El viernes pasado El Colegio de México revocó el grado de doctor en ciencias sociales que otorgó a Christian Núñez Arancibia en 2004. Aunque la palabra “plagio” no aparece en el documento emitido por la presidencia de la institución, lo que llevó a las autoridades del Colmex a dicha revocación fue el incumplimiento de la “exigencia de originalidad” y el hecho de que la tesis “adolece del carácter de material inédito”. Algunos dirán que, dada la magnitud del plagio, el Colegio de México no tenía muchas opciones. Puede ser. Lo importante, sin embargo, está en otra parte: hasta donde tengo noticia es la primera vez que una institución académica mexicana de primer nivel revoca un título doctoral por motivo de plagio. El hecho es pues de la mayor importancia y puede ser el inicio de una serie de lineamientos y políticas que compliquen bastante la “labor” a los plagiarios potenciales, pero no solamente. Creo que el caso Núñez Arancibia debe servir también para adoptar medidas que además de complicar el plagio, contribuyan a reducir y controlar algunas de las prácticas sin las cuales es simplemente inexplicable cómo alguien pudo haberse desempeñado y progresado en la academia mexicana como lo hizo Núñez Arancibia durante más de una década (se dice pronto).

A este respecto, el texto que publicó Luis Fernando Granados hace unos días sobre el tema del plagio resulta pertinente, útil e ilustrativo (“Cómplices del plagio”). Como plantea Granados, los plagios se explican no solo por las intenciones de individuos aislados. La recurrencia del plagio también tiene que ver con una serie de prácticas muy extendidas en nuestro medio, que van desde l@s “asistentes” que son mucho más que eso y cuyo trabajo es utilizado ventajosamente, hasta los “comités de evaluación” que toman sus decisiones no con base en la calidad de los trabajos revisados, sino dejándose guiar por filias y fobias que poco tiene que ver con ella; pasando por una manera de ver la dictaminación de libros y artículos que responde más a lógicas burocráticas o de compadrazgo que a lógicas académicas y por una eficencia terminal cuyo endiosamiento por parte del CONACYT ha tenido consecuencias nefastas sobre el nivel académico de tesis y programas.
Tanto en el título como en el contenido de su texto, Granados emplea la palabra “cómplices”. Sin pretender tirar la primera piedra, creo que el término es exagerado e incluso puede resultar ofensivo para algun@s. Ésta fue una de las réplicas que María de los Ángeles Pozas, directora de la tesis con la que Núñez Arancibia se doctoró en 2004, hizo en sus comentarios al texto de Granados. Ahora bien, lo que me parece más rescatable del texto de este historiador es la idea de que, si queremos realmente terminar con el plagio (o, mejor dicho, reducirlo lo más posible), debemos pensar en una serie de medidas que vayan más allá de nuestra capacidad para detectarlo y de castigarlo cuando se presenta.
Entre esas medidas, Granados critica la primacía de la cantidad (sobre la calidad) que caracteriza al sistema que el CONACYT emplea para evaluar a los profesores-investigadores que pertenecen al SNI. A estas alturas, parece innegable que esta lógica cuantitativa debe cambiar o, cuando menos, sofisticarse. El reto, sin embargo, es plantear opciones viables y funcionales. Además de la creación de una serie de herramientas que permitan castigar de manera enérgica el plagio académico a nivel nacional, ese es otro de los objetivos de corto plazo que un grupo de académicos teníamos en mente cuando decidimos redactar y dar a conocer el jueves pasado una carta sobre los dos casos de plagio más recientes (el mencionado de Núñez Arancibia y el de Juan Antonio Pascual Gay, profesor-investigador de El Colegio de San Luis). De aquí nuestra petición expresa al CONACYT para que adopte disposiciones respecto al plagio que tengan repercusiones de índole general, no solo relativas a los dos casos referidos. La revocación del título de Núñez Arancibia por parte del Colmex y las medidas que el consejo académico del Colsan decida tomar respecto a Pascual Gay en los días por venir no pueden ser las únicas reacciones. Con este fin, en un plazo relativamente breve algun@s de los 19 firmantes de la carta mencionada, junto con otros académicos que quieran sumarse, haremos una serie de propuestas.
Como se ha señalado en más de una ocasión, la indignación no sirve para nada si se piensa en términos institucionales y en términos de futuro. Tampoco hay que convertir al medio académico mexicano en la noche en la que todos los gatos son pardos. Como lo sugerimos en la carta referida y como la Dra. Pozas señala en su réplica a Granados, hablar de ciertas instituciones académicas como si se tratara de una sola persona o incluso referirse a un centro, a un instituto o a un departamento en esos términos, es algo que más allá de las taras y defectos de la academia mexicana, deberíamos evitar.
En un país en el que el Chapo Guzmán se escapa cada vez que le da la gana y en el que el presidente de la república hace giras oficiales con séquitos multitudinarios, a much@s les puede parecer que el plagio académico es algo secundario, “muy secundario”. La cuestión aquí, sin embargo, es que en este país miles de personas han escogido la vida académica universitaria como su profesión. Una profesión a la que no pocos se dedican con una vocación y una seriedad que quien esto escribe calificaría de “notables”. Esta apreciación personal sería lo de menos, si no fuera porque una parte importante del futuro de México está en relación directa con dicha vocación y dicha seriedad.
Los dos casos de plagio que ahora están bajo los reflectores deben servirnos para que en la medida de lo posible los reflectores académicos, si han de dirigirse a algún lado, lo hagan hacia otras personas y otras actividades. Más allá de las reservas que se puedan aducir, la decisión del Colegio de México me parece un excelente comienzo para reducir el plagio en nuestro medio. Es cierto que el caso Núñez Arancibia era demasiado burdo y, en esa medida, menos útil quizás de lo que estoy planteando. Sin embargo, exactamente por la misma razón se impone la necesidad de modificar algunas reglas y algunas conductas en la academia mexicana. Desde mi punto de vista, la decisión del Colmex, textos críticos como el de Granados y, sobre todo, las medidas que el propio gremio académico sea capaz de diseñar para reducir el plagio, para disminuir la recurrencia de prácticas que son “poco académicas” (por decir lo menos) y para incidir sobre los actuales métodos de evaluación del CONACYT, esos elementos, decía, podrían convertir al affaire Núñez Arancibia en el último de los casos grotescos de plagio en la historia de la academia mexicana. En las próximas semanas se verá si esta es la dirección que decidimos tomar como comunidad académica o si persistimos en ese “más de lo mismo” cuyos resultados están a la vista.
Roberto Breña