A veces pareciera como si la homosexualidad de Truman Capote hubiera sido la característica definitoria de su obra. Es cierto que entre los seres más influyentes de su vida destacan nombres como el de Jack Dunphy, William Faulkner, Newton Arvio y Andy Warhol, pero esto no debería oscurecer a las mujeres que estuvieron con él durante sus 60 años de vida, las cuales jugaron un papel protagónico en su psique, en su entorno y en cómo concibió su literatura.

Cuando la mayoría escucha Capote, lo primero que cobra sentido en la memoria es A sangre fría, y con esa obra aparece Harper Lee, la amiga del escritor, que lo acompañó e impulsó en la creación de lo que se convertiría en una de las obras que cambió la manera de hacer periodismo.

Estos dos personajes se conocieron desde pequeños y los libros de ambos estuvieron altamente influenciados por la colisión que se generó a partir de que cada uno apareció en la vida del otro. Hay una creencia generalizada de que Dill, el infante fuereño de Mississippi en la novela de Lee, Matar un ruiseñor, está directamente basado en el Capote niño.

Pero mucho antes, con solo 10 años, Capote escribió una historia (Vacaciones de Navidad) donde aparecía el personaje de la señora Busybody, quien era la calca de Frances Lee, la madre de Harper. Truman detestaba a la mujer y la caricaturizó en un texto que llegó a ganar un concurso local de historias escritas por niños, y publicado en el periódico de la localidad.

El escritor tuvo que vivir su infancia en Monroeville, Alabama —y por ello conocer a Harper—, debido a que su madre, Lilly, lo mandó ahí después de separarse de su padre, un estafador menor, que tiempo después vería la manera de aprovecharse de la fama que su hijo obtuvo en las décadas siguientes.

Por supuesto, Lilly tuvo fuerte influjo en la vida de Capote: primero con su ausencia, con su eterno deseo por escapar de los pequeños poblados sureños y de esa vida que ella consideraba mediocre (de ahí el cambio de nombre a Nina). Nina huyó de su pasado como también lo hizo Capote, como lo hace la hermosa e inolvidable Holly Golightly de Desayuno en Tiffany’s, personaje en el que se conjuntan Marilyn Monroe, Jackie Kennedy, la princesa Lee Radziwill. Las satiriza a todas pero también se burla de su madre, de sí mismo.

Quizá la otra gran aportación de Nina fue Joseph Capote, comerciante de origen cubano con quien ella se casó y de quien Truman adoptó el apellido.

El tiempo que el creador de Música para camaleones vivió con la pareja, él y su madre tuvieron arduas peleas debido al alcoholismo de ella y a la progresiva aceptación de la homosexualidad de él. En 1952 Joseph Capote se fue a la ruina en sus negocios y Nina se suicidó en 1955. Un par de décadas después sería Capote el que terminaría con su vida debido a una sobredosis.

En su estancia en Alabama forjó un estrecho lazo con dos mujeres que pertenecían a su familia: primero con Nanny Rumbley Faulk, una prima mucho más grande que él. El personaje de la señorita Sook Faulk de El visitante del día de Acción de Gracias y de Un recuerdo navideño sirvió para describir la relación que tenían: “La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos… bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes, y aunque tienen poder sobre nosotros y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia”.

La otra persona que definió su infancia fue Marie Rudisill, hermana menor de su madre, quien era presentadora de televisión y se había hecho famosa por Ask the fruitcake lady, un segmento de The Tonight Show de la NBC. Ella ayudó a criar a Capote por temporadas. Marie fue autora de ocho libros, entre los que destacan Fruitcake: Memories of Truman Capote & Sook (Sook es como él la apodaba), The Southern Haunting of Truman Capote y Truman Capote: The Story of His Bizarre and Exotic Boyhood by an Aunt Who Helped Raise Him. Sobrevivió a su célebre sobrino y murió en 2006 a los 95 años.

La relación que Capote tuvo con las mujeres no se detuvo en las que conoció íntimamente. Sus primeras lectoras fueron esas miles de mujeres que compraban las revistas de corte femenino y que encontraron en sus letras una voz nueva que reflejaba, de alguna forma, sus propias vidas.

Miriam, su primer éxito como cuentista, fue publicado en la revista femenina Mademoiselle por recomendación de Rita Smith, hermana de Carson McCullers, que era asistente editorial de la publicación. Por ese relato ganó un Premio O. Henry por First Published Story.

Capote siguió publicando en Harper’s Bazaar y Mademoiselle. A los 24 años dio a conocer una novela marcadamente autobiográfica: Otras voces, otros ámbitos. El éxito de este libro y de sus colaboraciones en distintos medios escritos lo inscribieron en la elite neoyorquina. Truman, ese niño escuálido, conquistó a todo Manhattan con el poder de su pluma.

Amigo y aparente bufón del jet set, el autor sureño encontró en Bárbara Babe Cushing, socialité, editora de Vogue y la mujer más refinada de su medio, una confidente, una mecenas. De entre aquel amasijo de seres que Capote siempre admiró y al mismo tiempo despreció, escogió a la mujer más emblemática de ese mundo, a la más superficial, a la más bella. Mrs. William S. Paley, como Babe se hacia llamar, no sólo fue cercana a Truman, sino que se convirtió en la fiel representante de los “cisnes” (que era como el escritor apodaba a las glamorosas mujeres de la alta sociedad neoyorkina). Aquella amistad habría podido durar hasta la muerte de ella en 1978 si no hubiera sido porque los secretos de su amiga y de todas las “cisnes” fueron puestos al descubierto con una cínica y maravillosa mirada en los adelantos de Plegarias atendidas, libro que nunca llegó a concluirse y que fue publicado de manera póstuma.

Capote

Hasta para justificar la celebración de su vida y del rotundo éxito de A sangre fría, el escritor planeó el baile Blanco y Negro —celebrado en el hotel Plaza de Nueva York— como una reunión social dedicada a Katherine Graham, directora y dueña de The Washington Post, y una de las mujeres más influyentes del mundo editorial de ese entonces. Honrar a una mujer para honrarse a sí mismo.

Dolly, Miriam, Violet y la mayoría de los personajes femeninos en la narrativa de Capote funcionan como un espejo invertido en el que el escritor es capaz de vaciar sus filias y sus fobias; de mostrar las más insulsas de las debilidades pero también la más grande lucidez creativa. La fuerza de lo femenino fue captada de manera fidedigna por las letras de Truman: ese impulso que lo toma todo, que es capaz de crear la vida pero, también, de destruirla.

En sus últimos años, aquel chico tímido que se crió en ese sur estadunidense que ha sido semillero de varios de los mejores escritores del mundo, se refugió en la casa de su fiel y última amiga, Joanne Carson, para morir bajo su cobijo, suplicándole, después de una serie de sobredosis con fármacos y alcohol, que no lo llevara al hospital: “Si te importo, no hagas nada. Déjame ir”. Y ella así lo hizo. n

 

Maira Colín. Escritora. Ha ganado varios premios de cuento y ha publicado un par se libros de literatura infantil y cuento. Fue becaria del FONCA y espera la publicación de su primera novela.