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Antecedentes. Todo mundo sabe que es la CIA la que en 1953 soborna a un grupo de generales del ejército iraní para que dé un golpe de Estado contra el primer líder democráticamente electo de Irán, Mohammed Mossadegh. El objetivo del golpe es evitar la nacionalización de una industria de petróleo que las potencias occidentales entienden como suya. Tras la caída de Mossadegh, la CIA coloca en el poder al Sha, reyezuelo a quien la mayoría de los iraníes detesta por su dispendio y servilismo a Estados Unidos. Cunde el descontento, y el descontento termina en una revolución. Millones de personas se congregan en el aeropuerto de Teherán para recibir al nuevo líder del país, el Ayatollah Khomeini. Es el fin de la monarquía y el comienzo de la República Islámica. La pasión en las calles se desborda. Un grupo de estudiantes toma 52 rehenes en la embajada de Estados Unidos. La operación fallida para rescatarlos termina con dos helicópteros americanos echando humo a la mitad del desierto y la salida de Jimmy Carter de la Casa Blanca. Irán entrena y arma a una guerrilla llamada Hezbollah a fin de crear pequeños “Vietnam” a sus enemigos en Medio Oriente. El primer Vietnam es un ataque brutal contra instalaciones militares de Estados Unidos en Líbano; 241 marinos muertos. La guerra de baja intensidad llega al punto máximo cuando Saddam Hussein recibe luz verde para atacar Irán. Comienza una guerra de mutua destrucción que se extenderá por 10 años y que dejará a los dos países en la ruina. Occidente se hará de la vista gorda cuando misiles iraquíes rellenos de ántrax cubran de esporas y hagan vomitar hasta la muerte a soldados y civiles en Irán. Cuatro millones de iraníes perderán la vida durante una guerra absolutamente inútil. Desde entonces los misiles balísticos que desfilan por las calles de Teherán en el aniversario de su revolución tienen escrito en sus ojivas Muerte a los americanos.

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2001. Valle del Panjshir. Las últimas montañas del Himalaya descienden por el norte de Afganistán. En una casa de seguridad escondida en la parte más baja del valle tiene lugar una reunión de la Alianza del Norte; el último grupo de militantes que aún hace la guerra al Talibán. Su líder, ahí presente, es Ahmad Shah Massoud, mejor conocido como Shir-e-Panjshir, el León del Panjshir. Su genio militar es leyenda de oro por toda Asia Central. Héroe de  la resistencia contra los soviéticos, la cara más respetada y honorable del mujahideen. Dos reporteros de origen marroquí han sido autorizados para  entrevistarlo esta mañana. Los periodistas entran al edificio y se colocan junto a Massoud. El tono es poco amigable. ¿Qué tienes contra Al Qaeda? ¿Por qué te opones a la organización? Uno de los periodistas graba la entrevista con una cámara Sony. Dentro de la cámara ha sido colocada una bomba. Cientos de pájaros extienden sus alas cuando se produce la detonación. El León es muerto por una onda expansiva que arranca el techo al edificio. Los humos de la explosión que ascienden al cielo son las barbas de Osama bin Laden.

La noticia de la muerte de Massoud, que durante meses ha alertado sobre un inminente ataque terrorista contra Estados Unidos, corre como fuego por Afganistán y más allá. En cuestión de horas las alertas de los sistemas de inteligencia de Occidente son activadas. Los que conocen la región saben que la muerte de Massoud puede ser preámbulo de algo mucho más grave. Putin, nervioso, telefonea en la tarde a Bush. El sol en el Valle del Panjshir se vuelve cada vez más rojo. Quema al cielo como brasa y pronto se oculta detrás de las montañas. El día siguiente será ese 11 de septiembre.

 

1989. Filas de tanques y helicópteros soviéticos abandonan humillados Afganistán. Estados Unidos, ganador de una guerra que ha arruinado las finanzas del comunismo y precipitado el final de la Guerra Fría, descorcha la champaña y se olvida de esa parte del mundo. Afganistán entonces se hunde en una guerra civil compuesta por dos bandos: la relativamente progresista Alianza del Norte y un velo negro llamado Talibán. Irán apoya a la Alianza con lo que puede y se convierte en el principal aliado de Massoud. El apoyo que Arabia Saudita envía al Talibán es un cheque en blanco. Más recursos y mejores armas le van abriendo a los talibanes el camino a Kabul. Para el cambio de siglo, el grupo controla 80% del país. Los Budas de Bãmiyãn estallan en mil pedazos. El avance de la sharia oscurece con su sombra cualquier vestigio de civilización.

 

Víspera del Día Cero. Las luces se prenden y apagan en las ventanas de las Torres Gemelas. Osama bin Laden, protégé del Talibán, sabe perfectamente que Estados Unidos invadirá Afganistán tras los ataques programados para el día siguiente. Sabe, también, que Massoud será la mejor carta de los americanos. Con el León eliminado, la CIA pierde su único puente hacia la realidad operativa de Afganistán. Los proyectiles que caen al comienzo de Operación Libertad Duradera destruyen todo menos al enemigo. El bombardeo del hormiguero comienza a provocar el desperdigo de sus hormigas por todo el subcontinente. Batalla de Tora Bora. La campaña amenaza con desestabilizar el corazón de Asia Central. Estados Unidos necesita urgentemente información que sólo sus enemigos en Teherán —únicos aliados de la Alianza del Norte— acaso poseen. Ryan Crocker, ex embajador americano en Siria, es despachado a Ginebra para una reunión secreta con los iraníes. Es el primer contacto de ese nivel en décadas.

Crocker ha sido enviado a Ginebra a fin de obtener de Qassem Suleimani, generalazo de Irán, la inteligencia que necesitan la CIA y el ejército para destruir a los talibanes. Suleimani comanda al grupo de fuerzas especiales para operaciones extraterritoriales de Irán: el Quds. Conoce Afganistán mejor que nadie. Oficial o no oficialmente, ha realizado decenas de operaciones en las montañas del país. Suleimani es hombre de maneras elegantes. Impecablemente vestido. Aureola de poder. Jerusalén. Eso quiere decir su apellido en persa.

En Teherán el presidente Khatami ha ordenado a Suleimani cooperar al ciento por ciento con los americanos. El presidente más relajado en la historia de la República Islámica busca acercarse a Bush a fin de voltear la página y poner a Irán de vuelta en el mapa del mundo. Suleimani extiende en Ginebra un mapa de Afganistán y repite a Crocker mientras apunta con el dedo:  aquí, aquí, aquí, luego aquí, aquí, aquí  y aquí. Crocker, impresionado, pregunta si puede tomar notas. Puede llevarse el mapa. La inteligencia proporcionada por Suleimani cambiará el curso de la guerra en Afganistán y salvará la vida de cientos de soldados estadunidenses. Khatami sabe lo que le espera a los liberales de su país si Estados Unidos no corresponde su gesto de buena fe.  El pago llegará un mes más tarde, cortesía del grupo político que ocupa en ese momento la cumbre del poder  en Washington: los neoconservadores.

 

Desde los años setenta el término neoconservador ha agrupado a algunos políticos republicanos dominados por Donald Rumsfeld, Dick Cheney y Paul Wolfowitz. Los neocons han sido los cerebros y operadores clave de la política exterior de las administraciones de Gerald Ford, Ronald Reagan y George W. Bush. Éstas han sido administraciones muy eficaces en extrapolar supuestas amenazas a la seguridad nacional; amenazas que han servido para justificar intervenciones en lugares lejanos y de pocos amigos. The politics of fear. Las quimeras introducidas por los neoconservadores al drenaje de Washington han incluido, en orden cronológico: supuesta expansión del arsenal nuclear soviético (1975), presunta proliferación de misiles balísticos (1998), expansión “incontrolable” del terrorismo islámico (2001), programas activos de armas de destrucción masiva (2003). La Comunidad de Inteligencia de Estados Unidos (el conjunto de las 17 agencias de inteligencia del país) ha publicado siempre reportes que desmienten los peligros dibujados por la imaginación de los neoconservadores. En ocasiones, los halcones han perdido sus batallas contra la CIA. En otras, han logrado apoderarse de ella.

Tres semanas después de haber aceptado la buena fe de los iraníes en Ginebra, George Bush dio el discurso más oscuro de toda su carrera. “Irán busca adquirir armas de destrucción masiva y exportar su terror al mundo. En ese país un puñado de políticos que no fueron elegidos reprime sistemáticamente la esperanza y libertad de todo su pueblo. Junto a Iraq y a Corea del Norte, Irán constituye el Eje del Mal y una amenaza para la paz mundial”. Dulce para los oídos de los halcones apostados en los palcos del Congreso. El intento de transformar la relación entre Irán y Estados Unidos ha sido saboteada. En Teherán, Khatami perderá buena parte de su capital político al bando conservador. Crocker dirá que una sola palabra, en sólo un discurso, acaba de cambiar el curso de la historia. El discurso del Eje del Mal sienta las condiciones para el regreso de los ultraconservadores al Palacio de Sa’dabad.

 

2003. Irán se encuentra en medio de dos países invadidos por los americanos: Iraq y Afganistán. Son momentos en que Estados Unidos vive la falsa ilusión de la victoria en Iraq. Mission Accomplished, proclama un gigantesco banner sobre el portaaviones USS Lincoln. Aún falta tiempo para que Iraq se convierta en la olimpiada del terrorismo. Los neoconservadores alcanzan su máxima concentración de prestigio y poder. Conceptos como regime change y preemptive war se ponen peligrosamente de moda en debates de derecho internacional.

Alarma. El prospecto de una nueva guerra pone de punta los pelos de los cancilleres de Alemania, Reino Unido y Francia. Saben perfectamente quién sigue en la lista de la Guerra contra el Terror. Teherán, por supuesto, mejor que nadie. Es obvio que la oportunidad para la reconciliación impulsada por Khatami ha expirado. La perspectiva de una invasión americana demanda una presidencia de derechas en Irán. Es el momento estelar de Mahmud Ahmadineyad.

Teherán sabe que una victoria en Iraq conducirá a los americanos a su siguiente target. No se necesita ser Clausewitz para entender lo que su aparato de seguridad debe hacer al respecto. Irán transfiere millones de dólares al Ejército Mahdi, la milicia más feroz y más antiestadunidense en Iraq. Cientos de soldados de Hezbollah, al Quds y la Guardia Revolucionaria se infiltran en los campos de la guerrilla urbana iraquí. Durante los siguientes años Irán hace llegar a los insurgentes en Iraq miles de artefactos explosivos conocidos como IEDs. Estos artefactos serán responsables del 70% de las bajas de soldados estadunidenses en Iraq. Mission Accomplished. Irán se convierte en un factor clave en la derrota estadunidense y el escalamiento de la guerra civil en Iraq.

La llegada de Condoleezza Rice  al Departamento de Estado, la salida de Donald Rumsfeld del Pentágono y el aislamiento político de Dick Cheney durante la segunda administración de Bush marcan el colapso del proyecto neoconservador. El colosal fracaso militar y financiero de la guerra en Iraq suaviza la actitud del presidente Bush hacia los persas. A partir de entonces los peores adversarios de Teherán ya no serán los ultranacionalistas en Washington. La estafeta de la guerra, desde ese momento, cambia de manos. Es el turno de los halcones de desierto radicados en Tel Aviv.

 

Irán sabe que nunca faltarán Cheneys y Rumsfelds buscando calentar las cosas. McCain promete en su campaña presidencial una lluvia de bombas sobre Irán; Mitt Romney propone hacer todo lo posible para quebrar al país económicamente. Las caras cambian, las música sigue. La obsesión de traer abajo al régimen del Ayatollah es un factor decisivo que impulsa el aceleramiento del programa nuclear iraní.

Por su parte, Tel Aviv impulsa la idea de un ataque preventivo contra las instalaciones nucleares en Irán. Hay precedentes: Operación Babilonia, 7 de junio de 1981. Un comando israelí de seis Falcon F-16 aprovecha un descuido en el operador del radar iraquí y desciende full speed sobre el reactor de Osirak en Bagdad. Ocho proyectiles disparados en dos minutos destruyen para siempre el programa nuclear de Saddam Hussein. Los aviones violan el espacio aéreo de cuatro países. El rey Hussein de Jordania ve al comando de aviones volando por su espacio aéreo mientras se broncea en la cubierta de su yate.

Los reportes de la Comunidad de Inteligencia de Estados Unidos concluyen que el gobierno de Irán no busca, desde hace diez años, construir una bomba. Ciertamente, tampoco desea alejarse demasiado de ella. Bajo la presidencia de Ahmadineyad, Irán instala miles de centrífugos para enriquecer uranio en secreto. Viola, peligrosamente, tratados internacionales. Debajo de una montaña, escondidos en el desierto, los centrífugos giran a una velocidad mil veces mayor que la gravedad de la Tierra. En su rotación, las partículas ligeras del uranio natural orbitan hacia las paredes del aparato; las pesadas se quedan en el centro. Los ingenieros recogen estas últimas. U-235: el combustible necesario para alimentar un reactor o para detonar una bomba. Más centrífugos instalados=menos tiempo para producir una bomba. La clave de todo programa nuclear está en los centrífugos.

 

2010-2012. Massoud Alimohammadi, científico nuclear iraní experto en teoría cuántica de campos, sale de su casa y se sube a su automóvil. Mete las llaves al interruptor y enciende el motor. El techo de su coche sale disparado hacia el cielo. Fereydoon Abbasi, director de la Agencia de Energía Nuclear de Irán, sobrevive la explosión de una bomba colocada debajo de su automóvil. Ese mismo día Sajid Shahriari, experto nuclear en neutrónica, no tiene tanta suerte. Darioush Rezaeinejad, especialista en interruptores de alto voltaje (de los usados en cabezas nucleares), muere cuando un par de sujetos le arrojan bombas desde motocicletas. El general Hassan Moghaddam, jefe del programa balístico del país, muere en una inexplicable explosión ocurrida en una guarnición de la Guardia Revolucionaria en Bid Kaneh. El coche donde viaja Mostafa Ahmadi-Roshan, subdirector de la central de enriquecimiento de uranio de Natanz, es abordado por dos sujetos con cascos de motociclista. Colocan explosivos plásticos en su ventana. Bum! Largos son, pues, los brazos del Mossad.

2010. Durante más de un año Estados Unidos e Israel trabajan en la creación del gusano informático más poderoso de toda la historia. A diferencia de un virus, un gusano permite a un agente externo asumir control remoto de cualquier dispositivo contagiado. Stuxnet es el nombre que la comunidad internacional de geeks da al gusano tras ser descubierto por Kaspersky. Nunca un malware tan poderoso como él.

Stuxnet fase uno: Tarjeta USB en mano, un agente encubierto del Mossad infecta con Stuxnet el sistema de control de centrífugos de la Planta de Enriquecimiento de Uranio de Natanz. Los americanos e israelíes esperan un poco. Nadie en Irán se ha dado cuenta del ataque. Durante meses el parásito envía en tiempo real todos los indicadores, volúmenes y secretos de Natanz a Washington y Tel Aviv. Los operadores de la central nuclear trabajan sin sospechar que están siendo vigilados de cerca por la CIA y el Mossad.

Stuxnet fase dos. Inexplicablemente, los centrífugos comienzan a incrementar la velocidad de su rotación. Nadie en Natanz entiende la razón. Despidos por supuesta incompetencia. Los técnicos revisan los aparatos pero no encuentran nada. Los operadores empiezan a notar una discrepancia entre lo que reportan los monitores de control y lo que realmente sucede abajo en la sala de centrífugos. Semanas y semanas de rotación acelerada dañan terriblemente los aparatos. El daño es tan severo que retrasa cinco años al programa nuclear iraní. Mission Accomplished. En el extremadamente largo código-fuente del gusano, Kaspersky descubre guiños de ojo de Tel Aviv. Una y otra vez, referencias a Esther, la mujer judía que, según la Torah, fue alguna vez reina de Persia.

Más adelante se conocerán detalles más finos de la fabricación de Stuxnet. Cable Wikileaks-09UNVIEVIENNA192. Antes de ser usado contra la planta de Natanz, el gusano ha sido probado en el complejo secreto de Dimona, cuna de la bomba atómica israelí. El parásito fue ensayado en centrífugos similares a los de Natanz, entregados una década antes por el ahora desaparecido dictador de Libia, Muammar Gaddafi.

 

Benjamin Netanyahu es para Israel lo que Rumsfeld y Cheney son para Estados Unidos. Pedro que grita lobo. Desde 1996 los discursos de Netanyahu contienen advertencias sobre la inminencia de una bomba nuclear construida por Teherán. El tiempo se acaba, la bomba es inminente, repite el premier, una y otra vez, desde hace casi 20 años. En 2012 Netanyahu afirma ante el pleno de Naciones Unidas que Irán está a un paso de completar la bomba. Todas las agencias de inteligencia del mundo —incluido el propio Mossad— saben que el primer ministro de Israel miente. Un cable filtrado a Al Jazzera en 2015 revela que el Mossad sabe desde hace años que Irán “no está produciendo la actividad necesaria para fabricar una bomba”.

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1991. Gorky Park. La caída de la Unión Soviética socava los fundamentos materiales del matrimonio entre Estados Unidos e Israel. El terrorismo islámico sirve de scapegoat durante un tiempo; la intensidad de la relación, sin embargo, ya no será la misma. Lejanos los días cuando ambos enfrentaban juntos la amalgama de sus respectivas ideologías enemigas: socialismo, para uno, y nacionalismo árabe para el otro. El nuevo siglo presenta condiciones diferentes. De forma creciente, voces en el Departamento de Defensa alertan sobre el precio que Estados Unidos está pagando por su incondicionalidad hacia Israel. En 2010 el general David Petraeus, comandante de CENTCOM y probablemente el militar de mayor prestigio en el país, advierte al Comité de Defensa del Senado la necesidad de repensar el carácter absoluto de la relación. La invasión de Gaza en 2014 y el castigo colectivo del que son objeto sus habitantes no ayuda en nada a mejorar la comunicación entre Washington y Tel Aviv. Son los primeros pleitos de una relación que ha dejado atrás sus mejores días.

Netanyahu entiende rápidamente el nuevo panorama. Sabedor de que es persona poco grata en la administración de Obama, forja una alianza con los sectores más conservadores del Congreso de Estados Unidos. Su mejor aliado será John Boehner, líder de la Cámara de Representantes y enemigo número uno del presidente. Netanyahu no se guardará para sí mismo su sinsabor por la administración de Obama. Cuando el vicepresidente Biden viaja a Israel para impulsar el proceso de paz en Palestina, el primer ministro le transmite la utilidad de su viaje anunciando la creación de nuevos asentamientos judíos en Cisjordania antes de que su avión despegue. En 2015 Bibi realiza la primer visita oficial de un mandatario a Washington sin la bendición del ocupante de la Casa Blanca. Palabras mayores. La sombra de Bibi se extiende sobre Capitol Hill y lleva su disputa contra el presidente a su patio trasero. En su discurso al Congreso, Netanyahu buscará derribar el prospecto de un acuerdo nuclear con Irán que, de lograrse, será el mayor éxito de la diplomacia estadunidense desde el final de la Guerra Fría.1

 

Todos los caminos espinosos de Medio Oriente conducen a Teherán: capital del islam chiíta. La pacificación de un Iraq con mayoría chía; la lucha contra Estado Islámico; la estabilización de su principal aliado, Siria; el atemperamiento de los Houthis (también chías) en Yemen; el total desarme de Hezbollah en Líbano; la construcción de un Estado más o menos viable en Afganistán: todas las pesadillas presentes y futuras en Medio Oriente conducen de una u otra forma a las puertas del Palacio de Sa’dabad. El presidente Obama, determinado a transferir parte de los costos de la estabilización de Levante a los países de la región, lo sabe perfectamente. El acuerdo nuclear representa no sólo una oportunidad para detener la rotación de miles de centrífugos en Natanz: significa, también, utilizar el poder geopolítico de Irán en tiempos que anuncian un Medio Oriente plagado de guerras asimétricas. El hormiguero.

 

Postdata. Muerte a los americanos.  500 estudiantes saltando las rejas  de la embajada en Teherán.  Khomeini bendiciendo el ataque. 444 días  de crisis. Tres décadas de una partida  sin jaque mate.

Pero las revoluciones no pueden durar para siempre. El fervor se pierde de una generación a otra: ésa que por dinámica histórica es parcial al pragmatismo. El político más popular de Irán es actualmente Javad Zarif, ministro de Relaciones Exteriores y arquitecto del diálogo reciente con Occidente. Egresado de la Universidad de San Francisco, doctor por la Universidad de Denver. En la arbolada calle de Taleqani, cientos de personas lo reciben como héroe tras su regreso de las negociaciones en Viena. Es en un día lleno de sol. La caravana que sigue a Zarif pasa frente a un edificio abandonado. Una estructura de tabique llena de grietas, crecida de plantas. Nadie la  voltea a ver. Un edificio abandonado, 34 años después.

 

Alejandro Lerch
Maestro en Estudios Políticos por Sciences Po  Paris y candidato a doctor en la Universidad  de Cambridge.


1 El acuerdo alcanzado el 14 de julio 2015 establece que Irán desmantelará dos terceras partes de su capacidad para enriquecer uranio, es decir, una reducción de centrífugos de 19 mil a seis mil 104. Teherán no podrá enriquecer uranio a más de 3.67%, un nivel de enriquecimiento sumamente lejano al 90% que se requiere para fabricar una bomba. El 96% de los depósitos de uranio vserá trasladado a Rusia. Finalmente, la Agencia Internacional de Energía Atómica tendrá acceso permanente a todas las instalaciones nucleares del país, así como a lugares bajo sospecha de actividades relacionadas a enriquecimiento. En la medida que Irán cumpla con estas medidas, los embargos contra sus exportaciones de petróleo, su expulsión del sistema SWIFT para transacciones financieras, sanciones comerciales y financieras impuestas unilateralmente por Estados Unidos, así como embargos para importar armas convencionales y misiles balísticos serán suspendidos de forma progresiva. A pesar de que el Senado de Estados Unidos puede votar en contra del acuerdo, los rivales de Obama estarían obligados a reunir una mayoría de dos terceras partes para superar el veto del presidente. Dada la distribución actual de escaños en el Senado, la probabilidad de que eso suceda es extremadamente limitada.

 

5 comentarios en “Irán y el enemigo

  1. Excelente artículo, gracias por el amplio panorama histórico para entender las últimas décadas en oriente medio.

  2. Excelente articulo, felicidades; muy claro, concreto y de suma información en español….. Unico

  3. Excelente ensayo. No solo tiene una reveladora base histórica, sino una narrativa impecable, muy ilustrativo. Felicitaciones!

  4. Su ensayo, de una pulcritud y concisión inmejorable, nos brinda una luz para entender el enredado panorama internacional de los últimos treinta años.Enhorabuena!

  5. Excelente articulo, su descripción geostrategica y geopolitica desentraña la ambicion de dominio sionista-americano