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Apoltronado en una butaca del Teatro, el corrector de pruebas mira pasar las tardes de la Feria. Todo el mundo lo llama “el corruptor de pruebas.

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Bibliógrafos, bibliómanos y bibliotecomaníacos merecen el tremendo adjetivo “libróvoros”.

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Al poeta “Rodrigo Bermúdez” le dijeron de plano que no tenía necesidad de usar ese seudónimo, llamándose Gregorio Anguiano.

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Con tanto genio y tanto librero, los proverbios sufrieron serias alteraciones. Por ejemplo: “Cría cuervos, y échate a dormir”, o “Cría fama, y te sacarán los ojos”.

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Dijo Rafaelito: “Voy a ver a Botas para que me dé un dato”. Y replicó Andresito: “¡Cuídate” No te vaya a dar DATO por liebre…”.
 
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“Obras de Vargas Vila, a un peso cincuenta el ejemplar”. Imposible. No se acabarán. (Pero el bromista explicó que aún no se sabe si aquel escritor era venezolano o colombiano.)

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“Me gusta el viejerío”. Quiso decir que prefiere los libros viejos de La Lagunilla.

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Cuando el peso de los libros comprados excedió los veinte kilos, dio ambos brazos a torcer.

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Resulta terrible que Paco Rojas González y Adolfo Fernández Bustamante vivan de esas dos mujeres: “Lola Casanova” y “Judith”, respectivamente.

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Y el año pasado, una hermana República se quedó con el Stand pero sin libros. Ahora tenía libros, pero no pudo construir local.

 

Textos publicados en la Revista Mexicana de Cultura de El Nacional, 4 de mayo de 1947.