Adolescencia. “Adolescencia turbia, triste y tierna,/ tembladeral sombrío/ en que caen las hojas/ los cuerpos,/ las palabras/ los golpes duros y el amor amargo,/ edad como el espacio,/ sin raíces, abierta/ y más desconocida que la noche,/ con más estrellas que su sombra./ Tiempo impuro de tacto/ sin respuesta,/ de piedras en los pies y ojos con hambre,/ de libros estrujados para aprender la vida/ que allí mismo nos llama mira y que no vemos/ con Baudelaire encima del hombro como el cuervo/ y Lautréamont aullando en su féretro impune/ Así, / lejos de Garcilaso y sus riberas/ peinadas por las plumas de los cisnes/ y así semi malditos, desquiciados/ amamantados en literatura/ con todas las tinieblas en la mano,/ irresponsables y bravíos, ir/ poco a poco andando,/ caminando el camino,/ buscando el pan, la casa y la mujer/ como todos los hombres”. (Pablo Neruda, Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos. Edición, introducción y notas de Darío Oses, prólogo de Pere Gimferrer, Seix Barral, 2014.)

Escritores. Un entrevistador me preguntó por qué a los escritores nos preocupa tanto la enfermedad y la muerte. “A todo artista le llegan dos muertes —le respondí—. No sólo su muerte física sino también la de su poder creativo, que desaparece con él”: Tennessee Williams, Memorias.

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Relato. En su Antología personal (FCE, 2014) Ricardo Piglia incluye el discurso “Modos de narrar” que pronunció al obtener el Premio José Donoso 2005, en el que ilustra: “¿Y qué sería un buen relato? Una historia que le interesa no sólo a quien la cuenta, sino también a quien la recibe. Un buen ejemplo es el relato de los sueños. El que cuenta un sueño afronta los problemas que tienen los narradores que creen que las historias que les interesan a ellos les van a interesar a todos, porque claro, cuando uno cuenta un sueño, cuando uno dice ‘soñé con la casa de mi infancia’, eso tiene para el narrador una significación extraordinaria, porque uno recuerda muy bien lo que era esa casa de la infancia, pero hay que saber transmitir ese sentimiento. Entonces, un buen narrador no es solamente el que tiene la experiencia, el sentimiento de la experiencia, sino también aquel que es capaz de transmitir al otro esa emoción”.

Cine. El libro del dramaturgo Sam Shepard, Crónicas de motel, punto de partida de la película París, Texas, como afirmó Wim Wenders, es un libro de textos breves y autobiográficos como éste en el que Shepard recuerda su infancia como espectador: “Las minas del rey Salomón fue la película que más me obsesionó de pequeño. Nunca he vuelto a verla, pero aún conservo imágenes de ella. Guerreros watusi con rayas de arcilla roja pintadas en la nariz. Cintos negros cruzados en sus pechos a modo de adorno. Dientes afilados como alfileres. Leones que le desgarran el brazo a alguien. Moscas posándose en el labio de alguien, y ese labio inmóvil. Antorchas en cuevas. Joyas azules rodeadas de calaveras. Aquel actor inglés muerto de miedo. El Cine Rialto era un lugar oscuro y almizcleño en pleno día, y yo me metía tan absolutamente en el mundo de la película que la sala se convertía en parte de su paisaje. El paseo en busca de palomitas de maíz al final del pasillo negro, mientras sonaba la atronadora música y los niños se agitaban en sus asientos, todo formaba parte de la trama. Me encontraba en la cueva del rey Salomón, comprando caramelos. Los bombones eran joyas. Los acomodadores eran árboles de la selva. En los lavabos rugían las panteras. En una ciudad poblada por blancos de carne y hueso, olí a polvo africano durante varios días”.

Pasado. “La existencia del pasado depende de la cantidad del presente que le demos, y es posible darle poca, darle ninguna”: Juan Carlos Onetti, Los adioses.

Sueños. En el prólogo a Un mundo propio. Diario de sueños, Yvonne Cloetta, mujer de Graham Greene, escribió: “Pocos días antes de morir, cuando su hija Caroline y yo estuvimos con él en L’Hôpital de la Providence, en Vevey, Graham Greene me pidió que dejara listo para imprenta su diario de sueños. […] Pasó los últimos meses de su vida enfrascado en el proyecto. Le interesaba. Y uno de los placeres de este libro es sin duda el goce con que se esmeró en escoger los sueños”. El que sigue es uno de ellos: “Estaba trabajando en un poema para presentarme a un concurso y había escrito un verso ‘La belleza ennoblece el crimen’, cuando me interrumpió una crítica que T. S. Eliot lanzó a mis espaldas: —¿Qué significa eso? ¿Cómo va a ser noble el crimen? Reparé en que se había dejado el bigote”. (Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, La uÑa RoTa, 2014.)

Juego. Hay juegos infantiles que no dejarán de jugarse nunca. Ante el misterio y el aburrimiento: “Harriet se disponía a averiguar cuánto tiempo podía aguantar la respiración sin desmayarse. Diez. Veinte segundos. Treinta. Notaba cómo la sangre le martilleaba, cada vez más fuerte, en las sienes. Treinta y cinco. Cuarenta. Empezaron a llorarle los ojos, notaba el latido del corazón en los globos oculares. Cuando habían pasado cuarenta y cinco segundos, sintió un espasmo en los pulmones y tuvo que taparse la nariz haciendo pinza con los dedos y cubrirse la boca con la palma de la mano. Cincuenta y ocho. Cincuenta y nueve. Se le saltaban las lágrimas, no podía seguir sentada. Se levantó y empezó a dar vueltas, frenética, alrededor del sofá, abanicándose con la mano que tenía libre y paseando la mirada, desesperadamente, de un objeto a otro mientras la habitación saltaba al ritmo de los atronadores latidos de su corazón y el montón de periódicos traqueteaba como si lo sacudieran los primeros temblores de un terremoto. Sesenta segundos. Sesenta y cinco. Las franjas rosadas de las cortinas se habían oscurecido hasta adoptar un color sangre, y la luz de la lámpara se deshacía en largos e irisados tentáculos que fluían y refluían impulsados por una marea invisible, hasta que también ellos empezaron a oscurecerse por los bordes, aunque el centro permanecía iluminado; […] con un ruido áspero y agonizante cayó hacia atrás, sobre el sofá, en medio de una avalancha de chispas, y apretó el botón del cronómetro con el pulgar […]”. (Donna Tartt, Juego de niños, traducción de Gemma Rovira, Debolsillo, 2014.)

Futbol. En el último libro que escribió Ernesto Sabato, España en los diarios de mi vejez, a los 92 años, todavía estaba viva su pasión por el futbol: “Ayer temprano en la tarde llamaron de la editorial para decir que de ninguna manera podíamos ir al Bernabeu. Estaban agitados y no parecieron escuchar razones: ETA había hecho estallar una bomba enfrente del estadio. Ni pensarlo, fuimos igual. Nicolás nos acompañó como guardaespaldas en medio de multitudes enardecidas. Fue un partidazo. Quiero agradecerle a Valdano esta oportunidad de volver a ser joven, nuevamente como en aquellos partidos entre Estudiantes de la Plata y Gimnasia y Esgrima. En perpetua y feroz rivalidad. Yo era rompecanillas, así me decían, muy violento; me apasionaba, pero tuve que dejarlo porque tenía la mollera débil. Salimos de la cancha antes de que terminara el partido, y con eso y todo, la salida fue brava porque yo insistí en bajar a la calle. Estos riesgos me rejuvenecieron. Y al cabo de un rato salimos lo más bien para Santiago de Compostela. Los riesgos rejuvenecen, claro, si uno sale vivo”.

Imágenes. “¿Por qué la costumbre de ubicar fotografías, postales, reproducciones de cuadros sobre los estantes donde se acumulan o se apilan mis libros? Para mí es más que una costumbre: es una necesidad, como si quisiera que antes de tener acceso a las páginas impresas esas imágenes estén allí, al alcance de mis ojos; como si por su presencia fueran a dar vida, un agregado de vida, a lo que si no correría el riesgo de ser sólo discurso, palabras, letras, incluso letras muertas. […] Cuando busco un libro en mi biblioteca, me detengo antes un tiempo sobre la imagen que lo oculta; no es que ella lo disimule sino todo lo contrario: me permite llegar a él. (J. B. Pontalis, El que duerme despierto, traducción de Silvia Hopenhayn, Adriana Hidalgo, 2007).

Vínculo. Pocos escritores como Javier Marías para llegar a las entrañas de lo íntimo y lo sentimental. Oculto y escuchando una conversación matrimonial llena de reproches, en la que repentinamente aparece una broma y la risa que ésta produce, Juan de Vere, el joven narrador de la más reciente novela de Javier Marías, piensa: “Lo más arduo es renunciar a reírse en compañía, cuando uno ha encontrado con quién y ha decidido convertirse en incondicional de esa persona. (Cuando uno guarda el recuerdo nítido de la risa común y se lo renuevan alguna vez, así suceda de muy tarde en tarde y los intervalos sean largos y amargos.) Es el vínculo que más ata, después del sexo mientras éste es urgente y antes que él cuando se va amansando”. (Así empieza lo malo, Alfaguara, 2014.)

Delirio. El poeta y ensayista peruano Eduardo Chirinos escribió en su Anuario mínimo (1960-2010): “La palabra delirio, que hoy pertenece al vocabulario de las conductas patológicas, significaba originalmente ‘salirse del surco, sembrar de manera incorrecta’. El origen agrario de esta palabra es compartido con verso, que para los labradores de la antigua Roma era el surco que araban los bueyes. Los tratadistas medievales identificaron el final del verso con el momento en que los bueyes se volvían al terminar un surco. ¿Por qué sancionaron tan duramente a aquellos que se animaban a sembrar fuera del surco? Tal vez porque advirtieron en ese desvío una mancha en la blancura que rodeaba al verso. Tal vez porque abominaron la disonancia que los apartaba de la música y los arrojaba a los brazos del silencio. No hay poema, por recto que sea, que no nos enseñe a delirar, a sembrar mal, a salirnos una y otra vez del surco”. (Conaculta, 2014)

Heroico. Un comentario de Savater en su columna de El País me llevó a conseguir un libro extraordinario: E.M. Cioran. Itinerarios de una vida. El libro, ilustrado con insólitas fotografías proporcionadas por Aurel Cioran, está dividido en dos partes: un relato biográfico y una entrevista: “El apocalipsis según Cioran. Última entrevista filmada, 18-20 de junio de 1990”. Allí el escritor rumano cuenta: “Antes de conocer el insomnio, yo era una persona casi normal. La pérdida del sueño fue una revelación para mí. […] el insomnio suprime la inconsciencia, es decir, que uno se pasa las veinticuatro horas del día lúcido, y el hombre es demasiado débil para soportarlo. El insomnio es una especie de acto heroico. Es una lucha diaria que uno tiene perdida de antemano. Porque la vida solamente es posible gracias al olvido: es menester olvidar cada día para que la ilusión de una nueva vida, cada mañana, sea posible. (Gabriel Liiceanu, traducción de Joaquín Garrigos, ediciones del subsuelo, 2014.)

Magnética. Así es la prosa de Alfonso Reyes: “En un agujero del camino vivía una víbora modesta. Salió a tomar sol y reptaba voluptuosamente. Cuando nos sintió llegar, se quedó inmóvil, medio el más elemental de ocultarse. Pasamos entonces a su lado, dándole a entender, en la regularidad de la marcha, que no queríamos nada con ella, que no era cosa de atacar al pasante, de cobrar aduana al simple transeúnte. Y la víbora nos creyó y nos dejó pasar. Pero había una piedra en el camino. Y el hombre, enemigo de la creación, se incorporó en nosotros. Tomamos la piedra y volvimos, con paso seguro, sobre la víbora. Un tiro certero: ya está. El reptil quedó partido en dos: La mitad que tenía cabeza se deslizó ligeramente hacia nosotros, haciéndonos huir unos pasos. No: no era contra nosotros. La cabeza arrastraba su medio cuerpo hasta el agujero, hasta la guarida, donde se dejó caer, irguiéndose después en una guardia inquietante. Y entonces ¿qué hizo la otra mitad, la de la cola? Entre convulsiones dolorosas, escribiendo ochos fantásticos, con titubeos y esfuerzos que iban quedando pintados en el polvo, no se equivocó: también alcanzó el agujero, y allí rodó torpemente, tropezando con la atónita cabeza, que veía llegar con asombro aquella mitad de su propio ser. ¿Quién la había guiado? Nos alejamos confundidos, pesarosos de haber destruido un objeto superior a nuestra comprensión”. (Alfonso Reyes, Cuentos, edición y prólogo de Alicia Reyes, Océano exprés, 2014.)

Único. “La lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera. Los libros que atraviesan nuestras vidas son, para cada uno de nosotros, maravillosamente diversos como nuestras vidas mismas. Todo lector tiene sin duda un libro que para él es mágico, secreto, que quiere guardar sólo para él y si, por caso, ese libro se hace popular, famoso, el lector se siente traicionado, abandonado, porque todo lector es también un amante celoso. Todo lector tiene un libro que generosamente quiere compartir; otro que ha olvidado, pero cuya sombra lo sigue obsesionando como un fantasma; otro más que lo aterra; un quinto que le depara una memoria casi perdida; un sexto que nunca ha terminado, pero que conoce de memoria; un séptimo descubierto a una edad avanzada, pero que ilumina su vida como si lo hubiera leído desde siempre, desde antes de que aprendiera a leer. El catálogo es infinito”. (Para cada tiempo hay un libro, fotografías de Álvaro Alejandro con textos de Alberto Manguel, Sexto Piso, 2014.)

Giroscopio. En la última entrevista que le hizo Sam Weller a Ray Bradbury, éste le confesó: “No soy un escritor de ficción. Soy un escritor de ideas. Sigo y atrapo  cualquier idea que me intriga. […] Lawrence Olivier, el gran actor, decía que cuando tenía diez años sintió un giroscopio dentro de sí girando, murmurando e inclinándolo hacia la actuación. Debemos tratar de escuchar ese giroscopio que se mueve dentro de nuestras almas y nos inclina hacia la actuación, la pintura o, a mí, a las ideas y la escritura. Si no escuchas al giroscopio y te alejas de él, pierdes el equilibrio y caes. Yo lo escucho siempre. Es por eso que no he trabajado un solo día de mi vida. Si te gusta lo que haces no estás trabajando”. (Ray Bradbury, The last interview and other conversations, editado por Sam Weller, Melville House, 2014.)

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

 

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