La triste noticia del fallecimiento de José Emilio Pacheco significa entre otras cosas la pérdida de nuestro hombre de letras más apreciado, el más enciclopédico, el más universal, también el más discreto; el sabio que trabaja sin cesar, el erudito de los textos amables, el gran poeta que alterna la gracia y sutileza de su percepción con un extraordinario conocimiento y dominio del idioma, anclados además en la compleja sencillez y transparencia de su escritura.

Testigo doliente y obsesivo de la degradación de la “monstruosa” ciudad de México, desde ella elabora, considera y relaciona la enorme amplitud de su inventario, que no tiene fronteras en el espacio ni en el tiempo. Sus instrumentos son —entre otros— la generosidad y la sabiduría, desplegadas en miles de páginas de periodismo cultural cuyo rescate queda pendiente; en cerca de veinte títulos de poesía; en su faceta narrativa —tres momentos decisivos: sus relatos en El principio del placer, o sus novelas breves, Morirás lejos y Las batallas en el desierto—; en su notable desempeño como traductor, siempre con la mirada atenta a los detalles, las minucias —el “prodigioso miligramo” de Pellicer— que comprueban su capacidad de revelar alguna forma de plenitud.

En su obra construyó un bastión de la memoria donde se han identificado ya varias generaciones (más las que llegarán), a lo largo de cincuenta años de su obra en marcha (Los elementos de la noche, su primer libro de poemas, está fechado en 1963; su Nuevo álbum de zoología es de 2013). Y nada más ajeno a José Emilio que la pose del Autor, el Escritor, aunque en su moderación o su modestia respira, vive, dialoga el conjunto de la literatura universal —clásica y moderna, mexicana, hispanoamericana, universal; el Siglo de Oro, la tradición francesa, inglesa, el modernismo, en fin: todas las zonas y épocas integran el abanico de sus intereses y la vastedad crítica, selectiva, de su conocimiento.

La erudición aliada con la sencillez radical; la ironía afectuosa —un contraste de su pesimismo constante—, así como la distancia que se reserva frente al entorno, amparan la concentración en su trabajo de escritor; la inteligencia y calidez de su mirada van más allá de la simple denuncia o condena y hacen posible, además, comprender y afrontar el absurdo, la irracionalidad, la violencia, la destrucción implacable de cada día.

Citada y recordada por muchos de sus hallazgos, su poesía es popular en el sentido estricto que la sitúa como un espacio de encuentro y reconocimiento. Por eso se convirtió en un clásico viviente, un autor admirado —casi de modo unánime— y una compañía entrañable para incontables lectores. De ahí el sentimiento de desamparo que ha suscitado su fallecimiento.

Hemos perdido en unos cuantos meses y años a varios autores fundamentales que señalaron los alcances y registros de nuestra literatura, entre ellos Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, José María Pérez Gay, Álvaro Mutis y Juan Gelman. Hoy asistimos a la despedida lamentable de José Emilio Pacheco: los lectores, inevitablemente, estamos de luto; pero nos queda el estímulo infalible de su obra.

 

Roberto Diego Ortega. Poeta y traductor. Ha publicado Nacer a cada instante.

 

Un comentario en “José Emilio Pacheco: El clásico viviente

  1. No es cierto,
    no es cierto,
    no era el tiempo, ni la desolacion,
    ni la eternidad o el pasado,
    la miseria o el dolor,
    era el amor,… chingado,
    el amor futuro, el amor ausente,
    el amor pasado, el amo vislumbrado, ese temor,
    el amor de adolescente: aquella, la lejana,
    el mio,
    ¿verdad, JEP?