En México cada vez es más común hallar huecos urbanos: espacios que no fueron planeados y sirven para ocultar la violencia cotidiana.


Belano, le dije, el meollo de la cuestión es saber si el mal (o el delito o el crimen o como usted quiera llamarle) es casual o causal. Si es causal, podemos luchar contra él, es difícil de derrotar pero hay una posibilidad, más o menos como dos boxeadores del mismo peso. Si es casual, por el contrario, estamos jodidos. Que Dios, si existe, nos pille confesados. Y a eso se resume todo.

—Roberto Bolaño1

Un célebre refrán mexicano dicta: “La oportunidad hace al ladrón”. Se refiere a la abstracción de una persona sobre su modo de actuar y sus valores en el momento en que ve la oportunidad de robar  alguna cosa en medio de una coyuntura, o de algún acontecimiento inesperado, algo que en condiciones normales jamás haría.

El desarrollo urbano en México vive otro tipo de abstracciones, las personas que toman las decisiones sobre los territorios se preocupan por encontrar terrenos baratos y construir con un exceso en la economía de recursos. Debido a que el mercado está definido por la capacidad de pago de las personas, y a que la mayor producción de suelo urbano está orientado a las clases medias y bajas, la localización es normalmente cuestionable, se construye donde los números apuntan a que una empresa de desarrollo inmobiliario y/o el sistema financiero, logren producir la mayor plusvalía de su inversión. Esta situación permite nuevas extensiones urbanas que aparecen en forma dispersa y atomizada a través del territorio, conformando nuevas periferias discontinuas, con grandes espacios entre un conjunto de vivienda —por ejemplo— y cualquier otra expresión urbana.

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En relación a la violencia que vive México, los espacios que llaman mi atención son aquellos que están en medio de dos áreas urbanas, son los intersticios entre un desarrollo urbano y otro. Espacios que no están determinados ni planeados, que aparecen en medio de las partes construidas, entre una colonia y otra, entre un conjunto habitacional y el que sigue, entre un área residencial y asentamientos irregulares. En ocasiones el intersticio está definido por una barda, en otras por un espacio lo suficientemente grande para que quepa una calle, o un campo de futbol, o de plano otro desarrollo urbano. Lo cierto es que están vacíos, son huecos urbanos, como si las ciudades del país fueran un queso gruyere. Estos espacios intersticiales son resultado de una lógica de desarrollo urbano que responde a las necesidades del mercado —formal o informal— y no de las personas, mucho menos de las ciudades, y es en ellos donde se manifiestan muchos de los procesos violentos que viven las ciudades del país. El simple hecho de estar ahí conforma posibilidades infinitas que retan a la imaginación, son espacios físicos que permiten cualquier casualidad y oportunidad, son perfectos para cualquier acontecimiento inesperado, esconderse a la luz del día, guardar algún tesoro o incluso para organizar una pelea entre adolescentes, o ser devorado por una jauría de perros, para tener relaciones sexuales, vender productos ilegales, matar a alguien o tirar un cuerpo. En ellos se depositan miles de historias de terror, así como expedientes de asesinados y desaparecidos, de violaciones y otras torturas.

Los intersticios urbanos no fueron planeados, aparecieron en medio de abstracciones de empresarios inmobiliarios, políticos, arquitectos y urbanistas. Un ejemplo notable es el concurso de ideas para vivienda social organizada por el Infonavit, donde importantes arquitectos desarrollaron propuestas creativas para un nuevo modelo de vivienda, sobre una superficie imaginaria, que pudiera colocarse en cualquier parte del país. Ninguna de las propuestas refleja que el problema de la vivienda es de localización y no de arquitectura.

Dentro de los conjuntos de vivienda “formal” existe una reproducción de intersticios, como si la localización del conjunto en medio de descampados reclamara su vigencia, en los conjuntos hay espacios de uso común que nadie ocupa o que son dominados por un grupo en perjuicio de otros, también se han abandonado millones de viviendas, extendiendo los intersticios dentro del conjunto. Estas casas abandonadas son un espacio construido que brinda posibilidades infinitas que también retan a la imaginación, se han establecido en algunas de ellas prostíbulos y picaderos, entre otros usos alternativos localizados en algunos conjuntos como en el fraccionamiento La Trinidad, en Zumpango.

De manera contraria sucede en los asentamientos irregulares en donde quienes se asientan se localizan en un gran descampado. Los nuevos habitantes ocupan pequeñas porciones de terreno mediante pequeñas e inestables construcciones que dejan espacios intersticiales entre propiedades y casas o cosas construidas, la proporción de lo construido versus el espacio sin definición deja en evidencia cómo el entorno queda dominado por los intersticios, que también representan posibilidades difíciles de imaginar y en donde la violencia cotidiana sucede sin visibilidad alguna.

Los principios ideológicos contemporáneos del urbanismo abordan estas formas de extensión urbana con perspectivas técnicas, normalmente muy críticas cuando la opinión es de especialistas del territorio; por ejemplo, se habla de la problemática de llevar infraestructura a un suburbio atomizado que no está en congruencia con los planes federales, estatales e incluso municipales de infraestructura, o bien cuando se aborda el tema de la movilidad, los especialistas señalan la debilidad estructural del modelo, los urbanistas y los ecologistas argumentan la imposibilidad de llevar empleo, la creación de una preocupante huella ecológica, etcétera. Existe una larga y conocida lista de contradicciones técnicas —a mi parecer históricas—, aun así no alcanzan para modificar la agenda de desarrollo de vivienda actual instrumentada desde el Estado, o bien para confrontar al modelo de la producción social de vivienda y sus instrumentos de operación como las diversas organizaciones sociales productoras de suelo urbano. En todo caso, el pensamiento contemporáneo y la crítica están relacionados con los espacios urbanos construidos y ahí se concentra toda la inteligencia alrededor del problema.

Si cambiamos el paradigma de análisis y ubicamos a los espacios intersticiales —donde la oportunidad para la casualidad hace a la impunidad— como punto de partida para cualquier construcción teórica y técnica alrededor de la producción de suelo urbano, pero sobre todo como principio crítico de las políticas públicas orientadas a la planeación del territorio, la ocasión para la imaginación se convierte otra vez en un reto. Comparto algunas posibilidades:

1. Poner en el centro de la políticas urbanas el diseño de la continuidad urbana con alta densidad.

2. Inhibir espacios intersticiales —sobre todos aquellos que presentan alto riesgo para la sociedad— como un descampado entre dos entornos urbanos o en espacios indefinidos en medio de la traza de las ciudades.

3. Legalizar el uso de drogas y otras actividades ilegales relacionadas con restricciones sobre los cuerpos de los individuos, para que no requieran y dependan de intersticios para desplegar su actividad.

4. Impedir los conjuntos cerrados en cualquier nivel socioeconómico, o en su defecto tirar las bardas de los existentes. Este punto es fundamental para devolverle a los ciudadanos la responsabilidad sobre su entorno y promover la exigencia a las instituciones, se trata de atender el problema y no ponerlo debajo de un tapete para que no se vea.

5. Crear mapas de los intersticios urbanos para diseñar medidas de mitigación del delito.

6. Reconocer la segregación social como el sistema simbólico más eficiente y parámetro de relación entre la sociedad, y asumir que nuestra estructura urbana pone de manifiesto, a través de los espacios construidos, un comportamiento social orientado a la segregación.

7. Crear una base de datos de la sociedad que identifique los intersticios más utilizados para la violencia y crear procesos institucionales para darles visibilidad y desarrollar medidas de mitigación.

8. Un principio fundamental consistiría en desarrollar planeación urbana orientada a la movilización social y no necesariamente a la movilidad, la posición de los conjuntos debe permitir que la sociedad se movilice y reclame espacios de visibilidad y acción política de manera eficiente y expedita.

Muchas otras posibilidades pueden surgir de cambiar la forma de ver a las ciudades, tal vez en una geografía como la nuestra debemos asumir que el paradigma dominante es la impunidad y su traducción al espacio físico se puede localizar en muchos intersticios. Es a partir de ellos que se puede establecer una mirada crítica, pero sobre todo principios para el diseño de nuevas políticas públicas y criterios de planeación urbana.

 

Arturo Ortiz Struck
Arquitecto. Realizó una maestría en investigación urbano arquitectónica en la UNAM.


1 Bolaño, Roberto, Los detectives salvajes, Editorial Anagrama, Barcelona, 1998, p. 397.