Algo más sobre Emilio Rabasa y sus tiempos

Acabo de leer "Emilio Rabasa: Incondicional de Huerta". En él Alberto Saíd critica la ligereza de la argumentación que sustentó la decisión de colocar una estatua de Rabasa en la Suprema Corte de Justicia, y cuestiona la legitimidad de la presencia de esa misma estatua. Esto lo puede hacer cualquiera que comparta semejantes perplejidades, dicho sea con el respeto que merecen la información, el tiempo y el ingenio invertidos en dicho artículo.

En cambio, estudiar y ofrecer una bitácora detallada de la actividad de Rabasa entre 1908 y 1914 es otra cosa, casi historia, mas no necesariamente. Y es un tema abierto, desde luego, como todos los temas de la historiografía. Que el senador Rabasa fue anti maderista primero y luego banqueteó a Victoriano Huerta, vaya novedad. El antimaderismo fue una epidemia. Con relativa facilidad podría integrar otro volumen de 600 páginas con los materiales que dejé fuera de mi antología de escritos anti maderistas, Febrero de Caín y de metralla. La Decena Trágica (Cal y Arena, 2013).

Por otra parte, hay que ver la cantidad de manteles manchados de pólvora y alcohol antes, durante y después de la Decena Trágica para darse una idea de lo que falta por investigar, documentar y narrar de ese fin de época. Recuérdese, por citar un ejemplo, el “grave tropezón” del joven David Alfaro Siqueiros, así bautizado por él, para sugerir la complejidad de esa zona en cuyo centro están la militarización de la vida y el debate públicos, por un lado, y por otro, el levantamiento contra un gobierno legítimo y la privación de la libertad y el asesinato del presidente y del vicepresidente del país en febrero de 1913.

Siqueiros se refiere así, como el “grave tropezón, al banquete que el 5 de septiembre de 1913 ofrecieron en Xochimilco los alumnos los profesores y alumnos de la Academia Nacional de Bellas Artes y del Conservatorio Nacional de Música al pintor Alfredo Ramos Martínez y al músico Julián Carrillo, teniendo como invitado de honor al licenciado José María Lozano en representación del general Victoriano Huerta.

Pero ese grave tropezón no fue sólo de Siqueiros. Cerca de cincuenta profesores asistieron al banquete, entre ellos Federico Mariscal, Nicolás Mariscal, Arnulfo Domínguez Bello, Saturnino Herrán, Leandro Izaguirre, Féliz Parra, Patricio Quintero, Ignacio Rosas, Francisco de la Torre, Emiliano Valadez, Daniel del Valle, Daniel Vergara, Carlos Lazo, Fernando Parcero, Carlos Ituarte y Manuel Ituarte. Y también de alumnos como José Clemente Orozco, José de Jesús Ibarra, Gabriel y Emilio Labrador, José M. del Pozo, Miguel Ángel Fernández, Ramón López, José Peña, Ignacio Asúnsolo, y de todos los miembros de la legendaria huelga de pintores de 1911, a la vez que de los estudiantes más pequeños, como José Escobedo, Juan Olaguíbel, Mateo Bolaños y el mismo Siqueiros.

En el recuento no aparecen los nombres de dos pintores que trabajaron para la mayor gloria de la malograda revolución felicista, Manuel Rodríguez Lozano y Fernando Best. Ni tampoco el de Joaquín Clausell, quien apostó en favor de y conspiró junto con Huerta.

De asomarnos a los actos de las comunidades letradas la trama se complica mucho más, pero el punto se vuelve casi inmanejable al abordar a las diversas minorías dinámicas que convivían en aquella sociedad política, y me parece que estas líneas ya se han extendido más de la cuenta, desviándose de algo que es central y cuya ausencia muy en el fondo delata un artículo como el de Alberto Saíd: la pertinencia de volver la vista con seriedad y rigor históricos sobre el ocaso y ruina del régimen de Porfirio Díaz, no como el indiscutible y trillado antecedente de la Revolución Mexicana, sino como una parte no menos fundamental de la historia moderna de México, tal y como lo sugería el título de la obra de Daniel Cosío Villegas.

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Publicado en: Sólo en línea