No faltó uno solo: todos los periódicos dieron la noticia. Algunos, como El Imparcial, procuraron tender sobre la tragedia de Íñigo Noriega, uno de los hombres más ricos del país, un manto de discreción y respeto. Pero otros, como La Nación, sugirieron sin ambages la naturaleza del pacto que había empujado a los vástagos de Noriega al suicido. “Una hija y un hijo de don Íñigo Noriega se suicidaron anoche: nuestros lectores bien saben cuál es la causa de tan execrables determinaciones”.

La noticia apareció el primero de febrero de 1913 y causó tal impacto en la pequeña y pudorosa ciudad de entonces, que a lo largo de aquel día hubo un notable hacinamiento de curiosos en la calle de Academia. “Todo México” buscaba los detalles de lo que La Nación había llamado “la tragedia misteriosa y sombría”.

En tiempos de don Porfirio, Íñigo Noriega había recibido una concesión para desecar el lago de Texcoco y otra para tender las vías del ferrocarril que iría de México a Puebla. El emporio de este hombre de industria comprendía propiedades inmensas en Tláhuac, el Valle de Chalco e Iztapalapa. Noriega había financiado, como quien le quita un pelo a un gato, la campaña presidencial de Bernardo Reyes a la presidencia de la República. Odiaba por tanto a Francisco I. Madero —y a la plebe maderista. Era uno de los promotores más señalados del golpe militar que en menos de una semana desataría la Decena Trágica.

El edificio de la Academia Nacional de Bellas Artes, antes Academia Nacional de San Carlos, ubicado en la esquina de Moneda y Academia, en una imagen de principios del siglo XX. Destacan en la fachada los seis medallones en relieve que representan a los fundadores de este espacio y a notables artistas del Renacimiento, divididos en los dos niveles.

El edificio de la Academia Nacional de Bellas Artes, antes Academia Nacional de San Carlos, ubicado en la esquina de Moneda y Academia, en una imagen de principios del siglo XX. Destacan en la fachada los seis medallones en relieve que representan a los fundadores de este espacio y a notables artistas del Renacimiento, divididos en los dos niveles.

 

El último día de enero, una noche de viernes, Íñigo Noriega fue a visitar a su amante. Al volver a su domicilio halló una escena pavorosa: su hija Eulalia, de 17 años, se hallaba tendida en la cama con un tiro en la cara y otro en el pecho. Su hijo Íñigo, de 27, yacía con la cabeza apoyada en las rodillas de su hermana. Tenía en la mano una pistola, y tenía también un par de heridas. Las dos eran mortales.

No había en la habitación rastros de forcejo. Aquello parecía un pacto suicida: Eulalia se había dejado matar, y luego Íñigo se había matado.

¿Cuál era la causa de “tan execrables determinaciones”? El inspector general de policía, Emiliano López Figueroa, el mismo al que el cuartelazo contra Madero iba a sorprender mientras se embriagaba en un cabaret, se trasladó al  lugar de los hechos en automóvil. En los bolsillos del joven encontró un reloj de oro que se había detenido a las ocho con dos, la hora del crimen, y una libreta llena de frases incoherentes en la que se alcanzaba a leer: “Escríbele tarjeta al inspector de policía diciéndole…”.

El joven Noriega era un sujeto extraño. El Imparcial afirmaba que había llevado una vida del todo disipada, que le hizo adquirir “una enfermedad bastante peligrosa”. Logró sanar, aunque quedó “en un estado melancólico que a veces llegaba al más desesperado estado hipocondriaco”.

Por alguna razón de la que nadie quería hablar, su padre había decidido sacarlo del país. Íñigo iba a tomar un tren esa misma madrugada. Tenía las maletas listas en el cuarto. A las siete de la noche, su hermana Eulalia, que intentaba convencerlo de la necesidad de aquel viaje (“Vete a Tierra Santa, vete a Egipto, vete a Roma, para que te distraigas”, le escribió), fue a visitarlo a su habitación. La conferencia duró una  hora. Uno de los empleados de la casa escuchó un estruendo seco, “idéntico al que produce la caída de un tablón de madera”. Una prima que estaba de visita en la casa, y pensaba salir con Eulalia esa noche, escuchó no uno, sino dos estruendos, y al subir por la escalera para ver lo que ocurría oyó dos estruendos más.

Al abrir la puerta del cuarto encontró a Íñigo inmóvil, “con los ojos sin vida”. Eulalia aún movía la cabeza y daba pequeños gemidos de dolor. Intentó decir algo, pero no lo consiguió. La prima gritó horrorizada y corrió por los pasillos de la casa.

La noticia tuvo en don Íñigo un efecto demoledor: “¡Devuélvame a mis hijos!”, le gritó al médico Agustín Reza. Luego perdió el habla “y parece que perdió también toda noción de la realidad”.

El sepelio de los hermanos se llevó a cabo en medio de un tumulto del que formaban parte gente del pueblo y altos personajes de la aristocracia. Los ataúdes negros de Íñigo y Eulalia fueron depositados en un elegante carro fúnebre de la Compañía de Trenes Eléctricos. La prensa y su manía por el detalle: hubo un reportero que reloj en mano afirmó que el cortejo tardó tres horas en salir de la atestada calle de Academia.

Al día siguiente la servidumbre de la casa halló entre las macetas del corredor una carta firmada por el joven Íñigo. Era “como el relato incoherente de un loco”. De aquellas líneas delirantes se logró entresacar que se había dado muerte para evitar un “destierro” que lo obligaba a dejar a su hermana, “a quien tanto quería, sola y sin su amparo”.

“La imaginación popular ha encontrado algo muy horrible que ahora enlaza con tintes de leyenda”, señaló El Imparcial.

Nadie se atrevió a decir la palabra en la que todos estaban pensando.

Seis días más tarde, la madrugada del 9 de febrero, el “febrero de Caín y de metralla” de los versos de Alfonso Reyes, don Íñigo Noriega salió de su residencia y se dirigió a Santiago Tlatelolco, donde se habían dado cita Félix Díaz, Manuel Mondragón y otros militares que iban a sumarse al cuartelazo. Noriega llevaba la cajuela del coche repleta de armas, y llevaba también dos fantasmas ensangrentados: los iba cargando en la espalda.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

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