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Si en Drive (2011), su octavo largometraje, Nicolas Winding Refn (Copenhague, 1970) supo hacer una notable adaptación de la parábola del buen samaritano en clave no sólo fílmica sino hollywoodense, en Only God Forgives (2013), su más reciente entrega, el director danés ahondó en el territorio todavía más complejo de la lucha frontal entre los mayúsculos Bien y Mal. Allí adonde la primera nos mostró el salto cuántico de un real auteur de la industria, muy parecido a los hermanos Coen en su tratamiento de un tópico bíblico —aquí el parangón obligado es A Serious Man (2009), uno de los mejores traslados jamás realizados del libro de Job, con las mejores canciones de Jefferson Airplane como banda sonora mística—, la última lo consolida como un director de franco culto, no muy alejado de la estética de los mejores David Lynch y Wong Kar Wai.

El portento de Nicolas Winding Refn

Antes de su arribo al Hollywood independiente, Winding Refn ya había creado una pequeña obra maestra, con el ahora muy reconocible Mads Mikkelsen en el rol protagónico: Valhalla Rising (2009), un ensayo sobre la mitología nórdica, la violencia y los desencuentros religiosos allende el año 1000 de nuestra era. Si bien Mikkelsen fue el actor de marras en lo que podríamos llamar el periodo danés de Winding Refn, la estafeta encontró su mejor receptor en Ryan Gosling, actor notable y que en Drive amarró sus dotes y registros histriónicos, también muy bien explotados por el director estadunidense Derek Cianfrance en Blue Valentine (2010) y The Place Beyond the Pines (2012). Ahora, en Only God Forgives, Gosling realiza un acto de prestidigitación actoral y deja su disfraz de silencioso macho alfa para transformarse en el hermano menor, emasculado e impotente, de un mafioso asentado en Bangkok.

El ejercicio de virilidad perdida y calidad moral ganada que Winding Refn ejecuta con maestría en Only God Forgives luego nos recuerda el tratamiento de la genitalia masculina que Amat Escalante llevó a su puerto último en la reciente Heli (2013): allí adonde la violencia —luego la miseria— impera, los hombres quedan reducidos a aquello que cuelga entre sus piernas. Si bien Julian (Gosling) es el presunto heredero del imperio criminal de su hermano mayor, asesinado luego de él mismo asesinar a una prostituta menor de edad, el Mal mayúsculo no encuentra cabida en su persona, regida por un Bien metafísico y ajeno a su disfuncionalidad sexual. Lejos de combatir a Dios encarnado en la tierra y en la persona del policía de policías Chang (un magistral Vithaya Pansringarm), vengador que ultima a todo aquel que ose abusar de una menor de edad (asunto que en Tailandia no conoce llenadera), Julian termina por boxear con su propia sombra y sacrificar lo que le queda de hombre terrenal, aunque su espíritu o su ética sean resarcidos por la corrección de sus actos.

Más allá de los encuentros y desencuentros viriles que sirven de trama a Only God Forgives, hay un relato ulterior y femenino que se contrapone a la lucha entre el Bien y el Mal masculinos, representados por Chang y la herencia fraterna que Julian decide no asumir: la lucha entre la bella y silenciosa entertainer Mai (el descubrimiento oriental que Winding Refn hizo en Yayaying Rhatha Phongam) y la madre de madres que viaja a Bangkok para vengar la muerte de su primogénito y definitiva semilla, representada por una Kristin Scott Thomas a la que nunca habíamos visto en la pantalla, encarnada en la rubia imperial, ruidosa y rastrera Crystal. Incapaz de despertar a su hombría física, Julian, encargado de un gimnasio y cuadrilátero de kick boxing, sienta frente a frente a las mujeres que rigen su existencia para que sean ellas las que resuelvan su propio destino, depositarias últimas de cualquier posibilidad de futuro (lo mismo que las menores ultrajadas, prostituidas y luego asesinadas a las que venga Chang).

Lejos de ser un mero ejercicio de ultraviolencia sin fondo, Winding Refn aparece como uno de los pocos artistas y artesanos del difícil género en el que casi siempre vence la gratuidad —aquí es imposible no traer a colación a Quentin Tarantino, que hace sangrientas y vacuas películas infantiles para adultos—, y cuyos parangones no podrían ser otros sino el ya mentado Lynch (hay algo de Blue Velvet en Only God Forgives, aunque también de In the Mood for Love del mencionado Kar Wai) y el más evidente Park Chan-wook. Alejado del derrotero de sus congéneres del Dogme 95 —aunque nuestro director insista en que a él se le debe todo ese asunto muy bien llevado a cabo por Lars von Trier y Thomas Vinterberg—, Winding Refn es la rara avis que sabe mezclar las demandas de lo comercial con el difícil canto de la sirena artística, además de otro de esos directores que no dejarán a nadie indiferente. n

David Miklos. Profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de los libros El abrazo de Cthulhu y No tendrás rostro.

Fotograma de Only God forgives.