¡¿A Irán?! ¿Y para qué? Nuestro amigo nos lo preguntó con toda seriedad: ¿Por qué querría alguien en su sano juicio ir de vacaciones a uno de los países más conflictivos y vilipendiados en la actualidad?

Porque sonaba bien: Persia, había dicho mi marido, cuando empezamos a jugar con la idea. Como la invitación a un sueño oriental.

¿Y las sanciones, y los peligros? ¿Y la visa iraní en el pasaporte? ¿Empacar pantalones de mezclilla o es un símbolo muy gringo? ¿En qué vamos a hablar si el inglés debe parecerles cosa del enemigo? ¿Y todos los trapos que se tienen que poner encima las mujeres?

Los trapos sí son un fastidio. Más si hace calor: hay que traer la cabeza cubierta, los brazos cubiertos, las piernas cubiertas, las curvas disimuladas. Pero no estamos hablando de burkas ni de chadores sino de pañoletas en la cabeza, camisas amplias y, sí, pantalones de mezclilla, como medio mundo en Irán. La visa ahí está, y a ver qué pasa cuando queramos ir a Estados Unidos. El inglés, sorpresivamente, no sólo no es anatema sino se lo enseñan a los niñitos en la escuela. Las sanciones son cosa de los gobiernos; y de peligros, no encontramos ninguno.

Estuvimos en Irán poco menos de dos semanas, tiempo por supuesto insuficiente para decir que conocimos el país. Y sin embargo me dio mucho gusto haber visto lo que sí vi. Porque, para mi sorpresa, me topé con una población cálida en un país hospitalario, puntuado más por las bellezas hechas por los humanos que por las de la naturaleza, y todavía permeado por la sofisticación y la elegancia de su civilización antiquísima.

04-iran-01

Pensé que podría hablar aquí de la belleza de ciudades antiguas como Isfahán o Yazd, de la imponente elegancia de las mezquitas o de la inconcebible riqueza del Tesoro persa de Teherán. De las maravillas de los bazares, llenos de especias, de tentadoras artesanías  y de vida, siendo, como son, la principal fuente de abasto de los iraníes comunes y corrientes para sus necesidades, desde utensilios de cocina hasta tapetes, comida y ropa interior.

Podría decir que los iraníes tienen un respeto casi sagrado por los parques, y que en todas las ciudades encontramos jardines hermosos, verdes, bien cuidados, públicos en el mejor sentido de la palabra, llenos de flores y de gente viviéndolos. Que disfrutan de tal modo de estos espacios abiertos (cuando menos en el momento que nos tocó, ya entrada la primavera) que cualquier pasto, así sea a la orilla de las avenidas o en las plazas, es pretexto para extender los tapetes y sacar los termos con el té y disfrutar de estar al aire libre, en familia. Diría entonces que no es raro que, si uno se les queda viendo o si se acerca, lo inviten a sentarse con ellos y le conviden de su té y de su comida. Que encontramos familias enteras, con niñitos y viejos, caminando en la noche por jardines y avenidas, por el puro gusto del paseo y de la compañía.

Podría decir que la comida es deliciosa y sofisticada, y hablar de lo frustrante que es acompañar todo eso con refresco o jugos de frutas, o con falsa cerveza porque el alcohol está prohibido. O relamerme con la memoria de los postres, perfumados con agua de rosas (que no me gustaba hasta que probé los postres iraníes), o recordar la obsesión nacional con los helados y la insistencia del  guía en que los probáramos, que no había entendido sino hasta que probé uno  y entonces creí en lo que habíamos leído, que los helados se inventaron en Irán, y que llevan literalmente miles de años perfeccionándolos.

Diría que su azafrán tiene fama de ser uno de los mejores del mundo, y que la comida, los postres y hasta el té ganan en sabor y en una profundidad aterciopelada y casi milagrosa gracias a su perfume. Que los pistaches y los dátiles también se merecen su reputación y que enaltecen los platillos dulces y salados. O que las tiendas de las frutas secas son hermosas e invitantes y que tendría que hacer una lista muy larga para enumerar todas las delicias que probamos.

O que hay un olor particular en el aire: no sé en qué momento se mezclan; pero pasar de los azahares en los palacios a las flores en los parques y a las especias en los bazares es, además de un espectáculo visual, una experiencia olfativa. De las casas de té a las panaderías, de las parrillas donde se cuecen los kebabs al carbón a los pequeños destiladores de agua de rosas, los olores son invitantes y exóticos como el cardamomo, ubicuo desde las bebidas hasta los dulces. O decir que hay olores que uno cree reconocer hasta que trata de ubicarlos y se da cuenta de que es la combinación, no sólo de las especias entre sí, sino con el lugar. Y se puede uno imaginar lo que debe haber sido esa zona del mundo antes de las guerras y la contaminación y el concreto.

Hablar, al respecto, de la modernidad sin chiste del Teherán que conocimos (es decir, la parte que ven los turistas y no las zonas residenciales más prósperas), de la contaminación asfixiante, de los kilómetros de coches atrapados por embotellamientos infinitos. Podría decir que los iraníes se transforman como Tribilín frente al volante de su coche: no se detienen ni aunque ya esté el peatón a media calle, ni aunque el peatón sea una viejita a la que se ve que le cuesta trabajo caminar; ni aunque esta viejita se haya paralizado con cara de terror. No se detienen, no dejan pasar, no cambian su rumbo.

Pero todo esto no me basta. Porque los lugares y las joyas del Tesoro y las mezquitas y hasta los sabores y los olores no me explican Irán. Y tampoco fueron lo que más me impresionó.

Regresé impresionada con Irán; pero fue la gente. Entre los iraníes sentí como una avidez. Los niñitos de escuela (siempre separados los niños de las niñas; pero igualmente abiertos y animados) nos rodeaban y nos preguntaban de dónde éramos, si nos gustaba Irán, si regresaríamos: “Hello! Welcome to Iran! Where are you from? Do you like Iran, you come back to Iran?”. Muy inesperado que al decir México, casi todos contestaban “Mexico City”, y luego hablaban de algún jugador de futbol o de los aztecas.

Es sorprendente que les estén enseñando inglés, el idioma de sus archienemigos. Pero es más sorprendente todavía pensar que, a pesar de 30 años de adoctrinamiento, a pesar de lo aislados que han estado, estén tan enterados de lo que está pasando en el resto del mundo. Una muchachita de 15 años, preciosa y encantada de poder darme su opinión, me dijo que a ella siempre le han enseñado que el enemigo es Estados Unidos; pero que ella sabe que “los malos” son en realidad los Ayatolas. En una sociedad que es, en muchos sentidos, un Estado policía, donde el vestido, la comida, la bebida y casi todo lo demás está regulado según y supeditado a los principios musulmanes del Consejo Supremo, es casi increíble que la población (esta chica no fue la única que nos dijo cosas similares) sea capaz de informarse a través de internet o de sus familiares en el exterior.

04-iran-02

Internet, desde luego, está regulada oficialmente. Es decir, es imposible entrar a sitios que el gobierno no autorice expresamente. Por ejemplo, al tratar de entrar a algunos de los periódicos mexicanos en línea aparece una pantalla roja en farsi que seguramente dice que ahí no se puede entrar. Y hay otros periódicos que se abren normalmente: seguramente son los aprobados, quién sabe cómo o por qué. Estoy segura de que Facebook debe estar entre lo prohibido, y sin embargo todo mundo tiene cuentas ahí, correo electrónico y, todavía más inesperado, acceso a películas por internet. Una mujer de unos 30 años, profesionista, con la que platiqué al respecto me contó que  se reúne con amigos a ver películas, y que recientemente habían visto Argo, la película de Ben Affleck sobre el rescate de los rehenes de la embajada en Teherán. Me dejó fría. Películas, bueno. Hollywoodenses, no tan evidente. ¿Pero Argo? “Todo mundo conoce a alguien que puede hackear los sitios prohibidos”, me dijo con toda naturalidad.

04-iran-03

Irán fue también las sonrisas, nada más porque sí, de las mujeres (nos advirtieron que nos cuidáramos de  las de los hombres, porque corresponderlas, en sociedades musulmanas, puede dar lugar a malos entendidos) con las que me cruzaba cuando estaba tomando fotos o caminando por ahí. Y fue todas las veces que me detuvieron para saludarme, para preguntarme de dónde era y, siempre, si me gustaba Irán. Si volvería.

Esa avidez de contacto, ese decirnos “aquí estamos, existimos, somos parte del mundo aunque nadie nos vea desde hace décadas”, me resultó enternecedora pero al mismo tiempo enormemente triste. Porque es cierto, llevan tanto tiempo aislados, señalados como los malos en la película del Medio Oriente, ocultos detrás de los Mullahs y los Ayatolas, y las recriminaciones nucleares, que se han vuelto invisibles.

Y entonces se acercan a los turistas y nos saludan. Nada más: nadie viene a vender nada ni a pedir nada ni a ofrecer nada. No hay, de hecho, ni ambulantaje ni mendicidad. Vienen a saludar, a presentarse: aquí estamos y somos iraníes y queremos que no vean sólo al gobierno que vocifera sino al pueblo hospitalario, pacífico, generoso.

En Isfahán hay unos puentes, construidos hace 400 años, que en algún momento atravesaban el Zayandeh, un río antes caudaloso y ahora seco, que de noche se iluminan y son un espectáculo visual y una delicia para los fotógrafos. Cruzamos, pues, alrededor de las 10 de la noche el puente Khaju, a pie. El guía nos dijo que no regresáramos por donde habíamos venido, sino que bajáramos al llegar al otro extremo y que nos regresáramos por abajo. Nada  nos había preparado para la algarabía que nos íbamos a encontrar: en la parte baja del puente, la que normalmente estaría sumergida en el agua, hay unos travesaños bajos que refuerzan cada uno de los arcos. Tienen un ancho  de unos dos metros y un largo de unos seis o siete y están hechos, como todo el puente, de ladrillos que, con la iluminación nocturna, reflejan una luz casi dorada. Pues bien, en cada uno de estos travesaños vimos una familia o un grupo de amigos tomando té o comiendo, fumando narguilé y disfrutando de la frescura de la noche.

Estoy convencida de que, si nos hubiéramos acercado, nos habrían invitado a tomar algo con ellos, y me arrepiento de no haberlo hecho. Me quedé helada por la vida del lugar, por la animación de la gente, tratando de asimilar esa sensación de camaradería, de relajación, de convivencia, del nivel inferior de ese puente. Y en esas estaba cuando se nos acercó (más a mi marido que a mí) un muchacho que se puso a contarnos su vida. Un hombre que se expresaba en bastante buen inglés, y cuya curiosidad por saber  de nosotros cedía, casi a su pesar, a su necesidad de contarnos sobre él: lo que había estudiado, su trabajo, Isfahán, la situación política del país. Una necesidad casi angustiosa por salir, aunque no fuera más que en la memoria que nos lleváramos de la conversación, de su aislamiento.

Al llegar al otro lado del puente, por donde habíamos empezado, había, bajo uno de los arcos, un grupo de hombres (jóvenes, la mayoría) que acompañaban con sus palmas a un viejo que cantaba, muy desafinado pero con mucho sentimiento. Y cuando terminó de cantar el viejo uno de los mexicanos de nuestro grupo se puso a cantar Cielito lindo. Al asombro inicial de los presentes siguieron algunos momentos de titubeo en los que trataron de encontrar el ritmo de la canción para puntearla con las palmas. Eso, esa actitud, ese querer participar en algo ajeno y desconocido, ese querer acompañar al extranjero que les cantaba fue, para mí, profundamente conmovedor. El aplauso que siguió, las sonrisas y los saludos ya no fueron más que la confirmación de que, dejadas a sus propios medios (sin intervención de sus gobiernos), las sociedades acaban entendiéndose a pesar de las diferencias en el idioma y las culturas.

En la última mañana en Irán me fui caminando al bazar de Shiraz. Ya sin tener que visitar museos ni palacios, sólo disfrutando de la caminata (sudando bajo el velo que me cubría el pelo y el cuello y bajo la blusa de manga larga), entré al bazar con mi cámara. Los marchantes exhiben las especias en montoncitos de colores, y me dejaron tomar todas las fotos que quise; pero me quedé con ganas de entender qué era lo que probaba y lo que acabé comprando, sobre todo porque, a señas, nadie da ni entiende una receta.

Y ahí, en el bazar, justo antes de regresar, tuve la oportunidad de platicar con un vendedor de tejidos cuyo inglés era bastante bueno y que me dijo, con nostalgia, que le gustaría conocer Europa. Le pregunté por qué no iba, pensando que me iba a contestar que el gobierno iraní lo impedía o que era muy caro. Pero me dijo, con una tristeza que me desarmó: “¿Qué país va a querer darnos visas a los iraníes?”.

 

¿Para qué Irán? Ahora ya sé qué contestarle a mi amigo. Para ver qué hay detrás de lo que oímos en las noticias. Para comprobar que, aunque la sociedad es encantadora y hospitalaria, el régimen sigue siendo brutal y represor: dicta cómo hay que vestirse y qué se permite comer y tomar; es capaz de encarcelar a una joven que se quite el velo en público o que asista a un partido de futbol; impide que las fiestas de boda sean mixtas  o que las mujeres se descubran frente a hombres “ajenos”. Es un país donde los extranjeros no pueden andar libremente entre ciudades y cuyo gobierno parece desconfiar de que quienes lo quieren visitar lo hagan por puro gusto de conocer su cultura y su civilización: la dificultad para conseguir la visa, los cuestionamientos sobre las intenciones del visitante parecen suponer que cualquier visitante seguramente estará tramando algún tipo de traición.

¿Para qué Irán? Para experimentar la sofisticación de la cultura persa. Para visitar Persépolis. Para probar todo lo que probamos. Para ver que la Coca-Cola y la Pepsi traspasan cualquier embargo económico. Para encontrarme con una sociedad ávida de contacto y de reconocimiento. Para sentir la nostalgia de un pueblo aislado que ansía pertenecer. Para testimoniar los abismos entre una nación y su gobierno.

¿Por qué Irán? Porque es fascinante y, creo, uno es mejor después de haber ido.

 

Gabriela A. Couturier
Internacionalista y escritora. En breve comenzará a circular su novela Esa otra orfandad, editada por Cal y arena.

 

10 comentarios en “¿Para qué ir a Irán?

  1. Disfruté mucho leyendo su reseña. Uno de mis sueños es conocer Irán y no puedo esperar en hacer este viaje. Y la razón por la que disfruté tanto es porque uno de mis cunados es iraní y es tal y como derscribes el carácter general, alegre, muy cálido, muy dispuesto a aprender y conocer mucho de nuestra cultura, además de que siempre comparte mucho de su propia cultura con la familia. Cocina delicioso por lo que muy seguido tenemos la forttun de comer comida iraní. En fin tenemos la gran fortuna de disfrutar de una excelente persona como miembro de nuestra familia y siempre comparte su cultura con todos nosotros.

  2. Yo conocí todos esos bellísimos lugares hace muchos años, soy mexicana y estoy casada con un iraní desde hace casi 32 años, vivimos en Baja California y efectivamente es una cultura maravillosa y su gente es cálida y amistosa.

  3. Me gustó mucho tu texto. Tengo una muy buena amiga iraní en Shiraz y lo que me platica coincide mucho con lo que escribes. Espero poder ir algún día no muy lejano.

  4. Un país no es sólo edificios, perfumes, comida y costumbres. Un país es su gente y es hermoso que hayas descubierto que los iraníes son cálidos, educados, que ansían participar y darse a conocer. Yo también tengo a Persépolis en la mente y pienso que podría reconocerme en los muchos ojos que miran el mundo inteligentemente debajo de todos esos trapos.

  5. Para sumar al artículo y porque es muy importante conocer al otro en su contexto sugiero la siguiente actividad en el Museo Nacional de las Culturas
    Ciclo de conferencias: Bitácora de viaje
    DE NISHAPUR A SHIRAZ, VIAJE AL INTERIOR DE IRÁN EN POS DE LOS POETAS PERSAS
    Esta charla relatará las prácticas de campo realizadas en Irán en 2011, emprendidas con el objetivo de evidenciar la importancia que la poesía tiene entre los iraníes. Realizaremos un recorrido por los mausoleos de Omar Jayyam, Hafez, Attar y Ferdousí, conoceremos algunos de sus poemas, sus historias y el sentir de los iraníes respecto a estos poetas.
    – miércoles 12 de agosto de 2015, 17:00 – 18:30 hrs. http://www.museodelasculturas.mx/exposiciones.php
    Y un artículo muy interesante de la ponente del evento del próximo miércoles http://www.jornada.unam.mx/2012/06/10/sem-alejandra.html

  6. Un deleite leerte y conocer un poco más a través de estas vivencias personales tan enriqusedoras, sin duda es otro mundo y más allá de la distancia, las creencias, las costumbres, sus colores y sabores, en fin, todo ha de ser maravilloso. Gracias por tu descripción que con tu estilo muy personal, me atrevo a decir que no sería necesario ir para conocer desde ya, mucho más de nuestros hermanos iraníes.

  7. Gabriela,me hiciste recordar mis años de estudiante cuando conviví casi un año con Soosahn,la guapa persa,que compartía un departamento conmigo.Era la época del Schah y ella gozaba de toda la libertad europea.Mucho aprendí sobre su país pero la Revolución me hizo perder EL contacto.FELICITACIONES

  8. Me fascinó tu artículo, ¡felicidades! He conocido a varios(as) iraníes y sin excepción me caen muy bien. !Lástima del gobierno horriblemente represor que tienen!

  9. Una reflexión interesante y que coincide mucho con mi experiencia: una hospitalidas y calidez sorprendentes. Sólo para puntualizar: sí se puede viajar por Irán sin guía, paquete turístico o restricciones de movilidad; yo lo hice, en autobuses y taxis compartidos. Y (para los mexicanos al menos) conseguir visa es relativamente sencillo en comparación con el proceso de visa en Asia Central u otros países de Medio Oriente, por ejemplo.