Antes de la guerra

Se cumplen cuatro años de los primeros levantamientos que derivaron en la guerra civil siria y obligaron al mundo a prestarle atención a esa realidad, un tanto lejana, que provocaron más de cuatro décadas de dictadura. Si bien lo externo llega a la casa propia cuando se transforma en tragedia, buscaré en la memoria para hablar de un lugar que hoy se ha acabado y nos precedió a todos. Esa tierra dista mucho del lugar donde se crió mi madre y yo comía con mi abuela, ese país que fotografié hasta el cansancio durante mi adolescencia, en el que conocí a una mujer alawita, posiblemente de las más hermosas que haya visto entre todas las que ocupan mis recuerdos. He recorrido Siria de esquina a esquina, me he perdido entre sus calles y mercados, allá pasé Navidades con la comunidad griega ortodoxa, cenando en una iglesia hoy en pedazos, cerca de la tumba que contenía el cuerpo de mi bisabuelo. Después de cuatro años, recordaré cómo era ese país antes de la guerra. Ahí todavía hay gente buena.

No me pondré el disfraz de arqueólogo, resumiré apenas que en esas latitudes inició nuestra civilización. Al asentamiento más antiguo que encontré le llaman Ebla, un pueblo pequeño al noreste, no muy lejos de Turquía. Cuando lo visité tuve que preguntarle a una mujer vestida con bellísimas telas, bordadas a mano con hilo de oro, dónde estaban las ruinas; unos ladrillos en el suelo, viejos como cinco mil años, marcaban el origen de los tiempos.

Entre muchos, cuatro sitios merecen las líneas que aquí pondré. Son los lugares que marcan el territorio como los puntos cardinales hacen con la rosa de los vientos. Damasco al centro, Alepo al norte, Krak des Chevaliers al este, Palmira al oeste y Bosra al sur.

Por Siria pasaron los griegos con Alejandro Magno, poco quedó de ellos y su sucesor Nicator I, gobernador de Alepo, donde recibieron a mi familia cuando fue exiliada de Antioquia por los otomanos en 1917. Alepo comenzó a erigirse a mediados del tercer milenio del antiguo calendario, no hubo en la zona lugar más importante tras la época Bizancio. Sobre una colina en su centro se deja ver la ciudad fortificada, llegué a su cima por la escalinata del puente de piedra que se tendía sobre el foso del castillo. La nostalgia se desvanece cuando veo las fotos que tengo sobre ella, el invierno pasado una bomba derribó sus pretiles.

Una gran carretera aún recorre el territorio de arriba a abajo, con retenes milicianos de cuantos bandos puedan existir. Por ella manejé un auto al que los cerca de cincuenta grados le hicieron estallar las llantas. Una tribu de beduinos prestos al auxilio me invitó a comer tantos platillos como enorme era su hospitalidad. Hablaban su dialecto pero sabían leer árabe clásico. Con un diccionario bilingüe les conté, eligiendo palabra por palabra entre las páginas, de qué se trataba México. Después me indicaron cómo llegar al Krak. El antiguo alcázar cruzado del siglo XII, el más fantástico del mundo, según Lawrence de Arabia. Omar Sharif pudo ver en sus torres la silueta de Peter O’Toole encarnando al capitán T.E.

En el mercado negro compré dos monedas, una con el rostro de Ulpia Augusta, quien  las acuñó en el 274 tras la muerte de su marido, antes de la elección de Marco Claudio. Aún las conservo y sonrío al recordar al comerciante que me las vendió en Palmira, centro romano que bajo la reina Zenobia marcó línea con el poder del Emperador Aureliano, quien recuperó su control en el siglo III. En la otra moneda, la cara de Zenobia y su escudo se han desvanecido por las manos que las tocaron. Debieron ser muchas. Palmira pide imaginar cuántas historias han pasado sobre su arena de desierto, entre los árboles de dátiles que en árabe le dan el nombre de Tadmor. En aquel oasis no fueron las columnas las que se imprimieron en mi memoria, tampoco el inmenso Templo de Bel, construido en honor al dios semita en el año 32. Fueron las tumbas romanas de varios pisos, edificios dedicados a la muerte que hoy sirven para esconder municiones, buscar refugio de los fundamentalistas, escaparse de los militares que rodean las ruinas y observan desde el cuartel que se mantiene a pocos metros. Entre el humo con olor a pólvora, se atestigua la más alta historia, pocos lugares permiten ese recorrido que se acostumbra ver en los libros.

Muy al sur se encuentra Bosra, la capital de Trajano cuando la Provincia Romana de Arabia. En los papiros, su primer mención data del XIV antes de nuestra era. Ahí Mahoma conoció el monoteísmo. Un poste de esos que anuncian direcciones, marca en un montón de carteles las rutas a Jordania, a Jerusalén, a Beirut y Bagdad. La flecha más grande dirige a Damasco.

En la capital de Siria, mi casa ya no existe. El departamento de mi abuela tiene las esquirlas de los primeros días del conflicto que inició en 2011. Supongo que la puerta está rota, los baúles vacíos y los cuadros en el piso. El teléfono de baquelita ya no funcionaba en mi última visita pero servía de adorno. La cocina era de esas viejas, hechas durante la colonia francesa para que las familias fueran alimentadas por la servidumbre a la que ninguna norma de corrección impedía llamarle así. Una anécdota familiar revive a la joven drusa que se contrató para los trabajos de limpieza y una noche de póquer, en la que los abuelos invitaron a una veintena de personas, ella vio desde una covacha cómo los presentes intercambiaban fichas de colores; gritaban de júbilo al ganarlas, palidecían al perderlas. A la mañana siguiente, la joven desapareció con el arcón que contenía los símbolos de victoria. Luego mi madre se enteró que la encontraron en una tienda mientras intentaba cambiarlas por ropas caras. La drusa había pensado que en esos plásticos tenía una fortuna.

En el viejo Damasco, la muralla medieval contiene el souk donde se vendían especias, oro, alfombras y telas. Los comercios están vacíos, las cortinas desgarradas por la rapiña. Varios centenares de metros de mercado terminan en lo que queda del templo de Poseidón, unos pasos antes de la gran mezquita Umayyad. Sus minaretes tienen estrellas de David, han sido iglesia y hoy pocos rezan. Los testigos de cuantos se hincaron por ahí se esfuman entre los militares de la Cuarta Brigada que patrullan de día y de noche, entre los muhabarat que ya no intentan parecer policía secreta y ven con sospecha a quien pasa y si éste les responde con una mirada equívoca, puede que nunca vuelva a pasar por ningún lado.

El muhabarat que semana tras semana me llevaba cigarros de contrabando, hoy me busca para decirme que sigue vivo. Ya no queda nadie más que él de los que conocí en Siria, algunos han muerto, otros sobreviven en los campos de refugio. Cuatro años se cuentan con una mano, más de doscientas mil muertes no. Trece millones han huido de sus casas, arriba de tres millones salieron del país, ocho millones deambulan por las construcciones que todavía dan techo. Se esconden de los francotiradores, de las bombas de los Assad, Bashar y su hermano Maher, que sigue siendo quien me da más miedo. La gente teme a los islamistas al punto de preguntarse si salir a la calle valió la pena. Sus hijos más pequeños jamás conocerán la Siria que yo recuerdo.

La mayor tragedia está en ellos, no en los sitios arqueológicos, no en la historia de miles de años, no en la gente que la brutalidad humana desapareció. La crisis siria está en los refugiados y desplazados que hoy piden asilo en todo el planeta, en la generación entera que perdió su educación. En los que desde el primer lunes de enero necesitan visa para cruzar a Líbano que, como el resto de los países, por más que dicen ayudar se hacen de la vista gorda. El Programa Mundial de Alimentos tuvo recursos para que la gente afronte el frío pero después de enero, los apoyos han quedado disminuidos. Falta mucho para que la guerra termine en Siria.

 

Maruan Soto Antaki

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Publicado en: Sólo en línea