image4217Type1

“¡Apúrale! En media hora te subes al camión, vete a cambiar”, me ordenó Prudencio en su esquina donde todas las mañanas separa la basura. Lo conocí en una fábrica de chocolates; él sacaba desperdicios mientras yo probaba bombas de cacao rellenas con maracuyá. Una cruz y un ramo de flores identifican su esquina de trabajo. Es chimuelo de cuatro dientes. Sonríe y me contagia las ganas. Viste camiseta, pantalones y zapatos con casquillo, todo negro. Medalla obligatoria. Es bromista, cábula, dice. Me regaña porque pago renta: debo comprar y no malgastar; también porque le doy croquetas a mi perro: “¿A ti te gustaría comer eso?”.

El carrito de basura, cargado con bolsas de plástico, dos escobas y un collar contra el mal de ojo, espera. Prudencio me pide ayuda y entre los dos lo empujamos unas cuadras. Tropiezo. “Te dije zapatos de trabajo, no esas botas”. Llegamos a la carteleta, ahí debe parar el camión. Arrinconamos el carrito y nos sentamos al filo de la banqueta.

Prudencio espanta las moscas. “Aquí es una familia, ¿me entiendes? Entre nosotros nos apoyamos, nos cuidamos, nada de que venga un extraño”. Se quita la mugre de las uñas. Es voluntario, no recibe sueldo, seguro, ni prestaciones. Barre un tramo de calle y recoge los despojos de casas y comercios. En su esquina separa la basura. Escoge lo que puede vender, el resto lo bota al camión. Vive de la venta y las propinas. Cinco años tuvo contrato pero “te traen de aquí para allá como de comodín, más en chinga”. Comenzó a trabajar a los nueve años con su madre en los hoy sepultados basureros de Santa Fe, “vivíamos ahí, ahí escogíamos, ahí todo, nada más que el gobierno no quiso darnos casa y mejor nos ofreció lana, casi sesenta baros en ese tiempo pa’ salirnos para poder hacer sus condominios, sus zonas residenciales”. De lunes a sábado despierta a las cuatro de la mañana, una hora y media después llega a su esquina y comienza a trabajar. Cuando se esconde el sol regresa con su familia.

La suerte está en saber escoger la basura. Lo hace con calma. Puede vender plástico, cartón, aluminio, vidrio, papel, separa el blanco del color, y las chacharitas que aparecen. En una ocasión dentro de una caja de galletas encontró miles de pesos en efectivo, esclavas de oro y un fajo de billetes antiguos, “todo lo que se va a la basura y uno ni en cuenta”. Ladrones de joyas dejan accesorios de fantasía que usurpan por error. Un restaurantero, por sacar sus desperdicios, quería pagarle con una mesera. “Ése es mugre”, y a ese lugar no regresó.

El camión de la basura viene retrasado. “La basura es dinero para el que la trabaja, ¿por qué crees que el gobierno nos la pelea? Ya no quiere gente de base ni voluntarios, quiere sus propias compañías para que le lleven la basura en bruto. Se va a privatizar, dicen. Ahí viene el camión, ira”.

“El Fuete” rueda perezoso hacia nosotros. Es un camión de tipo tortuga. Una cabina con motor acarrea un caparazón, dentro está la caja que se nutre con despojos. En la parte trasera, tres peones se sientan sobre la tina de acero. Otros dos, sobre el estribo. Todos fuman. Liberan al carrito. Prudencio deposita treinta pesos de propina en un bote que cuelga junto a la tina. Epitacio, el chofer, se asoma desde la ventana. Prudencio me presenta como su sobrina, chocamos manos y me invita a la cabina.

Santo Toribio, en el retrovisor, protege “El Fuete”. La vibración del motor aturde. “Hay que tenerlo bien medido”, me dice Epitacio mientras con la trompa roza un bocho gris estacionado. La aguja del tanque vive marcando ceros. Pegadas al tablero hay dos estampas de Mac, un paquete de Delicados con filtro, un bote de crema, tres rosarios, una estampa de “La más perrona” y otra de Ferrari.

Comienza a las cinco de la mañana. El camión sale de casa de Epitacio. La misma ruta se repite diario. Antes en Santa Fe “la subida estaba feísima, muchos compañeros se volteaban. Subía uno y cuando se paraba el camión que iba muy pesado se iba pa’ ’trás, ya no entraba la velocidad, ya nomás aventarte, tirar el brinco pues paraban contra las casas o se iban al voladero”.

Epitacio es el mayor de la tripulación, lleva más de veinte años en el negocio, tiene contrato, la delegación le paga un sueldo. “Te voy a contar la historia que me contó mi tío, que también era chofer. Hubo un rey de la basura. Giró mucha fama, era la oveja negra de la familia. A sus dos hermanos, que iban en una Harley cerca del Periférico, los mató el chofer de un camión de basura. Quedó al mando del tiradero. Chamaquita que le gustaba, chamaquita que se llevaba, doce, trece años, ya bien formadas de cuerpo se las llevaba, si el papá se oponía lo mandaba matar y quedaban enterrados en el tiradero. Se le acusó de todo pero nunca se probó nada. Tuvo más de cien hijos. Vivía en Santa Catarina, el tiradero abajo y su casa en el cerro, junto a la antena. Ahí lo mató su otra señora. Llegó y le dijo, ¿qué te crees, tú? Que esta noche tu sobrina es mi esposa, así que me voy a dormir. Se metió y se durmió. Ella sacó la pistola, abrió la puerta y ahí se acabo todo. Su esposa quedó a cargo del tiradero y el hijo es diputado del PRI”.

Hemos llegado a otro punto de recolección, a otra carteleta. Los peones trabajan. Epitacio no toca la basura, supervisa. Le pregunto quién diseña la ruta. “Cuando yo llegué la ruta ya estaba hecha”. Epitacio se levanta a las tres treinta todos los días y regresa a casa como a las nueve, diez de la noche, “por eso me veo así medio acabadón, como si me hubiera ido de parranda”. “El Fuete” duerme en la calle.

Los peones tocan la campana. Cada parada dura entre cinco y veinte minutos y la distancia entre una y otra no excede a un par de cuadras. Epitacio me cuenta que alguna vez tuvo la ruta de Tepito. Los puestos ocupan la calle y el camión entra por la noche. Una ocasión un chavo se le puso al brinco. Al ver eso, la madre del joven lo insultó, cacheteó y dijo que al camión se le respeta.

A nuestro alrededor llueven claxonazos y mentadas de madre por estorbar la circulación pues “El Fuete” va parando para engullir lo que arrojan. Es miércoles, junto con lunes y viernes los días más pesados. Dejo la cabina y paso atrás con los peones. Dos separan los materiales de la basura, los meten en bolsas de plástico y costales. Los otros se los van pasando y acomodan y amarran del techo. El cartón se dobla, apila, liga y bautiza: lo mojan para que pese y no se vuele. Lo orgánico y otros residuos que no separan se quedan en la tina. Al terminar la parada Epitacio mueve una palanca dentro de la cabina y la tortuga cobra vida: una pala baja y devora lo que quedó en la tina, lo comprime y almacena dentro de la caja. La tina queda liberada. “A compañeros se les ha ido la mano, los pies. Se resbalan y caen parados, los agarra y los destroza todos”.

En la siguiente parada aparecen unas veladoras envueltas en papel aluminio. Los despojos de brujería son comunes; ramos, fotografías, veladoras y todo tipo de amarres. Aparece un frasco con una foto adentro, aceite, tierra que por su espesura concluyen es de panteón y un muñequito lleno de alfileres. Prudencio me contó de un brujo, con el que apenas sacó su basura se le enrojecieron los ojos y le provocó mala suerte durante una semana. Tuvo que acudir a una limpia.

Han pasado más de tres horas y seguimos recogiendo desechos de la misma manzana. La gente se aproxima con asco, se tapan la nariz y evitan tocar las manos de los peones. Las propinas van directamente al bote. El olor de la basura orgánica se impregna en la ropa, la memoria y la piel. A todo te acostumbras, me dicen los peones. Prudencio me decía que lo que para nosotros apesta para ellos es perfume.

Un peón encuentra unos tenis para su hijo y unas gafas de sol sin un lente que se pone. Recetas médicas, actas de nacimiento, cuentas de banco, maquillaje y cientos de olvidos más están a bordo. Llega un costal de ropa, revisan la marca, seleccionan alguna, la que no quieren se compacta dentro de la caja, más adelante los pepenadores la lavarán, extenderán y venderán como trapo limpio para hacer telas. Llega una caja con chilaquiles y pan que se rolan entre todos, los pocos sobrantes los esconden.

En “El Fuete” existen jerarquías. Los peones le hablan de usted a Epitacio. Timoteo, también peón, es su compadre y segundo en mando, “él dirige la orquesta”, pues le ayuda con la ruta cuando los manifestantes cierran las calles y con la organización en general. Todos tienen cigarros, pero cuando faltan, le piden a Epitacio. Me ofrecen mezcal, tequila, cerveza, agua, refresco, un jugo, motita, pastillas “de esas que les llaman nopalitos y diablitos”, dicen tener lo que yo quiera. Acepto el agua. Leo, peón de quince años ríe y se rehúsa pues el agua le hará daño. Los peones son voluntarios y les satisface sentirse “libres” aunque asumen su responsabilidad como servidores públicos.

Epitacio y Timoteo hablan sobre el matrimonio, las otras señoras y los condones gratis de las secundarias. Timoteo me enseña sus dos celulares “uno pa’l bisnes y otro pa’ las barbies”. Los peones chiflan y “El Fuete” se detiene. Uno se asoma por la ventana y se despide, va a jugar futbol en la delegación.

Ya son pasadas las tres. Paramos en un puesto de tacos. Entre sesos, buche, longaniza, chicharrón, nopales y bistec pedimos todos. Epitacio saca del bote de las propinas y paga. De postre otro cigarro. Timoteo saca una botella de Coca Cola rellena de jerez, “mi vitamina del día, de la A a la Z”, dice y le da un sorbo.

Faltan dos paradas más para concluir la ruta de colecta. Han pasado casi siete horas desde que me subí. Les pregunto por qué el nombre de “El Fuete”. “Así le decían a mi abuelo”, responde Epitacio, así nos traía.

Me subo al techo. Hay que detenerse de los costales amarrados. Las botas no me ayudan. Vamos como pájaros entre cables. El vidrio truena con cada tope, bache o vado. Comienza a llover y el piso se vuelve viscoso. Frena la máquina y la inercia nos empuja hacia delante.

Última parada. Más de ochenta bolsas nos esperan. Son los restos de una oficina de gobierno. Un peón encuentra una cartera con un par de dólares. Toneladas de basura de comida chatarra con que se alimenta la burocracia. Me pregunto si cabrá. Los peones separan, acomodan y la pala comprime. La ruta ha terminado y “El Fuete” se puede ir a vaciar y descansar.

image4218Type1

Epitacio, Timoteo y yo regresamos a la cabina. Vamos hacia la estación de transferencias, con tráfico, será más de media hora. Los peones se esconden de la lluvia entre cartones. Encienden otra ronda de cigarros pues el día casi ha terminado. Falta vender y tirar. En transferencias los camiones depositan la basura dentro de tráilers. Antes la llevaban a los tiraderos de la ciudad pero se llenaron. Ahora la basura viaja en tráilers entre tres y seis horas a estados como Puebla y Morelos.

Atravesamos la colonia Guerrero y en una esquina con Reforma me señalan a un barrendero vestido de amarillo. Son los nuevos, los privados, que trabajan para empresas que ha contratado el gobierno para limpiar las avenidas rápidas y principales. Los de la delegación se uniforman de naranja. Epitacio me cuenta historia de México, cuando Hernán Cortés se encuentra con los xochimilcas y me explica que la ciudad antes estaba sobre agua pero ahora está sobre basura comprimida.

Hacemos una parada. La lluvia no me deja reconocer en dónde estamos. Me dicen que es un punto de venta de material, un pesadero. Les pagan de acuerdo al peso. Los peones descargan algunas bolsas y cartones. A cada quien le tocará cerca de doscientos pesos. Les pregunto si tienen sindicato. Hay uno para los de limpia pero para los del tiradero no.

Entramos a la estación de transferencias por un portón gris metálico. Hacemos fila detrás de otros camiones igual de cargados. Llega nuestro turno. Los peones descargan todos los sacos y bolsas con material. Ahí los pesan y se los compran. Cada material se traslada a otro camión que lo lleva a las fábricas. Las botellas de bebidas alcohólicas se separan, probablemente las compren en Tepito y las rellenen. Un peón de transferencia descubre los chilaquiles escondidos y se los termina. Epitacio no me deja bajar porque el supervisor está cerca. La lluvia no para, los peones tampoco.

Hay montañas con residuos orgánicos y una bandera de México a lo alto. Palomas pepenadoras nos rodean. Al fondo “El Fuete” se estaciona en reversa con la parte trasera de frente a un gran agujero que se extiende por el suelo, abajo está la caja de un tráiler. La basura cae como cascada. Ahora sí, ya acabamos, me dice Epitacio, y prende otro cigarro. El humo despista la pestilencia. Hemos arrojado entre ocho y nueve toneladas y en un tráiler cabe el contenido de seis a siete camiones.

Al día siguiente regresé a la estación de transferencias con Timoteo porque él conoce algunos que trabajan ahí. Quería subirme a un tráiler hasta el depósito final. Nos acercamos a los mecánicos que me recibieron con poco afecto. Los choferes estaban por otro lado, nunca supe dónde. Uno le susurra a Timoteo que subirme será bajo mi propio riesgo. Timoteo regresa y me explica. A los tráilers sólo suben las prostitutas.

Con las indicaciones de Prudencio llegué a lo que alguna vez fue el lago de Texcoco y después el tiradero de la ciudad de México: el Bordo de Xochiaca. El tiradero ya se llenó y enterró. Cines, centros comerciales y nuevos generadores de desechos se han construido encima. Una parte del bordo sigue activa, recibe los desechos de Neza. Los camiones pasan, levantan polvo y tiran sus desperdicios multicolor. Pepenadores, de todas las edades, rascan y seleccionan el poco material que llega. Legiones de moscas aguerridas, ratas casi asesinas y perros pelean los residuos. Tienen un líder, le pagan cincuenta pesos al mes por trabajar. Algunos pepenadores se meten a los cerros más alejados. Un cementerio de promesas olvidadas, de recuerdos triturados. El sol tatema, el hedor ahoga, la piel se enchina, los ojos lagrimean, las tripas gritan y el corazón se marchita.

El sol volvió a iluminar la mañana y Prudencio, en su esquina, separa los materiales de la basura. Ese día llegó tarde. Abrió el ojo a las tres, vio que llovía y “me subí al guayabo”. “Ya viste que la basura no acaba, nosotros nunca acabamos” y me pone a ayudarlo a separar papel. “El Fuete” se avecina. Ya casi es hora. Prudencio me lanza unas bolsas y empuja el carrito hacia la parada. Epitacio y los peones bajan, chocamos manos. Con unos botes vacíos y unos cartones armamos una mesa y nos tomamos unos vinos. Epitacio enciende el motor, los peones se cuelgan de los barrotes y “El Fuete” se apresura, la ruta apenas comienza y la ciudad es un monstruo que sin parar traga, defeca y necesita ayuda pues no sabe limpiarse. n

 

Teresa Zerón-Medina Laris. Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.