Resulta muy sencillo deshacernos de la basura en la ciudad de México, sólo hay que sacar los desechos a la banqueta dentro de bolsas de plástico —con una moneda de 10 pesos— para que un barrendero que arrastra dos tambos en un carrito o bien un camión de basura la recoja. Como por arte de magia desaparece el problema. En ciudades europeas la gente se hace cargo de su basura, hay unos contenedores cada tres cuadras a donde hay que llevar por separado el vidrio, el plástico, la comida orgánica, etcétera, nadie va a casa de nadie a recoger los desechos.

En todo el país, incluida la capital, no existe un sistema de gestión de basura eficiente, los cientos de tiraderos y vertederos de disposición final, que están a la vista de cualquiera en carreteras y caminos municipales, son una evidencia.

En el caso de la ciudad de México la gestión de la basura se realiza de manera precaria, debido a una mezcla de atribuciones que involucran a los gobiernos federal, del Distrito Federal, del Estado de México y de los municipios donde se encuentran los tiraderos, vertederos y rellenos sanitarios;1 adicionalmente, la participación informal de las agrupaciones de pepenadores y todas las relaciones políticas y económicas que implican, hacen que la gestión de residuos sólidos en el área metropolitana sea un problema muy complejo.

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En 2007 me adentré al vertedero controlado de basura a cielo abierto de Tlatel Xochitenco en el municipio de Chimalhuacán, Estado de México. Por un año realicé visitas cotidianas una vez cada 15 días aproximadamente, con la finalidad de retratar el precio de lo desechable. Junto con la artista visual Ilana Boltvinik, registré en fotografía y video uno de los lugares más precarios y pobres que uno pueda imaginar, un lugar capaz de desbaratar cualquier discurso moderno y de poner en entredicho a la democracia, los derechos y la equidad en el México del siglo XXI. Después de darnos cuenta de lo complicado que era hacer el registro en términos prácticos y afectivos, abandonamos la misión. A este basurero regresé en junio de 2010, el mismo día que explotó, y que provocó afectaciones en la colonia vecina, lo que ocasionó su cierre definitivo. Después de seis años he revisado las imágenes que levantamos para descubrir lo crudo y a la vez valioso del registro. El relato que comparto a continuación con los lectores es una breve crónica que concentra en un día algunas de las vivencias que tuve durante el año que lo visité, su finalidad es retratar el costo de nuestra comodidad. Desde lo más profundo del basurero se puede señalar lo absurdo de la cantidad de basura que producimos, así como el irreal confort que proporciona el servicio de recolección de basura que tenemos y que tiene la extraña característica de hacerla desaparecer cada tercer día. Los tiraderos retratan a una sociedad que no es responsable de sus desperdicios y está distraída en el consumo inconsciente de residuos y también reflejan una cultura gubernamental paternalista dispuesta a solucionar el problema sin motivar la responsabilidad ciudadana por reducir la producción de desechos, separarla y conocer su destino final. He de decir que pese a mis palabras en la siguiente narración, es deseable y necesario cerrar los tiraderos y vertederos por razones de salubridad, de contaminación del aire y del subsuelo, aunque evidentemente es imposible por lo pronto resolver el problema de otra manera.

El hedor indescriptible, insoportable; el sonido crujiente de mis pasos sobre el tiradero a cielo abierto, la vista al lago Nabor Carrillo y un sinfín de perros que nos rodean. La basura llega en camiones y camionetas, pero principalmente en carretas jaladas por caballos o burros. Un camino de tepetate abre la brecha hacia la cima de la montaña de desechos, a los lados se conforman dos enormes taludes de basura previamente pepenada. En el camino una señora y su hija venden tacos de canasta sobre un triciclo de carga, un grupo de trabajadores del tiradero nos saludan mientras almuerzan. En la parte superior, cinco grupos de pepenadores se dividen la infernal tarea de recuperar lo que aún es susceptible de convertirse en dinero, principalmente el plástico. Al subir me encuentro con un antiguo camión de escuela azul modificado, la parte trasera fue recortada y sustituida por una enorme caja hechiza formada de lámina y barras de acero; junto al camión algunos trabajadores recogen plástico mientras escuchan a todo volumen una canción del TRI.

El peso de las cámaras de video y fotografía dificultan mis pasos sobre la basura, en la parte superior el estruendo de un gigantesco trascavo que intenta una y otra vez desplazar las montañas de basura que ya fue pepenada me lastima los oídos; el sol a plomo, sofocante, sin sombras. El olor a amoniaco mezclado con descomposición orgánica es penetrante, pero es tan constante que llega un momento en que se vuelve asimilable. Más arriba aparecen algunas precarias construcciones formadas por desperdicios, pregunto a uno de los pepenadores: “¿Para qué las usan?, ¿qué guardan en ellas?”. Contestan: “Son casas”. Más adelante descubro que entre los pepenadores se roban aquello que recolectaron durante el día al menor descuido, alguien tiene que cuidar de noche, de ahí las viviendas. Las construcciones se erigen entre la basura con pedazos de madera y son recubiertas con cualquier cosa: cartón, láminas de metal o plástico, algunas más con lonas que alguna vez fueron un anuncio espectacular, casi todas ellas tienen una bandera de México que ondea con el viento, algunas banderas están deshilachadas y rotas, una en particular está volteada de cabeza.

Entre las coloridas montañas de fragmentos de cualquier cosa, mezcla de bolsas de plástico con todo lo que uno pueda imaginar, unos pequeños niños descansan mientras su madre pepena, utiliza los dedos para buscar cualquier cosa. En los basureros se pepena a mano, no a vista, todo lo que llega al basurero es tocado por alguien. Al acercarme a la señora me percato de otros niños que comen gelatina sentados y recargados en un costal de reciclaje a medio llenar, la niña grande tiene aproximadamente seis años, el chiquito tres cuando mucho. Mis anfitriones me muestran el proceso, tienen claro que viven una pesadilla injusta e innecesaria. El más extrovertido de todos, un trabajador de la basura conocido como el Greñas, conoce los procesos de control de desechos en otros países, sabe de la energía que se puede producir con los gases que se forman debajo de la basura y cómo aprovecharlos, sabe que hay que dejar salidas de agua y gas para que no explote el tiradero; también está consciente de la necesidad de hacer un relleno sanitario, de que el basurero contamina el subsuelo con lixiviados,2 que la basura no llega separada y que a un sitio de disposición final llega sólo la basura de la basura; en pepenas anteriores recogen el cartón, el aluminio, los metales, los vidrios. A este basurero llega plástico mezclado con pañales y desperdicios orgánicos, además está tan alejado de todo que mediante una corta feria reciben lo que sea: residuos hospitalarios, industriales, cascajo, me dicen que también llegan cuerpos, lo que sea.

Los pepenadores viven del plástico, el PET es el principal producto de reciclaje, cada botella tiene una clasificación diferente según la composición del plástico, por lo que se separa colocando cada tipo en diferentes sacos industriales de grandes proporciones. El costo por uno de estos costales llenos de PET varía entre los 30 y 40 pesos, un precio muy bajo para las horas que requiere separar y llenar cada saco. Cada grupo y cada pepenador marca sus sacos y espera a que lleguen los compradores. Es sorprendente ver a jóvenes cargando los enormes sacos por el tiradero, si bien no pesan mucho, es puro plástico, la dimensión es desproporcionada con respecto al tamaño de las personas.

El basurero está bordeado por el dren Chimalhuacán 1, que es un canal de aguas negras a cielo abierto, la primera vez que fui en 2005 el canal bordeaba al tiradero en dos orillas, para 2007 sólo por una orilla, la más larga, que lo separa de los terrenos de lo que era el lago de Texcoco. El polvo que se desprende de todo lo que se mueve y el sonido seco, diría acústico, sin eco alguno, junto con el viento que sopla constante desde el lago Nabor Carrillo al norte, provoca una sensación desconocida para mí. Por un lado, parece que el suelo del tiradero se chupa los sonidos, incluso el sonido crujiente de mis pasos, pero por otro, el viento polvoso de cierta forma refresca mi rostro. De pronto aparecen decenas de perros persiguiendo a una hembra, a tres metros de donde estoy se pelean muchos de ellos, los chillidos y ladridos quedan enmarcados por un remolino de viento que levanta el polvo y cientos de bolsas de plástico. Por un instante me siento petrificado por la carnicería canina, pero antes de darme cuenta del miedo que me domina, los perros huyen a seguir peleando más allá. Pregunto por qué hay tantos perros, me dicen que son un sistema de protección personal, los perros no son de nadie y son de todos a la vez. Cada pepenador camina junto a cinco o 10 perros que lo acompañan a todos lados, que lo protegen de otros perros y personas, en la noche sobre todo; me cuentan que si una persona entra sola al tiradero de noche difícilmente sale viva, los perros son muy bravos y están hambrientos. Un enorme rottweiler flaco y con la pelambre enferma se me acerca juguetón, se llama La Pantera Goza, dice Daniel, otro pepenador que nos acompaña; detrás de él otros perros simpáticos que me presenta uno a uno: Asesina, La Loca, El Pinto… Están flacos y enfermos de los ojos y de la piel… por un momento me quedé observando que hasta comparten las enfermedades con sus dueños. Una linda burra color gris es la compañera de trabajo de Daniel, se llama Romina, van a todos lados juntos, tira la carreta de basura mientras su dueño la controla desde arriba, alrededor los perros lo acompañan y vigilan. La escena acompañada de toneladas de basura y polvo no me parece ni siquiera triste, en realidad no tengo un cajón para la imagen, no la puedo clasificar en mis registros afectivos aún.

Por todos lados cruzan camiones y carretas que van distribuyendo la basura a las áreas designadas a cada grupo. Deben depositar su cargamento lo más pegado a la orilla, para que después de que se realice la pepena el trascavo aviente la basura al talud y se vaya formando la “pirámide”. El basurero tiene consistencia de gelatina y su forma piramidal responde a un sistema estructural de distribución de cargas sobre el terreno. Desde la parte más alta se observa la gran explanada de lo que fue el lago de Texcoco, unas torres de alta tensión se pierden en el infinito y a la distancia se alcanza a ver reflejado el cielo en el lago Nabor Carrillo.

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Al sur del basurero se encuentra la colonia Tlatel Xochitenco, comparten el nombre. Es un asentamiento irregular que comenzó a construirse un par de años antes de que llegara el tiradero, muchas de las casas son ocupadas por pepenadores, algunos incluso que han venido de otros tiraderos, como el que cerraron en Santa Fe a finales de los ochenta. Los vecinos que no trabajan para la basura se quejan amargamente, los choferes de los camiones de basura pasan a toda velocidad por las calles de terracería, al grado que los vecinos colocaron piedras para estrechar las vialidades que sólo permiten la entrada de coches. Una sola calle es el camino de los camiones y carretas desde entonces. El vertedero controlado de desechos sólidos con aproximadamente 10 hectáreas y más de 15 metros de altura se separa de la colonia por una calle de terracería de seis metros de ancho. En la entrada un puesto de control improvisado, pero oficial, revisa quién y qué entra, es difícil pasar este punto. Junto al control de acceso hay un puesto de comida, en el que se juntan a comer algunos. Ahí también a veces venden los cráneos de vacas y caballos. No es raro que alguno de los pepenadores me ofrezca marihuana.

En el basurero está mezclado todo tipo de cosas: llantas, colchones, cubetas rotas, pilas, sofás, radiadores, refrigeradores viejos, el cadáver de un perro… me llama la atención los miles de zapatos y de partes de juguetes que se presentan por todos lados; en época de lluvia, la basura se revuelve con el lodo y aparecen charcos, estos últimos son de color rojo amarillento. Las millones de bolsas de plástico desgarradas en la pepena, aunque son de muchos colores, homologan de alguna forma las imágenes, no lo sé explicar, pero aunque no hay nada igual, hay algo que hace homogéneo al tiradero.

Al salir del basurero la última vez que fui me encontré algunos pepenadores que había conocido durante todo el año, detuve mi auto para saludarlos, al bajar del coche me di cuenta que había debajo de él y de todo el lugar un gran charco de sangre que pisé, al principio sin darme cuenta. Me saludaron muy contentos y me invitaron a comer el caballo de alguno de ellos que se acababa de morir, así que habría taquiza. Al fondo aprecié a una persona destazando al caballo, la sangre corría por todos lados, se mezclaba con la terracería y los desechos, el olor a carne fresca fusionado al de la basura orgánica, al del característico amoniaco y al del canal de aguas negras a cielo abierto. Millones de moscas y decenas de perros me causaron una repulsión que he contenido hasta la fecha. Me despedí de algunos de ellos con un abrazo, sin saberlo en ese momento, no regresaría al tiradero hasta el día de su explosión. El conjunto de días, de horas, de escenas tuvo claridad en ese momento; la gran distancia que hay entre ciudadanos de un mismo país. Ver el machete destajar la cabeza del caballo en medio de la basura puntualizó la distancia, la profundizó, fue la gota que derramó el vaso, el grado cero en el que me doy cuenta que nada de lo grabado o fotografiado tiene la capacidad real de atestiguar nada, que mostrarlo puede traicionar lo que sucede en estos sitios. Que lo que sucede en ellos me provoca un especie de culpa, o más bien vergüenza. No de ellos o de mi actividad allá, sino de lo escenográfico de la normalidad, de lo invisible que son, de que mi propia dignidad y la de toda la sociedad queda cuestionada cuando una parte intrínseca del funcionamiento cotidiano, capaz de realizar el acto de magia menos aplaudido que supone el hecho de desaparecer la basura, está en condiciones tan precarias de sanidad, pobreza y derechos. Algunas palabras del Greñas emanadas de uno de los videos, funcionan mejor como testimonio de la aporía: “…algún día también nosotros tuvimos una vida, allá fuera, en la calle… hemos sobrevivido sin ayuda de gobernantes, hablan de que hay programas de trabajo para la gente pobre, pero la verdad nunca se ha visto aquí, en donde de veras está la gente pobre…”.

El 15 de junio de 2010 escuché en el radio muy temprano que acababa de explotar el tiradero de Tlatel Xochitenco, dejé todo y me fui al basurero. Al llegar, el ejército había tomado el lugar, soldados con armas largas en un camión y muchos otros, al parecer desarmados, se desplazaban de un lado al otro, todos los pepenadores estaban fuera del tiradero, arriba el presidente municipal y otras autoridades discutían. Me enteré que había entrado en operación el plan de contingencias militar DN3, la explosión dañó a 400 casas en 15 calles de la colonia Tlatel Xochitenco.3 Me encontré a Daniel y al Greñas entre otros, me dijeron que para ellos la explosión fue provocada, una cimentación de mampostería fue colocada en los meses pasados, sobre ella una nueva malla ciclónica bordea el basurero, me cuentan que no dejaron salida al agua ni a los gases. Era cuestión de tiempo, dicen. Las autoridades bajaron y declararon que probablemente el tiradero sería cerrado en definitiva, algunos vecinos celebraron, cientos de los más pobres entre los pobres se quedaron en ese instante sin trabajo, protestaban pero los soldados eran muchos, alcancé a intercambiar números telefónicos con algunos de ellos. Pese a haberles llamado en distintas ocasiones, no me contestó nadie y nunca más los he vuelto a ver. Sin embargo, he preguntado por ellos en el municipio, me han dicho que a algunos les dieron un empleo temporal en las obras de infraestructura del municipio, a otros les perdieron la pista, otros más se mantienen invisibles. n

 

Arturo Ortiz Struck. Arquitecto. Realizó una maestría en investigación urbano arquitectónica en la UNAM.

 

1 El tiradero es un sitio de disposición final a cielo abierto reconocido por las autoridades, aunque no tiene el visto bueno de los responsables de ecología estatal y carece de control de acceso. El vertedero controlado es un tiradero a cielo abierto con control de acceso y el relleno sanitario, incluye infraestructuras de control de contaminantes y está supervisado su acceso. Para mayor información, recomiendo el libro de Gerardo Bernache Pérez, Cuando la basura nos alcance: el impacto de la degradación ambiental, CIESAS, Publicaciones Casa Chata, 2006; en especial el capítulo 6: “La disposición final: del tiradero al relleno sanitario” (pp. 297-342).

2 Los lixiviados son contaminantes que al contacto con la humedad, el agua del subsuelo o la lluvia, escurren contaminando el subsuelo, las aguas freáticas y el aire, son altamente tóxicas. Seoanes y sus colaboradores nos indican que los lixiviados tienen las siguientes características: “abundancia de sustancias hidrocarbonadas solubles; abundancia de nitrógeno orgánico y amoniacal; presencia de metales pesados (cadmio, níquel, zinc, plomo y otros); alta demanda química de oxígeno (DQO); y alta salinidad” (Seoanes y cols., 1999, p. 90, en Gerardo Bernache Pérez, op. cit., p. 323).

3http://www.eluniversal.com.mx/notas/687979.html

 

Un comentario en “El costo de la comodidad

  1. Hermoso y triste tu relato, evidencia no solo la irresponsabilidad y corrupción del estado, sino la de un país que se permite ser irresponsable al costo humano de los más pobres.