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Cuando en 1973 se publicó Crash de J. G. Ballard, James Dean llevaba muerto 18 años y Jayne Mansfield seis. Ambas estrellas de cine habían perdido la vida en accidentes automovilísticos, de manera aparatosa, y Ballard imaginó una tercera colisión fatal, representada por Elizabeth Taylor, que en ese entonces ya era un icono de la industria fílmica, tal vez la actriz más importante de Hollywood, cruzado el umbral de los 40 y con dos Oscar a mejor actriz en las manos. En la novela de Ballard, luego llevada al cine por David Cronenberg, sus personajes se estimulan sexualmente a través de accidentes automovilísticos propios y ajenos, así como mediante las cicatrices resultantes de los siniestros, es decir, las huellas de las catástrofes. Pero lo que más estimula a estos personajes es el espectáculo en sí: la recreación de los accidentes famosos en el que estuvieron involucradas estrellas de cine, a las que algunos incluso llegan a emular en las representaciones de sus últimos momentos.
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James Dean fue un icono inmediato y fugaz: perdió la vida a los 24 años y sólo actuó en tres películas, una de ellas póstuma. Rebelde sin causa, como el título de una de estas obras, su imagen y espectro son tan poderosos como los de su peculiar contraparte femenina: Marilyn Monroe, quien murió a los 36 de lo que se supone una sobredosis accidental de barbitúricos, siete años después que Dean (como dato curioso, Pier Angeli, estrella menor y una de las pocas novias que se le conocieron a este último, tuvo el mismo final que Marilyn, poco antes de que iniciara el rodaje de El padrino, en el que participaría). En su momento, 1955, el detalle de la muerte californiana de Dean tardó cerca de dos días en conocerse en la costa este de Estados Unidos, asunto que hoy nos parecería impensable.

Hace poco menos de un mes murió Philip Seymour Hoffman, actor de 46 años considerado por muchos como el mejor de la industria, partícipe tanto de obras de culto (fue actor reincidente en los films de P. T. Anderson, por ejemplo) como de grandes producciones (se llevó el Oscar por su representación de Truman Capote, durante la gran fiebre de los biopics). De su muerte nos enteramos minutos después de que encontraran su cadáver en su departamento de Nueva York. Un cuarto de hora más tarde, ya sabíamos que la policía lo había hallado con una jeringuilla clavada en el brazo y una cantidad abrumadora de bolsitas de heroína en su haber, detalles que hablan de nuestra incontinente avidez de información, alimentada por medios que no conocen moral alguna.

Tanto Monroe como Hoffman fueron, de algún modo, víctimas de sí mismos, así como de la industria que les daba de comer. En este renglón podemos ubicar también a Heath Ledger, quien murió a los 28 años de una sobredosis aparentemente accidental de medicamentos prescritos (nada de drogas duras, pues: tan sólo un halo de necesaria depresión), y a River Phoenix, quien cayó abatido a los 23 años por una sobredosis de drogas ilegales en la banqueta de Sunset Boulevard, a las puertas del Viper Room, que en ese entonces le pertenecía a Johnny Depp (para la desgracia mediática de Phoenix, ese mismo día murió Federico Fellini y los medios se concentraron en la desaparición del gran director italiano antes que en aquella del incipiente actor y nuevo rebelde sin causa de Hollywood, quien murió a un paso de ser grande y cuya estafeta tomó su hermano Joaquin, uno de los mejores actores del momento).

Además de las muertes glamorosas y las muertes infames, las estrellas de cine conocen otra clase de muerte: la larga agonía (la explosión) y el final súbito (el quejido; vgr. T. S. Eliot). Tal es el caso de la ya mencionada Elizabeth Taylor, quien murió a los 79 años apenas en 2011, y de Marlon Brando, fallecido a los 80 hace una década. Como buena diva, Taylor no envejeció bien y tuvo varias crisis de salud, hasta la última; Brando, por su parte, tuvo una vejez turbulenta y vio su estrella apagarse durante largo tiempo, obeso, ermitaño e indigente tras el suicidio de su hija Cheyenne y una controvertida crisis familiar.

En otro apartado podemos encontrar las muertes insólitas, como aquella de la ahogada Natalie Wood a los 43 años en el mar californiano, rodeada de misterio, y las muertes a la medida, como aquella de James Gandolfini a los 51 en Italia, luego de que su corazón se rindiera no sin antes darse un buen banquete a la Tony Soprano.

Hoy, a cuatro décadas de la publicación de Crash de Ballard, la muerte de cualquier estrella se vuelve un espectáculo inmediato: las redes sociales se convierten en obituario coral y paño de lágrimas, y el morbo anima a los medios a representar dichas muertes con detalles que se ofrecen aun antes de ser procesados o digeridos, aventados al maremágnum de la información en crudo, amoral, grosera incluso. Como si las estrellas de cine no fueran más que eso: supernovas que, sin más, explotan.

 

David Miklos
Profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de los libros El abrazo de Cthulhu y No tendrás rostro.

 

2 comentarios en “Supernovas que explotan

  1. como todo lo que escribe Miklos, ¿texano/mexicano?, es de una excelente catadura…

  2. sensación de exquisitez al leerlo. La industria del lente, los vacíos que provoca su parafernalia.