Un acercamiento a la narrativa de José Emilio Pacheco

Con las características opuestas al exceso vehemente, al arrebato brusco y al desbordamiento incontinente que se atribuyen constitutivas y propias de la naturaleza de la juventud, José Emilio Pacheco apareció en la escena literaria mexicana a los escasos 19 años con la publicación de los relatos “La Sangre de Medusa” y “La Noche del Inmortal” (Cuadernos del Unicornio, 1958, y El Pozo y el Péndulo, 1978).

Releo la edición de La Sangre de Medusa (y otros cuentos marginales) de Editorial ERA, 1990, complementada con más de 60 textos diversos —relatos, minirrelatos, ficciones, minicuentos de terror y narraciones— escritos entre 1956 y 1984 y que se encontraban esparcidos en periódicos, revistas, suplementos y plaquets. La edición se divide en cinco grandes apartados que ofrecen la apreciable ventaja de atestiguar la variedad temática y estilística, la diversidad de preocupaciones literarias y vitales del autor a lo largo de 18 años de evolución prosística.

El primer apartado del libro incluye, junto con los dos relatos ya señalados, uno anterior titulado “Tríptico del Gato” (1956), al que Pacheco señaló como su primer texto público. Esta edición tiene la virtud de condensar algunos de los elementos distintivos de la prosa literaria que José Emilio Pacheco desarrolló, perfeccionó y extendió en toda su narrativa que comprende los relatos de El Viento Distante, 1963, y las novelas Morirás Lejos, 1967; El Principio del Placer, 1972; Las Batallas en el desierto, 1981.

1) La actitud moderna de aceptar e incluso hacer obvias las influencias y las deudas literarias e intelectuales con otros autores (Jorge Luis Borges, los clásicos griegos y latinos, y varios autores europeos, entre otros). Como ningún autor mexicano y no obstante haberse ganado a pulso un lugar excepcional en las letras mexicanas, José Emilio Pacheco ha encarnado la modestia del escritor que se asume producto de otros escritores, de otros libros y otras literaturas; la humildad del que se acepta transmisor de la palabra de la tribu, banco de memoria de la identidad colectiva. Esta actitud lo ha llevado incluso a atribuir sus textos a autores imaginarios —auténticos personajes al estilo de Borges o Pessoa— logrando con ello enriquecer su obra, ser al mismo tiempo muchos autores y muchas voces diversas.

2) La precisión y economía de su escritura, recursos que logran su forma más concreta y concentrada en los minirrelatos y los casi aforismos que denomina “Mínima Expresión”, aunados al sentido ordinario y cotidiano de sus anécdotas, que dan a su prosa narrativa una directa legibilidad y procuran la identificación inmediata del lector con las situaciones o los personajes, haciéndolo cómplice del narrador.

3) Una cultura original formada por extraordinarias lecturas —producto de una inusual curiosidad libresca—, con sus dioses privados y sus preferencias íntimas, sus inclinaciones únicas y sus gustos personalísimos, excepcionales más que rebuscados. De Plutarco a Ovidio, de Emil Ludwig a Mary Renault, de Flavio Arriano a textos sobre la dinastía de los Habsburgo y hasta la “insuperable edición 1911 de la Enciclopedia Británica”, ejemplifica el propio Pacheco.

4) En “Los tres pies del gato”, texto final de su Tríptico… (y con mayor definición en el relato “Teruel” de 1960-1961, incluido en el segundo apartado del libro, y ya más claramente en su volumen de relatos El Viento Distante de 1962), Pacheco esboza uno de los recursos literarios que posteriormente desarrolló y consolidó definitivamente: esa particularísima visión de la niñez desde una perspectiva adulta, filtrada por la memoria y la experiencia del hombre maduro, lo que le otorga a esa etapa de la vida un volumen y una profundidad intensas y vivísimas. No meros recuerdos infantiles sobrevalorados por el prestigio que da la nostalgia, tampoco el lugar común de la melancolía provocada por la infancia perdida. Algo mucho más netamente humano, impregnado de inocencia-crueldad, amor-dolor, tristeza-alegría, solidaridad-odio, pero no como binomios contrastantes y en oposición, ni siquiera como dos caras de la misma moneda, sino como conceptos fundidos en un sólo sentimiento indiferenciado, propio de las personalidades en formación y emocionalmente inacabadas, de los corazones tiernos y las emotividades a flor de piel, algo exclusivo de la infancia como periodo en el que aún no alcanzamos a definirnos plenamente ni separamos nuestros sentimientos con la rotunda línea divisoria con que lo hacemos en nuestra vida adulta. Los niños de Pacheco están “condenados” a crecer con dolor y amargura, parecen intuir que les aguarda un mundo insatisfactorio y cruel que ya resienten en sus primeras frustraciones amorosas, familiares, emocionales. Niños que se volverán hombres y por ello estarán cargados de rencores y malicia, nos dice Pacheco en El Viento Distante: “Los niños que viajaban en él (tren) son ya hombres que, como tales, están llenos de miedo y de resentimiento” (p.35).

Años después, el cultivo y perfeccionamiento de esta visión de la infancia como recurso literario, logrará para Pacheco —y ganará para nuestra literatura— dos de las novelas cortas imprescindibles de la narrativa mexicana contemporánea: El principio del placer (1972) y Las Batallas en el Desierto (1981).

Acaso el único tono inmaduro que se advierte en estos textos adolescentes o juveniles, es la intención solemne que salpica por momentos el relato “La Sangre de Medusa”, pero la sensación se desvanece totalmente en su relato gemelo “La Noche del Inmortal”. Ambos emplean la técnica del contrapunto, el estilo conciso y directo y el recurso de narrar historias paralelas, distantes en el tiempo y el espacio pero unidas por su sentido trágico. Estas historias se van alternando de uno a otro párrafo, con referencias históricas y culturales literaturizadas y escenificadas por la narración. La diferencia de alcance y calidad entre los dos relatos contrasta precisamente porque son ejercicios literarios semejantes.

“La Sangre de Medusa” experimenta mezclando una truculenta historia de nota roja —un matrimonio urbano pobre y en constante reyerta que termina en asesinato a cuchilladas—, con la melancólica vejez del semidiós Perseo, vencedor de Medusa en la mitología griega. El resultado es interesante pero inacabado o impreciso porque apenas vislumbra a la distancia la fuerza emotiva y el efecto dramático que “La Noche del Inmortal” logra a plenitud, alternando pasajes culminantes de las vidas y muertes del jónico Eróstrato y del macedonio Alejandro Magno, con la intensa serie de conflictos, guerras y levantamientos europeos durante el Imperio Austro Húngaro, y los hechos, sucedidos y personajes que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. La narración cuestiona el sentido de conceptos como la grandeza y la gloria y transmite al lector la sensación de tragedia inútil, irremediable y con frecuencia absurda del destino humano (interés netamente pachequiano) lo que convierte a este breve relato en una concisa y exacta pieza literaria.

En estos tres primeros relatos destaca la nada despreciable cualidad de tomarse la literatura en serio en el México de fines de los años cincuenta, (con los antecedentes directos de Rulfo, Arreola, Revueltas, Paz y Fuentes, pero antes del llamado boom latinoamericano); y reflejan a un escritor de experiencia y madurez innatas —logradas por esfuerzo intelectual más que por impulso lírico o vitalista—, a un joven cuyo dominio de la escritura diríase prematuro, reticente a la inmediatez y al facilismo y de tono y sensibilidad plenamente modernos.

El segundo apartado del libro contiene cuatro narraciones realistas de 1960-1961: “El enemigo muerto”; “Teruel”; “Paseo en el lago”; y “El torturador”. Estos textos van añadiendo otras de las preocupaciones y características distintivas de la obra de Pacheco. La anécdota de “El enemigo muerto”, es la de un mediocre aspirante a escritor que ha trabajado como secretario de dos literatos de supuesto éxito: El maestro, primero alabado e imitado como gloria nacional y luego atacado y odiado, víctima de las burlas y el olvido hasta su muerte suicida de la que, paradójicamente, se le rescatará con inútiles y absurdos homenajes. Y el alumno, oportunista que escalará posiciones en el mundillo literario y político apoyado por el maestro para luego tornarse su peor crítico y enemigo, su principal acusador y juez, y quien finalmente pronuncia un vacío discurso de despedida ante la tumba del maestro.

El tema de la frivolidad, el oportunismo, la “grilla”, la búsqueda de mecenazgos gubernamentales, posiciones reconocidas y de privilegio económico, y, en general, la mediocridad imperante en el medio literario y cultural, es una de las inquietudes fundamentales de Pacheco. Su importancia radica en que esta preocupación evolucionará hacia una de las críticas más severas y profundas a la cultura y la literatura como ornamentos inútiles, como meros instrumentos de poder político o económico. Una crítica que en la obra de Pacheco se radicaliza y extiende al escritor, a la escritura y al mismo lenguaje, para llegar finalmente al cuestionamiento total de la labor literaria, de la crítica y particularmente de la poesía.

En el relato “Teruel” reencontramos, más definido y preciso, el tema de la sensibilidad y la mentalidad infantiles, tamizadas por la memoria y trastocadas por la perspectiva adulta. En su brevedad, el relato es un registro de maestría cuya anécdota, sencilla y honda, confronta la valentía y dignidad de un niño-adulto con la crueldad inevitable de la existencia, el dolor por la vida y el sufrimiento inherente al mundo.

“Paseo por el lago” es un tragicómico relato en primera persona sobre un escritor más o menos fracasado que trabaja como periodista deportivo (nuevamente los personajes aspirantes a escritores que se repiten en las narraciones de Pacheco). La comedia de malentendidos, las circunstancias que lo victiman y el curso inesperado de su repentino matrimonio son trazados escuetamente y resultan humorísticos. Aunque en mucho predecible, con todo y su final justiciero y amargo, el relato mueve a una sonrisa cómplice.

Es en el cuarto relato de este apartado, “El Torturado”, donde el autor experimenta por primera vez un recurso literario moderno que se volverá frecuente en otros novelistas mexicanos y alcanzará su expresión más acabada en novelas de Carlos Fuentes: el doble, es decir la narración en segunda persona de quien se habla a sí mismo y describe sus propias acciones como frente a un espejo. La técnica y los recursos le dan complejidad y profundidad al texto, pero éste cobra verdadero espesor por su oscura temática y la denuncia social explícita de la represión durante el régimen del presidente Miguel Alemán. En mucho cercano a algunas de las novelas y relatos de José Revueltas, Pacheco toca en este texto, por primera vez en su narrativa (1961), temas como el clandestinaje y el activismo político, la impunidad judicial, el encarcelamiento y el anticomunismo paranoico, la violencia policiaca, la tortura y el asesinato de disidentes y militantes partidistas.

El tercer apartado del libro contiene 24 “Microrrelatos” de dos o tres renglones cada uno y “Cinco ficciones breves”, todos escritos en la década de los sesenta y publicados en 1968. Los llamados microrrelatos son, a mi juicio, los textos menos afortunados del libro. A saltos irregulares entre el aforismo, la ocurrencia, el desplante pretencioso, el chispazo juguetón, la humorada y el minicuento, los textos no acaban de redondearse y con frecuencia se quedan apenas esbozados, a medio camino entre el chiste y el melodrama. Sólo tres o cuatro de ellos (“Sin fin”, “Adoración”, “Vestuario” y Cuitzéo) resultan memorables por el esfuerzo de condensación de la escritura, la anécdota sugerente y la multiplicidad de acciones implícitas que ensayan en dos o tres líneas, pero tienen mucho de ejercicio literario incompleto.

Las cinco brevísimas ficciones (que en su momento se publicaron con distintos seudónimos extranjeros), van desde la burlona moraleja de la justicia histórica y la sátira al oficialista nacionalismo mexicano en “El Batallón de los Inválidos” al absurdo trágico y pretenciosamente profundo de “Gran teatro”; de la comicidad ocurrente en “La Estatua Efímera” a cierto toque de magia prehispánica o venganza de Moctezuma en “Transfiguración”; pasando por el escritor genial que cambiará todo por el amor en el francamente prescindible relato “Incipit comedia”. Sólo la trabajada calidad de la escritura, párrafos diestros en su concisa economía, dejan entrever en estas ficciones la perfección literaria que Pacheco alcanza en otras prosas mejor logradas. Habrá quien encuentre en estos relatos fantásticos la fidelidad a las preocupaciones permanentes del autor y aún otras virtudes: la crítica a la Revolución mexicana institucionalizada en “El Batallón”; el destino del escritor obligado a jugar un papel de clown en “Gran teatro”; el frustrante distanciamiento entre arte y vida “Incipit comedia”; o cierta simbólica venganza de indígena conquistado en “Transfiguración”, pero más allá de sus implicaciones entre líneas o intertextuales, un relato debe funcionar por sus cualidades literarias, pesar por sí mismo y no sustentarse en asideros extraliterarios para justificarse.

Cinco relatos cortos de los años sesenta y 18 “Casos de la vida irreal” —muy dedicados ejercicios como minirrelatos de unas cuantas líneas a una cuartilla—, conforman el cuarto apartado del libro. Juguetes o divertimentos terroríficos, los cinco relatos: “No perdura”, “El polvo azul”, “Shelter”, “Demonios” y “Las Aves”, indagan en los pequeños y oscuros temores de los personajes para tornarlos en cruel e inevitable realidad. Mediante anécdotas sencillas y cotidianas —que acaban por hacer cómplice al lector—, y por momentos con cierto efecto como de moraleja aleccionadora, en estos textos Pacheco cede a la atractiva tentación de una moderna historia de vampiros; explora los infiernos personales de una plaga de ratones carnívoros y de un ataque perpetuo de mosquitos-demonios como condena, para finalizar con una melancólica historia de amor a los pájaros, amor apenas realizado unos cuantos segundos antes del trágico final. Parábola del amante transmutado en el objeto de su amor tan sólo para alcanzar el júbilo de la plenitud y de inmediato el horror de la muerte. En su directa sencillez y en la ausencia de pretensiones extraliterarias, en su exclusivo y logrado objetivo de relatar una historia redonda en pocas líneas, y en su final sorpresivo y sorprendente, cifran estos relatos su claridosa efectividad literaria.

Marcados claramente por la influencia erudita, la inteligencia refinada y el espíritu lúdico de Jorge Luis Borges, así como por un humor ciertamente extraño, entre negro y burlesco, risueño y macabro, los 18 “Casos de la vida irreal” abordan en su limpidez técnica, en su escueta y sentenciosa redacción, una admirable variedad de temas e intereses, de tonos y registros cargados de referencias literarias y culturales. En sus brevísimos y directos trazos, estos relatos probaron concretamente la existencia prosística de Pacheco y, junto con los relatos contenidos en su libro El viento distante de 1963, y sobre todo con la publicación de su primera, excepcional novela, Morirás lejos, en 1967 (extraordinario esfuerzo de experimentación literaria que funde en una tarde de un parque mexicano los tiempos y espacios del exterminio de judíos por los nazis, de la historia bélica, de la relación paranoica de un criminal de guerra alemán con sus perseguidores, y el final suicidio del asesino), lo ubicaron en definitiva, hacia finales de los años sesenta, a la altura de la de los más vigentes y modernos escritores europeos y americanos.

 

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Autor de Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana.