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Confieso que he pecado. Me prometí no engancharme con ninguna serie estadunidense, luego de haber pasado una semana consumiendo la droga dura de Breaking Bad. Es decir, seis temporadas al hilo, mientras se suponía que estaba puliendo un guión de cine. Pero recaí con Orange is the New Black. La serie de 13 capítulos de una hora fue subida a Netflix el 11 de julio y para el 17 la había visto entera.

Orange is the new black

La historia está basada en el libro autobiográfico de Piper Kerman, una mujer rubia, americana y sajona, una wasp, como se autonombran, que a los 20 años se aventuró a trasladar una maleta con dinero de la droga de París a Bruselas, y sólo 10 años más tarde, cuando se ocupaba en levantar una sanísima microempresa de jabones naturistas, fue apresada por la policía.

El relato de su estancia de 15 meses en una cárcel para mujeres sirvió de fundamento para la serie homónima, en la que Jenji Kohan, la mente creativa tras Weeds, recrea el asunto, a veces ajustándose con precisión a los hechos reales y a veces tomándose libertades enormes. El parecido físico entre la Piper original y la actriz que la interpreta es tal que parecen hermanas, por ejemplo, pero la mayoría de los incidentes de la novela son llevados en la serie a consecuencias extremas.

La fascinación por mujeres mal portadas, las mujeres que transgreden el lugar que la sociedad les adjudica, inició con Mujeres asesinas, una serie argentina muy bien lograda que luego en México replicó Pedro Torres para Televisa. Siguió con otra serie latina, Capadocia, de la productora mexicana Argos, que difundida por HBO alcanzó ratings fabulosos en la población hispanohablante de Estados Unidos.

Es de Capadocia de donde Orange is the New Black abreva más largamente. De cierto, le toma prestado el formato entero. En cada capítulo se continúan las peripecias de la protagonista en la cárcel mientras se presenta a una nueva prisionera, mostrando en dos o tres flashbacks su vida anterior, fuera de prisión, el momento en que infringe la ley y el momento en que es detenida.

Pero lo que separa a las negras historias de las series latinas de Orange es el tono. Las primeras eran historias trágicas: las mujeres que infringían la ley iban al infierno de la cárcel, a pagar en la sordidez el pecado. En cambio en ésta el tono es a menudo humorístico y nunca roza siquiera lo melodramático: las mujeres transgresoras jamás son vistas como víctimas, sino como caracteres en busca de su poder.

No es casual que Orange sea dirigida y escrita sobre todo por mujeres mientras Mujeres asesinas o Capadocia lo fueron por hombres. Los hombres miraron como una desgracia la pérdida del sitio social de las protagonistas mientras las creadoras de Orange saben que la desgracia de las mujeres es su sitio social.

Lo que a las mujeres nos hunde es lo que los Otros esperan de nosotras, lo que nos eleva en reencontrar nuestros poderes biológicos.

Así, Orange plantea la cárcel como un escuela para encontrar, tras las trivialidades de la vida en libertad, la libertad de encontrarse a una misma desasida de las relaciones interpersonales. Bastarse a sí misma: no depender del amor: tocar la vida en su palpitación real, frágil y poderosa: el gran tabú de la identidad femenina.

Otra novedad narrativa: el lesbianismo visto como erotismo y no como desviación, ni como sustitución de  la heterosexualidad, ni como sexualidad equiparable con la homosexualidad masculina. Una forma particular de erotismo, con sus específicas zonas de placer y rituales propios, que es mostrado sin juicios morales, y por momentos es comparado con ventaja frente a la heterosexualidad.

Y si no, compárese al novio con la novia de la protagonista, los dos amores entre los que Piper se debate. En el casting asoma la preferencia de Jenji Kohan: él es un escritor gordito y preocupón, mientras la novia es una belleza morena de voz lenta y rasposa y de metro 90 de altura.

Él representa para Piper el regreso  a la limpia empresa de jabones naturistas, a lo “normal”, a los valores establecidos en una sociedad tranquilamente misógina, la sociedad occidental, mientras ella representa la aventura, el peligro,  las feromonas, en este caso el narcotráfico donde en un viaje se ganan 300  mil dólares.

—Eres muy alta —dice el bajito novio al conocer en una visita a la novia de Piper.

—Eso me dicen —contesta ella viéndolo hacia abajo.

—¿Qué será de nosotras fuera de la cárcel? —le pregunta en otra secuencia Piper a su novia, luego de hacer el amor en un catre de la celda—. ¿Viviremos en una granja de Vermont?

—No te equivoques —le contesta la morena—. Yo no soy buena para una granja. Yo soy buena para mover un cargamento de heroína.

Y una tercera novedad: el ateísmo científico afirmado como salud mental, mientras la religión se muestra como locura. Eso en el país donde la tiranía de lo políticamente correcto dicta respetar las creencias ajenas, ya sea nuestro congénere cristiano o adorador de los extraterrestres, y los candidatos a puestos políticos suelen declarar que si creen en la evolución o no, es una cuestión inconfesable, por privada.

La primera temporada de Orange termina nada menos cuando Piper, la rubia bien portada comerciante de jabones, es amenazada por la predicadora cristiana de la prisión con un crucifijo en el que ha incrustado una navaja de afeitar, y Piper responde así: le hunde a la predicadora cristiana, en las costillas, un desarmador, y luego la golpea y la golpea y la golpea, hasta que la pantalla se llena del glorioso color naranja.

Ah, la tele nunca había sido tan buena. n

 

Sabina Berman. Escritora, dramaturga y ensayista. Ha publicado La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, Un soplo en el corazón de la Patria y La bobe, entre otros títulos.

Fotograma de Orange is the new black.