A mediados de junio de 1962, después de 20 años de trabajar en el Fondo de Cultura Económica hasta convertirse prácticamente en el subdirector, Joaquín Díez-Canedo funda su propia casa editorial a la que bautiza como Joaquín Mortiz. Casi desde el principio se asocia con dos editores españoles de buena cepa: Víctor Seix y Carlos Barral, que se interesan por editar en México libros que la censura franquista proscribe en España, a la vez que Díez-Canedo busca apoyos para que los libros de autores mexicanos se distribuyan en aquel país. Seix y Barral compran 20% de las acciones de Mortiz y así se pone en marcha un fructífero proyecto de colaboración internacional que no ha vuelto —y quizá no volverá— a repetirse.

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Menos de un mes después, el 5 de julio, un joven escritor alemán de 35 años de edad obtiene en Francia el Premio al Mejor Libro Extranjero por una extensa novela (El tambor de hojalata) escrita en París a lo largo de tres años en los que él y su esposa (Anna Schwarz, una bailarina suiza de ballet) han enfrentado todo tipo de penurias económicas.

La novela había llamado la atención de Carlos Barral desde octubre de 1959, cuando viajó a la Feria de Frankfurt con su colega y amigo, Giulio Einaudi. La novela acababa de aparecer ese año y se hablaba mucho de ella en Alemania. Barral solicitó a Luchterhand Neuwied, editor de Grass, una opción sobre los derechos de traducción, pero después de dos años y medio de luchar infructuosamente contra la censura franquista para que el libro se imprimiera en España (no se publicará en ese país sino hasta 1978) busca una alternativa para su difusión en castellano a través de América.

Con el consentimiento de Luchterhand, Barral traspasa su contrato a la recién fundada Joaquín Mortiz, que de inmediato (El tambor es uno de los 20 primeros libros con el sello de Mortiz) encarga la traducción de la novela al catalán Carlos Gerhard Ottenwälder, político socialista de ascendencia suiza nacido en 1899 que al cabo de la guerra civil española intenta instalarse en la tierra de sus padres pero acaba asentándose en México a partir de 1945. En nuestro país Gerhard se convierte en traductor profesional y en el curso de tres décadas vierte al español numerosos artículos y más de 40 libros (obras de filosofía, economía, historia y ciencias sociales, de autores como Ernst Cassirer, Wilhelm Dilthey, Max Weber) para sellos editoriales como UTEAH, el Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI Editores. Curiosamente, las únicas obras literarias que traduce pertenecen todas a Günter Grass —todas para Joaquín Mortiz: El tambor de hojalata (1963), El gato y el ratón (1964), Años de perro (1966) y Anestesia local (1972).

Ducho en varios idiomas (catalán, francés, inglés, alemán y español) y en diversos saberes, Carlos Gerhard era el traductor idóneo para la novela de Grass, en la que se imbrican múltiples subtramas cuyo traslado a otra lengua requiere de una amplia variedad de conocimientos así como de una singular sensibilidad en el trato con las palabras (Grass era capaz de incluir párrafos enteros de nombres de objetos o de ciudades por el solo placer que le producía la manera en que sonaban). Muchas veces se ha señalado que la versión de El tambor de Gerhard sobresale en calidad al compararla con las traducciones de Ralph Manheim, de Jean Amsler y de Enrico Filippini, al inglés, al francés y al italiano, respectivamente. También la afinidad política entre ambos hombres jugó un papel importante y me parece evidente que, además del empeño profesional con que Gerhard evitó localismos ibéricos y americanos, su esmerada traducción debe mucho a esa simpatía.

La versión de Gerhard apareció en abril de 1963, pero ya había sido concluida en diciembre de 1962, cuando la Revista de la Universidad de México publicó un extenso adelanto bajo el título “El álbum de fotos”, lo cual indica cuán rápidamente se tradujo y se realizó el proceso de edición del libro, del que se ocuparía en todo momento el propio Díez-Canedo.

Saludada en Europa como la obra que marcaba el renacimiento de la literatura en lengua alemana, la novela tuvo un éxito internacional de ventas que nadie habría podido augurar. En cinco años, sumadas sus diferentes traducciones, había vendido casi un millón de ejemplares. Parte de las razones de ese éxito se comprende mejor cuando se tienen en cuenta las ideas en que George Steiner había meditado al mismo tiempo en que Grass hacía redoblar El tambor en su pequeño departamento en París: el nazismo había convertido el alemán en una jerga corrompida y miserable. No era ya el idioma de Goethe ni de Nietzsche. Los nazis lo habían llenado de falsas metáforas que encubrían una terrible bestialización, ambiguas expresiones de la mentira y la hipocresía, y lemas cuyo ruido distorsionaba el recto sentido de las palabras. La descomposición del idioma equivalía a la muerte del espíritu, señaló Steiner en el ensayo “El milagro vacío”,1 refiriéndose con ironía a través de este último término a la asombrosa recuperación económica que la Alemania Federal conoció a partir de 1948.

Debido a la hondura, a la ironía y crudeza con que retrataba a Alemania y describía el ascenso y dominio del nazismo, la manera en que los alemanes se entregaron a él, Grass no tardó en ser considerado la conciencia histórica de su país frente a la “milagrosa amnesia” —otra vez Steiner— del pasado inmediato: ese aparente —y anhelado— olvido que pareció prevalecer en la posguerra, no sólo entre los alemanes sino también en los Estados Unidos y buena parte de Europa. (“La prosperidad es un detergente irresistible”, dice Steiner en otro excelente ensayo “The Nerve of Günter Grass”, a propósito de Años de perro.)

En México el éxito de ventas estuvo lejos de ser tan espectacular como en Europa. Pero el libro tuvo un tiraje de siete mil ejemplares, bastante inusual para el medio librero mexicano de esos tiempos —aun para el de hoy— y no tardó mucho en agotarse. Hacia 1971 encontrar un ejemplar nuevo era una rareza.

Aunque la recepción crítica no fue muy amplia, hubo notas y reseñas desde la primera hora. El comentario más importante en aquel momento (un informe de lectura en cinco páginas) lo escribió el economista e historiador Jesús Silva Herzog. Apareció en el número de octubre de 1963 de Cuadernos Americanos. Reproduzco sus primeros párrafos:

El editor asegura que en París El tambor de hojalata ha sido considerado como un documento literario insólito y atrevido, difícil de parangonar con cualquier otro de los producidos durante los últimos veinte años. Quizá ello sea mucho decir, porque en las dos décadas anteriores se han producido obras literarias que no son menores como documentos.

Günter Grass, sin embargo, da la impresión de estar al margen de esta clase de comparaciones; leyendo detenidamente su obra, el lector exigente podrá ir anotando que el novelista tiene preocupaciones propias y en armonía con las páginas que va escribiendo.

Grass se vale de los instrumentos más inesperados para erigir las estructuras de su edificio; en su construcción es válido pasar del halago al improperio, de la piedad a la monstruosidad, del dato científico al procedimiento mágico, de la creencia religiosa a la animosidad poética, de la sinceridad a la traición, de la política al circo, de la ternura a la hosquedad; como se ve, es fácil deducir el pulso temperamental de la obra, es fácil suponer que la risa puede estallar lo mismo en el silencio hipócrita de una iglesia que entre el murmullo de los rezos acongojados ante un difunto.

La novela, y la obra de Grass en su conjunto, encontró mayor resonancia entre nosotros a raíz de la visita que él hizo a México en mayo de 1966.

 

Aprovechando que Grass se encontraba desde enero en Estados Unidos como profesor visitante en la Universidad de Columbia, Joaquín Díez-Canedo lo invitó para venir a la Feria Internacional del Libro que en los años sesenta se montaba cada primera quincena de mayo en el Auditorio Nacional y promover con su presencia los dos libros que Mortiz había ya publicado (El tambor de hojalata y El gato y el ratón).

A su llegada, el 2 de mayo, Günter Grass se encontró con una agenda más o menos llena de actividades —como se verá enseguida—, y con el número de la Revista de la Universidad correspondiente a ese mes que contenía un muy buen ensayo sobre El tambor de hojalata escrito por el poeta Arturo Cantú:

En rigor, como en toda gran obra literaria, Günter Grass ha logrado en ésta convalidar sus propios y especiales criterios de realidad. La llamada y exigida “verosimilitud” de las obras de ficción tiene menos que ver con la plausibilidad real que con el establecimiento de un ámbito coherente de relaciones. Por ello, las pautas de verdad y de realidad con que intentamos juzgar la obra, al adentrarnos en ella, necesariamente han de ser sustituidas por otras. Y por ello mismo, finalmente, de tanto tener ojos para contemplar otra, la nuestra, la realidad cotidiana, resulta transformada.

La noche del martes 3 de mayo le aguarda una ceremonia muy formal en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Uno de los amigos cercanos a Joaquín Díez-Canedo y a su editorial, el escritor español Max Aub, es el encargado de presentar a su homólogo ante colegas, lectores y curiosos, para lo cual escribe un pequeño ensayo que leerá entonces, pero sólo será publicado 35 años después, en el libro editado en 2001 por la Fundación Max Aub: Cuerpos presentes. Estos son algunos fragmentos:

Este que ven aquí, de tipo norteño y de la familia de los Coroneles —aunque tal vez le falten unos centímetros— bigotón y famoso, es, tal y como lo dicen los programas, Günter Grass, novelista, poeta y dramaturgo. No tiene todavía cuarenta años, es de la generación de Carlos Fuentes —para que aquí todos nos entendamos—. Nació en Danzig, de padre alemán y madre polaca —como saben— y allí se ha quedado tocando su tambor de hojalata, redoblando y redoblando.

Curiosa generación ésta de los novelistas nacidos en los veinte y que publican sus primeras obras importantes al final de los cincuenta: Robbe-Grillet, que nace en 1922, publica La Jalousie en 1957; Carlos Fuentes, de 1928, publica La región más transparente en 1958; Mroszek, nacido en 1929, publica El elefante en 1958 y Grass sale a la luz en 1927 y publica El tambor de hojalata en 1959.

Grass es el escritor que primero nombran cuando se quiere, o se parece querer, estar al tanto de la actual literatura alemana. Representa ese tipo de escritor del que se habla mucho, se vende bien y se lee relativamente poco —es decir de los que más influyen, lo que demuestra una manera de ser —tal vez no muy particular— de nuestro tiempo.

[…]

Tal vez dirán que hablo demasiado de política, poco de literatura y menos de Günter Grass; pero se equivocan: por lo menos para mí, y estoy seguro de que para él, todo es uno y lo mismo. La literatura es política o no es, lo que no quiere decir que sea buena; esto sólo lo determina el agua real de la muerte.

Y está bien que lo diga, en su honor, otro escritor socialista, como yo, ante ustedes que, quieran o no, representan en el mundo una república revolucionaria. El pasado es lo único que pesa.

Günter Grass, siendo un gran novelista de un país partido por la mitad, es un novelista entero, de una vez. Nos alegramos mucho de tenerlo aquí, en un país también partido por la mitad, aunque haga cuatrocientos años de ello.

[…]

Por de pronto, entre amigos, “puede vuesa merced —como dice Cervantes, que es de los suyos y de los míos— descoserse y desbuchar todo aquello que tiene dentro de su cuidado corazón, privilegio y exclusiva única del hombre libre”.

La mañana del miércoles 4 aparece en Excélsior una nota firmada por Gilberto Rod: “Grass, escritor alemán, le toma el pulso a México”. Una cuartilla y media de información general en la que destacan dos líneas: Grass manifiesta su interés por conocer Bonampak. Le interesa la arqueología.

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Por la tarde, en el pequeño puesto que la distribuidora de los libros de Joaquín Mortiz, Avándaro, tiene en el Auditorio Nacional, firma ejemplares de sus libros. Hay un registro fotográfico de ese momento, una memorable imagen en la que aparecen, en torno a un joven Günter Grass que estampa una dedicatoria, Margarita Bermúdez, José Agustín, María Luisa (La China) Mendoza, Joaquín Díez-Canedo y Gustavo Sáinz.

El jueves 5 aparece en la sección editorial de Excélsior, el único medio que le brinda atención a Grass a lo largo de su estadía, una semblanza de Grass firmada por otro escritor español socialista: el filósofo Francisco Carmona Nenclares, quien muestra conocer bien la trayectoria del narrador alemán. Quizás le habrá entregado en propia mano un ejemplar de la edición de ese día Enrique Loubet, periodista de Excélsior, quien lo entrevista mientras Grass desayuna en el hotel donde se aloja (el María Isabel), minutos antes de partir rumbo a Teotihuacán. Grass le cuenta a Loubet que ha leído a Octavio Paz, a Julio Cortázar y a Miguel Ángel Asturias.

En la tarde habla sobre los escritores alemanes contemporáneos en la Biblioteca Isidro Fabela, en San Ángel.

El viernes 6 de mayo aparece la entrevista con Loubet y en el mismo diario una inserción anuncia que a las siete de la noche Grass volverá al Palacio de Bellas Artes para leer en la Sala Ponce fragmentos de sus obras cuya traducción al español leerá inmediatamente después Carlos Pellicer.

Al día siguiente el mismo Pellicer y Francisco Monterde, presidentes de la Asociación de Escritores de México y del Centro Mexicano de Escritores, ofrecen un coctel en honor de Grass en las instalaciones del Club de Periodistas, en Filomeno Mata número 8. (René Avilés Fabila hará el relato satírico de ese coctel en media decena de páginas de su primer libro: Los juegos, publicado en noviembre de 1967.)

Acaso el domingo, antes de partir, Grass habrá alcanzado a mirar que una joven escritora y traductora mexicana, Rosa María Phillips, había publicado un breve y bien informado ensayo sobre su obra en el Diorama de Excélsior, el suplemento cultural de ese diario. Es obvio, por lo que ella dice, que lo escribió para saludar la llegada del escritor alemán, y que ya no alcanzaron a incluirlo en la edición anterior.

Una semana después de la partida de Grass aún se registran ecos de su visita.

Vicente Leñero publica una nota en El Heraldo de México, el 15 de mayo de 1966: “El tambor de hojalata. Günter Grass en México”. Pese a que no se trata de una nota precisamente breve, no puedo resistir la tentación de reproducirla de manera íntegra aquí:

Günter Grass estuvo en México y se fue. Se fue hace ocho días. Durante su breve estancia en la ciudad leyó páginas de El tambor en Bellas Artes, concedió entrevistas (“Es bueno quizá, para empezar un libro, estar enojado. Yo necesito estarlo con algo, pero a medida que avanzo viene la calma. Si estoy feliz, no veo razón para escribir un libro”), fue homenajeado con un coctel en la Asociación de Escritores de Mexico y firmó ejemplares de sus novelas en la Feria del Libro.

Alguien ajeno a la literatura oyó hablar de él y me preguntó: Oye, ¿quién es Günter Grass? Para responderle habría bastado con una sola frase (Günter Grass es el autor de El tambor de hojalata, una de las novelas más importantes en lo que va de esta segunda mitad del siglo veinte) si esta frase no fuera el folklórìco lugar común que suelen exclamar nuestros críticos para terminar pronto.

Intento otra: junto con Heinrich Böll, Gisela Elsner, Uwe Johnson y otros escritores alemanes que desgraciadamente no he leído, Grass pertenece a una positiva generación de novelistas germanos quienes al trazarnos el panorama de su Alemania en crisis nos ayudan a comprender mejor el semblante de nuestro tiempo.

Pero también ésa suena a frase de crítico mexicano. No sirve. Mejor hablar de la trama, del contenido de El tambor diciendo que es una novela cuyo protagonista, Oscar Matzerath (la primera persona narrativa), es un ser privilegiado: a la edad de tres años decide no crecer más. Convertido en una especie de gnomo, preso dentro de un manicomio, dotado de una voz cuyo chillido triza toda clase de vidrios, y dueño de un tambor que utiliza como medio de expresión, cuenta una historia: los últimos cincuenta años de la historia de Alemania. Oscar los observa y transcurre en ellos permitiendo al autor (escondido siempre detrás de Oscar) enjuiciar desde un punto de vista insólito la sociedad de su tiempo. En ese juicio todo cabe: desde la ironía hasta la blasfemia, desde la burla amarga hasta la nostalgia y la ternura poética con que Oscar confronta la realidad con la fantasía quijotesca de su mundo interior.

No. Tampoco sirve esta definición de la novela de Grass. La solapa de la traducción castellana editada por Joaquín Mortiz (me la estoy “fusilando”) dice algo semejante y lo dice mejor.

Diré entonces que cuando compré el libro me asusté de sus 623 páginas impresas en letra pequeñita (42 líneas en cada página). Con el miedo a no terminar nunca pero aceptando el reto que significa para todo lector una novela voluminosa, inicié la lectura poco a poquito, titubeante, a pesar de que me habían dicho que se trataba de una novela sensacional: quizá por eso mismo.

Me encontré en las primeras páginas con que Grass narraba sin alardes efectistas, sin saltos para atrás y para adelante, obedeciendo un orden cronológico y con una riqueza inventiva de situaciones y más situaciones, que me deslizaban hacia ese universo novelístico que no exigía ninguna clase de pasaporte especial: era generosamente habitable.

Oscar me hablaba de sus antepasados y me contaba anécdotas graciosísimas sobre su voz vitricida. Me contaba y me contaba cosas como si la imaginación de Grass no tuviera freno ni límite, y como si el novelista no desconociera ningún secreto del carácter y la biografía de sus numerosos personajes. Al final de la primera parte el mundo de Oscar conformaba ya un auténtico mundo novelístico. La política, la religión, la sociología, la psicología, pasaban lista de presente integradas a la vida de los personajes, no impuestas desde fuera por el autor. Lo mismo los pasajes más realistas y lógicos, que las situaciones más fantásticas o ingeniosamente absurdas, propias de una fábula, se hallaban integradas con una congruencia absoluta.

En El tambor de hojalata ocurrían acontecimientos, muchos acontecimientos, y yo los devoraba feliz, atrapado en el universo de Grass, dentro de él, deseoso de que el libro no terminara nunca. En ocasiones, por lo que respecta a su estilo y a su estructura, Grass me parecía tremendamente tradicional; otras, un novelista muy actual que no desconoce nada de las nuevas técnicas narrativas. Grass era siempre Grass contándome la historia de Oscar y su tambor.

Pero el libro termina (también termina El Quijote) y entonces sólo queda el consuelo de volver a sus páginas de cuando en cuando para releer capítulos como los de Maria y el polvo efervescente, como El camino de las hormigas o El bodegón de las cebollas.  

En una palabra (y como diría uno de nuestros críticos para acabar pronto) El tambor de hojalata es una novela extraordinaria (nuevamente el lugar común; ni modo) y Günter Grass un escritor contemporáneo de obligada lectura.

De esa visita de 1966 quedaría un testimonio muy importante que no se conocería sino seis años después, cuando Gustavo Sáinz decidió publicarlo: la conversación que sostuvo con Günter Grass justo después de la firma de libros realizada aquella tarde del 4 de mayo en el marco de Feria en el Auditorio Nacional. Sáinz la dio a la estampa en febrero de 1972, en el tercero y último números de la revista Eclipse, cuya fugaz existencia debe agradecerse a la censura que se ejercía en aquellos años desde la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas de la Secretaría de Gobernación, gracias a la cual también desaparecieron La Garrapata, Caballero y Piedra Rodante, entre otras.

Eclipse: ¿Cómo llegó Oscar Matzerath, el enano de El tambor de hojalata que se negaba a crecer y que con su instrumento dejaba escapar su burla anarquista sobre una Europa convulsionada por la guerra, a participar en la campaña del Partido Demócrata Socialista de 1971? ¿Cómo llegó, en pocas palabras, a participar en la democracia burguesa?

Günter Grass: En primer lugar yo no soy Oscar Matzerath, soy todo el libro. El tambor de hojalata soy yo, incluyendo a los personajes secundarios, en las novelas escritas en primera persona se tiende a confundir al autor con el héroe.

No veo ninguna contradicción entre Oscar Matzerath y mis opciones políticas actuales. […] Soy descendiente lejano pero directo del Siglo de las Luces, un heredero de Leibnitz y Lichtenberg; de los franceses Diderot, D’Alambert. Un escritor que escribe sobre la política, sobre la sociedad…

Grass volvería a México en 1981, invitado por el Instituto Michoacano de Cultura, con el apoyo del Instituto Goethe, para participar en el Primer Festival Internacional de Poesía de Morelia, convocado por Homero Aridjis.

El festival se realizó del 17 al 23 de agosto, con la presencia de medio centenar de poetas mexicanos y extranjeros. Entre estos últimos destacaban particularmente el propio Grass, Vasko Popa, Tomas Tranströmer, Seamus Heaney, Cintio Vitier, Kazuko Shiraishi, Joao Cabral de Melo Neto, W. S. Merwin, André du Bouchet, Eugenio de Andrade y Carlos Barral, por nombrar sólo a unos cuantos, parte de los cuales viajaría también a la ciudad de México para participar en la llamada “Noche Internacional de Poesía”, el lunes 24 de agosto, en la que también intervino Jorge Luis Borges, que en esa precisa fecha cumplía 82 años de edad.

En Michoacán Günter Grass viajó con el grupo de poetas a Pátzcuaro, a Zirahuén y a Santa Clara del Cobre, y tuvo abundantes oportunidades de convivir y conversar con sus colegas extranjeros y mexicanos. (Elena Poniatowska cuenta que en esos días Grass se enamoró de la poeta Verónica Volkow, quien poco después escribiría una reseña bibliográfica sobre la entonces más reciente novela del germano: El encuentro en Telgte.)

En el marco de esa visita Danubio Torres Fierro logró una excelente entrevista con el escritor alemán —publicada, como la nota de Volkow, en el número de octubre de ese año de la Revista de la Universidad—, en la que éste expone con toda claridad su posición política personal y sus ideas sobre las relaciones entre los escritores y la política.

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En el curso del Festival de Poesía Grass leyó una docena de poemas, y tuvo la oportunidad de mostrar esa faceta de su trabajo literario, prácticamente desconocida entre nosotros hasta entonces, y que es el sustrato esencial de toda su obra. Vale la pena recordar aquí uno de esos poemas:

Sobre qué escribo

Sobre el comer, el regusto.
Después, sobre huéspedes no invitados
o llegados con un siglo de retraso.
Sobre la sed de limón exprimido de la caballa.
Más que sobre cualquier otro pez, escribo sobre el rodaballo.

Escribo sobre la abundancia.
Sobre el ayuno y por qué lo inventaron los comilones.
Sobre el valor nutritivo de las migajas de la mesa del rico.
Sobre la grasa y las heces y la escasez y la sal.
Describiré doctamente
—en medio de una montaña de mijo—
cómo la mente se volvió biliosa
y el estómago demente.

Escribo sobre los pechos.
Escribiré, mientras dure,
sobre Ilsebill embarazada (su antojo de pepinillos).
Sobre el último bocado compartido,
la hora pasada con el amigo
comiendo pan, queso, vino y nueces.
(Hablamos con delectación de lo divino y lo humano
 y también del engullir, que no es más que miedo).

Escribo sobre el hambre, sobre la forma en que fue descrita
y por escrito propagada.
Escribiré, mientras voy a Calcuta
sobre las especias (cuando Vasco y yo
hicimos bajar el precio de la pimienta).

Carne: cruda y cocida,
se ablanda, se deshebra, se contrae o se deshace.
Las gachas nuestras de cada día
y demás cosas premasticadas: fechas históricas,
las carnicerías de Tannenberg-Wittstock-Kolin
y todo lo que queda luego:
huesos, pellejos, tripas, salchichas.

Sobre el asco ante el plato lleno,
sobre el buen sabor,
sobre la leche (y cómo se cuaja),
sobre el nabo, la col y el triunfo de la papa
escribiré mañana
o cuando los restos de ayer
sean fósiles de hoy.

Sobre qué escribo: sobre el huevo.
Frustraciones y grasas, amor que devora, soga y clavo.
Disputas por un pelo y por la palabra caída en la sopa.
Sobre el congelador y lo que pasó
cuando se fue la corriente.
Escribiré sobre todos nosotros
sentados ante platos ya vacíos
y también sobre ti y sobre mí, y sobre la espina en la garganta.

 

La tercera y última vez que Günter Grass visitó México fue en la tercera semana de marzo de 1993. La editorial Alfaguara y el Instituto Goethe hicieron posible que viniera a nuestro país para presentar su octava novela, Malos presagios. Faltaban todavía seis, casi siete años, para el otorgamiento del Premio Nobel, pero era ya un escritor muy reconocido —así fuera de oídas—, que había polemizado con muchos de sus colegas de Europa, de Estados Unidos y de América Latina, y con muchos de sus compatriotas involucrados en la política. Su brillantez y franqueza atraían los reflectores. Acompañado por Juan Villoro, quien habló sobre la obra de Grass, y por Sealtiel Alatriste, entonces director de Alfaguara, Grass leyó en alemán el cuarto capítulo de Malos presagios en el auditorio Justo Sierra, y Alatriste leyó la traducción al español. Enseguida el novelista respondió a las preguntas de los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quienes le aplaudieron a rabiar.

Venía de Cuba, y justamente aquí, el 15 de marzo, dijo ante los medios de difusión masiva que México y América Latina en conjunto deberían presionar a Estados Unidos para que ese país levantara el bloqueo que le había impuesto a esa isla, “doblemente deprimida” a raíz del bloqueo y de su prolongada dependencia de la antigua Europa socialista.

Cuba —subrayó Grass— tiene un sistema de salud que creo que difícilmente encuentre parangón entre los países del Tecer Mundo. Lo mismo se aplica al sistema de educación. Yo creo que, con toda la crítica —necesaria— que se le puede plantear a Cuba, todos esos logros merecen respeto. Por eso considero necesario que México y las naciones latinoamericanas en general ejerzan presión sobre Estados Unidos para que por fin se dé por terminado el bloqueo.

 

Grass añadió que Occidente sólo ofrecía como alternativas el capitalismo y la más bien mediocre ideología de mercado.

Probablemente la actividad más interesante para el propio Grass durante su estadía en México fue la larga conversación que sostuvo con Juan Villoro en la sede del Instituto Goethe, en la colonia Roma. Villoro, cuya primera novela, El disparo de Argón, algo le debe a El tambor de hojalata, es uno de los lectores (no sólo entre los mexicanos) que mejor conocen la obra del polígrafo alemán, y para éste debe haber sido estupendo tener un interlocutor tan familiarizado con su obra y tan enterado de su contexto. Extraigo un par de fragmentos de ese diálogo:

Su pesimismo parece haberse acentuado en los últimos años.

—Los hombres de mi generación creímos que en 1945 habíamos tocado fondo. A los 17 años conocí la muerte y supe que era un sobreviviente por casualidad. Mi situación era mucho más difícil que la que puede tener un joven de ahora. Vivíamos entre escombros, sin comida, pero al mismo tiempo había una sensación renovadora: podíamos empezar de nuevo. La divisa era “no es posible caer más abajo”. Con el tiempo esta esperanza se fue disolviendo. El 68 fue el último año en que pareció posible cambiar las cosas. Ahora la catástrofe se ha vuelto tan compleja que desafía las nociones canónicas de “esperanza” y “desesperación”.

Sin embargo, hace pocos años, en su epistolario con el escritor checo Pavel Kohout, sostuvo que aún era posible creer en la noción de esperanza, entendida como un mejoramiento progresivo, poco espectacular pero consistente, de las condiciones de vida en las dos Europas.

—Ahora el mundo ya no puede ser medido en esos términos. En mis viajes por Asia, y en especial en los seis meses que pasé en Calcuta, he aprendido que la gente que por tercera generación vive en los arrabales está totalmente al margen de la categoría europea de “esperanza”. Ellos simplemente sobreviven, no pueden darse el lujo de planear ni de esperar. Dedican toda su energía —con resultados a veces portentosos— a inventarse una forma de vida. La paradoja es que las catástrofes globales que se nos avecinan (pienso sobre todo en los problemas ecológicos) serán mejor resistidas por la gente de las ciudades perdidas del Tercer Mundo. Es la única entrenada para la catástrofe. En Malos presagios, de un modo algo sarcástico, la única solución positiva llega gracias a un bengalí que crea un sistema de bicicletas para las congestionadas ciudades europeas. Por cierto que aquí en el Zócalo ya vi esas bicicletas de alquiler.

“Günter Grass —diría Villoro tiempo después— es un autor al que he seguido durante muchos años y que en muchos sentidos me parece un modelo de escritor. Me parecía importantísimo conocerlo; con él se estableció una relación muy buena a partir de esta entrevista. Es un hombre muy cálido, enormemente vital, muy simpático, realmente fue una experiencia maravillosa haberlo entrevistado”.2

Durante esos mismos días Grass también le concedió una entrevista a Gerardo Ochoa Sandy, entonces reportero de Proceso. En las líneas introductorias Ochoa Sandy le recordó al lector que Grass había conocido a Rulfo en México en 1981, y que en 1982 habían leído juntos en Alemania (Rulfo, fragmentos de El tambor de hojalata, y Grass, tres de los cuentos de El llano en llamas).3

Juan Villoro, que fue testigo de aquel encuentro, contó la escena así:

En 1982 Grass acompañó a Juan Rulfo en el Festival Horizonte de Berlín en la lectura de El llano en llamas. Su llegada recibió silbidos dispersos. Por aquel tiempo, había decidido afiliarse al Partido Socialdemócrata para combatir desde dentro la política armamentista de Helmut Schmidt. De manera típica, el hombre que no juzgó necesario militar en el SPD cuando apoyaba la Ostpolitik de Brandt, sacó su carnet para denostar con confianza a Schmidt.

En el Festival Horizonte la tensión cobró un rumbo inesperado cuando Rulfo anunció que había perdido sus anteojos. Grass le prestó los suyos. Por un milagro de la óptica, ambos usaban la misma graduación: “¡Al fin voy a poder leer con los ojos de Günter Grass!”. La gente aplaudió la salida de Rulfo y, a través de él, rindió tributo a un novelista demasiado provocador para suscitar ovaciones irrestrictas.

En la conversación con Ochoa Sandy, Grass reiteró su admiración por Rulfo (“A Juan Rulfo lo admiro muchísimo. Lo venero”), hizo algunos comentarios sobre sus novelas más recientes (Malos presagios, El rodaballo y La ratesa) y habló de sus hábitos como escritor. Antes de concluir, Ochoa Sandy le pidió que hablara de sus dos viajes anteriores a México. Quizá porque había venido a traernos Malos presagios, respondió:

La primera vez yo era muy joven. La ciudad de México era grande y encantadora. Transparente: podía abarcarse con la mirada. La ciudad de México tenía todas las posibilidades, si recibía un trato cuidadoso, de ser la París de América Latina.

Desafortunadamente todo eso se perdió. Empezó a crecer de tal manera que… Estuve medio año en Calcuta, y algunas zonas, incluso aquí del Centro de la ciudad [Grass estaba alojado en el Gran Hotel de la Ciudad de México], me hacen recordar esa visión de desmoronamiento de la infraestructura de una ciudad. Calcuta es una ciudad que los ingleses planearon para un millón de habitantes. Ahora viven en ella entre 13 y 15 millones. Creo que la infraestructura de la ciudad de México tampoco fue planeada para 10 o 12 millones de habitantes. Existe el peligro de que haya un colapso.

 

Günter Grass dejó una serie de diarios inéditos sobre cuya publicación habrán de decidir sus herederos. Acaso al recorrerlos asomará alguna página relativa a México o a escritores mexicanos. Hasta donde se sabe, su secretaria ya había pasado en limpio sus diarios hasta 1995, y su plan era publicarlos.

Sería especialmente interesante saber si él, que era tan cuidadoso en lo que se refería a la traducción de sus obras a otros idiomas, desarrolló un vínculo amistoso con Carlos Gerhard, su estupendo traductor “mexicano”, muerto en 1976. Y si finalmente conocería los templos de Bonampak, cuyas pinturas le habían fascinado cuando las vio en fotografías. El tiempo dirá.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.