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Pierre Michon estableció una condena justa: cualquiera que escriba sobre Rimbaud se convierte en Théodore de Banville; se pone, automáticamente, un gorro de seda y se sienta ante su escritorio de poeta. Una vez ahí, ya no hay modo de evitarlo, ni el silencio ni la abstención; el gorro y el escritorio son permanentes. Uno está adentro: Rimbaud, afuera. Y a la hora de la hora, aun el más transgresor busca, en el fondo, la bendición de los numerosos Banville; incluso Rimbaud en un principio: “Querido señor y maestro: Tengo 18 años… Adoraré siempre los versos de Banville”. La declinó cuando iba a ser un hecho, cuando se percató de que el ingreso en el reino de los parnasianos significaba no sólo comulgar con los versos perfectos, sino también con las personas y las ceremonias. Ahí se impuso la fatalidad de su carácter o el sucio realismo de su poética, por encima de la conveniencia. Rimbaud le dio la espalda a Banville y rechazó el boleto de entrada, aunque no el dinero que le consiguió el maestro. El cenáculo de la Poesía lo tenía sin cuidado, la vida del espíritu lo tenía sin cuidado, las convenciones literarias lo tenían sin cuidado. Antes de hacerse respetable —en definitiva, una de sus metas— debía fabricar las visiones y representar el desarreglo razonado de los sentidos; dejarnos a todos los súbditos de Banville un ejemplo de obras maestras despilfarradas, para que cualquier pretensión de arraigo revelara el veneno de la quietud.

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Extrañamente, uno lee a Rimbaud y siente la necesidad de disculparse: por lo que uno cree saber, por la faramalla de la vida interior, por el clasicismo sedentario y acartonado. Su mito carcome cualquier intento de rebeldía. ¿Quién se va a atrever de veras? Quizá durante algunos años juveniles uno irrumpa en los recintos oficiales de la poesía para echarle en cara sus últimos errores, rendiciones o crímenes; uno grite “así ya no se debe escribir” mientras leen los mayores, y se lance iracundo a la calle porque también sentó a la Belleza en sus piernas, según dicta la tradición, y percibió el pliegue más reciente en sus ropajes y se dijo: “ahí está la poesía del porvenir”. Pero a la larga el peso de los numerosos Banville hace de las suyas: ¿qué cincuentón o qué cincuentona no venera a los jóvenes, y más si son procaces? Empieza entonces la seducción de la rebeldía, el dramatismo de las poses y al cabo la tan temida invitación cordial a participar. De repente uno ya está adentro, rodeado de interlocutores dispuestos a dirimir la polémica con “ciencia y paciencia”, a honrar las ideas por lo mucho que se asemejan cuando uno decide tomar en cuenta las ajenas. Se impone el diálogo y, en un próximo acontecimiento social o literario, el Banville de ese avatar presenta a su joven rebelde y declara, sucintamente, que es una voz muy novedosa. Y la voz lee y agradece la ocasión. “Qué tranquilidad en usted entonces, qué fuerza, qué lujo de futuro: es que usted no es Arthur Rimbaud”.

Uno lo reconoce con melancolía, sin dejar de escribir los poemas, de pensar que son fundamentales cuando uno se los recita a sí mismo, y fragmentos incómodos, disonantes, cuando los roza la intemperie y todo se arruina hasta la vez siguiente. Si lo que está mal es la poesía, como declara Michon desde la velocidad lírica de su prosa, ¿qué continuamos haciendo? Cultivando un derecho individual, supongo. Radicalizando extremos hasta que se parezcan. Rimbaud le dio la vuelta al monumento entero y se fue de viaje. “Todo visto… Rumor de ciudades en la noche y en el sol y siempre”. La leyenda nos permite jalar los hilos y propagar su especie. Puede morir la poesía indefinidamente y, por eso, no morir nunca. Tras el luminoso desastre, Rimbaud no volteó para ver si quedaba algo, pues él ya había sido todo, hasta escritor de obras maestras. Ahora quería enriquecerse. Y de poeta absolutamente fuera de alcance pasó a ser un comerciante mediano. Lo cual habría sido una solución: un Rimbaud viejo, casado y con familia; un Rimbaud convertido en Banville al primer asomo de los admiradores que le escribieran: “Querido maestro…”. 

Pero la solución no duró. En África, en Harar, Rimbaud fue un eficaz hombre de negocios. Vendió armas hasta que se lo prohibió su propio gobierno; se dedicó a la exportación y a la importación; a medrar con las colonias y las tribus; se hizo experto en la zona; preparó expediciones e, incluso, realizó descubrimientos geográficos. Sin embargo, le cayó encima otro destino más: el del moribundo. Y si a uno le diera por meter cualquier cabo suelto en el casillero de la literatura, podría sugerir que Rimbaud logró esquivar así la “bobería poética”, el gorro de seda y el escritorio que ya lo estaban esperando en Francia, junto con los hombres de letras y algunos lectores. Habría sido injusto. Al final, Rimbaud sólo quiso regresar al desierto.   

Uno asume el Banville que le toca. El mío es un peluche y un guiñapo. A veces interfiere la seda con el escritorio y el gato de la luz se enreda con su fantasma. Estos trozos de historia han sucedido tantas veces que, por superstición, vuelvo a contarlos para que sigan sucediendo. No escribo: sólo divago o a veces imagino. Espero que eso me haga menos culpable.

 

Tedi López Mills

Poeta y narradora. Su más reciente libro de poesía es Amigo del perro cojo; además ha publicado dos de prosa: La noche en blanco de Mallarmé y Libro de las explicaciones. Pertenece actualmente al SNCA.

Prólogo al libro que prepara la autora, una especie de políptico que incluye una descripción de los episodios de la vida de Rimbaud, un largo ensayo, la traducción de las Iluminaciones y una serie de Apócrifos a partir de frases tomadas de las Iluminaciones.