La palabra bonita para referirse a la situación de la basura en el Distrito Federal durante los últimos 30 años es “improvisación”. La expresión menos elegante pero mucho más certera es que el manejo se hace al “ai se va”.

Los testimonios de hace siglos dan a entender que no fue siempre así.

Aunque los detalles distan de ser claros, durante tiempos coloniales (1777, para ser exactos) se dio un esbozo de estrategia para manejar los residuos en la capital. Lo describe Marcela Dávalos en Basura e ilustración (INAH, 1997, p.87): “Las catorce garitas que rodeaban la ciudad marcaron la línea fronteriza que se pretendió rebasar —llevando fuera de ella las basuras— para alejar del centro urbano los miasmas venenosos que generaba la putrefacción de los desechos”. Estrategia sencilla y más o menos funcional, llevar la basura fuera de la ciudad y dejarla ahí, lejos de las narices de la civilización. (Aunque claro, el “pretendió” sugiere que el éxito no fue rotundo.)

1985, 208 años después. La improvisación, como ocurre seguido, es consecuencia de la nula previsión. Un terremoto sacude el centro del país el jueves 19 de septiembre, el presidente dice que no es necesaria la ayuda internacional, y una ciudad queda sepultada entre el cascajo. (En la Barranca del Cobre, por esas fechas, la única fuente de información era un hombre con radio de onda corta. “Se cayó la ciudad de México”, fue el resumen que dio de la nota.)1

¿Qué hacer con todos los restos? Como en la Colonia, aventarlos más allá de la garita (ahora caseta), aunque sin contar un obstáculo más o menos importante: más allá de la garita ya hay gente, porque la ciudad es ahora una megalópolis. En una zona urbana donde años después hubo el furor por batir récords internacionales, el Bordo Poniente, el lugar elegido, se convirtió en una fuente de orgullo y pena. Nunca fue oficial, pero el tiradero (improvisado) al aire libre llegó a ser, según varios recuentos, el más grande a nivel mundial. Seis kilómetros cuadrados,  para ser exactos. Casi 14 veces el tamaño del Vaticano, o una cuarta parte de la delegación Benito Juárez.

El problema con la improvisación es que, al aceptarse como cotidiana, comienza a tolerarse. El bordo se volvió el principal —y luego el único— tiradero municipal del Distrito Federal. Santa Fe, donde también se botaba la basura, fue remplazado por corporativos, rascacielos y universidades. (Pero la basura nunca se fue, nada más la enterraron un poquito más abajo; por eso cuando llueve un olor de residuo orgánico impregna algunas aulas.)2

La vida útil del bordo era una especie de misterio: ¿Cuánto puede durar el arreglo temporal? Lo que quieran las autoridades, resultó ser la respuesta. 20 años después, el bordo seguía operando. Las ONG y hasta el gobierno federal presionaban, desde 2001, para que fuera cerrado. Pero un amparo lo detuvo todo. El bordo seguiría abierto por orden judicial hasta que el Distrito Federal encontrara un nuevo lugar para botar los desperdicios. El nuevo (viejo) problema fue otra vez la falta de previsión: asumir que la basura se podía barrer debajo del tapete metafórico del bordo lo suficiente como para que alguien más en el futuro tuviera la horrible tarea de sanear el tiradero.

Cuando el bordo cerró al final, en diciembre de 2011, 10 años después de haber rebasado su hipotética y (con gran probabilidad) desconocida vida útil, al Distrito Federal le cayó basura en la cara, y no en forma de metáfora. Dos semanas de desechos sin recoger, el Hemiciclo a Juárez con costales negros en el lugar que ocupan los funcionarios públicos cada 21 de marzo. La solución fue, una vez más, improvisada (y lo sigue siendo).

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El Distrito Federal negoció con el Estado de México. En qué condiciones, con qué prestaciones (167 pesos por tonelada, según una nota sin fuente publicada en El Universal, 2 de octubre de 2012) y por cuánto tiempo, no se supo. Lo único que dijo el gobernador del Edomex fue que se trataba de una solución “provisional”, la cual sigue implementada hasta ahora, y cuyos efectos se sintieron de inmediato: en Xonacatlán, uno de los basureros municipales “habilitados” para recibir basura de la capital, los vecinos se dijeron “inundados” a los seis meses de que cerrara el bordo. Esto porque el tiradero de Xonacatlán, según ellos, también fue creado por arte de improvisación (Portal, 4 de enero de 2012).

En 2013, con la basura lejos de nuestras garitas, en la ciudad de México ya se habla en voz mucho más baja —y los diarios publican mucho menos notas— sobre la crisis que va a volver a explotar pronto (la improvisación tiene límites físicos). La basura ahora también va a Cuautla, por lo que ya son dos estados que reciben los desperdicios de la capital. Pero la solución sigue siendo improvisada.

Es ahí cuando a uno le surgen las preguntas retóricas. ¿Por qué seguir improvisando? ¿Por qué no pensar en una solución que dure más de un trienio, un sexenio, un periodo ordinario? Una posible respuesta (aunque estas preguntas estén diseñadas para no tenerla) es el problema fundamental de no entender el problema.

Un viaje a través de la basura electrónica —esos archivos que recopilan declaraciones de políticos hechas con cifras sin sustento— da una primera pista: no se sabe a ciencia cierta cómo medir la basura generada en la capital. ¿Cuántos kilos son por defeño? Hay quien dice que medio por día, otros que más de uno. ¿Cuántas toneladas iban a dar al bordo? El promedio de 12 mil diarias aparece citado desde la última década del siglo XX y se siguió usando hasta 2011; algunos reportes lo acercaban más a 12 mil 500, otros a 11 mil 500. Una variación de mil toneladas en el cálculo no es poca cosa. ¿Cuánta basura se recicla? Parece aceptado que el 11% de los desechos de la ciudad, aunque en las entrevistas banqueteras a políticos el porcentaje varía. Hasta la pregunta más básica de cuánto mide el bordo tiene resultados mixtos: una nota en un portal en línea aseguraba que 300 hectáreas…

Improvisación y desconocimiento parecen ser los dos motores del manejo de basura en la ciudad. El problema, constante, sólo resurge en público cuando llueve y las coladeras se tapan, o cuando nos enteramos, como en película catastrofista de Disney, que todo eso que dejamos a la puerta de nuestras casas para que alguien más se lo lleve se tiene que quedar ahí. Por lo menos hasta que a alguien se le ocurra otra solución improvisada. n

 

Esteban Illades. Periodista y editor.

 


1 Anécdota familiar.

2 Experiencia personal.