Estado de excepción

Comentan sus superiores que, cuando no es peligrosamente ingenuo, es conflictivo y pendenciero; que su vida de escándalo mancha la reputación institucional; que se ve que no está de buenas consigo mismo y, así, difícilmente puede cumplir su misión. Por eso, el indisciplinado servidor es trasladado, una y otra vez, a los destinos más incómodos y recónditos, a esos pueblos pequeños y pobres donde parece que ni vale la pena predicar. El sacerdote y poeta Alfredo R. Placencia (1875-1930) ha sido un marginal dentro de una tradición, de por sí, marginal. Hijo de una familia pobre que tuvo que disgregarse por la necesidad: su hermana y él son ofrendados a la iglesia, mientras que su otro hermano sirve al ejército. Placencia vive una vida errante y errática, de miseria sorda, sólo ocasionalmente animada por el alcohol, la carne y la música que arrancaba a un saxofón (que para colmo tuvo que vender). Placencia ejerce su sacerdocio con tanta intensidad como torpeza: se conmueve por el dolor de los otros, pero está más para que lo consuelen que para consolar. Forma con una mujer mucho más joven que él, y con la familia de ella, un clan atípico que lo acompaña en parte de su itinerario, tiene un hijo al que no puede dar su apellido, padece las murmuraciones, nunca levanta cabeza en lo económico y muere prematuramente consumido a los 55 años. Por supuesto, este poeta aficionado de provincias sufre desprecios cuando quiere acercarse al medio literario, debe pagar sus libros de su propio bolsillo y, sólo ya hacia el final de su vida, la devoción de algunos jóvenes escritores, entre ellos Agustín Yañez, lo salvan del olvido total. La obra de Placencia es muy vasta, resulta evidente que el sensible cura utiliza la poesía como una forma de registro y testimonio: sus poemas relatan lo mismo sus pequeñas cuitas que sus dudas abismales. Placencia acude poco a la metáfora, utiliza el verso como un instrumento para reflejar una realidad llana. Su evocación de entrañables personajes pueblerinos vale como recreación de época y muestra una honda ternura, pero quizá no pasaría de un colorido costumbrismo si no fuera por su desgarramiento religioso. Cierto: la relación con Dios no es apacible para Placencia y abriga los sentimientos más encontrados de devoción y rencor, de fe y desesperación, de entrega y rebeldía. Es un hombre levantisco que no sólo rechaza la sumisión a la jerarquía clerical, sino que, como muestra su poema más célebre, anda en pleito con su Dios: “Así te ves mejor, crucificado./ Bien quisieras herir, pero no puedes./ Quien acertó a ponerte en este estado/ no hizo cosa mejor. Que así te quedes”. Se trata de una experiencia de fe matizada por el sentimiento de desamparo y por una compasión extensiva, hacia el mundo y hacia sí mismo: “Tisiquita nostálgica de la casa de enfrente/ vamos no haciendo caso ninguno de los dos;/ ni yo de las injurias que me dice la gente,/ ni tú de los estragos que te causa la tos”. En esta experiencia no se sabe si la desgracia, la decadencia y la muerte son muestras de la cólera o de la piedad de Dios, pues el amor divino no necesariamente es un estado de gracia y bien puede ser una enfermedad: “Voy a desmorecerme/ y a sentarme en la tierra. Tan sólo aguardo que tu amor me enferme”. Con todo, no deja de haber humor en este pesimismo: Placencia enferma de los ojos (otra saeta divina que lo hiere), imagina un futuro de pedigüeño junto a su viejo perro y en la desdicha saborea la luz que la oscuridad le depara, pero, para su sorpresa, un médico lo cura: “llegó el doctor e ignoro qué me hizo/ que al curarme los ojos, me ha apagado/ la luz que adivine del paraíso”.

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Publicado en: 2014 Marzo, Entrega inmediata