Después del bombardeo. Las lunas de febrero de 1913

José Juan Tablada describe "el primer día de calma y paz" después de la destrucción ocasionada en la ciudad por el golpe de Estado de Victoriano Huerta. Texto reproducido por Antonio Saborit en su libro Febrero de Caín y de metralla. La Decena Trágica, ed. Cal y Arena, 2013.


Nadie, después de diez días, creyó en el silencio de los cañones… En la calma que se temió efímera, los oídos aguzados esperaban a cada instante oír de nuevo el tonante fragor de la artillería o el ríspido tableteo de las ametralladoras o el vuelo silbante de las balas… Y muchos espíritus resentían aquella angustia, aquella intensa fobia de que Zola en La Débacle describe poseído al Emperador vencido en Sedán, murmurando pávido, con la angustia de la idea fija:

¿Pero cuándo, cuándo se acallará por fin ese cañón?

Esta vez era cierto. Al fin el cañón dejaba descansar largamente los ecos desgarrados de la ciudad estremecida… Toda una noche transcurrió en silencio, y a la siguiente mañana, un río humano desbordante, bullidor, inundó de golpe los cauces áridos de las avenidas metropolitanas. En todos los semblantes se leía la liberación de una larga angustia opresora. Era una ansia y un frenesí de movimiento, después de larga reclusión llena de angustia, en las casas cuyas vidrieras se estremecían sin cesar, sobre cuyos techos, en lluvia de invisibles balas, pasaba a cada instante el huracán de la muerte… Era el sereno despertar de una pesadilla apocalíptica.

De los graves y trascendentales acontecimientos que en las últimas horas acababan de sucederse, aquel regocijo de la multitud, aquel júbilo gregario, sólo una cosa retenía y celebraba: que la lucha fratricida había terminado, que el advenimiento de la paz anhelosamente implorada barría las tinieblas de aquel cielo nublado de pólvora y que los luminosos rayos del sol matinal, como heraldos vestidos de oro descendían desde las ciudades de plata de los volcanes del valle y se difundían por los ámbitos de la ciudad, para anunciar el sereno y triunfante advenimiento.

Por todas las calles de la urbe, la muchedumbre llena de ávida curiosidad, discurría en innumerables cortejos, en procesiones sin fin. De barrio a barrio, de extremo a extremo, del centro a extramuros, durante los días del bombardeo, falaces y alarmantes noticias que propalaban exterminio y ruina se habían extendido… El Teatro Nacional era una ruina; la Casa de Correos estaba en gran parte reducida a escombros; los más bellos edificios coloniales o modernos, orgullo municipal y ciudadano, habían sido dañados, irreparablemente…

La muchedumbre satisfecha, contemplaba intactos los hermosos edificios y las hermosas fábricas, y con placenteros comentarios seguía discurriendo… En algunas partes, sin embargo, el funesto estrago de la lucha era visible. Cerca del Pabellón Español, la zona de la más cruenta lucha, conservaba aún emocionantes vestigios. Los cables y alambres de los servicios eléctricos caían sobre el asfalto como una maraña de lianas tropicales… En las esquinas, enormes bloques de mampostería desprendidos señalaban el paso de los proyectiles.

Sobre el pavimento, las columnas de hierro de los lampadarios eléctricos, yacían como enormes troncos de árboles, derribados a hachazos por un formidable leñador. En su base, los alambres interiores surgían semejando una raigambre, arrancada de cuajo… Sobre algunos muros, estucados de blanco, una profusa lluvia de metralla semejaba los múltiples agujeros de una criba. Más allá de la torre del templo de San Hipólito, era una filigrana de piedra calada caprichosamente por las balas de los cañones, y en su centro la blanca carátula del reloj, como el blanco de una sociedad de tiro, conservaba las huellas de los proyectiles…

En algunas calles cerradas al tráfico, destacamentos de soldados de línea o de cuerpos rurales, vivaqueaban aún y entre hileras de caballos inmóviles, junto a cureñas de cañones y cajuelas de parque, dormitaban sobre la paja que cubría el asfalto, los juanes abrumados aún por las fatigas de la obstinada lucha.

De súbito hendía los grupos una pobre vieja haraposa y plañidera, implorando la caridad pública, para enterrar a su difunto… Su mano trémula recogía los centavos y se alejaba llorando, lamentable, siniestra, espectro de dolor y de miseria, conmovedora «alma en pena», como la Llorona de nuestra fantástica leyenda…

En algunos grupos se hacían comentarios que el transeúnte sorprendía al pasar:
–En los intervalos del bombardeo –decía uno– el silencio era tan grande, que desde aquí, calle de Rosales, se oía dar las horas del reloj de Catedral…
–Un proyectil de a 18 –decía otro– entró por la ventana de la sala, pasó por el comedor y una recámara, perforó el piso y cayó sin estallar, abajo, en los lavaderos; yo lo conservo intacto…
–¿Márquez? Murió el pobre…
–¿De un balazo?
–No; lo atropelló un caballo sin jinete, desbocado, al voltear la esquina. Lo recogimos con el cráneo fracturado y echando sangre por la boca. El mismo caballo, que iba herido, cayó más adelante… –A Julián, el Maño, unos hombres ebrios le llevaron a la tienda tres Mausers; se los cambiaron por una botella de tequila… Otro grupo sostenía una discusión acalorada. Pero cuando uno dijo: «¡Lo necesario era la paz, el orden; los americanos estaban en la frontera, en Veracruz, en puertos del Pacífico!»… entonces todos echaron a andar cabizbajos y silenciosos.

Así transcurrió el día, el primer día de calma y de paz; así llegó el crepúsculo frío y sereno. En medio del gentío que pululaba por el costado oriental de la Alameda, una bella figura de mujer pálida, con un ademán de sibila extendió el brazo y señalando las torres de San Juan de Dios, dijo a su acompañante sobrecogida, como una sonámbula, en éxtasis:
–¡Mira! ¡Mira! La luna parece de plata y el cielo de heliotropo…

En efecto, aquella luna de febrero, que durante todas las fases de su creciente se había asomado sobre la ciudad, alumbrando espectralmente las noches ensangrentadas y trágicas, se encumbraba ahora en magnífica ascensión de plenilunio, sobre el cielo de violeta sombrío, imponderablemente suave. Al lado opuesto del horizonte, el crepúsculo escarlata y trágico, como el último vestigio de la lucha, se desvanecía ante la serena aparición lunar…

Y aquella luna espléndida y tranquila, parecía en su mística ascensión, ofrecerse al espíritu torvo de los hombres, como la hostia refulgente para la inefable eucaristía, para la comunión ideal de todos los hermanos en el sagrado rito, en la suprema religión humana del trabajo, del orden, de la paz…

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Publicado en: Sólo en línea