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Era.

Era un libro.

Era un pequeño libro de colores blanco y mostaza con tipografía en negro y el grabado de un viejo ferrocarril en la portada. Tenía cuántas páginas. Quinientas treinta y seis páginas tenía ese pequeño tabique. Cuento sus hojas y cuento sus capítulos: nueve primero, en orden ascendente; luego el puente; y nueve después, en descenso. Como quien sube y baja una pirámide, o como quien camina por los ahora perdidos campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, empezando por el oeste, cruza (cruzaba, aunque sigue ahí) el puente por abajo y sigue (seguía, pues el paisaje ha cambiado) hacia el este en busca de José Trigo.

Cuento los años y las cosas. Cuento que un día, a finales de los cincuenta, el joven escritor Fernando del Paso observó desde el autobús a un tipo alto, de cabello encarrujado y entrecano, que cargaba en el hombro un ataúd blanco; y a una mujer embarazada que lo seguía e iba recolectando girasoles silvestres. Se bajó del autobús este muchacho, de poco más de veinte años de edad, y se adentró con ellos, con el hombre del féretro blanco y la dama preñada, en los campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, que descubrió esa vez. Los siguió mentalmente, además, por varias jornadas, mientras redactaba un cuento sobre ellos; y por semanas, después, cuando el cuento se convirtió en nouvelle; y por años, siete para ser precisos, cuando la nouvelle amplió sus páginas y sus horizontes y aparecieron otros personajes y otros sucesos, como el movimiento ferrocarrilero, con Valentín Campa y Demetrio Vallejo a la cabeza, que encarnan novelísticamente en el líder Luciano. Y apareció en el pasado de los personajes la guerra cristera, y Fernando del Paso construyó en su casa un pequeño volcán de Colima con papel periódico y engrudo, y con soldaditos de plomo diseñó estrategias bélicas y vivió verdaderas batallas entre cristeros y militares, que luego llevó al papel, a la novela, esa primera novela que fue por más de un lustro motivo de sus desvelos.

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Había publicado un cuento, “El estudiante y la reina”, en la revista La palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana; y había escrito otro, “La cama de piedra”, que viajó a Colombia para aparecer en El Espectador o El Tiempo, diarios de la ciudad de Bogotá. O desaparecer, si queremos ser precisos, pues poco o nada se sabe de ese texto. Y había publicado un libro de versos, Sonetos de lo diario, en la colección Cuadernos del Unicornio de Juan José Arreola. Contaba, entre sus lecturas, con el Ulises de James Joyce, claro, en la traducción de Salas Subirat editada por Rueda. Y con Luz de agosto, de William Faulkner. Y leyó además en esa década, fascinado, en primeras ediciones, El llano en llamas y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y en sus recorridos por los campamentos ferrocarrileros pudo haberse encontrado al mismísimo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno cruzando el Puente de Nonoalco o arriba de un vagón para captar una panorámica, pues en 1956 Rulfo se interesó por andar por esos ámbitos con su cámara réflex. Dice Raquel Tibol que Rulfo visitó a su amigo José Luis Martínez, entonces funcionario de los Ferrocarriles Nacionales de México, y le pidió apoyo para fotografiar los patios ferroviarios de la ciudad de México. Y así lo hizo.

Es curioso: en su narrativa (y con vocación de veterano alpinista), Juan Rulfo se detuvo en donde otros podían seguir avanzando ya sin su ayuda. Como han señalado Víctor Jiménez y Alberto Vital, del relato “Paso del Norte” (una suerte de fantasma de El llano en llamas, que iba y venía entre una edición y otra) elimina Rulfo las líneas que se referían a la ciudad de México y específicamente a Nonoalco, como para no entrometerse en una parcela que otros podrían cultivar en el futuro, o dejando el paso libre a un Del Paso jovencísimo al que aún no conocía, pero al que pudo haber retratado cuando el chico, artista casi adolescente, siguió al hombre de cabello encarrujado y entrecano y a la mujer embarazada que recogía girasoles. Lo que Rulfo quita de “Paso del Norte” es lo siguiente:

—Oye, dicen que por Nonoalco necesitan gente pa la descarga de los trenes.

—¿Y pagan?

—Claro, a dos pesos la arroba.

—¿De serio? Ayer descargué como una tonelada de plátanos detrás de la Mercé y me dieron lo que comí. Resultó con que los había robado y no me pagaron nada y hasta me cusiliaron a los gendarmes.

—Los ferrocarriles son serios. Es otra cosa. Ahí verás y te arriesgas.

—¡Pero cómo no!

—Mañana te espero.

Y sí, bajamos mercancía de los trenes de la mañana a la noche y todavía nos sobró tarea pa otro día. Nos pagaron. Yo conté el dinero. Sesenta y cuatro pesos. Si todos los días fueran así.

Y el que da y quita, aunque esa transacción literaria haya sido inconsciente, con Del Paso se desquita. ¿Hablarían Juan Rulfo y Fernando del Paso de los campamentos ferrocarrileros en 1965, cuando uno era tutor del otro en el Centro Mexicano de Escritores? ¿Sabría Del Paso de esas tomas rulfianas realizadas en 1956? ¿Le contaría de ellas el maestro al alumno en sus diálogos en la cafetería del hospital Dalinde, que frecuentaban no por estar enfermos o ser médicos (o cosa por el estilo), sino por ser un sitio tranquilo?

El que revise ahora el libro En los ferrocarriles (UNAM/Fundación Juan Rulfo/REM, 2015), de Juan Rulfo, abordará, en un tren distinto, digamos, el universo de José Trigo. Es, en cierto modo, como encontrarse con la novela de Fernando del Paso vuelta imagen. Y esta impresión la corrobora la nueva portada de José Trigo, en edición del Fondo de Cultura Económica (nueva pero nuevecita, salidita del horno), en donde el novelista gráfico Édgar Clement trabaja, en la parte de arriba, con la imagen del hombre que carga el féretro y es seguido por la mujer de los girasoles; y recrea, abajo, una fotografía del Puente de Nonoalco tomada por Juan Rulfo, nos dicen, desde la esquina del Club de Billares El Mirador.

En ese viaje del campo a la ciudad el “Pedro” se vuelve “José” y el “Páramo” se transforma en “Trigo”: hay pastiches rulfianos en los capítulos número cuatro de la novela. Primero en el del Oeste, aquel que dice: “Eduviges vivía en un pueblo en donde se usaba mucho la pobreza”; y luego, en el Este, con aquello de: “Turbulenta lentamente se fue acaronchando el cielo”. Rulfo y Comala están ahí, como están Joyce y Dublín o Faulkner y Yoknapatawpha. Porque la originalidad, ha dicho Fernando del Paso alguna vez, es la suma de muchas voces que al mezclarse resultan irreconocibles. Es lo que habita en José Trigo.

Porque todo esto, y esto es un decir, fue mi evocación de José Trigo. Vi ahí todo y a todos. Vi a Luciano y María Patrocinio, Manuel Ángel y Eduviges, al viejo Todos los Santos y la anciana Buenaventura. Vi a los guardacruceros de las calles de Fresno, Naranjo y Ciprés, y a don Pedro, el carpintero de la Calle del Pino.

Todos bajo el cielo.
Y sobre la tierra,
       todo.

 

Alejandro Toledo
Es coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.