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Juan es padre de un niño y una niña aún pequeños, casado con Natalia, una mujer bella pero gélida. El matrimonio ha llegado a un punto de aparente no retorno, una deseada normalidad. Juan demuestra un comportamiento de violencia desmedida hacia uno de sus perros —Martita, la más inteligente, a la que muele a golpes—, cierta adicción a la pornografía en línea y un deseo de relaciones sexuales contra natura —por detroit, recurriendo a su propio parlamento—, en tanto Natalia se muestra indispuesta a la intimidad. Rut y Eleazar, sus hijos —en la realidad los hijos del propio director de la película—, son una suerte de lunas o estrellas que orbitan a los planetas errantes que son sus padres, habitantes de una hermosa casa en Tepoztlán. Y es allí, en un paraje de belleza insólita convertido en campo de futbol y pastoreo, donde comienza Post tenebras lux (2012), el cuarto largometraje de Carlos Reygadas (ciudad de México, 1971).

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Más que contarnos la historia de la confusión de Juan y su familia, Reygadas nos ofrece una serie de montajes: cuadros en movimiento que nos muestran situaciones límite, protagonizadas por el mencionado cuarteto —en particular por Juan y su vida posible, imposible, imaginada y/u onírica— y por otros personajes, entre los que sobresale El Siete, talador ilegal de árboles, drogadicto y alcohólico en recuperación, ratero y asesino potencial, cuya familia descompuesta es un contrapunto a la familia en crisis de Juan.

Ubicada en varios territorios —el real, el onírico y el de las posibilidades futuras, amén del alegórico—, Post tenebras lux renuncia a la narrativa fílmica convencional y le ofrece al espectador la posibilidad y/o el reto de ensamblar por sí mismo un rompecabezas de una belleza visual y sonora sin parangón, si bien el encanto estético se disuelve apenas los personajes se manifiestan y hablan, y es aquí donde comienzan los problemas.

Llegados al espacio crítico de esta reseña, resaltemos, primero, las virtudes, que son varias y contundentes, de Post tenebras lux. Amado y odiado a la vez por los espectadores desde el estreno de Japón (2002), celebrado y vilipendiado por la crítica sobre todo a partir del lanzamiento de Luz silenciosa (2007) y su tercer regreso pródigo a Cannes, Reygadas, independientemente de lo que opinemos de él y de sus filmes, no nos resulta indiferente: hay que ver lo que hace. Si se trata de un enfant terrible o de un provocador, eso es lo de menos: los escándalos a los que llama el corpus fílmico de Reygadas son propios de cualquier creación que se desvía de la convención de manera deliberada, como sucede con Post tenebras lux, filme en el cual sería muy difícil encontrar un accidente creativo-estético: todo ahí está colocado en su justo sitio, de manera casi quirúrgica.

Al igual que en Luz silenciosa, es Alexis Zabé el encargado de la portentosa fotografía de Post tenebras lux, cuyos claroscuros se hacen patentes desde la primera, prolongada y notable secuencia —una obra maestra—, en la que la niña Rut convive con vacas y perros propios y callejeros, con la caída de la noche y la aparición de sus sonidos, registrados con una maestría pocas veces escuchada. A partir de este momento no habrá falla visual ni sonora. Estamos ante un filme que deslumbra desde su trinchera técnica. Lo mismo ocurre en la segunda secuencia, en la cual un demonio rojo y estirado y digitalizado recorre un departamento, caja de herramientas en mano, hasta encontrarse con el niño (¿Juan?) que lo sueña o lo contempla durante unos instantes. Sentadas las premisas, todo pareciera indicar que viviremos una experiencia estética asombrosa, acaso exquisita.

Pero más allá de los desplantes de dominio técnico, lo que en realidad debemos preguntarnos es si Post tenebras lux es una obra lograda, una buena película, y es en este punto donde nos adentramos en las tinieblas, en los vicios o defectos de Reygadas.

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Como en Japón y en Batalla en el cielo (2005), en Post tenebras lux Reygadas se adentra en el terreno del encontronazo de clases, por un lado, y de un imaginario sexual tabú trasladado al campo de la realidad aparente o posible, por el otro. En el primer caso, una vez más se recurre a la contratación de no-actores para representarse ya sea a sí mismos o a la idea que Reygadas tiene de ellos y del rol que juegan en su película (que no es Dogme ni Cinema povera, sino un capricho sin escuela, luego caótico en extremo): Juan y El Siete (Adolfo Jiménez Castro y Willebaldo Torres) se complementan y, más que antitéticos, son uno mismo, aunque hablen y se manifiesten de forma distinta. De igual modo, el retrato de la burguesía dominante —cuna aceptada del director, como puede verse en su cortometraje Este no es el reino (2010) y que parece un borrador de la entrega aquí reseñada— es tan chocante, preciso y apologético, que produce náuseas. Esto es lo que en realidad provoca al espectador y puede hacerlo odiar la película; eso y no la borrachera y exposición descarnada de los pueblerinos dominados.

En el segundo caso, Natalia, el personaje encarnado por Nathalia Acevedo y que hace la vez de esposa de Juan, es no sólo un miscast sino una especie de piedra parlante en el camino, cuyo único atributo es la develación y el sometimiento de su belleza física en una secuencia que ocurre en un baño, tal vez francés, de intercambio de parejas (esto no ocurre con Ana, el logrado personaje que representa la amateur Anapola Mushkadiz en la infravalorada Batalla en el cielo). Más aún: el personaje de Natalia termina de sacar de balance los malabares técnicos de Post tenebras lux, y uno quisiera que Reygadas hubiera recurrido a las voces en off a la Malick o a algún otro recurso para no caerse de la cuerda floja, puesta tan lejos del suelo.

Más que la pretensión (alcanzada una y otra vez, lo cual la convierte en pecata minuta), el problema de Post tenebras lux es la inconsistencia: si Reygadas buscaba retratar y registrar la belleza del entorno que rodea a sus personajes, lo consigue de manera superlativa, si bien dicha belleza se desintegra ante el malogrado tono documental del filme y un dominio laxo sobre sus protagonistas —para no decir una dirección actoral nula, no ante la provocación, que es sólo ruido, aunque ruido virtuoso, a ratos fallido.


David Miklos.
Escritor. Su libro más reciente es Brama.