En tiempos de gran convulsión y violencia, como los actuales, la literatura y otras manifestaciones intelectuales o artísticas se ven puestas en entredicho, con toda la razón, me parece, pues cuando el horror se vuelve parte tan integral de nuestra vida cotidiana, al grado de que por momentos dejan de sorprendernos sus infinitas encarnaciones, es tan sólo natural pensar qué sentido pueda tener reunirnos a hablar sobre lo bello, lo poético, etcétera. En épocas así, casi por instinto estaríamos inclinados a no pensar en otra cosa, a no hablar de otra cosa, pues cuando en una sociedad como la nuestra existen literalmente millones de personas cuya vida peligra, cuando hay miles de torturados y de desaparecidos, cuando el contubernio entre poder político y empresarial produce (en el sentido literal de la palabra, muy a menudo incluso la produce para la televisión) una realidad que parecería diseñada para perpetuar, sostener y legitimar el derecho al lujo y a la ostentación de una elite tecnocrática, es tal el sentimiento de desazón y de desamparo, que hablar de libros puede incluso parecer un acto pedante, por no decir irrespetuoso frente a aquellos para quienes el horror no es una anécdota escabrosa, sino la realidad en la que por fuerza han de moverse día a día.

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Y, sin embargo, quizá uno de los actos de resistencia que tenemos más a la mano es el de buscar impedirle por todos los medios al horror adueñarse de cada uno de los espacios que nos importan, que nos hacen procurar seguir con vida. Como bien saben los psicoanalistas, la enorme mayoría de las neurosis y psicosis tienen ante todo una función protectora, incluso si finalmente dicha protección termina por dañar de manera irreversible a aquella persona a la que buscaban resguardar. Darian Leader ha establecido la distinción crucial entre tener una estructura psicótica y tener la psicosis activada. El primer caso, el de la estructura psicótica, engloba a millones de personas consideradas normales, y simplemente hace referencia a ciertas barreras erigidas entre nosotros y la realidad, donde incluso distorsionándola de manera abierta logramos introyectarla y encajar en ella de una manera menos amenazante. El niño que crea un amigo imaginario, por ejemplo, lejos de ser un trastornado, se puede servir de él para abatir sentimientos de angustia y desprotección. Casi todos los adultos funcionales contamos con mecanismos similares a los de los niños, que nos permiten crear una realidad personal hasta volverla soportable, y en ese sentido no es exagerado afirmar que nuestra relación con nuestro entorno a menudo contiene, como afirma Leader, una estructura psicótica.

Por otro lado, el antropólogo norteamericano Ernest Becker explicó hace tiempo que el carácter es la coraza a través de la cual logramos hacerle frente e introducir un poco de orden en ese caos llamado realidad. Tan sólo la capacidad de establecer ciertos actos rutinarios, de reaccionar de determinada forma ante los incesantes estímulos, de encontrar regularidades y formas que se repiten, nos permite deambular por el mundo como si tuviéramos alguna idea de cómo nos corresponde actuar en él. El carácter es la coraza que nos construimos para no ser arrasados por una realidad proteica, que cambia de forma, color, olor, siempre y todo el tiempo, y únicamente la ilusión de regularidad que conseguimos imprimirle mediante nuestras propias reacciones frente a ella nos permite movernos con relativa certeza en un mundo que, estrictamente hablando, desconocemos y no comprendemos casi en su totalidad.

Entonces, el empeñarnos en hablar de libros —que lidian por antonomasia con ficciones y fantasías— podría considerarse como una negación de la realidad que raya peligrosamente en lo psicótico. ¿Para qué tanto esfuerzo, dedicación y devoción a algo tan irrelevante y minoritario como el libro, cuando allá afuera, en buena parte del territorio nacional, reina el descabezamiento y la impunidad a niveles tan cínicos que en ocasiones cuesta trabajo no reírse frente al despliegue del teatro del absurdo? Reitero en primera instancia el carácter protector de las estructuras psicóticas: quizá participamos en estas negaciones colectivas de la realidad para acompañarnos y protegernos, así sea durante unas horas o durante unos días, de ese horror latente que no aleja su mirada de la nuestra. Quizá si nos reunimos para una lectura de poesía, o para escuchar alguna intervención que nos permita cortar momentáneamente el cordón umbilical que nos ata a una realidad tan degradada y miserable que pareciera por definición volvernos huérfanos a todos, quizá si nos adentramos en la lectura de algún libro magistral en cuyo mundo nos sintamos más cobijados que en el nuestro por el manto de lo bello, quizá esa estructura psicótica cumpla cabalmente con su función de protección y de defensa. Quizá, por absurdo que pueda parecernos, debemos procurar seguir encontrándonos para conversar sobre ese hecho tan superfluo, y en ocasiones tan banal y vanidoso, consistente en que alguien decida plasmar por escrito un pedazo de su vida interior, y que encima espere que otros muchos desconocidos muestren el suficiente interés como para asomarse a esa volcadura que, me parece, al menos cuando se realiza con respeto responde siempre ante todo a una necesidad psicológica interior de quien escribe.

Aun así, la psicosis no solamente cumple con una función de protección y aislamiento. En ocasiones a través de procesos muy tortuosos, que se convierten para quien los experimenta en una encarnación personal e ineludible del horror trasladado hasta lo más profundo de sus cabezas, la psicosis deviene también en expresiones creativas de gran lucidez e imaginación. Robert Pirsig, el autor de esa imponente novela titulada Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, ha explicado que la locura posee también su propio lenguaje y su propia gramática, utilizando la imagen de una pantalla de cine que le muestra al loco una película distinta de la que más o menos ven los demás espectadores. De ese modo, si el carácter primero nos protege y nos aísla, y si puede parecer una locura seguirnos dedicando a escribir y a hablar sobre literatura, es precisamente ese espacio de locura colectiva de donde podríamos emerger con vislumbres y soluciones para aspirar algún día a producir una realidad con la que no nos produzca tanto asco y terror relacionarnos. La literatura no es en modo alguno un espejo que nos devuelva una imagen detallada de lo que ya conocemos, como si fuera una fotografía precisa de nuestra época. Asimismo, es bien sabido que sin la tragedia apenas tendría interés alguno contar una historia. Si las hijas del rey Lear hubieran sido fieles y agradecidas, no hubiera existido relato alguno que narrar. De ahí que incluso fabular sobre el horror pueda tener para nosotros una función de salvaguarda y de vislumbres de alternativas diferentes.

En un inquietante libro, titulado El molino de Hamlet, Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend analizan con minucia el mito de Hamlet y sus múltiples apariciones en tradiciones mitológicas diversas, y encuentran que hay un pasaje enigmático, casi siempre referido al mar y sus profundidades, cuya interpretación es que Hamlet necesita de la borrasca y de la tribulación para existir. Sin la tempestad del alma que pareciera no otorgarle ni un segundo de descanso de sí mismo, Hamlet no aparecería ante nosotros como uno de los grandes arquetipos de lo que significa ser humano, una criatura que, como bien ha señalado el filósofo John Gray, no es primordialmente racional, sino que su principal rasgo es estar en perpetua escisión y guerra contra sí mismo, y por extensión muy a menudo también contra los demás.

Es entonces lo borrascoso, lo tumultuoso, lo atribulado, lo que constituye el material literario por excelencia. Es esa capacidad específica de la literatura de nadar en las aguas cenagosas de nuestra propia alma para después emerger con un libro bajo el brazo lo que la vuelve tan adictiva para esa minoría a la que no le causa el tedio y el rechazo que sí les causa a los demás. El material literario se compone de lo oscuro, de lo recóndito, de aquellos rasgos de nosotros mismos que por lo general preferimos ignorar, de la coraza caracterológica con que los ahogamos en el torrente del ruido blanco cotidiano, aquel que nos permite vivir de manera automatizada, como un componente desechable más de nuestras sociedades contemporáneas, cuya particular variante del miedo a la muerte se expresa como adoración a la acumulación y a la tecnología, a aquello que ilusamente conocemos como “progreso”. La literatura honesta no nos concede una escapatoria tan fácil, pues entre otras cosas nos revela los infinitos matices y complejidades que alberga nuestra alma. Incluso en ese género tan tradicional como la novela de iniciación, los protagonistas a menudo deben descender a los infiernos para finalmente reunirse con el ser amado, o para alcanzar otro tesoro por lo menos igual de valioso e inasible: encontrarse y reconciliarse consigo mismos.

Hoy en día nos encontramos frente a una encrucijada tan compleja y desbordada que absolutamente nadie parecería tener la menor idea de qué hacer. Es fácil y comprensible como mecanismo el insertarnos en una narrativa maniquea donde es a causa de los malvados —los criminales y los políticos, cuya distinción se hace cada vez más difusa y borrosa— que las cosas sean como son. Nuevamente, podemos echar mano de la literatura para comprender que las cosas jamás son tan sencillas. Incluso las más despiadadas distopías políticas depositan al menos un cierto grado de responsabilidad en el hombre común y corriente, eterno oprimido por los usos y abusos de la arbitrariedad del poder. Y si bien es reconfortante pensar que uno no contribuye en lo más mínimo a crear ese horror que tanto repudiamos, las estructuras de dominación y de opresión comienzan siempre a los niveles más ínfimos, en las relaciones laborales, familiares, de pareja, y difícilmente alguien podría resultar completamente ajeno a la reproducción en alguna medida de las estructuras de poder que confluyen de maneras específicas para producir nuestra realidad actual.

Así que, para volver a la pregunta original, quizá ahí es donde resida la mayor valía de seguir empeñándonos en hablar de libros y de literatura: quizá si enfrentamos las infinitas formas en las que todos contribuimos a producir el horror, podamos empezar a vislumbrar o imaginar posibilidades distintas. Después de todo, como bien ha señalado Morris Berman, los sistemas sociopolíticos son en el fondo narrativas que responden a la pregunta esencial de qué hacemos en este planeta. A pesar del tono de inevitabilidad con el que la burocracia tecnocrática que nos gobierna intenta revestirlo, el actual sistema es tan sólo uno entre muchos posibles, y los límites de marginación, violencia, corrupción y descomposición generalizada a los que nos ha conducido hacen que lo inevitable sea más bien no cuestionar su legitimidad y eficacia, para con ello empezar a imaginar formas distintas de relacionarnos, que quizá pudieran conducirnos a crear una realidad menos horrorosa que la actual. Y ahí es donde la literatura, las artes y la cultura en general pueden tener una función muy específica, por completo alejada de lo ornamental o incluso del simple goce estético.

Como ha señalado Robert Pirsig, de nada sirve cambiar el sistema político mientras los patrones mentales de quienes componen una comunidad sigan siendo los mismos. Es al nivel de esos patrones mentales en donde podemos comunicarnos y replantearlos a través de herramientas como la escritura y la lectura. Es ahí donde podemos cuestionar la rigidez del pequeño tirano interior que todos llevamos inserto en lo más recóndito de nuestras mentes. Es ahí donde cobra sentido el gran esfuerzo necesario para que, incluso en condiciones como las actuales, sigan existiendo espacios de encuentro y de confluencia como lo son los libros y toda la parafernalia en torno a ellos. Es ahí donde vale la pena intentar que continúe existiendo esa locura colectiva llamada literatura, para ver si acaso podemos encontrar nuevas formas de demencia que sustituyan con el tiempo a las actuales, pues hay de estructuras psicóticas a estructuras psicóticas, y la grisura de la predominante, salpicada con impecable regularidad de manchas de sangre y de cínica ostentación y corrupción de la elite dominante, hace que a menudo den ganas de renunciar a pensar en alguna realidad distinta de la actual.

Eso es justamente lo que no podemos permitirnos. Mejor la eterna tribulación hamletiana que convertirnos al credo de esa narrativa insulsa de la adoración al poder, el dinero, la crueldad reglamentada, la fama y la avaricia rampantes. Finalmente, si como dijo Blaise Pascal, todo el mundo está loco, y no estar loco es tan sólo otra manera de estar completamente loco, la literatura puede ayudarnos a imaginar locuras distintas, menos grises y violentas, donde se zanje un poco la brecha entre la narrativa del establishment, empeñada en convencernos de que no hay más vía que la suya, y una realidad que no se cansa de escupir sangre y de escupir miseria, para recordarnos a diario la perversidad de un sistema donde ya no caben todos, y donde el hecho de que ya no quepan todos es un componente esencial de los mecanismos de explotación y de ejercicio del poder que le permiten perpetuarse. Quizá finalmente terminemos por descubrir que existe en el proceso literario un talante más decisivo del que podríamos haber imaginado, pues los autores de El molino de Hamlet nos recuerdan que:

Todo conocimiento y toda ley, escribió Vico en un resplandor genial hace dos siglos, debe de haber sido alguna vez “poesía seria”, poesia seriosa. Es en este sentido que Aristóteles, en una época sofisticada, todavía se refiere con respeto al “grave testimonio de los [primeros] poetas”.

 

Eduardo Rabasa
Editor.

 

4 comentarios en “Libros, ¿para qué?

  1. Pues tendrías que definir a quién te refieres, a los lectores hipster que van con las modas y la apariencia de leer un libro? A la pura pose de leer? Me parece un artículo muy limitado a pesar de usar referentes, pero que sólo se acomoda a lo que quieres llegar. Me parece un artículo discriminatorio y sin rigor académico. Los libros también son una realidad. Y es importante que se reúnan a reflexionar sobre el libro. Aunque sabemos que hay libros basura. Por supuesto, no debemos limitarnos a la pura lectura y la reflexión. Pero no estoy de acuerdo contigo ni con nexos por esta publicación.

    • Comparto tu opinión. Inclusive, mientras leía el “artículo”, sentí que su lugar indicado era la entrada de un diario, el diario de Eduardo Rabasa.

  2. Excelente artículo. Cuanta razón hablar de la estructura psicótica como una forma de mecanismo de defensa. Desde luego que los libros por medio de las historias contenidas no permiten vivir una realidad alterna.aunque a veces la realidad, como la que vivimos actualmente sobrepase la razón y la ficción.

  3. Como ha señalado Robert Pirsig, de nada sirve cambiar el sistema político mientras los patrones mentales de quienes componen una comunidad sigan siendo los mismos.
    Para cambiar los patrones mentales necesitamos más que solo leer, necesitamos leer aquello que nos mueva, nos transforme mentalmente para luego cambiar conductas nocivas.
    Para mí que es cuestión de satisfacer la necesidad espiritual, esa necesidad que hemos hechado a un lado y ahogado por atender solo lo material.
    La Biblia satisface esa necesidad, no solo nos muestra porqué estamos aquí, también nos enseña qué nos depara el futuro y lo mejor es que nos habla de un mundo mejor.