Los corruptores

Jorge Zepeda Patterson,
Los corruptores,
Planeta, 2013, 432 pp.

La compilación de lugares comunes, clichés, supuestos y generalizaciones sobre la vida política mexicana contenidos en esta dilatada novela del conocido periodista Jorge Zepeda Patterson (Mazatlán, Sinaloa, 1952), la convierten en una especie de texto propagandístico, programático y políticamente correcto, destinado a satisfacer a los sectores críticos y opositores de las acciones gubernamentales al ratificarles, vía la ficción (o la política ficción, repondría el clásico), lo perverso y atentatorio contra la soberanía y el pueblo mexicano que devendrá el regreso del PRI al poder presidencial. Por esa corrección política y la amplia promoción es probable que la novela tenga elevadas ventas y aun lectores, pero Los corruptores ejemplifica además varios fenómenos editoriales de la industria cultural mexicana. Puntualizo algunos.

1. Revela el alcance de la promoción editorial y su impulso a cierto “bestsellerismo” de moda y de rápida recuperación económica. Los corporativos editoriales alientan, promocionan e incluso premian cierto tipo de obras lineales, directas, de lectura fácil, con cierta dosis de escándalo, de comprensión inmediata en México como en Barcelona, Santiago, Bogotá, Buenos Aires. Escrituras susceptibles de traducirse sin mayor complicación, como en este caso, al portugués, al inglés, al italiano. De ahí la edición simultánea del libro en España, México y el resto de Latinoamérica y su pronta aparición en Italia. Cada año la industria editorial publica innumerables novelas sin mayor aporte literario, ajenas a cualquier complejidad estética o intención artística y causantes de cierta (de)formación del gusto. Con el dinero como motor de la tarea editorial, el mercado avasalla y rige, establece percepciones y gustos acordes con las ventas mientras desdeña empeños artísticos y esfuerzos estéticos genuinos.

2. La novela evidencia la capacidad de la industria cultural para apoyarse en los personajes-autores más mediáticos o públicos como camino para elevar sus ventas. Hoy todos los autores se promueven de varias maneras: las editoriales organizan amplios planes de difusión, maratónicos días de entrevistas, apariciones públicas y mediáticas, de suyo ya normales, aunque, siendo estrictos, en realidad deberían promoverse la cualidad artística, la verdad literaria y el alcance estético de una obra. Con independencia de ello, si el autor es un personaje prominente en el círculo rojo y en los ambientes políticos, en el entorno periodístico y en el ámbito de los poderosos, director de un portal digital de información, es evidente que la industria lo aprovechará y le ofrecerá con mayor facilidad contrato, tiraje, publicidad, promoción. En tanto para un autor desconocido y ajeno a la promoción mercadológica, el afán estético y el empeño literario verídico no garantizan ya nada.

3. “Quiero que la novela se lea como la primera plana del periódico”. Ante esta declaración de Zepeda Patterson sólo queda confirmarlo: en efecto, así se lee, pero es de Perogrullo decir que ahí no hay literatura. Se insiste con frecuencia en la calidad literaria de cierto periodismo políticamente correcto y de llana mala conciencia, basado en la denuncia de los males padecidos por nuestro país, en testimonios y crónicas de las luchas contra los intereses “traidores a la nación”; o bien, como en este libro, en la descripción pseudoverista de la lucha en la cúspide del poder entre los integrantes de la clase dominante, choques aderezados siempre con buenos platillos y vinos importados en restaurantes de lujo y encarnados por personajes con trajes de marca y olorosos a loción, quienes dos páginas más adelante descienden a las catacumbas criminales a contratar sicarios de bulto y negociar con narcotraficantes de cómic. La critica a los políticos y funcionarios en turno acaba entonces por tornarse aspiracional y admirativa. Son malos y traidores, pero viven y beben tan bien, tienen tanto encanto personal, manejan a tantos empleados, viajan en autos de lujo y saben tanto de la realidad nacional y de la vida, que acaban por ser envidiables.

Todo redactado en esa prosa periodística sin voluntad de estilo y cuyas únicas virtudes, se insiste, fluidez y velocidad, alientan su comparación con la literatura, sin reparar en que el apresuramiento se torna superficialidad, carencia de estilo, cláusulas avanzando a empellones, frecuentes errores conceptuales (“los eventos en la agenda de hoy” es recurrente ejemplo lamentable) y hasta confusiones como “para él, los medios siempre justificaban los fines, y sus medios podían ser más que cuestionables” (p. 127).

4. “Es una novela en tiempo real”, declaró su autor, por ello la trama se desarrolla durante dos semanas de noviembre y diciembre de 2013. El columnista Tomás Arizmendi, ya con “un rato chapoteando entre el cinismo y la negligencia”, es quien guiará al lector por este thriller político y un agotador entramado de chismes, dimes y diretes, politiquería, rumores y grillas asumidas como de conocimiento exclusivo del personaje. Añádase a lo anterior un agotador listado de atrocidades, desde sicarios, cárteles y gobernadores enriquecidos hasta partidos oportunistas, corrupción, empresarios manipuladores, medios de comunicación al servicio del poder y aún más y más tópicos tediosamente revisados para demostrar su intención de fortalecer el nuevo presidencialismo y llevar al país a “un retroceso de veinte años en materia de libertades públicas y espacios democráticos”.

En esta maniquea lucha por el poder y por el control político del país y sus peores fuerzas desatadas, Arizmendi suelta en su columna una información comprometedora para el temible secretario de Gobernación, Augusto Salazar, al involucrarlo en el asesinato de su hermosa amante. Con ello y sin darse bien cuenta, el columnista queda en el centro de un torbellino político tan imprevisible como peligroso, según comprueba al recibir una amenaza telefónica.

Para enfrentar la situación Tomás acude a sus amigos de infancia y juventud, más estereotipos que personajes reales: a) Jaime Lemus, ex director del CISEN y asesor de seguridad de varios gobiernos, con un ejército de guardaespaldas, hombre cercano a la DEA, conocedor de los sótanos de la política mexicana y el primogénito de un político-abogado de la vieja guardia; b) Amelia, la combativa y buenísima cuarentona presidenta del PRD en ese momento, cuya mala conciencia no la deja en paz y con quien el columnista ha tenido relaciones y un frustrado amor juvenil aplazado; c) Mario Crespo, profesor universitario de familia y vida normales a excepción de su hijo Vidal, hacker de redes cibernéticas, quien a veces ayuda a su padre en tareas de recopilación de información y se involucrará por ello en los acontecimientos.

Aquí caben todos los temas de las “agendas abiertas y ocultas” de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto: de los supuestos pactos con El Chapo Guzmán y el horror de Los Zetas a los “sospechosos” accidentes aéreos de dos secretarios de Gobernación. La truculencia, los enredos, las persecuciones, los atentados, los amoríos continuarán a los largo de cientos de páginas. A la mitad del libro los personajes son mero guiñol, máscaras para representar el discurso ideológico que se quiere asestar al lector con el fin de convencerlo de los oscuros propósitos de quienes atentan contra México.

Habrá quien por morbo lea Los corruptores, con tal de identificar a los involucrados, a los políticos mencionados, a los partidos y su actuación, a un gobernador de Veracruz o Tamaulipas, a tal o cual secretario, al dueño de un periódico importante de Bucareli, a los legisladores tan bien vestidos y perfumados, al mismo Miguel Ángel Mancera, de quien el autor se burla con personal dedicatoria. Pero aquí no estamos ya ante un testimonio de la vida política mexicana, un vistazo a las entretelas del poder o una novela política de calado, estamos en el terreno de la caricatura.

“Tendría que haber leído menos libros de Paul Auster y Murakami y más de Tom Clancy y Dan Brown”, advierte el personaje Mario ante el enredo, y a la novela le sucede exactamente lo contrario, le falta literatura y le sobran los recursos fáciles y oportunistas del best-seller.

5. En los ámbitos de la crítica literaria el libro resulta también ilustrativo. Las notas promocionales de la novela se esparcieron desde antes de su presentación tanto en México como en España, donde Zepeda Patterson declaró haberse inspirado en la trilogía Millenium del sueco Stieg Larsson para elaborar este “gran fresco de la política mexicana” y exponer la brutalidad de la realpolitik local. Las notas críticas no son moneda corriente, pero Julio Patán señaló con sutileza que la novela “tiene que haber sido escrita a velocidad crucero […] ya que muchos de los hechos referidos saltaron a las ocho columnas hace apenas unos meses”. A su vez, el escritor Élmer Mendoza celebró la obra y al autor, y destacó su dominio perfecto de “los jabonosos instrumentos de la ficción”. Por su parte, Roberto Pliego criticó con dureza la edición por su pobre narrativa, su maniqueísmo y su cursilería.

Pocas novelas mexicanas son reseñadas en el suplemento Babelia del diario español El País. Zepeda Patterson se formó en ese periódico antes de fundar en Guadalajara los diarios Siglo 21 y Público y ser subdirector de El Universal. En el reconocido suplemento ibérico su novela fue comentada por M. Á. Bastenier con el título Autobiografía de México. El comentario reconoce el interés de la obra y también subraya su velocidad o “urgencia” narrativa, su representación centrada en las clases dominantes, así como la dificultad para los extranjeros de reconocer a algunos personajes.

Finalmente, a muchos les cuesta entender que ciertas obras políticamente progresistas puedan ser estéticamente conservadoras, y que la transgresión (o denuncia política de una obra) pueda ser una forma de conformismo artístico. En El sentido social del gusto, Pierre Bourdieu insiste: “El conformismo de la transgresión, tan frecuente hoy en el mundo del arte y la literatura, se apodera de las buenas conciencias políticamente correctas pero estéticamente conservadoras. El efecto es la confusión de las fronteras entre el arte y el no arte, el conformismo y la subversión”. n

 

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Autor de Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana.