Durante el parpadeo que dura una vida podemos sentirnos agradecidos y confortados si llegamos a conocer a algún ser extraordinario. No tiene mayor importancia si tal ser no es excepcional para el resto de la gente, mientras lo sea para uno. En medio de la confusión sentimental que se impone en todo individuo, la cercanía e influencia de una presencia vital se convierte en una especie de certeza indudable, aunque efímera. En este aspecto, al menos, creo que yo he sido un hombre afortunado. He conocido hombres y mujeres que podrían cubrir las expectativas humanas más exigentes. Son importantes porque han estado cerca de mí y me han obsequiado su conversación, su tiempo y han trastornado mi vida —en general anodina y colmada de exabruptos y alteraciones— en gravedad: en algo que tiene cierto valor moral o artístico gracias a ellos.

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Este preámbulo o rodeo declamatorio es para decir que uno de esos seres extraordinarios que estuvieron próximos a mí fue Juan José Gurrola. No podría afirmar que fuimos amigos pues yo le profesaba una admiración excesiva y ello, como es de suponerse, impide el curso de una amistad sólida o consecuente. A mí me conviene mantenerme aparte de la gente que admiro por un motivo de mera decencia estética. Y si no puedo evitar la relación personal me tomo unos tragos antes de la conversación o el encuentro. Y así me la voy llevando. En el caso de Gurrola, y una vez vencidas las primeras barreras, se dio entre nosotros un armisticio de caballeros. Ambos, expertos en provocar camorras de cariz lúdico y acumular enemigos a diestra y siniestra (o si se quiere: a destra y a sinistra), sospechábamos que la actitud más sabia consistía en mantener una distancia prudente y evitar tentar a la maldad o a la ironía ofensiva. Tal estrategia intuitiva resultó práctica y durante casi dos décadas nuestros encuentros fueron prolíficos en lo relativo al aspecto crítico del arte, pero extravagantes en la forma: Juan José detestaba la mesura formal e insistía en ser a todas horas un actor. Es probable que no conociera otra forma de vivir.

En un espacio tan breve no podría ni insinuar quién fue el arquitecto Gurrola, y su obra como director de teatro, escenógrafo, actor, pintor y lector de la mejor y más edificante literatura quedaría apenas esbozada. Quien no conoce nada acerca de este hombre de teatro es, acaso, porque posee una memoria precaria, u ocupada por algunos muebles inútiles o estorbosos. Aquí no encontrará el remedio a tales lagunas, aunque puede acudir al reciente libro que Andrea Ferreyra ha creado y publicado bajo el título de La boîte de J.J. Gurrola. En este libro, contenido en una sugerente caja negra, el lector encontrará ensayos acerca de Juan José, escritos por Guillermo Santamarina, Raúl Falcó, Jesee Lerner, Mariana Botey, Andrea Ferreyra y Angélica García, además de testimonios de 21 personas cercanas a él. La caja negra contiene también ilustraciones de una porción importante de su obra gráfica, y un epílogo escrito por Katia Tirado.

Enlistaré a la manera medieval las notas creativas y artísticas que marcan, desde mi punto de vista, la obra de Gurrola. I. Su capacidad para eliminar la verdad lógica de los hechos y transformarlos en revelaciones e iluminaciones pasajeras. II. La intuición de que, en la mente, la gratuidad o la ocurrencia poseen una relación íntima con el mundo de las cosas reales. III. La destreza que poseía para dislocar cualquier regla formal y transmutar todo método en un juego de contradicciones inesperadas. IV. El poderoso influjo del erotismo y la sexualidad femenina que lo llevó a comprender y asumir el acecho de la voluntad (el tiene que ser) en todo acto de creación. V. Sus lecturas y puesta en escena de obras especulativas sobre la existencia del ser humano: Bataille, Ionesco, Klossowski, Musil, Beckett, Strindberg, Dylan Thomas y Thomas Bernhard. VI. Su crítica implícita del concepto de representación que incluía también la duda acerca de la realidad de un tiempo continuo o lineal (de ahí que fuera uno de los primeros cultivadores inteligentes del performance en México). VII. La intuición de que el yo es un punto de encuentro, cambiante y siempre alterado el cual sólo puede vislumbrarse como acontecimiento estético: la continua relación entre lo efímero y lo que permanece. VIII. La batalla contra toda moral que no proviniera del arte (Nietzsche). 

Fuera de estas manifestaciones en apariencia abstractas, mas reales y a veces tremendistas en su realización o concreción como obra, Gurrola fue un artista que vivió a contracorriente del poder cultural encarnado en las formas más ordinarias. Amaba a las prostitutas y la vida nocturna y trastornada, el riesgo que guiñaba a la muerte, y la invocación de la escena, no sólo en el teatro, sino en cualquier espacio en donde lo humano tuviera lugar. Bebía en abundancia y era capaz de hacer amistad con cualquier clase de afición a las alteraciones psíquicas. A mí me intimidaba su persona y su poderoso histrionismo, y a pesar de ello Gurrola Iturriaga fue —como he dicho al principio— uno de los artistas que modificaron de muchas formas mis concepciones acerca del arte y el drama. En definitiva, el arquitecto tuvo que ver de forma importante en mi continuo y disciplinado echarme a perder. Y estoy más que agradecido.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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