Capital in the Twenty-First Century se llama el libro al que los artículos de opinión —en su mayoría en Estados Unidos, donde el furor acaba de iniciar, y en algunas cuantas columnas en México, donde todavía no se traduce— aluden sin cesar. Es un mamotreto de casi 700 páginas —de las cuales cerca de un centenar son de notas al pie— que, a pesar de su origen y tamaño, es un best seller afuera de los cubículos universitarios. Algo raro, considerando que la teoría económica no sólo es árida sino cada vez más lejana de la conversación pública.

Lo dice el propio Thomas Piketty (Clichy, Francia, 1971), la economía “todavía no se sobrepone a su pasión por las matemáticas y por la especulación puramente teorética y a menudo altamente especulativa”.1

Y es cierto, para muchos de nosotros que estudiamos otra cosa, o que estamos vacunados contra las gráficas como explicación de la realidad,2 una de las discusiones más importantes de nuestra sociedad nos es ajena casi por completo. Pero Piketty, en cuyo libro se encuentra “la teoría unificada de la desigualdad”3 —en palabras de Paul Krugman— ha hecho un notable esfuerzo en acercarnos a los iletrados en la materia a la mayor crisis del siglo XXI. Es por ello que este libro es una lectura fundamental.

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A partir de un análisis exhaustivo de los registros de impuestos de varios países a lo largo de décadas e incluso siglos —en Francia hay documentos disponibles desde la revolución, en Estados Unidos desde 1913, cuando se implementó por primera vez un impuesto sobre la renta—, Piketty llega a una tesis central que puede traducirse en una fórmula sencilla: r es mayor a g. r es la tasa de rendimiento del capital o riqueza4 y g es la tasa de crecimiento económico. Es decir que, a lo largo del tiempo, la renta que se obtiene a partir del capital —fábricas, negocios, propiedades que rinden en promedio un 5% anual— tenderá a ser mayor a la que se obtiene a través del trabajo. Esto, invariablemente, llevará a una desigualdad cada vez mayor entre ricos y pobres.

Explica Piketty: “La gente que hereda riqueza sólo necesita ahorrar una porción de su ingreso del capital para ver que el capital crezca más rápido que la economía entera. Bajo esas condiciones, es casi inevitable que la riqueza heredada dominará, por amplio margen, a la riqueza obtenida por el trabajo de una vida entera, y la concentración del capital llegará a niveles extremadamente altos —niveles potencialmente incompatibles con los valores meritocráticos y los principios de justicia social que son fundamentales para las sociedades democráticas modernas”.5

¿Qué tan grandes son esos niveles? Eso depende de ciclos y de otras fórmulas: en particular de la relación entre el valor del capital de un país y su ingreso. Mientras más capital acumulado haya, más contribuirá al ingreso anual y mayores serán las cantidades obtenidas por su rendimiento anual —no es lo mismo el 5% de mil pesos que de un millón—, hasta convertirse en una bola de nieve que pueda ser detenida por un choque de gran magnitud, entiéndase una revolución, como escribió Marx en su momento.

Aunque, como establece Piketty, los shocks también pueden ser externos e independientes de la situación económica local. Tal es el caso de las guerras, por ejemplo.

Veamos a Francia antes de la revolución de 1789. En los años previos a la toma de la Bastilla, el valor del capital acumulado —si uno es rico, vive de una proporción de sus rentas y ahorra el resto, el capital se acumula, se incrementa y después se hereda— fue aumentando hasta llegar a una proporción escandalosa en relación con el ingreso anual del país. La suma de la propiedad privada llegó a tener un valor siete veces mayor al obtenido por el trabajo de toda la fuerza laboral francesa en un año.

Pero con la revolución la proporción se redujo más de la mitad. Lo mismo sucedió con las sociedades decimonónicas de Europa. La Primera y Segunda Guerras Mundiales se encargaron de disminuir la desigualdad a la fuerza. He aquí un bache en el camino para todo análisis económico: el choque generado por las guerras impidió saber con total certidumbre qué hubiera sucedido si se mantuviera la tendencia, aunque el autor de Capital in the Twenty-First Century puede formular hipótesis sólidas.

Apunta Piketty: “Lo que vemos en el periodo de 1870-1914 es, en el mejor de los casos, la estabilización de la desigualdad en un nivel extremadamente alto, y en ciertos aspectos una espiral de desigualdad sin fin, demostrada en particular por un incremento en la concentración de riqueza. Es bastante difícil decir a dónde hubiera llevado esta trayectoria sin los grandes choques económicos y políticos iniciados por la guerra. Con la ayuda del análisis histórico y un poco de perspectiva, ahora podemos ver esos choques como las únicas fuerzas, desde la Revolución Industrial, con la suficiente capacidad para reducir la desigualdad”.6

Las guerras hicieron que gran parte del capital fuese destruido (fábricas bombardeadas, transportes desbaratados), y la inflación se encargó de que en muchos casos el dinero perdiera valor —pensemos en la inflación en la República de Weimar en la década de 1920.

Junto con esto, la productividad aumentó: se tenían que fabricar armas, aviones e insumos para la guerra. Al terminar el conflicto se tuvo que reconstruir el continente. Alemania, Francia y Gran Bretaña vieron un crecimiento nunca antes observado —no por nada, apunta Piketty, a los años posteriores a la Segunda Guerra se les conoce en Francia como “Los treinta gloriosos”—, hasta que la economía se estancó.

¿Por qué?, pregunta Piketty. Por los ciclos naturales del capitalismo. El crecimiento en la producción se debe a tres factores, según él: al avance tecnológico y la difusión de conocimiento, por un lado, y al crecimiento poblacional, por otro. Cuando un país llega a la frontera del avance y del conocimiento, su tasa de crecimiento disminuye, porque se empareja —el efecto del catch-up, dice el autor— con los países que ya están ahí (necesariamente tiene que haber por lo menos un país a la vanguardia).

Parecería, entonces, que el crecimiento económico por encima del promedio —el cual, según los cálculos en el libro tiende a oscilar alrededor de 2% anual a nivel mundial— es temporal. Al menos que el mundo rompa una nueva barrera científica —la cura del cáncer o la prolongación artificial de la vida a nuevos niveles, por ejemplo—, la tendencia de la economía mundial será la de un crecimiento lento pero sostenido. (Algo que en lo personal nunca había pensado pero tiene sentido: a pesar de que la tasa parece minúscula, a lo largo de los años va generando un aumento sustancial en la riqueza y el ingreso de un país.)

“Según las mejores estimaciones disponibles, la producción global creció a una tasa promedio anual de 1.6% entre 1700 y 2012 […] De hecho, sin embargo, el crecimiento al orden de 1% anual tanto en población y producción per capita, mantenido por un muy largo periodo, como fue el caso después de 1700, es extremadamente rápido, especialmente si se compara con el casi nulo crecimiento que observamos en los siglos previos a la Revolución Industrial”, señala Piketty.7

A esto se le suma el tercer factor: la población. Los siglos XIX y XX vieron una explosión demográfica sin precedente, tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo. Sin embargo, en Europa y Japón el crecimiento poblacional ha disminuido —incluso se ha vuelto negativo en Japón—, y se ha estabilizado.

No así en África y China. En el primero se ve un crecimiento similar al europeo a finales del siglo XIX, y en China el relajamiento de la política de un hijo por familia también ha influido para aumentar la población. Pero, a la larga, dice Piketty, China, África y Latinoamérica —cuyos niveles demográficos también irían camino a la estabilidad— terminarán por comportarse como Europa.

Por lo tanto, nos encontramos en una época de un relativo estancamiento global. Países como Perú, que crecen a tasas cercanas a 7% o China, que llegó a crecer casi a dos dígitos por año, terminarán por doblarse ante la frontera y se subsumirían al patrón.

Lo dice Piketty: “El regreso a un régimen histórico de bajo crecimiento, y en particular un nulo o negativo crecimiento demográfico, lleva lógicamente al regreso del capital. Esta tendencia puede ser resumida de la siguiente forma […] en sociedades estancadas, la riqueza acumulada en el pasado naturalmente adquiere una importancia considerable […] Si [a nivel global] la tasa de ahorro es alrededor de 10% y la tasa de crecimiento se estabiliza al muy largo plazo en 1.5%, entonces la existencia del capital global aumentará, lógicamente, a seis o siete años de ingreso. Y si el crecimiento cae a 1%, la existencia del capital podría subir hasta los 10 años de ingreso”.8

Entiéndase: las soluciones que funcionaron para el siglo XX ya no surten el mismo efecto en el siglo XXI. Más aún, según los cálculos de Piketty, la tendencia parece ser irreversible, al menos con la falta actual de propuestas para mitigar el problema. Digo mitigar porque eso es lo que se puede hacer: una de las condiciones inherentes al capitalismo es la desigualdad.

De hecho, dice Piketty, “el motivo por el que la riqueza de hoy no está distribuida de forma tan desigual como en el pasado es simplemente porque no ha transcurrido suficiente tiempo desde 1945”.9 De ser correctas sus proyecciones, en el siglo XXI la desigualdad global sería igual o mayor a la vista en las sociedades aristocráticas de la Europa del siglo XIX.

El autor propone, entonces, dos conjuntos de soluciones, uno para Europa y otro a nivel global. Ambos han sido criticados con dureza; según The Economist, Piketty podrá ser un buen académico —historiador económico, analista del pasado— pero un asesor muy pobre.10

Sin embargo, las propuestas de Piketty suenan sensatas, aunque sí, idealistas. Sobre el estancamiento de la Unión Europea, él y otros académicos han publicado un manifiesto en el que sostienen que las instituciones actuales ya no funcionan.11 Según Piketty en Capital in the Twenty-First Century —y matizado en el manifiesto— lo que habría que hacer sería juntar la deuda y el gasto de los países europeos en un fondo común. Es esquizofrénico, dice, que cada país de la zona euro mantenga una política monetaria y económica distinta, y que no exista un cuerpo supranacional que pueda tomar decisiones que generen un impacto serio en la economía del bloque. Lo ideal sería que se creara una segunda Cámara de Representantes a nivel comunitario —ya existe un Parlamento europeo, el cual no parece servir de mucho—, conformada por representantes de los gobiernos locales en turno; es decir, verdaderos representantes.

Si se siguiera este camino, sugiere, la Unión Europea podría incluso crear su propio Ministerio de Finanzas, que funcionaría a la par del Banco Central —sumamente acotado— y que contara con mayor libertad para dirigir y moldear una política económica que desde 1992 se ha enfocado casi en exclusiva en mantener baja la inflación de la zona.

Pero para llegar a todo esto, la propuesta base de Piketty —que también comparte con su propuesta para la economía global— es tan simple como la transparencia. Para el autor es lógico que los países no salgan del estancamiento económico porque la información es opaca. Muchas veces los Estados no pueden tener siquiera a la mano la información sobre la salida y entrada de capital por sus fronteras: mientras existan los llamados paraísos fiscales, será imposible saber cuánto dinero se mueve, arguye Piketty. El problema es que estamos ante una situación sin incentivos o castigos que disuadan.

A nivel internacional tendría que existir un consenso para penalizar a los países que escondan sus estados financieros, o una recompensa por hacerlos transparentes. Pero el gran atractivo de un paraíso fiscal es justo eso, la opacidad. El cliente oculta sus movimientos y el país recibe un pago sustancial por hacerlo. Al día de hoy no existe algo que pueda romper esa lógica. Más aún, la competencia económica y la falta de visión global de los países nutren esa espiral perversa: si la información es opaca y el Estado actúa sin considerar a los demás, se sigue que implementar un impuesto al capital invertido en su territorio (Grecia, Chipre o Italia en años recientes, por ejemplo) sólo hará que se fugue a otro que castigue menos al patrimonio, y no existirá ningún efecto económico positivo.

La última propuesta, aún más difícil de aplicar que la anterior, es un impuesto mundial. Piketty toma una idea ya existente (tal vez) de Marx: hay un punto —ejemplificado con la fortuna de la heredera de L’Oréal, Liliane Bettencourt— en el que el capital resulta excesivo para su dueño. Bettencourt puede vivir con un porcentaje pequeño de su fortuna, la cual se sigue acumulando porque el gasto anual que hace no es lo suficiente para erosionar las ganancias que le generan las inversiones de sus miles de millones de dólares.12 Para evitar que el capital permanezca ocioso, y porque un choque no sólo es incontrolable e imprevisible (una guerra), la mejor forma de reducir la brecha de la desigualdad, sugiere el autor, es un impuesto mundial anual y progresivo. Dado que la sociedad global es ineludible, lo único que nos queda es pensar en ella como un país más grande, donde los principios de información abierta y la equidad sean los rectores de la política económica.

Es curioso, pero aunque Capital in the Twenty-First Century haga una alusión a Marx desde el título, para Piketty lo que hay que hacer no es derrocar al sistema y empezar de cero, sino pensar como sociedad global y reducir la desigualdad lo más que las propias reglas del juego —con todas sus fallas— lo permitan.

Esteban Illades

Periodista y editor.


1 Traduzco las citas de la versión en Kindle de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century, Harvard University Press, 2014, que a su vez es una traducción del francés de Arthur Goldhammer. Ésta corresponde a la posición 657 en Kindle.

2 Por ende, en este texto no se utilizará ni una sola gráfica de apoyo. Para ello está el archivo en línea del propio Piketty, que tiene los suficientes datos para que uno se pierda a gusto: http://piketty.pse. ens.fr/files/capital21c/en/Piketty2014TechnicalAppendix.pdf (fecha de consulta: 7 de mayo de 2014).

3 Paul Krugman, “Why We’re in a New Guilded Age”, The New York Review of Books, edición del 8 de mayo de 2014. Disponible en: http://www.nybooks.com/articles/archives/2014/may/08/thomas- piketty-new-gilded-age/ (fecha de consulta: 7 de mayo de 2014).

4 Equivalencia que ha molestado a más de un economista, pero que para efectos de este texto no es importante. Robert Solow alude a la posible confusión en su reseña, “Thomas Piketty is Right”, The New Republic,
22 de abril de 2014. Disponible en: http://www.newrepublic.com/article/117429/capital-twenty-first-century-thomas-piketty-reviewed (fecha de consulta: 7 de mayo de 2014).

5 Posición 555 en Kindle.

6 Posición 210 en Kindle.

7 Posición 1340 en Kindle.

8 Posición 4057 en Kindle.

9 Posición 6459 en Kindle.

10 “A Modern Marx”, The Economist, 3 de mayo de 2014. Disponible en: http://www.economist.com/news/leaders/21601512-thomas-pikettys- blockbuster-book-great-piece-scholarship-poor-guide-policy (fecha de consulta: 7 de mayo de 2014).

11 Piketty et al., “Our Manifesto for Europe”, The Guardian, 2 de mayo de 2014. Disponible en: http://www.theguardian.com/commentisfree/2014/ may/02/manifesto-europe-radical-financial-democratic (fecha de consulta: 7 de mayo de 2014).

12 Aquí también hay una bola de nieve. Mientras más rico sea uno, más puede diversificar sus inversiones porque puede pagar más para conseguir a los mejores administradores. De esto se sigue que el capital de los más ricos aumente, porque lo pueden invertir con mejor eficiencia.

 

2 comentarios en “Thomas Piketty,  el capital y la desigualdad  en el siglo XXI

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