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En 1999 solicité a 79 escritores y artistas plásticos una colaboración para el libro Bestiario contemporáneo. Con ese material armé (gracias al subsidio de la UAM, el IPN, el diario La Crónica y el FONCA) una compilación de los seres que habitaban por entonces la ciudad de México. Junto a jóvenes inéditos había nombres consagrados que accedieron a alimentar este catálogo que tenía algo de divertido y algo de aterrador. José Emilio Pacheco tuvo la generosidad de compartir mediante su contribución “Duendes mexicanos” sus temores más cotidianos. Jamás volvió a publicar este texto (que no es político ni estrictamente literario sino ambas cosas), ya que no correspondía sino al divertimiento de la escritura, el cual, hay que decirlo, suele ser el impulso más original y verdadero. [Juan Manuel Gómez]

 

Duendes mexicanos
por José Emilio Pacheco

1

Los nuestros no son los duendes del folklore europeo. No usan capan ni gorros ni tienen barbas. Es imposible describirlos: nadie los ha visto y la invisibilidad forma parte de su poder. Como el tiempo, sólo se hacen visibles por sus obras.

Su presencia es irrefutable. No hay nadie que se salve de sus estragos. Su identidad es motivo de controversia. Algunos los relacionan con los alushes o chaneques prehispánicos; otros los consideran sólo una variante mexicana de especies planetarias: poltergeists, espíritus chocarreros, o bien El Jorobadito del que habló Walter Benjamin y hace que todo salga mal.

2

Los duendes se parecen a los gatos en el desprecio que sienten por nosotros y en su hábito de tratarnos como ratones. Su diversión predilecta es ocultar lo que más necesitamos: las llaves, si vamos de prisa; el recibo de la luz cuando es la fecha límite de pago y están a punto de cortarla; el documento indispensable para recibir el cheque sin el cual mañana no habrá comida ni casa; el boleto para el viaje urgentísimo.

Una vez que la cólera y la desesperación han hecho su obra y hasta el orden más rígido se ha transformado en caos, el objeto de búsqueda aparece. Nueva humillación sentirnos idiotas: estuvo siempre ahí ante nosotros, en el lugar más obvio. No es cierto: los duendes lo invisibilizaron y cuando ya se han divertido bastante con nuestra indefensión lo materializan para escarnecernos.

3

No les bastan sus poderes omnímodos sobre el mundo de los objetos. También les gusta ensombrecer las relaciones humanas. Ponen en nuestra boca la palabra indeseable que aleja a la persona con quien pretendíamos relacionarnos o comunicarnos. Hacen que en el momento de la verdad ignoremos aquello que pretendíamos saber. Nos enmudecen cuando deberíamos ser elocuentes y nos llevan a hablar y hablar cuando más necesario era el silencio.

4

Nuestros últimos veinte años como país han estado en manos de los duendes. Su crueldad se ha vuelto semejante a la vileza de los gatos con los ratones. En 1976 todo se desploma. Se evapora el “milagro mexicano”. La prosperidad de posguerra alcanza su fin. El símbolo es la caída de la moneda mexicana: de los 12.50 en que se mantuvo desde 1954 a los inconcebibles e intolerantes 20 pesos por dólar. Nos resignamos a un porvenir de horros y miseria.

Entonces los duendes nos escrituran el boom del petróleo. Nos hacen creer que todos nos volveremos ricos y México será una gran potencia en la siguiente década. A mediados de 1981, nuevo descenso en picada. Sigue una cadena desastrosa que tiene su centro en el terremoto de 1985. Pero de nuevo los sufrimientos del presente y los nuevos augurios se desvanecen hacia 1989 bajo la mayor trampa de los duendes: la esperanza. En los noventa, gracias al neoliberalismo, el TLC y la apertura del mercado, entraremos en el primer mundo. Lo que los duendes nos han hecho a los mexicanos en estos veinte años constituye un agravio imperdonable.

5

No se conforman con reinar sobre la política y la economía: dominan las ciencias y las artes, los deberes y las técnicas. Por ejemplo, en el campo de la impresión, inventan las erratas que nos hacen parecer estúpidos, ignorantes, incoherentes. A los antiguos que vimos en la errata un microbio de plomo, los duendes nos refutan con su perduración y multiplicación en la era electrónica.

Mientras en su nueva metamorfosis —los virus— se disponen a arruinar todas las computadoras del mundo en el primer día del nuevo siglo, toman por asalto libros, revistas, periódicos. Les encanta poner “hubieron” en lugar de “hubo”, “a travéz” con zeta y no con ese, y “exhuberante” con hache antes de la u.

6

A diferencia de nosotros, ellos sí saben modernizarse y ponerse al día. Para destruir el esfuerzo de muchos años arruinan el disco duro. Lo roen por dentro o funden la pila comprada para protegerse de los continuos apagones. Por supuesto, los respaldos no aparecen entre tanta papelería de la que en principio (los duendes lo impidieron) iba a librarnos Bill Gates.

Si hay que mandar un fax urgente a Europa en la hora de tarifas más altas, los duendes traban el aparato. La hoja no se mueve, los segundos transcurren con su carga cobrable en dólares (más IVA). A los cinco minutos de inmovilidad suman al escarnio la burla mediante el letrerito Transaction OK.

Usan la Internet no para fines culturales, informativos o amistosos sino para dejar en el buzón anónimos insultantes, diatribas contra judíos, negros y mexicanos, amenazas de muerte o mensajes en idiomas desconocidos, tanto más aterradores por ser indescifrables.

7

Cuando tras mil años de redacciones, aulas y oficinas, y ya en vísperas de que Alzheimer nos alcance, conquistamos al fin el dudoso privilegio de trabajar a veces en casa, los duendes se llevan las horas irrecuperables del día que no volverá. Nos obligan a firmar cien recibos de invitaciones a actos que no nos interesan, libros jamás solicitados, revistas ilegibles. Y no basta firmarlos: la tiranía de los duendes obliga a poner nombre completo, dirección, puesto, registro federal de causantes.

Fingen voces amables para torturarnos por teléfono: “Hablo de Aguas y Saneamientos. Estoy ‘checando’ nuestro directorio. Usted se llama así, el nombre de su esposa es tal, trabaja en, su fecha de nacimiento es…”. Al caer la noche se hace la cuenta y se comprueba que hemos gastado el tiempo en actividades inactivas, sólo atribuibles al desprecio que por nosotros sienten los duendes.

8

Todos podemos extender al infinito la lista de las calamidades que hemos sufrido y seguiremos padeciendo a manos de los duendes. Por momentos uno llega a pensar que el nombre un tanto ridículo es otro ardid de su omnipotencia. No son “duendes” (palabra que suena a amable cuento infantil, a Blanca Nieves, a nuestra fiesta de cinco años): son deidades siniestras, dioses demoniacos poseedores de todos los dones —ubicuidad, invisibilidad, omnisciencia, omnipotencia— y tan crueles que se divierten torturándonos con irrisorios martirios antes del golpe final con que nos destruiran y anularán para siempre.

 

 

Un comentario en “Duendes mexicanos