A partir del siglo X las agrupaciones comerciales son cada vez más numerosas en Europa occidental. Hay que imaginarlas como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles. A la cabeza de la caravana marcha su portaestandarte. Un jefe, el hansgraf o el deán, asume el mando de la compañía, la cual se compone de “hermanos” unidos entre sí por un juramento de fidelidad. Un espíritu de estrecha solidaridad anima a todo el grupo. Las mercancías son, según parece, compradas y vendidas en común y los beneficios repartidos en proporción a las aportaciones hechas por cada uno.
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