07-quinceletras

Guggenheim. En 1949, desde Marruecos, Truman Capote escribió esta carta: “Estimado señor Eldman [catedrático de filosofía en Columbia]. Llevo tres largos meses en esta ciudad golfa enfrascado en la talla de una novela. Quizá usted haya tenido un verano más agradable. Tampoco es que me queje, porque sin duda este es un lugar extraordinario. […] Por el momento estoy entretenido con el pasatiempo nacional, que consiste en solicitar una beca Guggenheim. ¿Me podría ayudar dejándome usar su nombre como una de mis referencias? Por favor, no se sienta obligado a dar una respuesta afirmativa a esta petición. Hay un buen número de motivos razonables por los que usted bien podría no hacerlo. Por Dios, ¿no cree usted que los árabes son raros? Hace varias semanas ocurrió algo que podría ser de interés para un filósofo. Cuatro árabes iban por el camino que pasa por delante de casa y de repente uno de ellos desapareció: se había caído a un aljibe que estaba cubierto por la maleza. Todo lo que hicieron sus tres amigos fue acercarse a la abertura y decir: miktoub, miktoub (ese era tu destino) Y se fueron, sin más, negando tranquilamente con la cabeza”. (Truman Capote, Un placer fugaz. Correspondencia, edición de Gerald Clarke, traducción de Jaume Bonfill, Debolsillo, 2007.)

 

Haikú. Vicente Haya, estudioso de la cultura japonesa, y en especial de los haikús, se dio a la tarea de recopilar una antología de poetas japoneses menores de 12 años: La inocencia del haikú. Selección de poetas japoneses menores de 12 años (Vaso roto, 2012). Es un libro con la caligrafía original y su traducción al español: “El canto de los insectos/  rodea mi casa/ por todas partes” (5 años). “Alguien invisible/ junto a mí/ en el columpio” (6 años). “Sombra alargada/ Antes que yo mismo/ llegue a casa” (7 años). “Baile del día de los difuntos/ También las sombras/ van dando vueltas” (8 años). “Después de las clases/ mesas y sillas están mirando/ la puesta de sol” (9 años). “En los pastelitos de arroz/ han quedado un poco marcados/ los dedos de mamá” (10 años). “En el  camping/ las toallas puestas a secar/ Ninguna del mismo tamaño” (11 años).

 

Menor. Feria del Libro de Buenos Aires. Pabellón de Uruguay. Pregunto por un libro de Onetti. Nada. Sólo ensayos sobre él. Recorro el mínimo espacio y encuentro Julio Cortázar y Cris, de Cristina Peri Rossi que logró en su libro abreviar su profunda relación con Cortázar. “[…] Julio Cortázar nunca dejaría de ser joven, antiburgués, francotirador, cómplice del lector, un jugador, sin dejar de ser, al mismo tiempo, un gran lector, un escritor culto, un amante de la pintura, de la música y de la literatura llamada ‘menor’: ‘Me gustan más los escritores llamados menores que los mayores, Cristina. Porque un gran escritor, un Shakespeare, un Cervantes, no inspiran: están ahí, perfectos, sólo se les puede admirar. En cambio, cuántas buenas ideas hay en los escritores menores, cuántos fracasos aprovechables; a un escritor menor siempre se le puede corregir, a uno mayor, no’”. (Estuario Editora, 2014.)

 

Caliente. Otros lenguajes, interesantes: “El índice de ‘las camareras calientes’ es una de entre varias técnicas imaginativas para predecir el rumbo de la economía. Algunas de ellas tratan realmente de averiguar, observando tendencias sociales más amplias, en qué dirección van las cosas del dinero. Por ejemplo, en época de bonanzas las faldas se acortan, supuestamente porque el personal se pone retozón. Algunas de esas técnicas son tan obvias que casi huelga explicarlas: cuanto mejor le va a la economía en tal o cual sector, más difícil resulta encontrar un taxi o más grúas se ven por la ventana… El índice de las camareras calientes es una variación jocosa; sugiere que, cuando mejora el rendimiento de una economía, mejor les va a las mujeres guapas, que encuentran trabajos mejores, como en la serie Girls, de Lena Dunham, con sus ‘trabajos para chicas guapas’: recepcionistas de galerías de arte y otros por el estilo. Cuando los tiempos son más duros, esas chicas acaban trabajando de camareras”. (John Lanchester, Cómo hablar de dinero, traducción de Daniel Najmías, Anagrama, 2015.)

 

Navidad. El Fondo de Cultura Económica sigue rescatando para nosotros los libros de George Steiner. Esta vez Anno Domini y otras parábolas que se publicó por primera vez en inglés en los noventa. “Son tantos los sonidos en esta época del año. Yo he registrado veintisiete. El de los pasos de Padre antes de abrir la puerta principal. Más ligeros según se acercan las vacaciones. El de su paso en los escalones, cansino cuando ha tenido una larga jornada. El de sus pantuflas, el apagado roce del chancleteo que antecede al tintineo de la garrafa de whisky, y a continuación el del choque del líquido contra el cristal. El andar de madre: ágil en la oscuridad de la mañana, cambiando, un poco más pesado después de la hora de encender las luces. El tamborileo de sus tacones entrando y saliendo. Y la extraña ingravidez, la retención del aliento de su primer paso antes de entrar en el dormitorio. O intentaré hacer un catálogo de la ‘música’ infantil. La súbita estampida, vibrando hasta la punta de su cabello flotante, al salir para el colegio. El brinco en la puerta. Ella a veces baila sola en su cuarto. Taconazo y vuelta. Sus carcajadas. Tápenme los oídos y aun así podré identificar siete clases diferentes. Son como pequeñas ondas recorriéndote la piel […]”. (Traducción de Carlos Gardini y Héctor Silva.)

 

Analogía. En La piel de un escritor, el autor peruano Alonso Cueto revela su propio laboratorio de creación y sus principales ideas sobre la importancia de escribir historias. “Una primera similitud entre psicoanalistas y escritores es la de estar intrigados por los problemas, los obstáculos, los traumas que afligen a todas las personas. […] En ese sentido, un paciente es un narrador de historias y un psicoanalista su lector. Un analista, como un lector, busca no sólo el texto sino el subtexto de aquello que escucha. Un paciente, como autor, puede ser un narrador tramposo, manipulador, no confiable, o como algunos escritores, también, un torrente de honestidad. Pero las palabras siempre son parte esencial del medio, el vehículo que condiciona la comunicación. Un psicoanalista con frecuencia busca interpretar las frases y los gestos de su paciente. Sin embargo, las palabras a veces no comunican sino distorsionan, oscurecen, son insuficientes para contar esa parte de la vida que se quiere comunicar. Me imagino que así como hay muchos escritores que no encuentran las palabras para referirse a una situación, habrá muchos pacientes que no tienen las palabras para expresar lo que sienten. En este tema del lenguaje, del testimonio de un paciente, como en un relato, cuenta no solamente lo que se dice sino lo que se sugiere y se omite. […] Lo que me parece esencial rescatar de este hecho es que todo acto de habla o de escritura es un acto creativo, un intento por inventar y crear, y en ese sentido profundo, no hay un escritor escéptico o desesperanzado. Escribir y hablar son siempre actos de fe. (FCE, 2014.)

 

Definición. En 1965 le pidieron a Gonzalo Rojas que contestara un cuestionario. Entre las preguntas: Su definición de poesía. Respuesta: Un aire, un aire nuevo/ no para respirarlo/ sino para vivirlo. (Gonzalo Rojas, Todavía. Obra en prosa, Edición de Fabienne Bradu, FCE, 2015.)

 

Broma. Pozos es un libro confesional en el que en breves fragmentos José Ramón Ruisánchez comparte sus inclinaciones personales, artísticas y literarias. Y algunas anécdotas de su vida académica: “Descubrí por casualidad la ruina del diccionario de Flaubert [Diccionario de las ideas recibidas]. En una de las universidades en las que trabajé lo tenían, no en la sección de literatura francesa, sino entre las obras de consulta. Cuando se lo señalé a un colega, me mostró que, casi junto al de ideas recibidas, estaba también El diccionario del diablo de Ambrose Bierce. Y sonrió y sonreí y desde muy lejos sonrió con nosotros, débil, sarcásticamente, y en francés, Gustave Flaubert”. (Era/UNAM, 2015.)

 

Suicidio. “Esfinge (mitología). Monstruo con cuerpo de león al que la iconografía egipcia le aumentó los rasgos de un faraón. Se cuenta que en los tiempos de Edipo solía esconderse en los caminos y plantear enigmas a quienes viajaban hacia Tebas, y que devoraba a quien no los adivinara. Allí propuso a Edipo el siguiente: ‘¿Cuál es el animal que anda sobre cuatro pies por la mañana, sobre dos al mediodía y sobre tres por la noche?’. Edipo respondió: ‘Es el hombre, pues se arrastra cuando es niño; camina erguido durante la fase adulta y, en la vejez, anda apoyado en un bastón’. Enfurecido por lo experto del héroe, el monstruo se suicidó, precipitándose al mar”. (J. Toledo, Dicionário de suicidas ilustres, Récord, 1999.)

 

Lección. En pleno apogeo de Twitter, Facebook e Instagram descubro estas viejas líneas: “Las distancias se han acortado tanto que la ausencia y la nostalgia han perdido su sentido”. (Oliverio Girondo, Membretes. Aforismos y otros textos, Losada, 2014.)

 

Exilio. Veinte años después de su primera edición en inglés, nos llegan estas palabras de Joseph Brodsky: “Ver a un escritor, incluso en las mejores circunstancias posibles, alegrándose de su falta de significación, de que no se le haga caso, de su anonimato, resulta tan excepcional como una cacatúa en Groenlandia. Entre los escritores exiliados, esta actitud es casi por completo inexistente. Algo muy comprensible, desde luego, pero no por ello menos entristecedor. Entristecedor, sí, porque si algo tiene de bueno el exilio es que nos puede enseñar humildad. Si se me apura, me atrevería a sugerir que el exilio proporciona la lección definitiva sobre tal virtud. Y esto, especialmente para un escritor, no tiene precio, porque le ofrece la perspectiva más amplia posible. “And thou art far in humanity” (“Y has llegado lejos en humanidad”), como escribió Keats. Hallarse perdido entre otros seres humanos, en la masa (¿masa?) de millones de seres, ser una aguja en el proverbial pajar (pero una aguja que alguien está buscando): eso es el exilio”. (Del dolor y la razón. Ensayos, traducción de Antoni Martí García,  Siruela, 2015.)

 

Pasear. “Habría que concederse ese lujo, inédito y fácil, de pasear por nuestro barrio, caminar por él con paso incierto, dubitativo, decidir recorrerlo porque sí, levantando por fin la mirada, y hacerlo despacio. Entonces ocurre el prodigio, y el mero hecho de caminar, sin correr, sin ponerse un objetivo preciso, permite sentir la ciudad tal y como la recibe quien la ve por primera vez. Como no prestamos atención a nada en particular, todo se nos ofrece en abundancia: los colores, los detalles, las formas y los aspectos. El paseo, en solitario y sin rumbo, permite captar esa visión: veo el color de los postigos y las huellas que han dejado sobre los muros, veo los arabescos delicados de largas verjas negras, veo la extravagancia de casas absolutamente alargadas como jirafas de piedra, o de otras aplastadas, anchas como gruesas tortugas, veo la composición de los escaparates, veo, cuando camino al atardecer, fachadas de un gris azulado y ventanas color naranja. Largo rato hojeo así las calles”. (Fréderic Gros, Andar. Una filosofía, traducción de Isabel González-Gallarza, Taurus, 2015.)

 

Traducción. Edith Grossman, reconocida traductora de literatura hispanoamericana al inglés y autora de la traducción de El Quijote elogiada por Harold Bloom y Carlos Fuentes, escribe en su libro Por qué la traducción importa: “La idea de fidelidad se basa en que la obra traducida debe lograr el efecto del original y ello implica, por consiguiente, que la segunda versión de la obra debe acercarse lo máximo posible a la intención del primer escritor. La devoción de un buen traductor a esa meta es inquebrantable. Pero lo que nunca debería olvidarse o pasarse por alto es el hecho obvio de que lo que leemos en una traducción es la escritura del traductor. La inspiración es la obra original, por cierto, y los traductores literarios reflexivos se acercan a esa obra con gran deferencia y respeto, pero la ejecución del libro en otro idioma es la tarea del traductor, y esa obra debería ser juzgada y evaluada en sus propios términos. Aun así, la mayoría de los reseñistas no reconocen el hecho de la traducción salvo del modo más somero, y una mayoría significativa parece incapaz de arrojar luz sobre el valor de la traducción o sobre cómo refleja o ilumina el original”. (Traducción de Elvio E. Gandolfo, Katz Editores, 2011.)

 

Raro. Alejandro Toledo se ha dedicado a la exhaustiva labor de recopilar la obra de Francisco Tario, ese autor tildado de “raro” y mucho tiempo perdido, cuya prosa Toledo describe así: “Seducen sus palabras, de una rudeza sensual, y también lo extraño de sus historias, protagonizadas sobre todo por objetos, animales o fantasmas”. Reproduzco aquí unas líneas que escribió Tario sobre Acapulco cuando residía en el puerto: “Uno diría de este hipnótico, fosforescente, sensual y cautivante Acapulco que es el vértice de todas las fuerzas caóticas de la Naturaleza. El ángulo o, mejor, la arista donde concluyen las concesiones terrenas y dan comienzo los disparates cósmicos”. (Francisco Tario, Obras completas. Tomo I, Cuentos. Varia invención, edición y prólogo de A. Toledo, FCE, 2015.)

 

Fama. La fama es una abeja./ Tiene una canción,/ tiene un aguijón,/ ¡Ah, también vuela!: Dorothy Parker. (Antología poética, edición bilingüe, traducción de Delia Pasini, Losada, 2014.)

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

 

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