fue reemplazada por el Edificio Ermita. Hoy por este sitio pasa la línea 2 del Metrobús.

 

El 15 de enero de 1900 hubo un desayuno en el restaurante Chapultepec. Con aquel desayuno, el gobierno de Porfirio Díaz inauguró en la ciudad de México el primer servicio de tranvías eléctricos. Se trataba de nueve trenes dotados de cortinillas para tapar el sol (el lujo llevado a sus últimas consecuencias) y manejados por conductores vestidos con “bonitas cachuchas y limpios uniformes azules con botones dorados”.

La gente llamaba a aquellos armatostes “los eléctricos”. Hacían 40 minutos del Zócalo a Azcapotzalco, en una época en la que el tranvía de mulitas solía cubrir la misma ruta en hora y media. La prensa se escandalizaba porque en los nuevos trenes cabían ¡hasta 30 personas!, lo que hacía que el pasajero viajara “bastante oprimido”.

En El nicho iluminado hay una crónica extraordinaria de Carlos González Peña que relata cómo cada “eléctrico” tenía su propia personalidad, puesto que la fisonomía de los pasajeros iba cambiando según la hora en que se le abordara: el de las seis de la mañana lo tomaban los lecheros, los repartidores de periódicos, los trabajadores modestos “y las muchachitas de medias fruncidas”. El de las nueve se atestaba de burócratas que miraban constantemente el reloj, “y a los que las orejas se les ponían rojas sólo de pensar en las consecuencias del retardo”. El de las 11, en cambio, era “aristocrático y de mejor trapío”: lo abordaban damas con zorros en el cuello que iban de compras a los almacenes, y magnates que fumaban puro y querían evitarse la molestia de ir al centro en auto propio.

Como pertenezco a la generación del Metro, la Ballena y el Delfín, crecí escuchando los lamentos de mis abuelos y mis padres por la desaparición del “eléctrico”. Crecí oyendo cómo se dolían porque el placer de atravesar la ciudad había cedido a las urgencias despiadadas del transporte de masas: “La rapidez, que es virtud, engendra su vicio, que es la prisa”.

No imaginé que muchos años antes los hombres de otro tiempo hubieran lamentado —esgrimiendo los mismos argumentos— la llegada del “eléctrico”, que se llevaba para siempre un modo de vida asociado al paso del caballo. A Ernesto Espinosa Porset le tocaron los últimos viajes en tranvía de mulitas, cuando “México era un encanto” y el diablo no había introducido aún la tracción por electricidad. En un artículo publicado en 1962 en la revista del Banco de México, Espinosa recuerda que los cocheros vestían de charro y hacían “correr a chiflidos, picardías y latigazos, a las pobres mulitas, no muy bien alimentadas”.

“Resuenan los campanazos que da con el pie el cochero en cada esquina; los chicotazos a las bestias y los timbrazos del pasajero pidiendo parada. Cada vez que el tranvía se detiene rezongan las ruedas, chirrían los frenos. En algunos lugares remudaban el tronco de mulas: en el Tívoli del Eliseo, más adelante en Tacuba, por último en los Reyes”, relata.

El artículo de Espinosa deja que se asome una era en la que el transporte público hacía parada donde fuera, no solamente en las esquinas, por lo que era común “que desde el balcón de las casas las señoras le gritaban al cochero: ‘¡Espéreme, por favor!’… ¡Y el cochero las esperaba!”.

Cada día se subían al tranvía las mismas personas. El autor de la crónica se encontraba siempre a Trinidad Sánchez Santos, director del periódico El País, y al intendente del Palacio Nacional —que luego murió trágicamente durante la Decena Trágica—, Adolfo Bassó. Los pasajeros se sentaban uno frente a otro —y no como en nuestros tiempos, uno detrás de otro—, por lo que era fácil que en aquellos trayectos se entablaran charlas generalizadas y se fuera estableciendo una especie de camaradería: “Era uno amigo o por lo menos bien conocido de los pasajeros”.

De pronto el gobierno de Díaz inauguró los “eléctricos”, y 30 personas tuvieron que apretujarse en un vagón. El tiempo de los trayectos se redujo y el tranvía dejó de parar en cualquier parte para hacerlo sólo en las esquinas. La rapidez engendró la prisa, y los pasajeros no pudieron ya sentarse uno frente al otro.

“Antes se iba al trabajo, se volvía del trabajo y entretanto la vida alcanzaba para muchas cosas”, escribió Espinosa Porset.

Pero entonces la vida se electrificó. Los modernos hombres del porfiriato se apretujaron en los “eléctricos”, sin sospechar que un día, de aquellos elegantes trenes, sólo quedarían los rieles.

Esos hombres modernos también se fueron. Sólo son fantasmas dentro de un tranvía que ya no pasa.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

5 comentarios en “Fantasmas en un tranvía que ya no pasa

  1. Conforme avanzo en la lectura seleccionada por Nexos me convenzo del tino del título del libro que inevitablemente me llama para disfrutarlo en lecturas que me permitan respirar esa simultaneidad de historias que viven y nos condensan como estos fantasmas que ahora sí existen porque no existen.
    Cada vez más sentirnos parte de la ciudad de México y darnos cuenta como sus edades, espacios, y leyendas nos van mostrando…

  2. Esta entrada me recuerda un poema de Xavier Villaurrutia. Hacia mediados de los años veinte, los tranvías paraban en el Zócalo de la ciudad de México. Villaurrutia, que vivía en un departamento de Brasil 42, les escribió algunos versos durante sus noches de insomnio:

    “Lejanos, largos
    —¿de qué trenes sonámbulos?—,
    se persiguen como serpientes,
    ondulando.”

    O también:

    “Casas que corren locas
    de incendio, huyendo
    de sí mismas,
    entre los esqueletos de las otras
    inmóviles, quemadas ya.”

  3. el tranvía un recuerdo que queda en la mente de aquellos que lo vivieron.
    Hoy en en día no podemos hablar de algo así tan bello, nadamos recuerdo los chimecos y él ruta 100.

  4. Nací en 1953 y creo que mi generacion tiene la peculiaridad de que hemos vivido cambios tecnologicos importantes del siglo XX y XXI.
    Me ha tocado transportarme en las ciudades en las que he vivido en México en tranvías,
    trolebus, tren ligero, macrobus, metro y estoy pensando con mas temor que ilusión si podré subir a los trenes elevados..