Al principio todo era expectación para los viajeros a Marte. Pero pronto, en cosa de treinta años, ese paraíso soñado se volvió ceniciento. Con las primeras expediciones los marcianos comenzaron a cantar canciones en un idioma desconocido y a imaginar cosas de formas insólitas que aprendían en sueños. Hubo incidentes, como el de la señora K, que se enamoró de un humano de características completamente ridículas: ojos azules, 1.80 metros de estatura y pelo negro. “La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta”, contó un día su sueño al marido. Él supo entonces que todo estaba perdido y, fingiendo que no le creía, que la tomaba por loca, salió con su arma marciana, desapareció tras “las colinas del tiempo” y mató al astronauta. Las inquietudes y los calores oníricos de la señora K cesaron de pronto, pero la invasión había comenzado y nada detendría el éxodo terrícola. Él, el señor K, lo sabía, pero no podría matarlos a todos para preservar su mundo de “vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”, como describe Borges al planeta rojo. Llegaron cientos, miles, millones de humanos. Construyeron ciudades enteras, con materiales que traían de la Tierra (“cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregon...
veinticinco mil metros de abeto de California”), réplicas idénticas de pueblos polvorientos. “Parecía a veces que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de Iowa, y en un abrir y cerrar de ojos un ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, sin una sacudida”. Los niños humanos (plaga horrenda) jugaban a meterse en las ciudades marcianas aniquiladas, a aplastar huesos ennegrecidos, a usar las costillas, la caja torácica de los muertos como marimbas, antes de que llegaran los bomberos a quemarlo todo. Los marcianos estaban ahí, enfrente, como espectros translúcidos, habitando un universo paralelo, hasta que poco a poco se fueron extinguiendo. Un día, un hombre llevó a sus hijos de día de campo para mostrarles los marcianos y, ante sus miradas divertidas, les enseñó sus propias imágenes reflejadas en el lago; porque ellos eran ahora dueños del planeta rojo.
Suscripción plus
Este artículo está disponible sólo para suscriptores
Si ya tienes una suscripción puedes iniciar sesión aquí.
Suscríbete
Suscripción plus
(impresa y digital)
1 año por $ 799 MXN
Entrega de la edición impresa*
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
*Para envíos internacionales aplica un cargo extra, la tarifa se actualizará al seleccionar la dirección de envío
Suscripción digital
1 año por $ 399 MXN
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
¿Eres suscriptor de la revista y aún no tienes tu nuevo registro?
Para obtenerlo, sólo tienes que validar tus datos o escribe a soporte@nexos.com.mx.