En su poema “En mitad del invierno”, el Premio Nobel sueco de 2011, Tomas Tranströmer (1931-2015), manifiesta la neblina glacial en la que se mueve su poesía. “Un brillo azul/ irradia de mi ropa./ Solsticio de invierno./ Praderas de hielo tintineante”. Ahí, en ese campo helado en el que la aurora boreal cubre al que habla, durante un día cuya noche dura 24 horas, se verifica una especie de epifanía, entre la vigilia y el sueño, del poeta como caja de resonancia de las cosas silenciosas del mundo y sus revelaciones magníficas: “Cierro los ojos./ Hay un mundo insonoro/ hay una fisura/ donde los muertos/ pasan de contrabando la frontera”. La de Tranströmer es una poesía vital, me permito decir en sentido contrario de quienes afirman su misticismo. Línea a línea, palabra a palabra, la búsqueda y los hallazgos de Tranströmer no están en el cielo, sino en el mundo, que en sí mismo es un universo que contiene todos los otros universos: físicos y metafísicos. Las situaciones concretas que están frente a Tomas Tranströmer tienen ya esa carga explosiva de lo fabuloso que él simplemente hace detonar en sus poemas. “Muy pretenciosas palabras: místico y más —respondió Tranströmer en una entrevista de 1973 al traductor y poeta sueco Gunnan Harding—. Naturalmente me reservo de su uso, pero se puede decir, sin embargo, que respondo a la realidad a partir de que veo la existencia como un gran misterio y, en ciertas ocasiones, en ciertos momentos, ese misterio trae una fuerte carga (ahí entraría el componente religioso), y es muy a menudo en esos momentos cuando escribo. Así que esos poemas están todo el tiempo apuntando hacia un contexto mucho más amplio, uno que es incomprensible con la razón normal de todos los días, aunque partan de algo muy concreto”.

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A un lado de sus poemas cargados de enigmas, están libros como Visión de la memoria, que es una autobiografía en prosa en la que la pluma de Tranströmer nos conduce, como se guía a un niño, por momentos decisivos de la vida. El primero de los recuerdos que pasan como si nada por esas páginas es el día en que, quizá con seis años de edad, Tomas se perdió. A la salida de un concierto escolar, de un momento a otro, el pequeño se vio solo, separado de su madre, y entró en pánico. Tras el shock que implica reconocer que uno se encuentra absolutamente solo, el niño pensó que tal vez podía seguir en sentido inverso el mismo camino que los había traído, a él y a su madre, desde su casa hasta el concierto, y se puso a caminar. “Tal vez fui hacia una meta guiado por esa misteriosa brújula que los perros y las palomas mensajeras llevan consigo: siempre vuelven a casa, donde sea que los dejen”. Salvo una calle con mucho tránsito que un hombre le ayudó a cruzar, no hubo contratiempos. Un momento después el niño entraba en su casa, para ser recibido, como si nada hubiera ocurrido, por la parquedad de su abuelo Carl, “mi amigo más cercano”, “que hablaba con esos giros anticuados del siglo XIX”. Además de esta hombrada infantil, Tranströmer refiere de su infancia: su antinazismo precoz, su afición por la música, por coleccionar insectos y leer libros científicos, y su terror a las manifestaciones tempranas de la enfermedad que finalmente, en 1990, derivó en la hemiplejia que le paralizó el lado derecho y le privó del habla. Cuando sorpresivamente la maestra dijo a su clase que fueran cordiales con Tomas, ya que él no tenía un padre como todos los demás, puso una loza sobre el niño que hasta ese momento había sabido sobrellevar la lejanía de su padre sin problemas: “Sentí intensamente el peligro de ser considerado anormal, porque en el fondo tenía la sospecha de serlo”.

Una de las grandes enseñanzas que se relatan en Visión de la memoria es el descubrimiento de “la forma”, durante sus estudios preparatorios de latín. Cuenta que el maestro Carnero ponía a los alumnos a leer un fragmento de Horacio, y a que lo tradujeran al vuelo. Lo atropellado y mediocre de esas versiones improvisadas hizo pensar a Tranströmer que “a través de la forma algo podía ser elevado. Los gruesos anillos de la oruga habían desaparecido; las alas entonces se abrieron”, y descubrir las posibilidades de la poesía. Como suele ocurrir en la obra de los grandes poetas, es en sus poemas donde se encuentra el nervio de su concepción literaria, y no en anécdotas biográficas. He aquí un breve poema, “Pájaros de la mañana”, donde a medida que el poema toma forma, el poeta desaparece: “Crece. Toma mi lugar./ Me empuja a un lado./ Me saca de la canasta./ El poema está listo”. Es casi un manifiesto creativo: lo que importa es el poema, lo que dice y la forma en que lo dice. Quien lo haya escrito forma parte de ese tipo de información superficial y prescindible, porque en la medida en que el poema adquiere un cuerpo, y se vuelve algo, quien lo escribe se desvanece en la nada. En su primer libro, 17 poemas, un Tomas Tranströmer de 23 años se inclina por la métrica latina. “Yo consideraba a Horacio como un contemporáneo. Fue algo tan ingenuo que se interpretó como sofisticado”, confiesa. Pero a lo largo de gran parte de su obra posterior continúa con ejercicios métricos de los que dan cuenta sus traductores. Robin Fulton, uno de los más destacados, y el que tiene el título de traductor oficial de Tomas Tranströmer del sueco al inglés, escribió en una carta a uno de sus colegas cómo luchó para conservar la estrofa sáfica en el poema “Retrato de mujer, siglo XIX”, y cómo al final se dio por vencido. He aquí la versión libre por la que optó el traductor: “Su voz se asfixia bajo el vestido. Sus ojos/ siguen al gladiador. Pero luego es ella quien/ está de pie en la arena. ¿Acaso libre? Un marco dorado estrangula el cuadro”. Y posteriormente se explica: “Para mí —dice Robin Fulton— es importante dar la idea de que es ella, de alguna manera, la que está en la arena. Después de todo, en cierto sentido, ella ha cambiado lugares con el gladiador. Si escribieras únicamente “Ella está en la arena” (como es el caso de la primera versión, que con toda seguridad es la que traduce al español Pedro Serrano en El cielo inacabado, poéticamente, por cierto, muy superior a la versión que Roberto Mascaró hizo del mismo libro para Nórdica Libros) la única manera de enfatizarlo es poniendo cursivas a la palabra “ella”, y eso parecería tonto. Otro problema es el concepto de “encierro” en la frase final. La palabra sueca “björnkram” (encierra) suena tan agradable y sugiere una fuerte y jovial manera de abrazar amorosamente a alguien. “Gastkramar” (estrangula), en cambio, no es en absoluto amigable. Es quizá la peor palabra para referirse a la angustia que tienen los suecos. Tendremos que discutir esto —dice a su colega—. Temo una larga charla acerca de este breve poema. Pero es el poema que más me gusta en el libro entero. Por eso mi hipocondría”, concluye el personaje que lleva 35 años traduciendo a Tomas Tranströmer, increíble artista cuya poética podría resumirse con uno de sus poemas: “La verdad yace en el suelo/ y nadie se atreve a lavantarla./ La verdad está en la calle./ Y nadie la hace suya” o, lo que es lo mismo: en el mundo, frente a ti, hay, como reza el lema de unos juguetes infantiles, más de lo que ves.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.