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Primero, hubo algo así como un desconcierto; después, cierta agitación. Medio calmados los ánimos, los poetas —sobre todo los jóvenes— se dedicaron a copiarlos, a imitarlos, con la peor fortuna. El poemínimo parece facilísimo (cualquiera lo hace) pero los imitadores descubrieron que era demoniacamente difícil.

Hacerlo requiere de una espontaneidad diferente a la del meditado epigrama y de un maligno toque poético que lo coloca a cien años de luminosa oscuridad del hai-kai (haikú); tampoco es un aforismo ni un apotegma ni un dogma. Para llegar o medio llegar a un acuerdo, inventé el vocablo apodogma —y todos tan intranquilos.

Dislocar y trastocar; crear, es el único secreto de esta singular forma de expresar referencias maternales sin llegar jamás a los extremos líricos y delictuosos de la mentada por la mentada misma.

José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis los comprendieron desde el primer puñetazo —golpe artero, descontón— de vista. Otros, amigos y enemigos, los elogian por inercia y tratan enfermizamente de imitarlo. Imposible. En mi libro de 1974, Los eróticos, el poemínimo que originó el caudal está en el lugar de honor y con la fecha bien clara. Ya un año antes, en Poemas prohibidos y de amor, un racimito de poemínimos fue como un ligero buscapiés. La cosa empezó a humear y provocó el incendio previo a la estampida cuando aparecieron, casi al hilo, Circuito interior y los letales 50 poemínimos, librito, este último, inencontrable.

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Lo poemáximo

Una vez le entregué a Monsi varios poemínimos y un poema grande. El conjunto se llamó: “15 poemínimos y un poemáximo”, lo cual me hizo feliz. Con la misma felicidad que sentí cuando en plena euforia poeminizante, soñaba poemínimos. Un mediodía le confesé al poeta Alejandro Aura:

“—Fíjate, Ale, que anoche soñé cinco hermosos poemínimos…

—¿Y los apuntaste?

—¡Coño, carajo, caballero! ¿No te estoy diciendo que los soñé?”.

 (También soñaba con Sofía Loren, con la que hacía no lo poemínimo sino lo poemáximo. Hay dos cosas que nunca me cuestan nada: soñar y consultar el Larousse.)

Bueno, pues cuando publiqué Poemas prohibidos escribí unas impertinentes aclaraciones. La parte correspondiente a los poemínimos dice así:

“…durante mucho tiempo, supuse con ingenuidad que estos breves poemas podían ser algo así como unos epigramas frustrados. Error. Mi hija Raquel (8 años), al leer algunos declaró lo siguiente: ‘Son cosas para reír’. Poco después, en la casa de un famoso pintor, Octavio Paz (58 años) los definió de esta manera: ‘Son chistes’. Me alegró en extremo que, separados por medio siglo de experiencia y cultura, Raquelita y Octavio hubieran coincidido”.

(Raquel tiene ahora 17 años. Octavio y yo andamos dando bandazos en los 67.)

En este volumen [Estampida de poemínimos, Premiá, 1980] se verá que muchos poemínimos tienen fecha. Quiero así significar históricamente, si se quiere, por qué fueron escritos. Otros se llaman “Plagio equis” o “Plagio zeta”. Es que me incomoda que una hermosa imagen o una frase de legítima brillantez caiga en manos de un poeta incapaz de aprovecharla. Entonces tomo la frase o la imagen y la redondeo, le doy ritmo, cobijándome a la sombra de las palabras en flor de un viejo neurótico llamado Federico Nietzsche: “Sé que en mi palomar hay palomas forasteras, pero se estremecen cuando les pongo la mano encima”.

A otra cosa

Traducido al español, cierto latinajo viene quedando así: “El que se equivoca se llama caballo”. Así yo, al trote corto, que es como el paso tardo de un pobre viejo (tango clásico), cometo errores de cierta gravedad, que algún buen amigo descubre y me lo restriega en las narices. Por ejemplo: tengo un poemínimo llamado “Weimar”, en el que atribuyo a Goethe (Don Wolfango) una frase que no es suya: “No es de Goethe sino de Heine”, me aclararon. Está bien.

Creo que basta y sobra. Ya lo dice un poemínimo: “A lo hecho, pechos”.
  

Junio de 1980.

Tomado de Prólogos de Efraín Huerta, Cuadernos de Humanidades 19, UNAM, 1981.

 

2 comentarios en “El poemínimo