Hay algo en ese aviso que hace que los caminantes casi siempre se detengan a mirarlo: “Esta fue la primera calle de la ciudad que tuvo alumbrado público. 1783”. El anuncio se halla en República de Uruguay, dentro de una placa de talavera, muy cerca del número 94.

Uruguay es la calle de la vieja leyenda colonial que habla de un asesino nocturno que, antes de hundirles la daga, preguntaba a sus víctimas: “Disculpe su usía, ¿sabe qué horas son?”. La leyenda de don Juan Manuel, con sus sombras, ríos de sangre y apariciones diabólicas, resulta menos atractiva, sin embargo, que el relato escondido en las 12 palabras que la placa encierra. ¿Cómo habrán sido las noches de México antes de que el alumbrado llegara a iluminarlas en 1783?

La esquina de la calle de la República de Uruguay y la avenida 20 de Noviembre, donde destaca el magnífico inmueble de los Condes de la Cortina en el número 94, vecino de la propiedad de los Condes de la Torre Cossío, en el número 90.

La esquina de la calle de la República de Uruguay y la avenida 20 de Noviembre, donde destaca el magnífico inmueble de los Condes de la Cortina en el número 94, vecino de la propiedad de los Condes de la Torre Cossío, en el número 90.

 

“¡Qué tiempos —exclama en la crónica correspondiente don Luis González Obregón—. La ciudad presentaba un aspecto silencioso y lúgubre… los vecinos que no querían exponerse a los peligros de las tinieblas, se retiraban a sus casas al toque de queda”.

“No había más luz que la tembloreante y débil de las lamparillas de aceite que encendía la piedad ante los nichos de los santos… En las primeras horas nocturnas lanzaban las tiendas hacia la calle su cuadrilátero iluminado; al toque de Ánimas, ocho de la noche, todos los comercios quedaban cerrados, con lo cual la sombra era ya la única dueña de la rúa, silenciosa y desierta”, relata don Artemio de Valle-Arizpe.

En 1585 se publicó el bando que impuso uno de los primeros toques de queda en la historia de la metrópoli: los vecinos debían encerrarse en sus casas a las 10 de la noche. Si alguno se veía obligado a salir después de aquella hora, era necesario que él o sus criados llevaran un farol en la mano. González Obregón se sorprende de que tal estado de cosas se haya mantenido inalterable durante más de dos siglos. Ni al gobierno ni a los vecinos de la metrópoli les pareció necesario hacer algo para apartar las sombras.

En 1762 un corregidor llamado Tomás de Rivera Santa Cruz ordenó que los vecinos colocaran faroles de vidrio en cada balcón y cada puerta, con una luz que debía durar hasta las 11 de la noche. Nadie acató la orden, porque el bando dispensaba a los pobres “que para cumplir con el mandato tuvieran que quitar del mantenimiento de sus familias”. Manuel Orozco y Berra afirma que todos los vecinos se sintieron dispensados, por lo que la ciudad quedó como antes.

En la calle de don Juan Manuel, la Uruguay de nuestros días, se alzaron algunas de las casas más ricas de México. Ahí vivió espléndidamente, hasta su quiebra, el conde de la Cortina. Ahí situó Manuel Payno el severo palacio del rico conde del Saúz, personaje inolvidable de Los bandidos de Río Frío. Los habitantes de aquella calle eran tan acomodados que una buena noche, a sus propias expensas y sin que nadie se los ordenara, colocaron faroles de trecho en trecho y dejaron la calle, como se decía entonces, “bien aluzada”.

No existe una placa que les haga justicia, pero lo mismo hicieron los vecinos del Coliseo (16 de Septiembre) y San Agustín (en otro tramo de Uruguay).

En 1785 las autoridades volvieron a ordenar que se colocaran hachones frente a “las boticas, pulperías, cahuaterías, panaderías, vinaterías, tocinerías, casas de juegos de trucos, mesones y casas de vecindad”, pero sólo se logró alumbrar el Palacio Virreinal y unas pocas calles. El Cabildo estaba tan desesperado ante la negligencia de los vecinos que amenazó con despojar de sus casas y expulsar de los barrios a los “inútiles y nocivos”.

Y sin embargo las cosas no cambiaron en los siguientes cinco años. En 1790 llegó al virreinato el segundo conde de Revillagigedo. En menos de seis meses impuso una contribución sobre las cargas de harina que llegaban a la ciudad, y con el dinero recaudado mandó hacer varios centenares de faroles. Revillagigedo fue el creador del romántico ejército de vigilantes nocturnos encargados de alumbrar la noche: los serenos, seres vivientes que pertenecen a la familia de los búhos, según la definición de Manuel Rivera Cambas.

Valle-Arizpe explica que al año siguiente “el alumbrado estaba ya en todas las calles, y lo había hasta por los más solitarios arrabales”.

Un recuerdo de la luz: todo un mundo contenido en aquella pequeña placa.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).