Decir “acepto” en una época como la nuestra es decir que uno acepta los campos de concentración, las porras de caucho, Hitler, Stalin, las bombas, los aviones, la comida en lata, las ametralladoras, los putsches, las purgas, los eslóganes, las cadenas de montaje, las cámaras antigás, los submarinos, los espías, los saboteadores, la censura de la prensa, las cárceles secretas, las aspirinas, las películas de Hollywood y los asesinatos políticos.

—George Orwell, “En el vientre de la ballena”

Ver lo que uno tiene delante de las narices precisa una lucha constante.

—George Orwell, “Delante de las narices”

 

Finalmente, 65 años después de su muerte, los lectores en español disponen de una antología muy completa de los ensayos de George Orwell. La edición que nos ocupa, Ensayos (Debate, Barcelona, 2013), reúne 104 textos de quien, posiblemente, sea el mejor ensayista-periodista en lengua inglesa del siglo XX. El primer texto data de 1928 y el último, una breve nota sobre Ezra Pound a la que volveré al final de esta reseña, es de mayo de 1949 (es decir, fue escrita ocho meses antes de la muerte por tuberculosis de Orwell, en enero de 1950, a los 46 años). Una empresa de esta magnitud es casi siempre un esfuerzo conjunto; en este caso, la traducción fue responsabilidad de siete personas: Manuel Cuesta, Osmodiar Lampio, Miguel Martínez-Lage, Juan Antonio Montiel, Inga Pellisa, Jordi Soler y Miguel Temprano García. Pese al número de traductores y sin obviar algunos deslices en donde son prácticamente inevitables (en los textos sobre lenguaje popular), la calidad de la traducción es uniformemente profesional, más que competente diría yo. Los lectores de habla hispana tienen a su alcance (y a un precio relativamente accesible) un libro bien traducido que no sólo es de lectura enormemente placentera, sino que tal vez nos enseña más sobre la historia de Occidente de la primera mitad del siglo XX que cualquier otra antología de ensayos de un solo autor.

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En las más de 900 páginas de este libro, que incluye también un prólogo de Irene Lozano y una cronología como anexo, el lector podrá encontrar todos los ensayos más célebres de Orwell (entre ellos, “Un ahorcamiento”, “Matar a un elefante”, “La destrucción de la literatura”, “La política y la lengua inglesa” y “Por qué escribo”), pero también algunos de los ensayos largos de Orwell que son menos editados y, por tanto, menos leídos, pero cuya factura no le pide nada a los anteriores: “Charles Dickens”, “En el vientre de la ballena”, “El león y el unicornio” (en su versión integral), “El pueblo inglés” y “Ay, qué alegrías aquellas”. El valor de esta antología está no sólo en la calidad de la traducción y en la inclusión de estos ensayos largos, sino también en la de muchos otros, más breves, que son auténticas joyitas literarias, pero que era difícil encontrar en español (en algunos casos, imposible). En una lista tan subjetiva como cualquier otra y mediante una serie de preguntas, menciono enseguida algunos de ellos y los temas centrales de los que se ocupan (sigo el orden en el que aparecen en el libro, que se rige por un criterio cronológico).

¿Quiere el lector leer un texto escrito de 1936 sobre el contubernio entre las novelas y los “suplementos literarios” que parece haber sido publicado ayer? Lea “En defensa de la novela”. ¿Quiere explorar con detalle las implicaciones sociales de las publicaciones dirigidas a los jóvenes ingleses de extracción popular? Lea “Semanarios juveniles”. ¿Quiere leer a un escritor reflexionando sobre la inutilidad de las palabras? Lea “Palabras nuevas”. ¿Quiere aprender un montón sobre la literatura británica de entreguerras? Lea “El redescubrimiento de Europa”. ¿Quiere divertirse con un diálogo imaginario tremendamente original? Lea “Entrevista imaginaria: George Orwell y Jonathan Swift”. ¿Quiere saber cuál es la relación entre ciertos personajes literarios, la glorificación del delito, el fascismo y el pésimo ejemplo que representa la literatura estadunidense para la sociedad inglesa? Lea “Raffles y Miss Blandish”. ¿Quiere intentar llegar al fondo de todo antisemitismo? Lea “Antisemitismo en Inglaterra”. ¿Quiere saber cuáles son las enormes posibilidades de la poesía en la radio? Lea “La poesía y el micrófono”. ¿Quiere aprender a hacer una deliciosa taza de té? Lea “Una buena taza de té”. ¿Quiere ver cuáles pueden ser algunas de las relaciones entre el capitalismo, la utopía socialista, el sapo común, la felicidad y la primavera? Lea “Algunas reflexiones en torno al sapo común”. ¿Quiere saber por qué el noventa por ciento de la crítica literaria no tiene nada de crítica? Lea “Confesiones de un crítico literario”. Por último y para no extenderme más en esta parte, ¿quiere tener una idea, aunque sea aproximada, de cómo mueren las personas sin recursos (en los países que cuentan con infraestructura hospitalaria, pues de los demás solamente cabe elucubrar)? Lea “Cómo mueren los pobres”.

En el listado que acabo de hacer apenas se asoman los dos temas que más que cualesquiera otros ocuparon la cabeza y la vida de George Orwell. Ambos comprenden universos bastante amplios; el primero sería el de los pobres, los desheredados, los vencidos (socialmente hablando, aunque no exclusivamente), los trabajadores; el segundo sería el del socialismo democrático y la lucha contra el capitalismo, el fascismo (incluyo aquí al nazismo) y el estalinismo. Este segundo universo puede resumirse en un leitmotiv: la incesante búsqueda por parte de Orwell de una sociedad mejor, más justa, más “decente” (un vocablo que empleaba con frecuencia). Como resulta lógico, ambos universos son omnipresentes en el libro que nos ocupa; además, sobra decirlo quizás, se entrecruzan de infinitas maneras. De hecho, se podría decir que todas las grandes obras de Orwell son el resultado de dicho entrecruzamiento: desde The Road to Wigan Pier (1937) hasta 1984 (1949), pasando por Homage to Catalonia (1938) y Animal Farm (1944). De ellas, solamente 1984 es una novela, la cual, por lo demás, es mucho más conocida por los personajes y el mundo que (re)crea que por su calidad literaria. Orwell no era un buen novelista; las otras cinco novelas que escribió, publicadas entre 1933 y 1939, son muy poco leídas en la actualidad. Tan es así que es probable que no pocos lectores de esta reseña no las conozcan; me refiero a Down and Out in Paris and London, Burmese Days, The Clergyman’s Daughter, Keep the Aspidistra Flying y Coming Up for Air. Como él mismo lo sabía, Orwell era antes que nada un ensayista, pero también es uno de los creadores de un género, al que se puede denominar “relato biográfico novelizado”, que cultivaría desde joven y que llegaría a dominar magistralmente, como lo demuestra el libro que algunos consideran su obra cumbre: Homenaje a Cataluña (superior, en su opinión, a esa extraordinaria sátira política que es Rebelión en la granja).

En un breve texto de 1938 (“Por qué me uní al Partido Laborista Independiente”), incluido en esta antología, Orwell escribe: “No es posible para ninguna persona racional vivir en una sociedad como la nuestra sin tener deseos de cambiarla”. Enseguida agrega que para intentar ser consecuente con esos deseos no basta con escribir libros: “Tenemos que ser socialistas de un modo activo, no meramente partidarios del socialismo, o les estaremos haciendo el juego a nuestros activísimos enemigos”. Orwell, me parece, estuvo a la altura de estas palabras casi toda su vida. Si escribí “casi” en la oración anterior es porque al inicio de su vida adulta Orwell era miembro de la policía imperial británica en Birmania. Efectivamente, entre 1922 y 1927 Eric Blair (el verdadero nombre de Orwell) sirvió en las entrañas, por decirlo así, del que todavía era el imperio más poderoso de aquel tiempo. A juzgar por su vida y obra posteriores, este lustro marcó a Orwell de manera indeleble. Se puede decir que su afán, casi patológico, de pertenecer a los de abajo, a los pobres, a los derrotados, proviene de Birmania. Lo mismo se puede decir de su odio visceral al poder, al poder arbitrario, al poder imperial; no así, cabe apuntar, a Inglaterra, por la que siempre mostró un especial afecto, como lo muestran varios ensayos en este libro. Es cierto que este odio a la autoridad viene de más lejos, como lo revela el magnífico ensayo “Ay, qué alegrías aquellas” (en el que Orwell relata las desgarradoras experiencias infantiles que vivió en una escuela llamada St. Cyprian’s). Es verdad que el enorme influjo de ciertas vivencias sobre su obra aplica también respecto a las tres experiencias vitales que siguieron a su estancia en tierras birmanas (pordiosero en París y Londres, reportero sobre las clases trabajadoras en el noroeste de Inglaterra y combatiente en la guerra civil española). Sin embargo, creo que su experiencia birmana es crucial para entender a Orwell; el hecho de que ésta haya tenido lugar entre los 18 y los 23 años explica buena parte de su trascendencia. Qué tanto marcó Birmania a Blair el hombre y a Orwell el escritor lo reflejan esos dos grandes relatos de biografía-ficción que son “Un ahorcamiento” y “Matar un elefante”. Al respecto, me parecen también muy elocuentes las líneas que siguen, que constituyen una especie de síntesis de lo que significó para él dicha experiencia (y que nos dicen mucho de la sensibilidad del autor de 1984): “[En las ciudades coloniales] es difícil creer que uno camina entre seres humanos. Todos los imperios coloniales, en efecto, han sido erigidos sobre esta realidad. La gente tiene la cara morena, oscura; además, ¡son muchísimos! ¿Son de veras tan de carne y hueso como uno mismo? ¿Acaso tienen un nombre propio o están hechos tan sólo de una suerte de pasta informe, de tonalidad tostada, tan individuados como las abejas u otros insectos que viven en colonias?”.

El libro aquí reseñado refleja a ese hombre que estuvo en lucha constante no sólo contra su sociedad (en la medida en que era una sociedad capitalista), sino también contra el fascismo y contra un estalinismo que, a partir de 1945, se convirtió en su peor enemigo. Esto último por dos razones principales: porque al final de la Segunda Guerra Mundial el laborismo inglés empezó a aplicar, si bien tímidamente, algunas de las medidas sociales que Orwell había propuesto durante el conflicto y, sobre todo, porque de la victoria aliada Rusia surgió no sólo como una potencia que había contribuido de manera decisiva a esa victoria, sino como el proyecto social ante el cual se rindió gran parte de la intelligentsia europea de la época. Es ésta, sin duda, otra de las constantes de la vida de Orwell: su desazón ante el sometimiento de los intelectuales al “sueño revolucionario”. Un sueño ante el cual había sucumbido gran parte de dicha intelectualidad desde antes de terminar la guerra: “El pecado de casi todos los izquierdistas de 1933 en adelante es que han pretendido ser antifascistas sin ser antitotalitarios”. Lo que estaba en juego para Orwell era mucho más que unos cuantos hombres, en principio dedicados al intelecto, que eran tremendamente acomodaticios: “Es importante advertir que la actual rusomanía no es sino un síntoma del debilitamiento generalizado de la tradición liberal de Occidente”. El socialismo democrático de Orwell tenía una veta profundamente liberal cuando se trataba de la libertad intelectual; para él, lo que estaba en juego era nada menos que el futuro de la humanidad.

Ahora bien, la lucha de Orwell en contra del estalinismo va mucho más allá de la “Guerra Fría” (como se repite a menudo, en parte porque parece que fue él quien inventó la expresión). Esta lucha tenía su origen en una idea muy clara sobre lo que debía ser el socialismo democrático, como lo refleja meridianamente su prefacio a la edición ucraniana de Rebelión en la granja, incluido en esta antología (por cierto, estas cinco páginas, redactadas en 1947, son una excelente introducción a Orwell): “De hecho, en mi opinión, nada ha contribuido más a la corrupción de la idea original del socialismo que la creencia de que Rusia es un país socialista y de que todo lo que hagan su dirigentes debe ser disculpado, cuando no imitado. Así pues, durante los últimos diez años he estado convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos resucitar el movimiento socialista”. Orwell nunca se hizo ilusiones respecto a la sociedad capitalista; incluso, en aspectos como las mentiras electoralistas, el silencio sobre cuestiones importantes y las distorsiones de la prensa se sentía tentado, en su propias palabras, “a creer que en los países totalitarios hay menos patrañas”. Sea como fuere, lo que me interesa aquí es remarcar el carácter crítico, inconformista, insumiso, pero también idealista, que fue la sombra de Orwell hasta su muerte y que le acarreó sinsabores, dificultades y burlas de todo tipo. Respecto a estas últimas, alguna vez escribió: “Después de todo, ¿qué importa que se rían de uno?… si manifiestas tus principios con claridad y te aferras a ellos, resulta maravilloso ver cómo al final la gente acaba dándote la razón”.

La última cita me sirve para enfatizar un aspecto crucial de la prosa de Orwell: su claridad. Ante las jergas y las fatuidades en el lenguaje (tanto políticas, como periodísticas y académicas) a las que estamos casi acostumbrados, la prosa de Orwell es un bálsamo. Un bálsamo que nos confirma algo que tendemos a olvidar: la prosa confusa, reiterativa o rimbombante no tiene razón de ser. Ningún objetivo político, ninguna ideología o ninguna supuesta sofisticación intelectual justifican la falta de claridad en el lenguaje. Esto lo sabía George Orwell mejor que nadie y no está mal que lo sepan los jóvenes que lean esta reseña. Aunque sólo fuera por eso, hay que leerlo. A juzgar también por la cita antedicha, Orwell pensaba que con relativa frecuencia la gente de su tiempo terminó dándole la razón; creo que lo mismo se puede decir póstumamente sobre varias de las cuestiones sociales y políticas que analizó en sus ensayos. Repitiendo algo que los reseñistas expresan con demasiada frecuencia, tengo que decir que un atractivo más de este libro es que a pesar de que estamos en otro siglo, en el que los sobrevivientes que recuerdan la Segunda Guerra Mundial están en proceso de extinción, una cantidad importante de los textos de Orwell que el lector encontrará en este libro siguen siendo notablemente perspicaces y actuales. Lo que nos hace pensar que a pesar de su traído y llevado “dinamismo” y de su supuesta capacidad para subvertirlo todo, en diversos aspectos la sociedad capitalista que retrató y criticó duramente Orwell ha cambiado menos de lo que se afirma a menudo.

En uno de los últimos ensayos incluidos en esta antología, titulado “Los escritores y el Leviatán”, Orwell plantea que un escritor no debe mantenerse en su torre de marfil, pero tampoco debe ceder ante ningún partido o ante ninguna ideología. Los escritores deben involucrarse en la política. “Si debes participar en tales cosas —y creo que en efecto debes, a menos que estés insensibilizado por la vejez, por la estupidez o por la hipocresía—, entonces debes mantener una parte de ti inviolada”. Creo que Orwell logró este objetivo pero, como cualquiera que conozca su vida lo sabe muy bien, tuvo que pagar un alto precio por ello. Su renuencia a “subirse a ningún carro” sin antes informarse sobre el asunto en cuestión y su manera de sopesar los pros y los contras de los temas que trataba lo convierten, en mi opinión, en un ensayista-periodista realmente fuera de serie. El lector lo podrá comprobar en incontables ocasiones en las páginas de este libro. Para concluir, proporciono dos ejemplos: el ensayo “En defensa de P. G. Wodehouse” (un escritor inglés acusado por casi todos en aquel momento de filo-nazi) y el artículo con el que termina el libro, “Un premio para Ezra Pound” (Pound era filo-fascista). En las 15 páginas que integran estos dos textos aparecen algunos de los principales motivos por los cuales George Orwell es un autor que, por ningún motivo, se debe dejar pasar: su claridad, su independencia, su honestidad intelectual, su valentía para decir las cosas, su cultura literaria, su conocimiento de los temas que trataba (cualidad sumamente infravalorada, por cierto, en los ámbitos periodístico y ensayístico actuales), su escaso interés de lucimiento personal, su sentido común, su renuencia absoluta a hablar por hablar, su infatigable afán por alcanzar una sociedad más justa y más digna para todos (sobre todo los menos favorecidos), su empatía con los perseguidos políticos (incluso cuando estaba en total desacuerdo con su ideología) y, por último, su búsqueda permanente de una conexión solidaria con el prójimo. Esta búsqueda revela la que es quizá su cualidad más íntima, a la que yo denominaría un profundo “sentido humano”.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

 

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