Rescatamos un texto de J.D. Salinger que se publicó originalmente en la antología Cuentos y relatos norteamericanos del siglo XX (SEP/UNAM, 1982) y la nota que lo acompañaba.

“El favorito de todos” con algunas excepciones, la reticencia de J.D. Salinger (1919­) no imaginó el éxito que iba a acarrearle la publicación de The Catcher in the Rye en 1951. La novela va siguiendo las aventuras de Holden Caulfield, un adolescente excepcional y con expectativas morales, culturales y de vida contrarias al común norteamericano. De ahí que la crítica identificara de inmediato en el personaje de esta novela a un nuevo Huckleberry Finn. Todos los personajes de Salinger tienen un encanto y un poder de seducción no sólo difícil de encontrar en otros narradores norteamericanos, sino también difícil de precisar a no ser remitiéndose a la misma obra de Salinger.

La mayoría de estos personajes pertenecen a la familia Glass —Holden Caulfield sería incluso un desprendimiento narrativo de ella— y los textos de Salinger se han dedicado a iluminarlos en diferentes etapas de sus vidas. Seymour, el personaje de “Un día perfecto para el pez del plátano”, es el mayor de los hijos Glass. Salinger “ha completado” el personaje de Seymour en otras dos noveletas: Raise High the Roof Beam, Carpenters! (tomado de Safo: “Levanten alto la viga, carpinteros” en un epitalamio o canto en honor a los novios), y que relata con varias digresiones el día de la boda de Seymour con la Muriel que aparece en “Un día perfecto…”; la otra noveleta es Seymour. An Introduction. Las dos están contadas por Buddy Glass, el hermano que sigue en edad a Seymour, y en ellas puede reconstruire a un Seymour hipersensible, redactor de poemas y reacio a publicarlos, capaz de leerle a una hermanita de diez meses enferma de paperas un relato taoísta; autor de un diario que al ser reproducido en partes no sólo logra varias de las mejores páginas de Salinger sino que, a efectos de presentar el cuento que aquí incluímos, informa desde otro lado y tiempo previo sobre la índole o el carácter de Seymour quizá más ocultos en “Un día perfecto para el pez del plátano”, aunque, claro, es un cuento perfectamente autónomo (y que por cierto, también estaría narrado por Buddy Glass). Este es un fragmento del diario de Seymour donde habla sobre Muriel: “Fue a la estación conmigo en el taxi. Qué bien se veía, y estaba de mejor humor. Trataba de enseñarme a sonreír, estirando con sus dedos los músculos alrededor de mi boca. Qué hermoso es verla sonreír. Dios mío, soy tan feliz con ella. Si ella tan sólo fuera más feliz conmigo. A veces la divierto, y parece que le gusta mi cara y mis manos y hasta mi nuca, y siente una gran satisfacción cuando les dice a sus amigas que va a casarse con el Billy Black que salía hace años en el programa “Es un niño prodigio”. Y creo que en términos generales, ella siente hacia mí una mezcla de impulso maternal y sexual. Pero en el conjunto no la hago realmente feliz. Dios mío, ayúdame. Mi única consolación terrible es que ella tiene un amor vivísimo, básicamente irrevocable por la institución misma del matrimonio. Tiene una urgencia básica por manejar una casa de modo permanente. Sus objetivos de matrimonio son tan absurdos y conmovedores. Quiere quemarse al sol y llegar al mostrador de un hotel de primera y preguntarle al empleado si su Esposo ya recogió la correspondencia. Quiere ir de compras por cortinas. Quiere ir de compras por ropa de maternidad. Quiere salirse de casa de su madre, así sea consciente o no de eso, y a pesar de su cercanía estrecha con ella. Quiere tener hijos—hijos hermosos, que se parezcan a ella y no a mí. Siento también que quiere tener sus adornos de Navidad para sacarlos de la caja cada año y ponerlos en su propio árbol, no en el de su madre”.

Se le ha criticado a Salinger que sus personajes son siempre superiores a su entorno y que esto resulta un acto de inmoralidad narrativa; la objeción es dudosa porque omite la delicadeza de Salinger y el modo en que sus personajes no se regodean en su propia excepcionalidad, el modo en que son, en efecto, productos y vehículos de un encanto natural.

En “Un día perfecto para el pez del plátano” hay dos alusiones a poetas sin mencionar sus nombres. El segundo es fácilmente reconocible cuando Seymour cita “Mezclando memoria y deseo” de T.S. Eliot; del primero, del poeta alemán, no hemos encontrado pistas en la populosa salingeralia que ha acompañado a su obra. Aventuramos por eso, y en atención a esa “cosa de Seymour con los árboles” mencionada en el cuento, que se trata de Rainer María Rilke cuyas Elegías del Duino están surcadas por árboles (desde la primera: “Nos queda tal vez un árbol en la colina al que podamos ver cada día…”) tanto o más que por ángeles.


Un día perfecto para el pez del plátano

Como en el hotel había noventa y siete publicistas neoyorquinos que monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la muchacha del cuarto 507 tuvo que esperar desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde para hacer su llamada. De cualquier modo, no fue un tiempo perdido. La muchacha leyó un artículo en una revista para mujeres; el artículo se llamaba “El sexo: cielo o infierno”. Lavó sus cepillo y su peine. Sacudió la pelusa que tenía la falda de su traje beige.

Puso un botón en su blusa de Saks. Se quitó dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando la operadora al fin llamó a su cuarto, estaba sentada en el borde de la ventana y ya casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

Era una muchacha para la que un teléfono sonando no significaba nada. Era como si su teléfono sonara continuamente desde que ella entró en la pubertad.

El teléfono seguía sonando mientras ella, con el pincel, repasaba una vez más la uña de su dedo meñique, acentuando la línea de la luna. Luego tapó el botecito de barniz y, levantándose, agitó su mano izquierda, la húmeda, en el aire, de un lado a otro. Con su mano seca recogíó un cenicero repleto de colillas del asiento de la ventana y lo llevó hasta la mesita de noche, sobre la cual estaba el teléfono. Se sentó sobre una de las bien tendidas camas gemelas y —era el quinto o sexto timbrazo— levantó el teléfono.

—Bueno —dijo, conservando los dedos de su mano izquierda extendidos y apartados de su bata blanca de seda que, a excepción de las sandalias, era lo único que llevaba puesto: sus anillos estaban en el baño.

—Ya tengo su llamada a Nueva York, señora Glass— dijo la operadora.

—Gracias —dijo la muchacha, mientras hacía lugar para el cenicero en la mesita de noche.

Entró la voz de una mujer.

—Muriel, ¿eres tú?

La muchacha separó un poco la bocina de su oído.

—Sí, mamá. ¿Cómo estás?— dijo.

—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no habías llamado? ¿Estás bien?

—Hace dos noches que estoy tratando de comunicarme contigo. Pero aquí el teléfono estaba…

—Muriel, ¿estás bien?

La muchacha aumentó el ángulo de distancia entre la bocina y su oído.

—Estoy muy bien. Con mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida durante…

—¿Por qué no me habías llamado? No sabes qué pendiente tenía de…

—Mamá, mamita, no me grites. Te oigo perfecto y no hace falta gritar —dijo la muchacha—. Anoche te llamé dos veces. Una después de…

—Anoche mismo le dije a tu padre que a lo mejor nos llamabas. Pero no, él tenía que… Muriel, ¿estás bien? Dime la verdad.

—Estoy bien. Ya deja de preguntarme eso, por favor.

—¿Cuándo llegaron?

—No me acuerdo. El miércoles temprano, por la mañana.

—¿Quién manejó?

—Él —dijo la muchacha—. Y no empieces. Manejó muy bien.

Yo estaba sorprendida.

—¿Cómo que él manejó? Muriel, tú me prometiste que…

—Mamá —interrumpió la muchacha—, ya te dije. Manejó muy bien. A menos de cincuenta todo el camino, de hecho.

—¿No trató de hacer otra vez su numerito con los árboles?

—Mamá, te digo que manejó muy bien. Ya, por favor. Le pedí que se mantuviera pegado a la línea blanca y toda la cosa, y él entendió a qué me estaba refiriendo, y sí hizo lo que yo le decía. Hasta se esforzó por no mirar a los árboles, de eso puedes estar segura. Oye, y por cierto, ¿ya le arreglaron el coche a mi papá?

—Todavía no. Nos quieren cobrar cuatrocientos dólares y sólo por…

—Mamá, Seymour le dijo a mi papá que él lo iba a pagar todo. No sé por qué no…

—Bueno, a ver qué pasa. Oye, y ¿cómo se portó?… en el carro y en general.

—Bien —dijo la muchacha.

—¿Te siguió diciendo ese apodo espantoso?

—No. Ya tiene uno nuevo.

—¿Cuál?

—Ay, da igual, eso qué importa, mamá.

—Muriel, quiero saber. Tu padre…

—Está bien. Me dice Miss Trampa Espiritual 1948 —dijo la muchacha, y se rio.

—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es espantoso. Es deprimente, de veras. Cuando pienso en cómo…

—Mamá —interrumpió la muchacha—, óyeme bien, por favor. ¿Te acuerdas de ese libro de poemas que él me envió desde Alemania? Ya sabes cuál; el de los poemas alemanes. ¿Dónde lo dejé? He estado como loca tratando de acordarme…

—Tú lo tienes.

—¿Segura?— dijo la muchacha.

—Segura. Mejor dicho, yo lo tengo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y yo no tengo otro lugar para… ¿por qué? ¿Te lo pidió?

—No. Sólo me preguntó por el libro, cuando veníamos para acá en la carretera. Quería saber
si lo había leído.

—Pero si estaba en alemán.

—Sí mamá, pero eso qué importa —dijo la muchacha, cruzando las piernas—. Él dijo que los poemas los había escrito el único gran poeta del siglo. Dijo que yo debía haberme comprado una traducción o algo así. O aprender el idioma, en todo caso.

—Qué cosa tan terrible. Es deprimente, de veras, eso es lo que es. Anoche tu padre me decía que…

—Espérame un momentito, mamá —dijo la muchacha. Fue por sus cigarros hasta el asiento de la ventana, encendió uno, y volvió a sentarse sobre la cama—. ¿Mamá? —dijo, exhalando el humo.

—Muriel. Mira, óyeme lo que te voy a decir.

—Te estoy oyendo.

—Tu papá habló con el doctor Sivetski.

—¿Ah, sí?—dijo la muchacha.

—Le contó todo. O al menos eso dice… tú sabes cómo es tu papá. Los árboles. Lo de la ventana. Todas esas cosas horribles que le dijo a tu abue sobre lo que ella debía planear para su muerte. Lo que hizo con esas fotos preciosas de las Bermudas… to-do…

—¿Y qué?—dijo la muchacha.

—En primer lugar, pues dijo que era un absoluto crimen que el Ejército lo hubiera dado de alta en el hospital… te juro que eso dijo. Le aseguró a tu padre que hay una posibilidad (que es muy posible, dijo) de que Seymour pudiera perder totalmente el control de sí mismo. Te lo juro.

—Aquí en el hotel hay un psiquiatra— dijo la muchacha.

—¿Quién? ¿Cómo se llama?

—No sé. Rieser o algo así. Se supone que es muy bueno.

—Nunca he oído hablar de él.

—Y eso qué, de todos modos se supone que es muy bueno.

—Muriel, por favor, no le hables así a tu madre. Estamos muy preocupados por ti. Anoche tu padre quería mandarte un telegrama para decirte que te regresaras, de hecho estamos pens…

—Todavía no me voy a regresar. Así que cálmense.

—Muriel. Te lo juro. El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder absolutamente el con…

—Acabo de llegar aquí, mamá. Son mis primeras vacaciones en años y no voy a empacarlo todo así nada más para regresarme a la casa —dijo la muchacha—. Y de todos modos, aunque quisiera, no puedo viajar como así. Estoy tan quemada que apenas me puedo mover.

—¿Estás muy quemada? ¿No usaste el bloqueador que te puse en la maleta? Lo puse exactamente en…

—Sí lo usé, pero me quemé de todos modos.

—Qué espanto. ¿De dónde estás quemada?

—Toda, en todo el cuerpo.

—Qué espanto.

—No me voy a morir por eso.

—Oye, ¿hablaste con ese psiquiatra?

—Sí, más o menos.

—¿Y qué dijo? ¿Y Seymour dónde estaba cuando hablaste con él?

—En el Salón Marino, tocando el piano. Ha estado tocando el piano las dos noches que llevamos aquí.

—Bueno ¿y qué te dijo?

—Pues no mucho. Él fue el que habló primero conmigo. Anoche yo estaba sentada a su lado, estábamos jugando Bingo, y él me preguntó si no era mi esposo el que estaba tocando el piano en el salón de junto. Le dije que sí, que sí era, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Y yo le dije que…

—¿Por qué te preguntó eso?

—Yo qué sé, mamá. Supongo que porque vio a Seymour muy pálido y todo eso —dijo la muchacha—. La cosa es que después del Bingo él y su esposa me invitaron a tomar una copa con ellos. Y acepté. Su esposa era horrible. ¿Te acuerdas de ese vestido de noche que estaba espantoso, el que vimos en el aparador de Bonwit? El que dijiste que debías tener un cuerpo delgadí…

—¿El verde?

—Ése. Lo tenía puesto. Y toda gorda. Se la pasó preguntándome si Seymour era pariente de Suzanne Glass, la millonaria que tiene su tienda en Madison Avenue.

—Bueno, pero ¿qué dijo el doctor?

—Ah. Pues no mucho, en realidad. O sea, estábamos en el bar y todo eso. Había muchísimo ruido.

—Sí pero… pero ¿le contaste lo que quiso hacer con la silla de tu abue?

No, mamá. No llegué a tantos detalles—dijo la muchacha—. Seguro que voy a tener la oportunidad de hablar con él otra vez. Se la pasa en el bar todo el día.

—¿No dijo si era posible que Seymour se pusiera… ya sabes… que hiciera cosas raras o algo así? ¡Que pudiera hacerte algo!

—No exactamente—dijo la muchacha—. Necesitaría tener más detalles, mamá. Tienen que saber sobre tu infancia, y todo eso.Te digo que
apenas pudimos hablar. Había mucho ruido ahí dentro.

—Bueno. ¿Qué tal te quedó tu falda azul?

—Muy bien. Tuve que arreglarle el dobladillo.

—¿Y cómo está la moda este año?

—Fatal. Pero algo que no crees, fuera de este mundo. Puras lentejuelas… ves de todo —dijo la muchacha.

—¿Qué tal está tu cuarto?

—Pues bien. Bien a secas. No pudimos conseguir el cuarto en el que estuvimos antes de la guerra —dijo la muchacha—. Este año la gente está que no lo crees. Deberías ver lo que se sienta junto a nosotros en el comedor. En las mesas de al lado. Parece que los mandaron en un camión de redilas.

—Bueno, en todas partes está igual. ¿Y tu vestido ballerina?

—Muy largo. Te dije que iba a estar muy largo.

—Muriel, te pregunto por última vez: ¿de veras estás bien?

, mamá —dijo la muchacha—. Por enésima vez.

—¿Y no quieres regresarte a la casa?

No, mamá.

—Anoche tu padre dijo que por su parte está más que dispuesto a pagarte tu estancia en otro lugar; para que te fueras sola y pensaras las cosas otra vez, con más calma. Podrías irte en uno de esos cruceros… Los dos pensamos que…

—No, gracias —dijo la muchacha y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar muchísi…

—Cuando pienso cómo esperaste a ese muchacho durante toda la guerra… O sea, cuando una piensa en todas esas muchachas descocadas que ya estando casadas se…

—Mamá —dijo la muchacha—, mejor colgamos. Seymour puede llegar en cualquier momento.

—¿Dónde está?

—En la playa.

—¿En la playa? ¿Solo? ¿Cómo lo dejas solo en la playa?

—Mamá —dijo la muchacha—, hablas de él como si fuera un loco de atar.

—Yo no dije nada de eso, Muriel.

—Bueno, pues a eso sonó. No le hace nada a nadie. Sólo se está ahí. Ni siquiera se quita la bata.

—¿Cómo que no se quita la bata? ¿Y por qué?

No sé. Supongo que es porque es tan pálido.

—Pero mi amor, si a él le hace falta tomar sol. ¿No hay modo de decirle que tome sol?

—Tú conoces a Seymour—dijo la muchacha y cruzó las piernas otra vez—. Dice que no quiere tener a una bola de estúpidos mirándole su tatuaje.

—¡Pero si no tiene ningún tatuaje! ¿Qué se hizo uno en el ejército?

—No, mamá, no—dijo la muchacha y se puso de pie—. Oye, mira, si puedo te llamo mañana.

—Muriel. Escúchame lo que voy a decirte.

—Sí, mamá—dijo la muchacha, recargando el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha.

—Llámame en el mismo momento en que él haga, o diga, cualquier cosa que parezca rara… ya sabes a qué me refiero. ¿Me estás oyendo?

—Mamá, yo no le tengo miedo a Seymour.

—Muriel, quiero que me lo prometas.

—Está bien, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la muchacha—. Le mando un beso a mi papá —colgó el teléfono.

—Simor Glass —dijo Sybil Carpenter, quien estaba en el hotel con su madre—. ¿Y Simor Glass?

—Mi amor, ya deja de repetir eso. Tu mamita se está volviendo loca. Ya estáte quieta, por favor. La señora Carpenter estaba poniendo bloqueador sobre los hombros de Sybil, extendiéndolo sobre los huesos delicados, como alas, de su espalda. Sybil miraba al mar sentada, en un equilibrio precario, sobre una pelota de playa inflada e inmensa. Tenía un traje de baño de dos piezas, amarillo canario; en realidad una de esas piezas no le haría falta sino en otros nueve o diez años.

—De veras que era un pañuelo de seda… una lo veía con sólo acercarse —dijo la mujer que estaba junto a la señora Carpenter, sentada en la otra silla de playa—. Ojalá supiera cómo es que ella se lo pudo amarrar así. Era de veras una lindura.

—Sí, me lo imagino—convino la señora Carpenter—. Sybil, estáte quieta, mi amor.

—¿Y Simor Glass?

La señora Carpenter suspiró.

—Está bien— dijo. Puso la tapa sobre el botecito del bloqueador—. Ya vete a jugar, mi amor. Mamá se va a ir al hotel a tomarse un martini con la señora Stubbel. Te guardo la aceituna y te la doy luego.

Cuando se quedó sola, Sybil bajó corriendo de inmediato hacia la parte húmeda de la orilla y se encaminó rumbo al pabellón de los pescadores. Sólo se detuvo para aplastar con el pie un castillo derruido y erosionado por el agua; y enseguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.

Caminó como un cuarto de milla y entonces, de repente, se echó a correr hacia el otro lado, subiendo de la arena húmeda a la parte más seca de la playa. Se detuvo de golpe cuando llegó al sitio donde había un hombre joven tirado bocarriba.

—¿No vas a meterte al agua, Simor Glass?

El joven se incorporó, se llevó la mano derecha a las solapas de su bata de baño. Se puso bocabajo, dejando que la toalla enrollada le cayera sobre los ojos y miró a Sybil de reojo.

—Ah. Sybil. Qué pasó.

—¿No vas a meterte al agua?

—Estaba esperándote a ti —dijo el joven—. ¿Qué ha habido?

—¿Qué?

—Que ¿qué ha habido? ¿Qué vas a hacer?

—Mi papá llega mañana en avión —dijo Sybil pateando la arena.

—Nada más no me la eches en la cara —dijo el joven, poniendo la mano en el talón de Sybil—. Bueno, ya debía haber llegado. Tu papá. Lo
he estado esperando a toda hora.

—¿Dónde está la mujer que vino contigo?

—¿La mujer? —el joven se sacudió la arena que le había caído sobre el pelo delgadísimo—. Es muy difícil saberlo, Sybil. Puede estar en mil partes. Con la peinadora. O tiñéndose el pelo de café. O en su cuarto, haciendo muñecos para los niños pobres—. Moviéndose bocabajo, el joven cerró los puños, puso uno encima del otro y recargó la barbilla en el puño de arriba—. Pregúntame otra cosa, Sybil —dijo—. Está precioso tu traje de baño. A mí de las cosas que más me gustan son los trajes de baño azules.

Sybil lo miró y luego bajó la vista para verse el bultito del estómago.

—Este traje de baño es amarillo—dijo—. Es amarillo.

—¿Ah, sí? A ver, acércate más. Sybil dio un paso adelante.

—Tienes toda la razón. Qué tonto me vi.

—¿No te vas a meter al agua?—dijo Sybil.

—Lo estoy pensando seriamente. Estoy pensándolo muchísimo, Sybil, por si quieres saberlo.

Sybil apretó el flotador de hule que el joven utilizaba a veces para recargar la cabeza.

—Le hace falta más aire—dijo ella.

—Tienes razón. Necesita más aire del que yo creo—. Quitó los puños y dejó la barbilla descansando sobre la arena.

—Sybil—dijo—, te ves muy bien. Me da gusto verte. Cuéntame algo de tu vida—. Se incorporó y tomó entre sus manos los dos talones de Sybil—. Yo soy capricornio—dijo—. ¿Tú de qué signo eres?

—Sharon Lipschutz dijo que tú la dejaste sentarse junto a ti en el piano— dijo Sybil.

—¿Eso dijo Sharon Lipschutz?

Sybil afirmó moviendo la cabeza vigorosamente.

Él le soltó los talones, retrocedió las manos y recargó la cara sobre su antebrazo derecho. —Pues en fin —dijo—, tú sabes cómo pasan esas cosas. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú que no te aparecías por ninguna parte. Y entonces llegó Sharon Lipschutz y se sentó junto a mí. Ni modo de empujarla, ¿o sí?

—Sí.

—No, no. No. Cómo iba a hacerle eso —dijo el joven—. De todos modos, voy a decirte qué fue lo que hice.

—¿Qué?

—Me hice a la idea de que ella eras tú.

Sybil bajóla vista de inmediato y empezó a cavar en la arena.

—Vamos a meternos al agua—dijo.

—Está bien—dijo el joven—. Yo creo que ya estoy listo.

—Otra vez que pase eso, tírala del asiento —dijo Sybil.

—¿Que tire a quién?

—A Sharon Lipschutz.

—Ah, Sharon Lipschutz —dijo el joven—. Cómo vuelve ese nombre. Mezclando memoria y deseo—. De repente se puso de pie. Miró el mar. —Sybil —le dijo—, ¿sabes qué vamos a hacer? Vamos a ver si agarramos un pez del plátano.

—¿Un qué?

—Un pez del plátano —dijo él, y se desanudó el lazo de la bata. Luego se la quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos, el traje de baño era azul celeste. Fue doblando la bata, primero a la mitad, luego en tres partes. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la extendió sobre la arena y tiró la bata doblada encima de ella. Se agachó, recogió el flotador y lo aseguró bajo su brazo derecho. Luego, con su mano izquierda, tomó la mano de Sybil.

Los dos empezaron a bajar hacia el océano.

—Me imagino que ya has visto peces del plátano alguna vez en tu vida —dijo el joven.

Sybil negó con la cabeza.

—¿Nunca los has visto? ¿Pues dónde vives tú?

—No sé.

—Claro que sabes dónde vives. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive y sólo tiene tres años y medio de edad.

Sybil se detuvo y separó con rapidez su mano de la de él. Levantó una concha de mar y la miró con un interés elaborado. Luego la tiró.

—Whirly Wood, Connecticut —dijo ella, y siguió caminando, con la barriga por delante.

—Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿De casualidad no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?

Sybil lo miró.

Yo vivo en Whirly Wood, Connecticut—. Sybil se adelantó corriendo unos pasos, se cogió el pie con la mano del mismo lado y brincó dos o tres veces.

—No te imaginas el modo en que eso aclara las cosas —dijo el joven.

Sybil se soltó el pie.

—¿Tú ya leíste El pequeño sambo? —dijo.

—Qué casualidad que me preguntas eso —dijo él—. Precisamente anoche lo acabo de leer.

Siguió bajando y volvió a tomar la mano de Sybil.

—¿Qué te pareció? —le preguntó a Sybil.

—¿Lo de los tigres corriendo alrededor del árbol?

—Sí, yo creí que nunca iban a parar. Nunca había visto a tantos tigres juntos.

—Nada más eran seis —dijo Sybil.

—¡Nada más seis! —dijo el joven—. ¿Y te parecen pocos?

—¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.

—¿Qué si me gusta qué?

—La cera.

—A mí, mucho. ¿Y a ti? Sybil asintió con la cabeza.

—¿Te gustan las aceitunas? —preguntó luego.

—Las aceitunas… sí. Las aceitunas y la cera. No voy a ninguna parte sin ellas.

—¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.

—Sí. Sí me gusta —dijo el joven—. Lo que más me gusta de ella es que nunca está viendo cómo hacerles daño a los perritos en el lobby del hotel. Ahí tienes al cachorro de bulldog que es de esa señora de Canadá. Seguro que no me lo vas a creer, pero a algunas niñitas les gusta pegarle al perrito con palos de paleta. Pero a Sharon no. Nunca les pega ni los trata mal. Por eso me gusta tanto.

Sybil estaba callada.

—A mí me gusta masticar velas —dijo finalmente.

—¿A quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. Aj. Está fría—. Dejó caer el flotador por el reverso—. No, Sybil, espera, hasta que entremos un poco más.

Se adentraron hasta que el nivel del agua rebasó la cintura de Sybil. Luego
el joven la levantó y la puso bocabajo sobre el flotador.

—¿Tú nunca usas gorro para bañarte o algo? —preguntó él.

—No dejes que me vaya —ordenó Sybil—. Deténme ya.

—Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Tú sólo pónte lista para cuando veas a un pez del plátano. Éste es un día perfecto para el pez del plátano.

—Yo no veo ninguno —dijo Sybil.

—Lo que pasa es que tienen costumbres muy raras —el joven siguió empujando el flotador. El agua apenas le iba llegando al pecho—. Su vida es muy trágica —dijo él—. Sybil, ¿tú no sabes lo que hacen?

Ella movió la cabeza.

—Mira, llegan nadando a un hoyo, en ese hoyo hay muchísimos plátanos. Cuando van nadando, parecen comunes y corrientes. Pero ya que están adentro, se portan como cerdos… No, si te digo: yo me he llegado a enterar de que varios de ellos entraron nadando a uno de esos hoyos y se llegaron a comer hasta setenta y ocho plátanos—. El joven impulsó el flotador y a su pasajera un pie más cerca del horizonte—. Y claro que luego están tan gordos que ya no pueden salirse del hoyo otra vez. No caben por la puerta.

—No me lleves tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué les pasa?

—¿Qué les pasa a quiénes?

—A los peces del plátano.

—Ah, ¿tú dices después de que se comen tantos plátanos y que ya no pueden salir del hoyo?

—Sí —dijo Sybil.

—Bueno, pues no quería decírtelo. Se mueren, Sybil.

—¿Por qué?—preguntó Sybil.

—Bueno, pues les da la fiebre de plátano. Es una enfermedad terrible.

—Ahí viene una ola —dijo Sybil con nerviosismo.

—No le vamos a hacer caso. Vamos a hacer como que no existe —dijo el joven—. Dos esnobs1—. Cogió con sus manos los talones de Sybil y la dirigió como un timón. El flotador se elevó y libró la ola. El agua empapó el pelo rubio de Sybil, pero ésta dio un grito de placer.

Cuando el flotador quedó otra vez a nivel, Sybil levantó la mano y se quitó de los ojos un mechón de pelo húmedo, pegado a la cara, y dijo:

—Acabo de ver uno.

—¿Qué viste?

—Un pez del plátano.

—¡Pero cómo! —dijo el joven—. ¿Y tenía muchos plátanos en la boca?

—Sí —dijo Sybil—. Seis.

El joven cogió de pronto uno de los pies mojados de Sybil, que colgaban del flotador, y le besó el arco.

—Hey —dijo la dueña del pie, dándose la vuelta.

—Oye, ya nos vamos. ¿Ya fue suficiente?

—¡No!

—Pues ni modo —dijo y se dedicó a empujar el flotador hacia la playa hasta que Sybil pudo bajarse. Él lo cargó el resto del trayecto.

—Adiós —dijo Sybil, y corrió sin pena rumbo al hotel.

El joven se puso la bata, juntó las solapas y apretujó la toalla en su bolsillo. Recogió el flotador mojado y arenoso y se lo puso bajo el brazo. Luego caminó solo rumbo al hotel pasando por la arena blanda y ardiente.

En la planta baja del hotel, donde se detenían los bañistas con permiso de la gerencia, una mujer que tenía untada en la nariz una pomada color zinc entró al elevador con el joven.

—Veo que usted está mirándome los pies —dijo cuando el ascensor se puso en movimiento.

—¿Perdón?

—Dije que usted me está mirando los pies.

—Me perdona, pero lo que estaba mirando es el piso —dijo la mujer, y fijó la vista en las puertas del elevador.

—Si quiere mirarme los pies, véamelos —dijo el joven—, pero no lo haga con su jodida hipocresía.

—Déjeme bajar aquí, por favor —dijo de inmediato la mujer a la muchacha que manejaba el elevador.

Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar atrás.

—Tengo dos pies normales y no veo la mínima razón para que a cualquiera se le ocurra mirarlos —dijo el joven—. Quinto piso, por favor—. Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su bata.

Bajó en el quinto pìso, avanzó por el pasillo y se metió en el 507. El cuarto olía a maletas nuevas de piel de borrego y a removedor de barniz de uñas.

Miró a la muchacha que dormía sobre una de las camas gemelas. Luego fue hasta uno de los velices del equipaje, lo abrió, y desde debajo de una pila de calzones y ropa interior sacó una Ortgies automática, calibre 7.65. Sacó el cargador, lo revisó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Luego cruzó el cuarto y se sentó en la cama gemela desocupada, miró a la muchacha, se apuntó la pistola, y se pegó un balazo en la sien derecha.

31 de enero de 1948

 

J. D. Salinger.

Nota y traducción de Luis Miguel Aguilar


1 En el original, Seymour utiliza el verbo “tosnub” (“ignorar”,“omitir”, “despreciar”). De ahí el juego de palabras. (N. del T.)

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Un comentario en “Un día perfecto para el pez del plátano

  1. Buen cuento. Yo no solo diría que Holden se desprende de la familia Glass, sino que toda la familia Caulfield es casi un reflejo de ésta, como si se tratara de la misma pero en un universo paralelo. En “This Sandwich has No Mayonaise”, Holden peleó en la Segunda Guerra Mundial. Da la impresión que se trata de varias versiones de el mismo personaje… o incluso, para caer en la tentación: ¿de Salinger mismo?