Jaime Ros ha escrito un libro muy interesante: Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México (El Colegio de México/UNAM, 2013). Como su título lo indica, el libro es un esfuerzo por mostrar cómo la mayoría de las explicaciones más conocidas de por qué no crece la economía mexicana están equivocadas. Como todo lo que escribe Jaime Ros, es un libro de enorme claridad y seguramente va a provocar un interesante debate. Vale la pena leerlo.

Lo que sigue no es una reseña del libro ni un contraargumento a su visión de esas “tesis equivocadas”. Si bien creo que su crítica a varias de esas tesis está basada en información selectiva, su posición no se sostiene, esto no lo desarrollo acá. En este texto discuto por qué considero que la tesis que Ros propone sobre el estancamiento económico de México es equivocada.

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Ros argumenta que el principal problema en materia de crecimiento no es microeconómico, es decir, que no se resuelve con reformas estructurales que permitan una mejor asignación de recursos (y atraer más inversión privada, sobre todo en sectores en los que su participación ha estado prohibida, algo que Ros no menciona). El principal lastre para nuestro crecimiento ha sido, según él, una política macroeconómica conservadora que se ha limitado a contener la inflación y ha abandonado la posibilidad de estimular la demanda agregada. En sus palabras:

Creo que las políticas macroeconómicas (fiscal, monetaria y cambiaria) de los últimos 30 años han sido una de las causas fundamentales del lento crecimiento económico […], han fallado en garantizar un alto nivel de utilización de la capacidad productiva [y] más importante aún, han afectado adversamente el potencial de crecimiento económico.1

Esta política ha estado basada, según Ros, en tres grandes errores: un gasto público contenido, en particular una muy baja tasa de inversión pública; una política macroeconómica procíclica, es decir, que en las crisis se aprieta el gasto y en los buenos años no se ahorra para reservar recursos que se puedan gastar en los malos; y una política monetaria obsesionada por la estabilidad de los precios que ha llevado a la sobrevaluación del peso.

El gobierno mexicano, dice Ros, ha cometido estos tres grandes errores por razones fundamentalmente ideológicas. En otras palabras, bastaría con ver el mundo de forma distinta para poder crecer. Preocuparse por las reformas estructurales, se deriva de lo escrito por el autor, ha sido no sólo un error ideológico, sino un desperdicio de tiempo. Las reformas estructurales son costosas políticamente y complicadas de implementar. En lugar de insistir en dar esa ardua batalla, bastaría con cambiar algunas decisiones que, aunque puedan llegar a requerir la aprobación del Congreso, parecerían de más bajo costo político —a excepción de su ambiciosa propuesta de una reforma fiscal progresiva, la cual se discute más adelante.

Ros nos recuerda a Kaldor, para quien la causalidad productividad-crecimiento “va de crecimiento del producto a crecimiento de la productividad como resultado de la presencia de rendimientos crecientes a escala en las manufacturas”.2 Esta visión parte del principio, correcto, de que entre más inversión se le dedique a un trabajador, más productivo podrá ser. La pregunta es por qué no se invierte más en México. Para Ros el problema es que el gobierno, al no “garantizar un alto nivel de utilización de la capacidad productiva”, ha afectado el potencial de crecimiento.

¿Cómo hacer para que se invierta más? Según Ros, con una política macroeconómica distinta. Ésta resolvería algunos de nuestros problemas más agudos. Por ejemplo, contra la idea dominante en la discusión económica en México de que es la baja productividad la que explica nuestro bajo crecimiento, Ros argumenta que es el bajo crecimiento y, en particular, la baja inversión pública,3 el que no permite aumentar la productividad.

Analicemos con un poco más de detalle sus propuestas concretas.

La primera propuesta es la necesidad de gastar más en infraestructura y, en general, gastar más desde el gobierno. Ros en esto es ambiguo. En parte parece estar demandando, de un modo poco claro, un mayor déficit público. En sus palabras, hay que aprovechar “la movilización del espacio fiscal dado por los bajos niveles de deuda pública”.4 Más adelante dice, sin embargo, que para evitar presiones de precios sobre los bienes no comerciales, se va a necesitar “una política fiscal moderadamente conservadora”.5

Para que funcione su estrategia de impulsar la demanda mediante una política macroeconómica distinta, Ros aclara (y en esto estoy de acuerdo) que se requeriría moderación salarial. No obstante, para lograr esto sería necesario otro modelo de negociación con los sindicatos de las entidades públicas y una seria reforma laboral, es decir, una de sus despreciadas reformas estructurales.

Más complicado aún, para cumplir con su propuesta de mayor inversión pública se necesitaría una reforma fiscal que, argumenta Ros, aumente la carga tributaria con impuestos progresivos “en alrededor de 8 a 10 puntos porcentuales”.6 Es un esfuerzo brutal, sobre todo cuando 58.8% de la Población Económicamente Activa (PEA) labora en la informalidad y más del 70% de los establecimientos captados en el Censo Económico  son informales.7 Ya vimos el impacto negativo en términos de inversión que ha tenido la mucho más modesta reforma fiscal para 2014: en enero la inversión fija bruta tuvo una caída real de 2.4% comparada con el año previo.8 En todo caso, si se quiere incrementar la recaudación y no estimular la informalidad, los impuestos al consumo son una opción menos mala.

Pero tampoco parece factible que esos 8 o 10 puntos  de recaudación adicional, en caso de lograrse, se  puedan invertir bien en infraestructura. Hace sentido gastar más en infraestructura si se puede hacer bien. La Estela de Luz es inversión en infraestructura y no sólo fue un escándalo en términos de los mil 348 millones de pesos que costó, sino que tampoco agregó nada de valor a la economía. Para lograr inversión pública de calidad se requieren instituciones de planeación y fiscalización del gasto público que no hemos tenido.

El modelo que propone Ros parece partir del supuesto de que el gobierno va a invertir bien. Pero sin reformas estructurales el riesgo de que esa inversión se asigne mal es muy elevado y, por tanto, que no tenga el impacto esperado sobre el crecimiento. Entre peor sea la calidad de la inversión, la tasa de inversión como proporción del PIB deberá ser mayor para lograr un mismo nivel de crecimiento. Hoy China crece menos que antes, pero sigue invirtiendo casi 50% del PIB. En un país con las distorsiones que enfrenta México y en el que el gobierno es sumamente deficiente para gastar bien, ¿cuánto debería crecer la inversión como para que crezcamos de forma elevada? Y esto sin preocuparnos de dónde saldrá el ahorro para lograrlo.

De hecho, hay un buen ejemplo en América Latina de por qué no funciona este modelo de incrementar los ingresos públicos para luego tener más espacio fiscal para invertir en infraestructura: Brasil. Este país recauda mucho más que México, aunque no lo hace progresivamente. Y no lo hace porque no ha podido. Ha sido gobernado por presidentes de izquierda desde 2003, pero lo cierto es que no logra gastar bien y aunque sus gobernantes han dicho querer gastar más en infraestructura, tampoco lo hacen. Brasil pasó de tener ingresos tributarios, sin considerar seguridad social, equivalentes a 14.3% de su PIB en 2000 a tener 25.97% en 2011.9 Sin embargo, Brasil, salvo en los años del boom de las materias primas, no crece más que México. Quizás Ros esté pensando en China, pero en ese caso, invertir casi 50% del PIB requiere de un sistema político particularmente autoritario y eficiente y el modelo ya está enfrentando rendimientos decrecientes. Invierte más que hace 10 años, pero crece menos.

La prueba de que más dinero en el bolsillo gubernamental no lleva a más crecimiento y a más inversión pública es cómo gastamos a partir del año 2001 los recursos provenientes del aumento en el precio del petróleo. Fueron cerca de tres puntos adicionales del PIB. A pesar de esos recursos adicionales que no venían de recaudación, sino simplemente por la venta de un recurso natural, no creció gran cosa la economía mexicana —un tema curiosamente no mencionado por Ros—. El gobierno gastaba 14.7% del PIB en 2000 y en 2013 ya gastaba 24.41%.10 Y el gasto público en infraestructura ha crecido también. Pasó de representar el 2% del PIB en el año 2000 al 5.06% en 2014.11

Pero hay un as bajo la manga para quienes les preocupe una política expansiva como la descrita. Según Ros, la reacción a las políticas expansivas de gasto depende de qué piensen las elites de ellas. Por ejemplo, si las elites creen que dichas políticas producirán crecimiento, las verán con buenos ojos y empezarán a invertir, validando su creencia, mientras que si creen que provocarán inflación, se opondrán y no invertirán.12 Así que si las elites resultan convencidas por su libro, abrazarán la política expansiva invirtiendo más y creceremos más.

La segunda propuesta de Ros es correcta. Es inconveniente mantener una política macroeconómica procíclica, como la que han adoptado nuestras autoridades.

Sin embargo, nadie opta voluntariamente por este tipo de políticas. Por supuesto que sería mejor una política anticíclica, pero ello requeriría otro arreglo institucional y una distinta distribución del poder que la que hemos tenido. En otras palabras, requeriría no sólo contar con un seguro de desempleo y otros mecanismos automáticos contracíclicos, sino compromisos realmente ejecutables para poder reservar los ingresos excedentes cuando hay un boom petrolero, como lo hace Chile con los ingresos provenientes del cobre. A cualquier tecnócrata ortodoxo le gustaría poder reservar esos excedentes, pero no han sido capaces de ganar la batalla política en el Poder Ejecutivo ni en el Congreso. Por lo menos en el boom petrolero que inició a principios de la administración del presidente Fox (aunque aún no ha terminado, por lo que no hay que cantar victoria), no nos gastamos todo el ingreso petrolero y además no nos endeudamos alegremente, como en los años setenta y principios de los ochenta, cuando el gobierno agregaba demanda sin pudor y, por supuesto, crecíamos, aunque luego no hubo forma de seguir con ese tren de gasto y quebramos.

Ros parece acusar una cierta nostalgia por los años de crecimiento impulsado a través del gasto gubernamental. Incluso la crisis de 1982 no la explica por una falla en la estrategia de impulso a la demanda, sino por la “verdaderamente inexplicable explosión del gasto público en 1981 (siendo presidente López Portillo y responsables del ejercicio del gasto público, al frente de la Secretaría de Programación y Presupuesto en ese momento, los futuros presidentes De la Madrid y Salinas)”. Aquí sería pertinente recordar un artículo escrito en abril de 1981 por John Eatwell y Ajit Singh intitulado “¿Se encuentra ‘sobrecalentada’ la economía mexicana?”.13 Su sorprendente respuesta fue que no: que, por un lado, la inflación no era un problema de exceso de demanda, sino de altos costos y altas ganancias; y, por el otro, que el déficit comercial (aun en esa economía mexicana más cerrada que la de ahora, el exceso de demanda llevaba a mayores importaciones) se resolvía con mayores  restricciones a las importaciones.

Ros tiene razón cuando señala que si el producto por trabajador en México hubiera seguido creciendo al paso que lo hizo entre 1950 y 1981, hoy seríamos un país de ingreso elevado.14 Pero siguiendo esa misma lógica, si la deuda hubiera seguido creciendo a la velocidad que lo hizo entre 1970 y 1982, hoy deberíamos mucho más de lo que habríamos ganado en ingreso, suponiendo que hubiera un escenario donde tal incremento en la deuda fuera sostenible.

Asimismo, Ros atribuye el bajo crecimiento posterior a la crisis a un necesario ajuste fiscal “por medio de una brutal contracción de la inversión pública”.15 Por supuesto que hubiera sido mejor poder recortar otras cosas, pero nunca es fácil. No es por mero capricho que se contrae la inversión pública en lugar de recortar personal, que sería la alternativa más ahorradora, sino porque es políticamente más fácil y más rápido administrativamente. Aunque lo mejor sería no tener que llegar a esos extremos.

No sé si la culpa de ese gasto excesivo de 1981 sea realmente de De la Madrid y Salinas, o de la obsesión por hacer crecer la economía a través de una política fiscal expansiva del gobierno de López Portillo, pero los gobiernos se vuelven austeros y acaban con políticas procíclicas cuando no les queda de otra. Hoy Argentina está creciendo cada vez menos. Sin embargo, ha decidido iniciar una política de austeridad presupuestal, entre otras medidas subiendo precios de productos antes subsidiados. ¿Por qué semejante tontería? José Octavio Bordón, quien fuera embajador de Argentina durante el gobierno del presidente Kirchner, lo ha dicho con mucha claridad: no ha habido “cambio ideológico” en el gobierno, “es simplemente una respuesta objetiva al hecho de que el gobierno se quedó sin dinero”.16 Esto es lo que está detrás de todas las políticas procíclicas durante una recesión.

Donde creo que Jaime Ros tiene un punto es en su tercera crítica, es decir, en el costo que nos genera tener un tipo de cambio apreciado para un país que pretende hacer del sector exportador su motor de crecimiento. Pero no menciona que una parte de este problema se debe al aumento en el precio del petróleo, que pasó de un promedio de 15.70 dólares por barril en 1995 a 25.34 dólares en 2000 y a 86.83 dólares en 2008. Y también a que hubo un aumento importante en las remesas. Éstas pasaron de 3,672 millones de dólares en 1995, a 6,572 en 2000 y 22,442 millones en 2012.17

El tema de cuál es el tipo de cambio óptimo no es evidente en la teoría económica. ¿Cuál es el año base adecuado para decidirlo? Tampoco es fácil evitar una apreciación cuando hay ingresos extraordinarios de recursos, salvo dejarlos fuera de la economía en un fondo internacional de inversiones propiedad de todos los mexicanos, algo políticamente muy difícil de hacer. Nuevamente, el ejemplo de Brasil es interesante. Las restricciones al ingreso de capitales que trataron de imponer para evitar la apreciación de su moneda no fueron muy exitosas en evitarlo, mientras los mercados veían atractiva la economía brasileña.

Acumular reservas es la forma de lograr que haya menos dólares en la economía, pero tiene un costo alto. Hoy tenemos 182,743 mil millones de dólares de reservas.18 ¿Cuántas más habríamos tenido si se hubiera seguido una política de comprar dólares para depreciar el peso?

Tiene razón Ros que en México hay dos economías, la moderna y la que no,19 pero lo que impide que más mexicanos pasen a la economía moderna son un conjunto de malos arreglos institucionales. Y, desafortunadamente, éstos no se resuelven con un gobierno que invierta más o mantenga un tipo de cambio más competitivo. No hemos visto que esto suceda en los países que optaron por impulsar el crecimiento con políticas expansivas como la de Brasil. No sólo no creció la productividad, ahora hasta dejó de crecer la economía y están haciendo políticas procíclicas, como subir las tasas de interés en medio de un muy bajo crecimiento.

Al inicio de su capítulo final, Ros nos aclara que ahora que estamos en medio de una gran vorágine de reformas estructurales no habrá más crecimiento. Quizás no. Depende de cómo se hagan. Modificar la Constitución no necesariamente generará más inversión. No basta reformar, hay que hacerlo bien. Se puede alegar que se trata de un argumento tautológico. Si no crece más nuestra economía es que fueron malas reformas estructurales. Creo que se pueden analizar ex ante, y explicar por qué pueden o no dar más crecimiento. Por ejemplo, que la de telecomunicaciones no va a llevar a más inversión, que la laboral no servirá para gran cosa, y que la política social y tributaria sigue premiando la informalidad y por lo tanto castigando la productividad.

Ahora bien, la buena o mala noticia, depende de cómo se vea, es que las peticiones de Ros parecen haber sido escuchadas por esta administración. El gasto público está creciendo, en parte gracias a una reforma fiscal progresiva (sí, podría ser más progresiva para quienes creen en una propuesta como la de Ros, pero va en el sentido que Ros señala). Hay un mayor déficit público, el más alto en muchos años (aprovechando el espacio fiscal que da una baja deuda pública, por recordar a Ros). Estamos frente al más ambicioso programa de infraestructura (o eso dicen, vamos a ver si lo logran y qué logran) y el riesgo de que termine el tapering ha devaluado el peso mexicano (aunque menos que otras monedas a pesar de las bajas tasas de interés vigentes). Lástima que una reforma fiscal como la que sugiere Ros, aunque mucho más leve que la propuesta por él, haya acabado siendo una política procíclica, como las que tanto critica.

Si crecer se lograra resolver cambiando una sola cosa, como la política macroeconómica, o simplemente teniendo un gobierno que invierta más, todos los países serían desarrollados… Crecer de forma sostenida requiere de un conjunto de reformas microeconómicas bien implementadas, instituciones gubernamentales eficaces, no diseñadas para extraer rentas, sino para proveer bienes públicos de calidad, y un buen manejo de la política macroeconómica. No hay atajos.

Carlos Elizondo Mayer-Serra

Profesor del CIDE.

Agradezco los comentarios de Carlos Bravo, Blanca Heredia, Fausto Hernández, Santiago Levy, Ignacio Marván y Jaime Ros. También el apoyo de Leonardo Núñez. Todos los errores por supuesto son míos.


1 Ros, Algunas tesis equivocadas sobre…, p. 126.

2 Ibíd., 28.

3 Ibíd., 22, 124 y ss.

4 Ibíd., 138.

5 Ibíd., 142.

6 Ibíd., 138.

7 INEGI, “Banco de Información Económica->Ocupación, empleo y remuneraciones->Población ocupada, subocupada y desocupada->Valores relativos->Tasa de informalidad laboral 1”. Disponible en: http://bit.ly/1kRxVUs (consultado el 11 de abril de 2014).

8 INEGI, “Indicador mensual de la inversión fija bruta en México. Cifras durante enero de 2014”. Disponible en: http://bit.ly/1eVvjSW

9 Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPALSTAT, Bases de Datos, “Ingresos tributarios por tipo de impuestos”. Consulta interactiva de datos en: http://bit.ly/1ghTJ8n (fecha de consulta, 11 de abril de 2014).

10 SHCP, “Estadísticas Oportunas de Finanzas y Deuda Pública->Situación Financiera del Gobierno Federal”, disponible en: http://bit.ly/1eNksex (consultado el 10 de abril de 2014), y “Criterios Generales de Política Económica 2014”, disponible en: http://bit.ly/1cVlyQV

11 Transparencia Presupuestaria. Observatorio del Gasto, “¿En qué gasta? Gasto de Inversión”, disponible en: http://bit.ly/1eFMN4U, y México Evalúa, 10 puntos para entender el gasto en infraestructura en México: evaluación de avances del Programa Carretero 2007-2012, México, 2012, disponible en: http://bit.ly/1n1us9V

12 Ros, op. cit., p. 12.

13 John Eatwell y Ajit Singh, “¿Se encuentra ‘sobrecalentada’ la economía mexicana? Un análisis de los problemas de política económica a corto y mediano plazo”, Economía mexicana, núm. 3, CIDE, México, 1981.

14 Ros, op. cit., p. 16.

15 Ibíd., p. 127.

16 Traducción propia de nota original en inglés. Véase: FT, “Argentina’s Fernández faces mother of political fights”, 31 de marzo de 2014. Disponible en: http://bit.ly/1esVe8Q

17 Esto lo discuto en mi libro Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre, Debate, México, 2013, pp. 132-133.

18 Banco de México, “Principales renglones del estado de cuentas del Banco de México”, disponible en: http://bit.ly/1esVO6s (consultado el 11 de abril de 2014).

19 Para una análisis reciente de esta dualidad económica véase McKinsey, A tale of two Mexicos: Growth and prosperity in a two-speed economy, McKinsey, Londres, 2014. Disponible en: http://bit.ly/1fry39A. Entre las soluciones que propone el texto no están las que Ros propone.

 

6 comentarios en “¿Por qué no crece México? Una visión equivocada

  1. Es necesaria una mayor recaudación pero para llegar a lo óptimo se tendría que generalizar el IVA así como que lo recaudado se gaste adecuadamente que los partidos políticos tengan menos presupuesto y tener unas elecciones mas baratas los gastos de los tres poderes sean razonables ya que tenemos un gasto muy alto para una población tan pobre en su mayoría.

  2. Si bien Mayer –Serra tiene varias observaciones válidas creo que lo que no se ha discutido ha profundidad es el mandato dogmático de Banxico de alinear todos sus instrumentos a una meta inflacionaria. Es dogmático porque podrá tener sentido cuando se esté creciendo-digamos- por arriba de un 5% pero es absurdo mantener tal mandato cuando se crece por debajo. Una de las consecuencias de mantener relativamente altos los niveles de la tasa de interés es atraer capitales a los mercados financieros que no son Inversión Extranjera Directa y que contribuyen a la sobrevaluación del peso. La contradicción entre apostarle a un modelo exportador por una parte y una política monetaria que va a contracorriente de ello la observó en su momento Jaime Ros desde la época de Salinas y tiene razón. Dado el mandato de Banxico a éste realmente le conviene un tipo de cambio sobrevaluado y un mercado crediticio estancado que no se traduce ni en consumo ni en inversión. Desde luego que sí hay dogmas en la conducción de la política económica en México y tienen qué ver menos con la obsesión por las reformas estructurales que con una mentalidad para prevenir las crisis económicas del populismo como las de 1976 ó 1982, pero que hoy día resulta particularmente ineficaz para enfrentar un escenario como el actual. Desde luego, hacer más adaptable a las circunstancias el mandato de Banxico al contexto y circunstancias no excluye la necesidad de quitar trabas a la inversión y buscar más eficiencia (reformas estructurales), pero tampoco las r.e. bastan por sí mismas y mantener tal ilusión es parte del dogma. Como siempre sucede en México las posiciones se osifican o sobre-estilizan y el ensayo de Serra es un ejemplo más de quien no concede nada-quizás por sentir que es uno de los destinatarios de la crítica de Ros. Pero hay que dejar el ego por un rato y reconsiderar si ya es hora de que el discurso que se viene blandiendo –y que ha hecho suyo toda la comentocracia de economía y finanzas de este país- amerita ya algún ajuste dados los resultados a la vista.

    • No es una cuestion de egos. De hecho hay que leer con cuidado. Comparto esa preocupacion. Cito el texto de nexos. “Donde creo que Jaime Ros tiene un punto es en su tercera crítica, es decir, en el costo que nos genera tener un tipo de cambio apreciado para un país que pretende hacer del sector exportador su motor de crecimiento.”

  3. ya esta comprobado que el modelo económico hacia afuera, nos ha conducido a que unos pocos se hagan muy ricos, y la gran mayoría de la población muy pobre, tenemos que voltear hacia el mercado interno, y desarrollar estrategias económicas para que la población se allegue de mayores recursos que incrementen los niveles de consumo, que reactive la planta productiva el empleo y la inversión. de los comentarios que escuchado del libro de Ross, es un a invitación a la discusión de los sectores académicos, empresariales, sociales y del gobierno, que resulten en propuestas que puedan modificar favorablemente el comportamiento de la economía de mexicana.

  4. Y el factor corrupción dónde queda, es algo que nunca leo en los artículos de no crecimiento.

  5. Perdóname Elizondo-Serra-Mayer pero en todo caso tú tampoco lees bien, porque no vinculas el problema de la sobrevaluación del peso –que además lo consideras párrafos más adelante en tu texto como una especie de problema metafísico- con el rígido mandato anti-inflacionario de Banxico que es el punto de mi comentario ¿De verdad crees que las reformas estructurales, por sí mismas, pueden sacar del bache a un país que está creciendo menos del 2%? Responde Sí o No: ese es el meollo de la discusión que o eludes o sencillamente no entiendes. Hay algún un paralelismo en lo que plantea Ros con la polémica de Krugman con la comentocracia en Estados Unidos, quienes en plena recesión desestimaban todo instrumento de política macroeconómica, confundiendo los regaños y amonestaciones por los malos hábitos microeconómicos de un paciente que entra infartado a una sala de emergencias, con el protocolo macroeconómico que hay que seguir una vez que el infartado se encuentra sobre la plancha.