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A partir del siglo X las agrupaciones comerciales son cada vez más numerosas en Europa occidental. Hay que imaginarlas como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles. A la cabeza de la caravana marcha su portaestandarte. Un jefe, el hansgraf  o el deán, asume el mando de la compañía, la cual se compone de “hermanos” unidos entre sí por un juramento de fidelidad. Un espíritu de estrecha solidaridad anima a todo el grupo. Las mercancías son, según parece, compradas y vendidas en común y los beneficios repartidos en proporción a las aportaciones hechas por cada uno.

Es muy probable que estas compañías realizaran viajes larguísimos. Los mercaderes del continente se pasaban la vida vagando por vastas zonas. Era para ellos el único medio de conseguir beneficios considerables. Para obtener precios elevados era necesario ir a buscar lejos los productos que se encontraban allí en abundancia, a fin de poder revenderlos después con provecho en aquellos lugares en los que su escasez aumentaba el valor. Cuanto más alejado era el viaje del mercader tanto más provecho sacaba. Y se explica sin dificultad que el afán de lucro fuera tan poderoso como para contrarrestar las fatigas, los riesgos y los peligros de una vida errante y expuesta a todos los azares. Salvo en invierno, el comerciante de la Edad Media estaba en ruta permanente. Los textos ingleses del siglo XII le dan el nombre pintoresco de pedes pulverosi (“pies polvorientos”).

Fuente: Henri Pirenne, Las ciudades de la Edad Media (trad. Francisco Calvo), Alianza Editorial, Madrid, 1972.