La siguiente pieza de ficción, hasta ahora inédita en español, del escritor João Ubaldo Ribeiro, forma parte de la antología Invención de la realidad de próxima aparición (Cal y arena, 2013). De este muestrario de 18 autores, jóvenes y consagrados, del cuento brasileño contemporáneo, elegimos este relato imposible.

Tenemos varias especies de peces en este mundo, ahí está el pez que come lodo, el pez que come cucarachas de mar, el pez que vive tomando sopa sorbiendo el agua, el pez que, cuando ve a la hembra embarazada poniendo huevos, no se puede contener y agitando la cola llena el agua de esperma por aquí y por allá y el agua se vuelve lechosa; tenemos al pez que persigue los metales brillantes, unas caballas que brincan hacia fuera tan bien como las lisas, unas corvinas casi atómicas, tenemos por ejemplo el niquim o pez sapo, conocido por toda la costa del Recóncavo, un pez que no solamente fuma cigarros y puros, y prefiere los Tálvis y los Continental sin filtro, hoy desaparecidos, pero que también aguijonea peor que una mantarraya a quien le hurga las partes, provocando fiebre y escalofríos, eventualmente chorrillo, y tantas cosas; tenemos a los peces tiburones y a los cazones, que nunca pueden parar de nadar para no morir ahogados.

El santo que no creía en Dios

Es chistoso que yo sepa tanto de peces y casi no pesque ninguno, pero lo entiendo. Los peces pequeños para moqueca1 son: el carapicu, el garapau, el chicharro y la sardina. Entremezclados, pueden caer el baiacu y el barriga me-dói, de los cuales el primero es venenoso y el segundo ocasiona caca suelta y cólicos. Desde un puente igual a este, que ya tuvo épocas mejores, podemos esperar también peces de más de un palmo, pero menos de dos, que por aquí pasan, según lo que diga el rey de los peces, según esto o lo otro. Un budião, un cabeçudo, un frade, un barbeiro. Puede ser un robalo o una aguja o aun una morena, eso es difícil. Lo bueno de la pesca de peces pequeños es cuando están mordiendo verdaderamente, y nos sentamos en la rampa o entonces vamos enfriando las ingles en estas aguas de agosto y nos sentimos satisfechos con la aventura de pesca y no deseamos nada más en la vida.

O cuando estamos como aquí en esta canoa, sin que nada pique, sólo carrapatos. Entre estos peces pequeños de moqueca, se me olvidaba mencionar al carrapato, que no aparece mucho a no ser en ciertas épocas, y que debe haber recibido el nombre de carrapato justamente por ser un tormento infernal, como las garrapatas del aire. Especialmente porque ese pez carrapato tiene una boca más que descomunal para su tamaño, de tal modo que cuando ponemos un anzuelo para peces más grandes, digamos un vermelho, un olho-de-boi, un pez-tapa, algo decente, lo que nos viene allá desde abajo, pareciéndose a una mariposita colgada en la punta de la línea, es un carrapato. Eso da coraje.

Y estoy yo poniendo una línea de nylon que me llegó de Salvador por medio de Luiz Cuiúba, que me trajo esta línea verde y gruesa, con dos plomos de cuña y anzuelos sujetos por una especie de rosca de alambre, línea ésta que no me da confianza, ahora que se ve que es especialista en carrapatos. Pero tenemos una marea despreocupada, viene ahí septiembre con sus loros en el cielo y, con estos dos puños de camarón menudo que Sete Ratos me regaló, ato la canoa en los restos de la torre de petróleo y suelto la línea por la orilla, pues no me voy a dar el placer de arrojar esa línea extraña por encima de la cabeza como se debe, puede que alguien me vea. Desde aquí diviso la parte trasera de la iglesia y a unos niños como hormiguitas resbalándose en la arena descargada por los veleros de los pescadores, pero el ruido que hacen llega hasta mí después de la vista y así sus gritos parecen unas colas largas. Tenemos una cajetilla casi llena de cigarrillos; una jarrita de barro con agua, fresca, fresca; una botellita de aguardiente con limón; estamos sin calzones, el agua, si no fuera por la corriente de la marea, sería realmente un espejo; no falta nada y entonces nos ponemos el sombrero un poco encima de la nariz, acomodamos el cuerpo en la popa, amarramos la línea al tobillo y nos quedamos, pensando en la vida. Y entonces empiezan los carrapatos, que en un principio pensé que eran unos baiacus ladrones. Quien tiene dos anzuelos de los grandes, consiguió carnada gratis y su mujer ya tanteó y escogió la comida del mediodía, puede creer que no le va a dar importancia a un tirón leve en la línea. Ni a uno leve, ni a uno fuerte. Si quieres herrar, hazlo, si no quieres, no. Siempre pienso en eso, como todo mundo con criterio, pero no existe el santo que logre quedarse con aquellos fierros en el yunque sin moverse y tomar una medida. Ya lo sabemos: es un desgraciado baiacu. Si es, con tanta lata que dio, tratemos de arrancarle el anzuelo que el miserable se tragó y estropeó y tratemos de rascarle la barriga y, cuando se hinche, darle un porrazo, pisándolo con el talón. Pero como de hecho no es un baiacu, sino un carrapato subdesarrollado, un carrapatinho de mierda, con más boca que cualquier otra cosa, boca que ostenta soberbia un bello anzuelo preparado por lo menos para un pargo, no se puede hacer nada. Un carrapato como éstos uno se lo come de una sola dentellada, con mucho espacio de sobra, eso si valiera la pena esforzarse por asar a un infeliz como éstos. Y allá va el carrapato al charco del fondo de la canoa y, a partir de ese momento, tenemos un carrapato por segundo mordiendo el anzuelo, una fregadera total. Se fue formando un montoncito de carrapatinhos en el fondo de la canoa y entonces pensé que no sería yo quien iba a llegar con ellos a casa, porque seguramente me iban a preguntar si había espulgado la espalda de un burro viejo, y ni siquiera los gatos iban a querer comerse aquello. Puede que esa línea de Cuiúba sea realmente especialista en carrapatos, puede que sea lo que sea, pero llega a dar vergüenza eso de estar aquí fisgando esos carrapatos, de manera que sólo nos queda abrir el aguardiente, sacar el anzuelo del agua, verificar si vale la pena remar hasta el pescadero de Paparrão en este solazo, pensar por qué ir de prisa si el mundo no se va a acabar, y quedarse chupando la pachita de aguardiente, viva la fruta limón, que es curativa.

Y entonces el silencio aumenta y a un lado siento que hay algo de pie en los pilotes de la torre vieja y yo no había visto nada antes, y no podía tampoco ser por el aguardiente, pues mal había tomado dos tragos. Él estaba sosteniendo un palo cubierto de ostras con la mano derecha, de pie en una escora, con los pantalones arremangados, un sombrero viejo y unos tirantes por encima de la camisa.

—¡Ay caramba! —dije—. ¿Vino nadando y está seco?
—No vine nadando —dijo—. ¿Muchos peces?
Carrapatos pequeños.
—Mira allá —dijo, mostrando unos brillos en el agua en dirección a la Isla del Miedo—. Peces.

Órale, un cardumen de azeiteiras viene para acá muy orondo, costeando la ladera. Lo conocen porque rompe el agua a flor en un montón de pedacitos y aquello es como si fueran muchas láminas, navegando y brillando. Pero de estas azeiteiras, como de los peces que se conocen como solteiras, no se puede esperar que piquen anzuelos, ni siquiera que se mueran en la pesca con bombas.

Azeiteiras —dije—. Sólo si tuviéramos una buena red. Y más canoas y más brazos.
—Pero están saltando —dijo él, que tenía una sonrisa entusiasmada, posiblemente porque era difícil no darse cuenta de que el agua encima era como el acero de un espejo, sólo que un acero blando como el del termómetro, y entonces cada pez que subía era un orador. Entonces le dije, compadre, si usted tira un anzuelo y una de estas niñas grasosas lo pica, le armo una fiesta en el hotel—, por cierto, ¿cómo se llama usted?

Así nos pasamos un tiempo, porque a él le dio pena, me juraba que no le gustaba mentir, razón por la que prefería no presentarse, pero le dije que en mi canoa no aceptaba a nadie sin saber su nombre y que entonces se quedaría ahí el resto de la mañana, la tarde y la noche, varado en los pilotes, esperando que Dios le trajera buen tiempo. Pero qué interesante lo que dijiste, comentó suspirando.

—Se trata de lo siguiente —dijo suspirando de nuevo—. Es que yo soy Dios.

Mira, mira, nada más. Fue lo que dije, y los carrapatinhos, a los que les gusta hacer corrote-corrote con la garganta cuando uno saca la línea del agua, se pusieron muy excitados.

—Y aún hay más —continuó, con la expresión de quien está un poco enfadado.
—¿Ves aquí? No hay nada. ¿Ves algo aquí? ¡Nada! Muy bien, justo de aquí voy a sacar un montón de líneas y las voy a lanzar en medio de esas azeiteiras. Y dicho y hecho, más ligero que un trueno, alzó los brazos y dale que aparecen un montón de líneas de todos tipos saliendo de entre sus dedos, parecía un arcoíris. Entonces se puso hecho un monarca, mirando hacia mí con cara de quien dice no soy un principiante en esto de la pesca y los pescados. Pero, ¿qué fue lo que pasó? Lo que pasó fue que en ese mismo instante cada uno de los anzuelos que arrojó fue mordido por un carrapato y, cuando los jaló, vino toda aquella carrapatada en medio de la canoa. Me reí, cuá-cuá-cuá, ¿no ves que sólo tenemos carrapatos? Carrapatos, carrapatos, dije, ¿ya ve usted cara de tonto? Pero él aceptó el reto.

—No, no se confíe —dijo—, que le ordeno al pez que le dé una trompada.
—Trompada dada, trompada respondida —dije.

Para qué hablé, amigo, pues me salió un mero fuera de toda medida, salió ese mero de cerca del pilote, dando un brinco como sólo lo hacen los cavacos y me lanzó un coletazo en la cara que me la dejó roja por dos días.

—De donde salió, ¡salen doce docenas más! —dijo riéndose, y el mero se quedó a unas tres brazas de la canoa, mostrando las encías con cara de lamehuevos.
—No se busque problemas —dijo—. O mando que le den un baño en la cara.
—Pues mándeme su baño —dije yo, que a veces pienso que no tengo inteligencia.

Pues que me manda su tal baño, y que viene una ola de la parte de Ponta da Nossa Señora, inclinando como una lechuga enojada la punta de la corona, y le propinó tamaño trancazo a la canoa que permanecimos flotando en el aire durante varios momentos.

—¿Qué tal? —dijo—. Soy Dios y estoy aquí para tomar un par de medidas, ¿sabe usted dónde queda la feria de Maragogipe?
—Ni qué feria de Maragogipe ni de Gogiperama ni qué ocho cuartos —dije, más que enfurecido, y me fui encima del tipo a golpes, y en eso, que se me escurre como agua y me surte más de cuatrocientos guamazos bien medidos, equivalente a un rehilete enloquecido y, cada vez que me paraba, cada vez que me llegaba otro porrazo bien colocado. La cosa terminó cuando los dos nos caímos de las nubes, no sé cuál traía más polvo alrededor de la grupa. Durante la caída, me propinó unos dos manazos más y me dijo: ¿Está convertido, convencido, enterado, apercibido, asimilado, aclarado, explicado, dilucidado, comprendido, hijo de puta? Y le dije sí, señor, primero Dios. Deje de hablar de mí, canalla, dijo, si no le rompo todo a madrazos. Póngase a rezar un padrenuestro antes de que me enoje, dijo. Calle esa matraca, dijo. Entonces me fui convenciendo, incluso porque él ya había ido perdiendo la paciencia, aunque se veía que era una buena persona. Me explicó que, si quisiera, podría caminar sobre el mar, pero que ese comportamiento era demasiado escandaloso y podía llamar la atención. Que cualquier cosa que se proponía hacer, la hacía, y que no  me hiciera tarugo, y que, si quisiera, convertiría a todos aquellos carrapatos en lindos robalos frescos. Entonces me quejé que de ahí a Maragogipe era un buen y que era más fácil que apareciera un delfín para que nos jalara, que lograr llegar allá antes de que acabara la feria, y entonces que mete dos dedos dentro del agua y la canoa sale como si fuera una lancha de la Marina, zumbando por encima de los rasos y empinando la proa como si fuera una cosa viva, quizás un hombre. Me pareció falta de educación no ofrecerle un trago de la pachita, pero me dijo que no tenía ganas de beber.

Entonces vamos llegando muy rápidamente a Maragogipe y que Dios jala la anclita, y riega muchos carrapatos por todos lados, para alegría de los cangrejos que por allí pastan, y sale como un pez-volador. A mitad del camino, pasa muy desencalmado y salva dos almas de un solo toque, una cosa hecha de pasada, como sólo alguien que tiene mucha práctica puede hacer, algo que viene con la experiencia. Porque ni siquiera estaba mirando a esas dos almas, pero al pasar le dio un toque en la oreja a cada una y las dos salieron inmediatamente volando, igual que un martín pescador después del clavado. Pero entonces se quedó sin saber a dónde iba, en la orilla de la feria, y yo de inmediato me acerqué.

—Hay un muchacho aquí —dijo Dios, rascándose la cabeza un poco sin gracia — que necesito ver.
—Pero, ¿por qué no hace un milagro y encuentra a esa persona de una vez? —le pregunté, hablándole de usted, porque no iba a tutear a Dios, pero también no quería pasar por tarugo, en caso de que no se tratara de él.
—No soporto hacer milagros —dijo—. No soy mago. Y ¿por qué se queda ahí diciendo tonterías en lugar de ayudarme?

En ese momento ya casi me estaba enojando, pero algo hizo que no lo mandara a aquel lugar, por hablarme de esa manera tan maleducada. Y es que, siendo él Dios, había que respetarlo. Miento: había tres motivos, dos además de éste. El segundo es que pensé que él, siendo carpintero de profesión, no estaba acostumbrado a refinamientos, el carpinche por lo general no alimenta mucho la plática ni le gustan las ceremonias. El tercero es que, justamente por esa profesión y creo que por su propia extracción, era bastante desarrolladito, más bien, mejor dicho, era una garrocha de hombre enormísimo, ¿y a quién se le iba a olvidar aquella lluvia de guamazos? Y si de repente me maldice como la higuera y salgo de ahí por lo menos con una pierna cucha, entonces mejor vamos a tratarlo bien, ¿a quién le molestan esas tonterías? Indagué con mucha cordialidad cómo podría ayudarlo a encontrar a esa bendita criatura que estaba buscando justamente en la feria de Maragogipe, en medio de cajus y piloncillos, que me disculpara, pero que por lo menos me dijera el nombre del hombre y el propósito de su búsqueda. Me miró así a la cara, esbozó casi una sonrisa y me explicó que me iba a contar todo, porque sentía que era un hombre derecho, aunque fuera más teporocho que pescador. En otras situaciones, podría pedir que se guardara el secreto, pero en mi caso sabía que no serviría de nada y no quería obligarme a hacer promesas vanas. Que entonces, si quería, podría contárselo a todo mundo, de cualquier manera nadie me iba a creer, así que le daba igual. Y que escuchara todo muy bien y entendiera todo luego luego, para que no necesitara repetir y no se molestara. Pero Dios: ¡ay, usted no sabe nada, mi amigo!, la situación de Dios no es buena. Imagínese, ya es difícil ser santo, qué será ser Dios. Después de que hice todo esto que ve, todo mundo quiere que resuelva todos sus problemas, pero la cuestión es que ya les enseñé cómo resolverlos y quienes tienen que hacerlo son ustedes; si no, si yo lo resolviera todo, ¿qué chiste tendría? ¿Son o no son hombres? Si se tratara de que fueran ángeles, hubiera hecho ángeles a todos de una vez, en lugar de buscarme tanta lata con ustedes, que les doy todo en bandeja de plata y ustedes arman el peor desbarajuste. Pero, no: hice hombres, hice mujeres, hice niños, les entregué el destino: aquí está, sigan adelante, todo con libertad. Entonces ustedes mismos arman la peor de las situaciones posibles, con todo mundo pasando hambres sin necesidad y cada cual más ordinario que el otro, ¿y resulta que el culpable soy yo? Incluso, todo el tiempo tengo de soportar que me den consejos: si yo fuera Dios, haría esto, si fuera Dios haría lo otro. Dios no existe porque ahí está esa injusticia y esa otra y yo hubiera planeado todo eso mucho mejor y por ahí sigue la cosa. Ahora bien, vea usted que quien habla así es un tipo de gente que no puede ni siquiera resolver un problema del rol de juegos del campeonato, lo sé porque estoy harto de escuchar oraciones por el futbol, suelo mandar desconectar el canal, con excepción de algunos casos. Todos los días digo: basta, ya no me meto más. Pero me da lástima, les acaricio la cabeza, un padre es un padre, esas cosas. Ahora, milagros sólo como último recurso. ¿Tendría chiste andar por ahí haciendo milagros? Por cierto, hay muchos de los que me arrepiento por la propaganda estúpida que les hacen, porque de otra manera armaba luego luego un gran milagro y todo mundo se volvía ángel y se iba al cielo, pero no se las voy a poner tan fácil, todos lo quieren peladito y en la boca. Con esas facilidades, voy y descreo todo de una vez y listo; ya nadie está creado, nadie tiene alma, pensamiento ni voluntad; me quedo yo solito por ahí en medio de las estrellas pasándola bien, por cierto, extraño eso muchísimo. Pero no puedo fastidiarme de esa manera, necesito tener paciencia. Si no, dijo, si no… y mencionó que iba a dar un puñetazo con una mano en la palma de la otra y yo aquí sólo rezando para que no diera el golpe, porque, si lo hiciera, por lo menos la refinería de Mataripe iría a volar por los aires, pero afortunadamente no lo hizo, gracias a Dios.

El santo que no creía en Dios

Entonces, me explicó Dios, me la paso buscando un santo por aquí, un santo por allá, y hasta parece que soy yo quien necesita ayuda, pero no soy yo, son ustedes, bueno, en fin. Ahora bien, es necesario que me entienda: santo es el que hace algo por los demás, porque solamente cuando se hace algo por los demás, se hace algo por uno mismo, al contrario de lo que muchos piensan por ahí. Gracias a mí, de vez en cuando aparece un santo, porque de otra manera llegaría yo a pensar que había hecho mal todos mis cálculos. Hacer algo por mí es más o menos lo siguiente: es no avergonzarme de haberlos hecho a ustedes iguales a mí, es todo lo que pido, es poco, ¿verdad? Entonces aprecio mucho a quienes colaboran para arreglar esa situación. Pero, bueno, sin milagros. Ese asunto de los milagros es para la providencia, es una cuestión de emergencia, una correccioncita que uno ofrece. La gente no entiende que cada que hago un milagro hay que reajustarlo todo, es un trabajal que no acaba, uno se agota. Si le meneas aquí, hay que moverle allá, es un infierno, con perdón de la mala palabra. Los santos andan escasísimos. Cuando encuentro uno, alzo las manos.

Habiendo yo preguntado cómo alzaba las manos y habiendo él contestado que yo no entendía nada de la Santísima Trinidad y que me callara, me explicó que buscaba a un cierto Quinca, conocido como el de las Mulas, que trabajaba por ahí. Pero, ¿cómo es ese Quinca?, pregunté, ¡no puede ser el mismo Quinca! Pues a ese Quinca le decían de las Mulas justamente porque vivía entre burros y mulas. Al principio, hubiera podido ser un muchacho rico, pero anduvo dándoselo todo a los demás y se pasó el tiempo armando relajos, enseñando tonterías e insistiendo en echarles una mano a todos los que, según él, eran buenas personas, siendo que estas buenas personas suyas eran todos unos mediocres malvivientes. Pero nadie le hacía nada porque el pueblo lo quería mucho y, cuando hablaba, todo mundo lo escuchaba. Además, se gastaba todo con los otros y vivía riéndose y se bañaba poco y era un hombre desaforado y bebía bastante, aunque sólo en las horas que escogía, nunca en otras. Y, para acabar, todo mundo sabía que no creía en Dios, incluso se peleaba bastante con el padre Manuel, que es una persona muy fina que siempre lo sobrelleva.

—Yo lo sé —contestó Dios—. Es una dificultad más.

Y, de hecho, fuimos viendo desde ahí que la vida de Dios y de los santos es muy dificultosa, porque tuvimos que catear toda la feria detrás del mentado Quinca, y siempre por donde pasábamos él ya había pasado. Lo encontraron en un puesto diciéndole cosas a la mujer de Lóide, aquella otra santa, que ella fingía que eran boberías, pero la estaba convenciendo y entonces vi que aquello iba a acabar en problemas. Míralo ahí, apunté, está ocasionando divergencias. Es cierto, dijo Dios con una mirada de gran satisfacción, alguna vez también dije que había venido a separar hombres de mujeres. No me importa, preséntamelo.

Y entonces tuvimos un bello día,  porque después de la presentación parece que Quinca ya se había echado unos tragos y nos fuimos a comer un sarapatel,2 todo en la mayor camaradería, porque se notaba que Dios le había caído bien a Quinca y Quinca a Dios, de tal forma que rápidamente se volvieron muy muy amigos y fue una plática animosa de la que a veces yo me quedaba medio apartado, ellos tenían mucho que discursar. Y dale al sarapatel hasta las tres y todo mundo ya con la panza altamente inflada, cuando Quinca decide tomarse la del estribo con Dios y esa última es, nada más ni nada menos, que en casa de Adalberta, donde hay mujeres putas. En ese momento, mi obligación, porque veo que Dios está muy distraído, y puede que no esté acostumbrado a esos aguardientes de Santo Amaro de los que se tomó más de una veintena, es avisarle. Llamé a Dios a un ladito del puesto mientras Quinca orinaba y le dije, mira eres nuevo por aquí, cuando mucho sólo te conocíamos de la misa, de manera que esa Adalberta, no sé si lo sabes, es madama, no creo que se vea bien, no me molesta en lo absoluto, pero como amigo te aviso, nada me cuesta. Órale, chamaco, te dan miedo las mujeres, dijo Dios, que estaba más que felicísimo y, si no fuera Dios, yo hasta iba a pensar que era un poco el efecto de la bebida. Pero, si es él quien habla de esa manera, no soy nadie para llevarle la contra, a lo mejor por allá habría alguna muchachita llamada Magdalena, decidí continuar y ya no preguntar nada más.

El santo que no creía en Dios

Pues tomaron más y tuvieron mucho éxito con las mujeres y eran unas risotadas, algo de veras desproporcionado, y había incluso servicio de comida con un molho pardo3 después de las seis, que el hambre arreció de nuevo, y bastante música. A cada refrán que Quinca lanzaba, con otro refrán Dios le contestaba, era una farra lindísima, pero sin maldad, y Dios sabía más sambas de roda que cualquier persona, les leyó las manos a varios presentes, recitó, contó anécdotas, imitó a los pajaritos a la perfección, improvisó versos, rápidamente se volvió estimadísimo. Yo, que estaba de pegote bebiendo gratis y ya había aprendido que era mejor permanecer callado, pude ver de reojo que él estaba haciendo unos milagros disfrazados, a mí sí que no me puede engañar. Todas las mujeres parece que mejoraron en su belleza, el ambiente se hizo muy muy ligero, la cerveza parecía que acababa de salir del congelador pero sin hacerse hielo y, estoy seguro, aunque no lo pueda probar, que por lo menos debe de haber curado unas dos blenorragias, sólo con la mirada de simpatía que daba. Y tuvimos así un magnífico intercambio de palabras y ya pasaban de las once cuando Quinca invitó a Dios a ver a las mulas, y las fueron viendo y parecía que Dios, antes de hacer el mundo, había sido arriero. Y decía, esa se tropieza y esa no se tropieza, esa se sienta y esa no se sienta, esa tiene la andadura tiesa, esa pisa pesado, esa está vieja, en fin, parecía un congreso de muleros, la pura verdad.

Y es así como llega la injusticia, porque, a esas alturas del partido, yo ya sabía que Dios había venido a llamar a Quinca para ser santo y que era un trabajo de los mil carambas, nada más lo que tuvo que estudiar sobre mulas y las tantas sambas de roda que tuvo que aprenderse de memoria, debe de haber sido una friega. Pero yo ya me esperaba que, de un momento a otro, Dios le iría a decir las veras al tal Quinca de las Mulas. Como de hecho pasó, en una rato que la plática se detuvo y Quinca estaba sólo chasqueando la lengua con la  cachaça y mirando al espacio, Dios, como que no quiere la cosa, le echó el rollo de que era Dios, y que esto y que lo otro.

Ay, ¿y para qué? Para que Quinca le dijera que no creía en Dios. Y para que Dios dijera, al comienzo con mucha paciencia, que era Dios realmente y que lo iba a probar. Hizo unos dos milagros sólo de efecto, pero Quinca dijo que eran trucos y que, por encima de todo, el hombre era hombre y, si necesitaba milagros, no era hombre. Dios, por una cuestión de honestidad, aunque en ese momento su corazón le mandaba ir en contra, estuvo de acuerdo. Entonces, de una vez camina sobre las aguas y déjame en paz, dijo Quinca. A mí sólo me preocupaba la falta de paciencia de Dios, porque, si se irritaba, mejor quería estar por lo menos en Valença y no aquí ahora. Pero él sólo que patatí-patatá, que porque ser santo era súper, que había que hacer sacrificios pero que también había recompensas, que dejara aquella babosada de que Dios no existe, sólo le faltó prometerle una comisión de diez por ciento. Pero Quinca se negaba y la cosa se fue poniendo color de hormiga y los dos fueron caminando hacia afuera, cuchicheando entre ellos, y de repente se hicieron de palabras. Yo, que me había quedado sentado lejos, sólo oía los gritos, medio dispersos por el viento.

—¡Tienes que hacerte santo, desgraciado! —gritaba Dios.
—¡Hazte las ilusiones! —decía Quinca.

Y me imaginaba la golpiza, sólo por el ruido, y pensaba que, si Dios no vencía en la conversación, por lo menos vencería en los golpes, yo ya lo había probado. Pero no era así de fácil. Desde las doce y media de la noche hasta cerca de las cuatro sólo se oía aquella pelea: ¡no seas burro, desgraciado! ¡Cállate la boca, mentiroso!, y por ahí iba la cosa. Sólo sé que, más o menos a la cinco de la mañana, llegó Gerdásia del mercado trayendo un atole que iba a vender en el parque y me hizo la caridad de regalarme un poco a mí y a Dios, por cierto, Dios toma atole como si se fuera a acabar mañana y ya no hubiera más tiempo. Los dos decidieron darse un apretón de manos, aunque no resolvieron nada más: ni Dios desistía de llamar a Quinca para el puesto de santo, ni Quinca quería aceptar ese puesto.

—Muy bien —dijo Dios, después  de que un montón de veces todos dijeron que ya se iban, pero se enganchaban de nuevo en unos restos de conversación y regresaban.
—Volveré aquí otra vez.
—Sí, regresa, puedes regresar, tendrás comida y bebida —dijo Quinca—, pero ¡no me vas a convencer!
—Muchacho, ¡ya deja de ser como tus mulas! 
—¡Puedo ser mula, pero no tengo cara de burro!

Y entonces hubo más guamazos, pero cuando el día se puso joven, ahí por las seis o siete de la mañana, ya estábamos Dios y yo navegando de regreso a Itaparica, y ninguno de los dos decía nada. Él porque había fracasado en su misión, yo porque a mí no me gusta ver a un amigo derrotado. Pero, en el momento en que pasábamos por las laderas del Fuerte, casi olvidados de la vida por la belleza, me miró con gran simpatía y dijo: ni que fracaso ni que nada, muchacho. Yo no dije nada, comenté. Pero lo sentiste, dijo él. No te preocupes, dijo, no toda pesca rinde pescados. Y entonces se volvió azul, se esfumó, subió por los aires y desapareció en el cielo. n

João Ubaldo Ribeiro. Uno de los más importantes escritores brasileños contemporáneos, autor de clásicos como Viva o povo brasileiro y Sargento Getúlio. Ha escrito más de 15 libros, traducidos en 16 países. Es miembro de la Academia Brasileira de Letras y vencedor del Premio Camões 2008, el más importante de la lengua portuguesa. 

Este cuento fue incluido en el libro Já podeis da pátria filhos e outras histórias, Nova Fronteira, Río de Janeiro, 1991. La película Dios es brasileño, dirigida por Cacá Diegues, producida en 2002, se basó en este cuento.

Traducción de Regina Crespo y Rodolfo Mata


1 Moqueca, guisado de pescado o mariscos que se hace con leche de coco, aceite de una palma llamada dendê, cebolla, tomate, cilantro, pimienta negra y pimentón. Es un plato típico de la culinaria brasileña originario del nordeste (N. de los T.)
2 Sarapatel, guisado hecho con tripas, menudencias y sangre de puerco o de carnero, muy condimentado (N. de los T.)
3 Molho pardo, guisado de gallina, típico del nordeste, que va acompañado con una salsa preparada con la sangre del animal (N. de los T.)

Ilustraciones de Óliver Flores.

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