En La gravedad y la gracia la señora Simone Weil escribió: “Aceptar el mal que se nos hace como remedio al mal que hemos hecho”. Yo tomo este remedio del mismo modo que lo hacía con los tónicos que mi madre solía darme en cucharadas cuando enfermaba de tos: con asco y resignación. (Si bien la filosofía digresiva y mística fue llevada a un extremo casi insoportable por la escritora parisina, cada exaltación suya, cada sentencia posee en sí un hilo capaz de conectarse con realidades que no son ajenas a la imaginación. A partir de mezclar el dolor humano y la exaltación literaria, Weil obtiene para sus lectores algo de provecho moral y de estímulo para la reflexión.) Pues bien: yo acepto con resignación el mal que se me propina, pero me niego a creer que yo haya hecho mal alguno. O bien: me niego a aceptar que el mínimo mal que he causado pueda ser remediado por el mal que me ha sido propinado. Simples sumas y restas. Yo no le hago daño a nadie porque no tengo medios para hacerlo de forma significativa. El que tiene poder, tarde o temprano lo utiliza de manera indistinta. Mata el que  puede matar: el resto es un accidente.

05-trafico

En Convertir la paja en oro Morris Berman escribe al final de un capítulo del libro: “Es evidente que si uno está en el tráfico, entonces uno es el tráfico”. La autoexclusión es también una forma de hacer el bien a los demás: desaparecer y apartarse, salirse del tráfico y no ceder al ordinario gusto o afición por el poder. Hay un relato de Joseph Conrad titulado Un anarquista, en el que se narra la historia de un hombre que trabaja para una finca ganadera en Perú luego de haber escapado —en compañía de otros dos reos— de la isla de San José, la más hermosa de las Îles du Salut, en la Guyana francesa. Este hombre trabaja duramente en la finca bajo la distraída mirada de un patrón arrogante y mezquino, recibe un salario miserable y su conformismo puede comprenderse, más bien, como paciencia en espera de la muerte. Para lograr la absoluta tranquilidad de su espíritu, este hombre debió matar antes a los dos presos que huyeron con él en el barco de remos y que, también, aguardaban el momento oportuno de asesinarlo.

Lo que me interesa hacer notar de este relato es que “el anarquista” asesina a sus compañeros en el barco cuando se hallan a punto de ser rescatados por un galeote. Lo hace porque, a diferencia de ellos, posee un arma con la que obliga a los dos presidiarios a remar, incluso contra su fortaleza disminuida. Tiene el poder y ellos se dan cuenta de que ese poder los ha salvado porque, de lo contrario, jamás se habrían esforzado tanto en remar y habrían perecido tragados por las aguas marítimas. Y si en un principio lo querían asesinar por obligarlos a hacer lo que no deseaban, después lo consideraron su héroe y salvador, y  lo llenaron de loas y agradecimiento. De todas formas los mató, porque era la única manera de obtener su libertad: deshaciéndose de los que potencialmente eran sus asesinos y también sus fieles admiradores y leales compañeros.

No voy en busca de una moraleja estricta a la hora de narrar el relato de Conrad. En la literatura no existe puerto seguro y las buenas obras se mantienen, por lo regular, alejadas del dogma moral o bíblico. Lo que me lleva a narrarles el cuento es la impresión que me ha causado la desesperación con que este hombre ansía la libertad. Él ha debido matar porque el poder que le da su arma se lo permite, pero sobre todo, lo ha hecho para desaparecer y mantenerse a salvo de la veneración y del odio, de la admiración y el desprecio, siempre tan de la mano. Por ello, el anarquista acepta el trabajo en la finca y decide volverse un mecánico silencioso, mal pagado y sin ningún poder mientras espera que la muerte lo tome en sus manos.

En Paseos con Robert Walser el escritor suizo le confiesa a Carl Seelig, su albacea, amigo y autor del libro citado: “¿Sabe por qué nunca llegué a la cumbre como escritor? Se lo voy a decir: porque tenía muy poco instinto social. Actué casi a espaldas de la sociedad. ¡Seguro, así fue! Hoy lo veo con toda claridad. Me entregué demasiado a mi personal placer. Sí, es cierto, tenía condiciones para convertirme en una especie de vagabundo, y apenas me resistí a ello”. Como sabemos, Walser no era capaz de hacer daño y no tenía por qué aceptar cargar con los males de su tiempo. Se recluyó en un hospital psiquiátrico casi tres décadas hasta que murió. El anarquista esclavo del relato de Conrad se apartó del mundo y se liberó, aunque para ello hubiera tenido que asesinar a los dos crápulas o zafios que lo acompañaban. El primero nunca tuvo un arma, el segundo sí y la utilizó. Ambos, a su manera, se liberaron del otro. Comparar a un escritor real con el personaje de un relato puede resultar demasiado fabulador, pero es eficaz si uno quiere explicarse o conocer ciertos accidentes del temperamento libre. Si tú no has hecho ningún mal no mereces que te lo inflijan. La resignación ante el mal —sea social o individual, concreto o abstracto— no implica que uno acepte merecerlo, ni mucho menos. Para salvarse, uno se va del tráfico; y ya.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

3 comentarios en “Salirse del tráfico

    • No es forzoso q el q tiene poder tenga q matar. Esto no sucede
      cuando hay una comprension, una
      buena enseñanza. Matar solo porq se tiene el poder y el otro o los otros no es lo q hace al mundo inhabitable y convierte a los hombres en bestias sin alma. Autoexcluirse entrena la voluntad de quien se autoexcluye, pero no hace bien a nadie, ni a los otros, ni a quien se autoexcluye, aunq si puede traer paz a quien se aleja del salvajismo o del bullicio o el ruido, en sesiones de inaccion y concentracion del yoga y antes, cuando el mundo tenia respeto por el “otro”, un hospital psiquiatrico tal vez fuera la solucion para mantenerse apartado de la “maldad”, pero hoy dia, la “maldad” impera en esos lugares donde las personas a las q se considera “locos” por ser y pensar diferentes, por amar la libertad, los maltratan sin respeto y los drogan para mantenerlos sedados y hacer con ellos aberracion hasta cansarlos y llevarlos a la muerte. Me doy cuenta con esto, q la locura solo es un manejo conveniente para Iglesia y gobierno, para q los inteligentes co “contagien”, su despertar conciente a la “masa” dormida y q la locura jamas ha existido y solo es una parte de la ficcion del sistema.

  1. La moraleja es sutil y exquisita, pero creo difícilmente interpretable para todos los públicos. Suscribo y distingo en el escrito “las dolencias ” de nuestros tiempos