Totalmente imposible, aunque absolutamente real. Una torre quimérica construida sobre la verdad eterna. Contar lo que pasa allí equivale a banalizar el hechizo que brota ante este libro. Analizar su verosimilitud o falta de coherencia sería como hacer la vivisección de un hada.

—Crítica a la novela de James M. Barrie, The Little White Bird, en The Times, 14 de noviembre de 1902.1

James se mordía las uñas tras bastidores, los 40 segundos que pasaron antes de que el público estallara en aplausos le parecieron eternos. Peter Pan acababa de decir: “todo aquel que crea en las hadas que aplauda con fuerza…”. Y después todo fue júbilo, todo fue gozo.

Era la tarde del 27 de diciembre de 1904, en el teatro de los Duques de York, en Londres; se estrenaba Peter Pan y Wendy. A partir de ese momento, el autor de la obra, James M. Barrie, fijó en la mente de muchos niños y adultos la idea de que las hadas requieren de los humanos, pero sobre todo de su fe en ellas, para existir. La mayoría de los niños en el mundo occidental conocen la historia de Peter Pan, el niño que no quería crecer, y saben que cada vez que alguien dice que las hadas no existen, un hada cae muerta en algún lugar.

Lo que Barrie no sospechaba era que exactamente 100 años después de hacer famosa al hada Campanita, científicos y antropólogos harían un descubrimiento que nos obligaría a replantearnos la existencia de especies parecidas a nosotros, pero que no son Homo sapiens; un descubrimiento que contraviene las teorías de la evolución y que hace emerger un misterio para el cual nadie ha logrado dar una respuesta satisfactoria.

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Durante décadas se dio por cierta la teoría de que la evolución lineal del ser humano no permitió que nosotros conviviésemos con otras variedades de hombres. Pero recientemente se han desarrollado hipótesis distintas: una es que el hombre de Neanderthal —que en la evolución lineal aparece como anterior al hombre de Cro-Magnon— sí convivió con los cromañones. Estos últimos serían los antecesores inmediatos de nuestra especie o, de acuerdo con otras teorías, nuestra propia especie. Y hay quienes van más allá al asegurar que no sólo hubo convivencia, sino que también intercambio genético al grado de que los humanos modernos tenemos enfermedades que son herencia del Homo neanderthalensis, como por ejemplo la diabetes tipo dos.

En 2004, en la Isla de Flores, perteneciente a Indonesia, científicos australianos e indonesios descubrieron, en el interior de Liang Bua —una cueva de piedra caliza—, un pequeño esqueleto. El cuerpo estaba casi completo, a excepción del brazo derecho; no medía más de un metro de estatura —¿se trataba, pues, de un niño?— y tenía largos pies. El cerebro tenía un tamaño de 380 centímetros cúbicos, una minucia en comparación del cerebro del hombre moderno que, en promedio, mide mil 500 centímetros cúbicos, pero que en proporción no está del todo mal. Tras los análisis pertinentes se dedujo que aquellos huesos tenían una antigüedad aproximada de 18 mil años, dato relevante si tomamos en cuenta que se calcula que la extinción del hombre de Neanderthal ocurrió hace 45 mil años.

Todo parecía normal, un descubrimiento cualquiera, hasta que los científicos determinaron que se trataba de un espécimen femenino que al morir tendría unos 30 años de edad. Alrededor de su entierro había utensilios y herramientas de piedra hechos a escala para que un ser de un metro de estatura pudiera utilizarlos. La primera explicación era sencilla, cualquiera —aun sin ser antropólogo— podría deducirlo: se trataba de una hembra humana con alguna patología no identificada.

Pero la Isla de Flores es conocida por tener especies que en ninguna otra parte del mundo se han encontrado. Muy alejado de las 13 islas Galápagos, este territorio nunca fue explorado o siquiera considerado por Charles Darwin para su teoría de la evolución o su teoría de la selección natural. Elefantes miniatura, flores, lagartos, ratas y cigüeñas gigantes… ¿Qué es este inusual paraíso?

Un año después de encontrar la osamenta de la pequeña mujer se descubrió el brazo faltante… junto con 10 esqueletos más: todos pequeños, todos rodeados de herramientas de piedra y signos de una sociedad avanzada. Cooperaban para cazar, cortaban la carne de las presas y la cocinaban —señal de que dominaban el fuego, por lo que se descarta, así, que se trate de un homínido, es, sin duda, un homo—. Y a pesar de la aparente pequeñez en el cerebro de estos hombres, la parte de la corteza prefrontal —donde se cree que se origina la conciencia de uno mismo— es de igual tamaño que la de los humanos actuales. Entonces, ¿quienes eran estos seres de baja estatura? Una primera pista la pudo haber aportado el elefante enano: quizá los habitantes de ese lugar sufrían de enanismo insular, un mecanismo de supervivencia que ciertos organismos pueden adoptar ante la falta de recursos. Para consumir menos alimentos los cuerpos se reducen y así la especie sobrevive. Eso podría explicar la existencia de humanos y elefantes pequeños, pero no explica las flores, lagartos, ratas y cigüeñas gigantes. Incluso en la prensa sensacionalista se asegura que los paleontólogos han descrito la manera en la que las cigüeñas gigantes devoraban a los pequeños hombrecitos de la Isla de Flores, cosa que los científicos han negado rotundamente.

Al equipo que estudia las osamentas se le plantea un problema: ¿por qué hay tantas estrategias evolutivas dispares en la Isla de Flores? Ante los hallazgos surge la duda: ¿era el hombre de la Isla de Flores una especie humana distinta a la nuestra y que coexistió con nosotros? Los investigadores, además del nombre científico —Homo floresiensis—, le han apodado, cariñosamente, Hobbit, palabra que de inmediato nos remite a historias de fantasía.

Los estudiosos de lo cuentos de hadas saben que estos seres le temen al hierro. ¿De dónde viene su fobia? Cuando los seres humanos comenzaron a poblar la tierra algunos pueblos, de estatura más baja que el resto, desconocían el secreto para trabajar los metales y forjar armas. Con sus rudimentos de piedra no podían hacer frente a las lanzas de metal con las que eran atacados para ocupar su territorio. Los pueblos menos desarrollados tuvieron que emigrar, avanzaron por África, por parte de Asia, por toda Europa, hasta que llegaron a los límites, a las fronteras, al sitio donde se acababa la Tierra; ocuparon lo que hoy conocemos como Galicia y las islas Bretonas, y pudo pasar lo mismo en otras zonas del planeta. La gente pequeña fue obligada al exilio, cuando ya no quedaba sitio al cual ir se fueron a las montañas y a las cuevas. Ahí construyeron sociedades —en las alturas o semisubterráneas—, descendían o emergían de sus moradas ocultas sólo en las alboradas y en los crepúsculos. Cazaban, recolectaban, en ocasiones hurtaban comida a sus enemigos, se cuidaban de no ser vistos, pero se volvieron tan ágiles que cuando alguien llegaba a vislumbrarlos era sólo de reojo, se volvían apenas una visión. Surgieron historias de gente menuda que era de otra especie, que hacía travesuras a los humanos, que cumplía deseos porque ayudaban en los quehaceres del campo cuando se compartía el alimento con ellos y que, por supuesto, le temía al hierro.

Por ahora, en la Isla de Flores, los científicos se han dividido. Mientras los paleontólogos y antropólogos de Indonesia afirman que el hallazgo es de humanos con deficiencias mentales, el equipo australiano está convencido de que se trata de una nueva especie. El jefe del grupo indonesio explica que, de acuerdo con las leyes fundamentales de la biología, si un cuerpo humano es la mitad de pequeño que un cuerpo normal su cerebro no puede ser más que un 15% más pequeño, así que sugiere que lo que realmente hallaron fue una población enteramente microcéfala.

Los australianos, que en un principio comandaban la investigación, han sido acusados por sus colegas de “terrorismo científico” porque han impedido el acceso a los restos óseos y publicaron sus conclusiones sin consultar con el equipo nativo.

El debate continúa, pero cada día emergen más pruebas que apoyan la visión australiana. Esto quiere decir que, contrario a la idea con la que muchos de nosotros crecimos, en algún momento, hace no más de 30 mil años, por lo menos tres especies de humanos convivieron en nuestro planeta. De esas especies se supone que sólo el Homo sapiens —nosotros— perdura, pero de ser ciertas las conclusiones de los científicos australianos, la creencia de que estamos en la cúspide de la evolución y ocupamos un lugar central, especial y privilegiado en la creación, se vendría abajo. Así como hay distintas variedades de tigres, elefantes o cetáceos, habría —o hubo— diferentes especies de humanos. Ahora la historia comenzará así: “había una vez muchas especies de humanos sobre la Tierra…”.

James M. Barrie decía que las hadas nacen cuando un niño ríe por vez primera. Mientras avanzan las investigaciones en la Isla de Flores, agradezco que la ciencia me permita continuar con mi creencia en las hadas. Si usted —como yo— cree en ellas, aplauda y ría.

 

María Emilia Chávez Lara
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y miembro de la Asociación UC-Mexicanistas (Intercampus Research Program). Es autora de La canción del hada verde. El ajenjo en la literatura mexicana 1887-1902.


1 […] “utterly impossible, yet absolutely real, a fairy tower built on the eternal truth. […] To analyse its merits and defects would be to vivisect a fairy”.

 

10 comentarios en “Disección de las hadas

  1. ¿Por qué la maestra Chavez no publica con más frecuencia si sus textos son tan buenos? ¡Queremos más!

    • Muchas gracias. La verdad es que soy un poco lenta para escribir, pero intentaré hacerlo más rápido.

  2. Combinar ciencia e investigación con la convicción allá adentro de nuestro ser de que las hadas andan por ahí haciendo felices a los niños, siempre es estimulante para confirmar que quien no tiene imaginación no ha sabido vivir la vida . Muchos años después de conservar tus poemas infantiles compruebo que no nos equivocamos en que Maria Emilia ya tenía el sello de la trascendencia literaria .

    • Ernesto, qué privilegio que me leas y desde el fondo de mi corazón agradezco tus palabras tan hermosas.

  3. Aplaudo, río y sonrío. Usted hoy me permitió soñar, imaginar, crear. Gracias Profesora.

    • Martha, cuando personas como usted me leen y me dicen palabras tan amables, soy yo la que sueña. Muchas gracias por su lectura.

  4. María Emilia es una hada de gran estatura y proviene de un matrimonio de periodistas de la misma talla, igual que sus textos que enlazan el amor por la palabra y el interés por la ciencia con la alegría de vivir.
    Queremos más textos.