Saul Bellow, el judío perfecto

Hay una frase de La víctima, la segunda novela de Saul Bellow, que me hace estremecer cada vez que la recuerdo o que percibo una situación que la evoca: “Te estoy dando la oportunidad, Leventhal, de ser justo y hacer lo correcto”. Se la dice Allbee, un personaje bastante desagradable, al tal Leventhal, y se la dice porque se ha metido en su casa, y en su vida, la ha puesto de cabeza y, obviamente, en vez de disculparse por ofenderlo en un tema sensible, el judaísmo de Leventhal, lo que hace Allbee es reclamarle: tú eres responsable de lo que me pasa y, en el fondo, deberías darme las gracias por poner a prueba tu humanidad. En este punto de la historia es difícil decidir quién es la víctima y quién es el verdugo. Allbee ha esperado en la calle a Leventhal, lo ha seguido, lo ha encarado, le reclama que hace tiempo gracias a él lo corrieron de su trabajo, y ahora no tiene ni siquiera un lugar donde dormir. Aunque Leventhal no recuerda haber influido en el despido de Allbee, a quien incluso identifica vagamente, le ofrece asilo en su casa por unos días, mientras su esposa vuelve de viaje. Allbee resulta ser sucio, hurga en sus cajones privados, utiliza la cama de Leventhal para traer a una prostituta y, el día que lo corre, a punto de que vuelva la esposa, Allbee intenta suicidarse abriendo el gas de la cocina. Un desastre que pone a prueba los nervios de Leventhal y su violencia contenida ante el establishment, que ha seguido toda su vida a pie juntillas. Finalmente Allbee desaparece de la vida de Leventhal, pero no todo vuelve a la normalidad; ha dejado una diminuta semilla de duda en su conciencia. ¿Quién es Allbee y quién es Leventhal? El primero parece un loco o un filósofo o un sádico o un delincuente moral, y el segundo es un hombre bueno o un hipócrita social. Todo el tiempo hay una duda en el aire: ¿en verdad Leventhal es inocente, o le debe algo a Allbee (que aunque despreciable, es un ser humano, un prójimo y, además, parece disfrutar de la vida) y tiene que responsabilizarse por ello? Leventhal cree recordar que alguna vez sí cruzó por su mente hacer pagar a Allbee por su grosero antisemitismo, incluso cuando lo comenta con sus amigos ellos lo confirman, pero el recuerdo es vago e impreciso, y se diluye.

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En “Bellow’s Gift” un ensayo estupendo publicado en The New York Review of Books en mayo de 2004, J. M. Coetzee asigna los siguientes calificativos a este personaje: “El Kirby Allbee de Bellow es una creación inspirada, cómica, patética, repulsiva y amenazadora […] Es desvergonzado, haragán, desordenado”. En cambio Leventhal es: “buen esposo, buen hombre, buen hermano, buen judío, buen trabajador en circunstancias difíciles. Es culto; no es problemático”. Entonces, se pregunta Coetzee: ¿qué más se le puede pedir? “La respuesta es —dice Coetzee—: todo. La víctima es el libro más dostoievskiano de Bellow. El argumento es una adaptación de El eterno marido de Dostoievski, pero no sólo eso, hasta su espíritu es dostoievskiano […] El corazón de Leventhal no está cerrado; su resistencia no es total. Hay algo en todos nosotros, reconoce, que lucha contra el sueño de lo cotidiano. En compañía de Allbee, en raros momentos, se siente a punto de escapar de los confines de su propia identidad y ver el mundo con ojos nuevos. Algo parece estar ocurriendo en torno a su corazón, una especie de premonición; acaso un infarto o algo más. En cierto momento mira a Allbee y éste le devuelve la mirada, y ambos podrían ser la misma persona. En otro intuimos que Leventhal se mueve al borde de la revelación. Pero entonces una gran fatiga lo asalta. Todo es demasiado”.

Para los lectores de Bellow, en general, La víctima (1947) es un libro menor. El propio Bellow lo considera, junto con El hombre en suspenso (su primera novela, 1944), un “ejercicio de preparación”. Philip Roth, en su breve, pero agudísimo recuento de la obra de su colega, amigo y paisano, lo pone un escalón más abajo de Las aventuras de Augie March (ese adorable trotamundos, 1953) y de Henderson, el rey de la lluvia (el excesivo, 1959). Para Roth el punto más alto de la narrativa de Bellow es Herzog, un libro en el que la acción transcurre básicamente (a diferencia de los anteriores) en el universo mental de Moses Herzog, y accedemos a él a través de las cartas que éste le dirige a su madre muerta, a su esposa adúltera, al amigo que se acuesta con su esposa adúltera, a su novia, a la que fuera su primera mujer, al presidente Eisenhower, a Nietzsche, al banco, a Dios. En fin, a todos aquellos a los que tenía algo que decir. Esa actitud maniática revela al lector una inteligencia aguda y dicta el pulso narrativo de este libro divertido y genial publicado en 1964, doce años antes de que Saul Bellow recibiera el Premio Nobel de Literatura. “Este Herzog —dice Roth— es la mayor creación de Bellow, el Leopold Bloom [personaje de la obra cumbre de James Joyce, el Ulises] de la literatura norteamericana”.

Sin embargo, a pesar de las sabias palabras de Roth, que comparto, de Saul Bellow, autor nacido en Canadá hace cien años y muerto en Brookline, Massachusetts, hace una década, que nunca paró (su última novela, Ravelstein, es del año 2000), mi libro favorito es La víctima. Me siento identificado quizá con el problema moral que implica “hacer lo correcto” aun cuando un personaje increíblemente vital como Allbee se me ponga enfrente y me muestre que la vida también es brutal y grosera y en su imperfección es absolutamente “correcta”. Años después, cuando Leventhal cree haber olvidado a Allbee, se tropieza con él entre la multitud de un teatro. Huele a alcohol y lleva del brazo a una artista retirada ya un poco decrépita. Le dice: “He encontrado mi lugar en el tren, pero no de conductor, sino de pasajero. He llegado a un arreglo con ‘quien dirige las cosas’”. Y cuando Leventhal quiere preguntarle a Albee, con media sonrisa en la cara: “¿a qué te refieres con ‘quien dirige las cosas’?”, Allbee ha desaparecido en la penumbra del pasillo del teatro.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

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Publicado en: 2015 Julio, Ciudad de libros