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“La amistad y la literatura, he aquí lo único verdadero”. Aquel anciano recordaba la frase leída no recordaba dónde; pero con rara violencia su mente sufría con la viva y fantasmal presencia de Rosa Frohlich, la bailarina de los pies desnudos… Libre uno al fin de aquella tragedia de sórdidos perfiles, siente sobre sí la atracción de la llama. La curiosidad es la fiebre más prodigiosa, y sus rigores aumentan en esta hora de luces y claroscuros en decidida batalla. Entonces, hay que abandonar a Heinrich Mann. Queda pues allí, sobre un antiguo tomo de Schiller. Es necesario ir a la Feria.

He aquí al pintor colombiano Ignacio Gómez Jaramillo redondeando el Stand de su país, situando debidamente a Silva, a Guillermo Valencia, a León de Greiff y a Jorge Zalamea. No ha querido exhibir nada suyo original; por ejemplo, la joven desnuda y bien plantada, o el retrato en bellos grises de su esposa. Allí está una colección casi completa de Semana, el periódico de Alberto Lleras. Pero falta un retrato de Germán Arciniegas, “El Zagalón”. Los colombianos se sorprenden de la admiración y respeto que en México sentimos por Arciniegas. No es necesario sorprenderse. Conocemos muy bien la obra del maestro. Como sabemos de las cosas del ensayista Hernando Téllez, que entrega gran parte de su talento a sostener el crédito publicitario de una cerveza bogotana. Téllez tiene un hijo de doce años, que es un verdadero prodigio escribiendo novelas. Bueno, Jorge Zalamea se descubre ante el pequeño.

Ahora llega un caballero de grave aspecto, y pregunta a Gómez Jaramillo por un ejemplar de Tierra de Promisión, los tropicales sonetos de José Eustasio Rivera. No lo hay; pero allí están varias ediciones de Anarkos, y, sobre todo, esas dos cartas autógrafas del gran poeta José Asunción Silva. Una de las cartas, la fechada en Bogotá el 3 de febrero del 91 y dirigida a don Eduardo Villa, nos da la clave del inmortal “Nocturno”.

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He aquí, envuelto por una ola de paseantes, al poeta Juan Rejano. Busca inquiero el local donde habrá de leer, ante un público respetuoso y serio, su ensayo “Cervantes, Poeta” (Tres versos y una Confesión). Es la cuarta charla del ciclo Cervantino, organizado en su propio Stand por la Secretaría de Educación Pública. Y en un luminoso rincón del edificio de la Secretaría, Clemente López Trujillo mantiene alerta su vigilancia sobre las soberbias y valiosísimas ediciones de El Quijote, de obras de Sor Juana. Clemente descansa al lado de la sección dedicada a don Justo Sierra. El poeta recuerda que el 26 de enero de 48, se cumplirán cien años del nacimiento del ilustre maestro mexicano. ¡Cómo se sufrió aquella tarde, con un horrendo aguacero encima que hirió el techo del Stand y amenazó de muerte a los tres tomos del Quijote del Centenario, Madrid, 1905! Claro, hubo que salvar también del chubasco las ediciones facsimilares del Quijote, de las Novelas Ejemplares, etc.

No ocurrió nada grave. Pero antes de continuar, recordemos de nuevo a Silva: tres grandes novelas suyas se extraviaron para siempre en el hundimiento del “Amerique”. Los amigos de Colombia resienten todavía tan amarga pérdida. Y prosigamos: aquí hace su aparición el más famoso tipógrafo mexicano, Francisco Díaz de León, con su sonrisa a flor de espíritu sin su acordeón de gratos recuerdos; pero complacido de haber llenado con algo muy bueno el hueco que le hicieron a su amada Escuela de las Artes del Libro en el Stand de Educación. Sencillez y gracia en los cuadros ilustrativos que presenta Paco en ese Stand, el más emocionante de todos, el más espiritual y el mejor organizado.

Los Alíes cruzan por la Feria. Se trata de Alí Chumacero y de sus discípulos. Gozan asesinando gente con tremendas saetas verbales. Es la hora del epigrama y de descubrir un libro de Stendhal con un dibujo en la portada que representa a un afable burgués de 1920. Sí claro: libro de a peso, y argentino. Es la hora de comprar el Efrén Fernández que usted desee, en la misma cifra: un peso. A uno le da vueltas en la cabeza el estribillo de León de Greiff: “juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos, la llevo perdida”. Y naturalmente, hace su aparición la sombra volteriana de aquel turbulento Porfirio Barba-Jacob. Mas ninguna sombra es peligrosa en esta hora de crepúsculos disciplinados hasta el infinito.

Allá a lo lejos, una carcajada atruena la espaciosa Plaza de la República. Naturalmente, es Rafael Heliodoro Valle, con posiblemente ocho artículos urgentes en cada bolsillo. Pero, un momento, ¿qué es aquello? En la librería Fonseca surgen 78 números de la Revista de Occidente. Valor: trescientos pesos.

¡Este es un bello Stand! Trátase del de la Sociedad General de Escritores Mexicanos. Presiden: Adolfo Fernández Bustamante, lleno de cargos sindicales y de películas dirigidas y por dirigir, y el gran Paco Rojas González, con boina. Vengan sendas dedicatorias de Lola Casanova y Judith. ¿Qué se proponen hacer estos dos hombres? Crear una editorial poderosa que venda libros auténticamente baratos, no ediciones “Calomino”. Ojalá se salgan con la suya.

Pero he aquí que llega el poeta Manuel González Flores, y traza hermosas frases en sus libros —fresquecitos ellos— titulados Voz en la Zarza y Motivos Humanos. Un millón de gracias, poeta hermano. Ese Manifiesto a los Poetas es de una soberbia arquitectura. ¿Y bueno, qué hace uno con el número 14 del Chapulín? Sí, claro, sí (¿no empieza con esas tres palabras un poema de Rodolfo Usigli?): llevarlo a casa en unión de esta Judith de Jean Giraudoux, de este Libro del Té y de esta clara amargura de no poder comprar los citados 78 tomos de la Revista de Occidente

Pero allí queda la Feria del Libro, magistral y única, calumniada, zaherida, necesaria siempre. Allá en el fondo, montan guardia los cuatro gigantescos husos, y debajo del Monumento, una sombra estatuaria mira pasar su propia inmortalidad de gran español: Miguel de Cervantes Saavedra.