En la casa donde nací, una jacaranda esperaba afuera. Siempre abanicando un hola; siempre murmurando un adiós. Cuando era niña solía pensar que era un gigante. Tan alta y fuerte, con sus hojas de confeti durante el otoño, y sus flores de color lila lloviendo en primavera. Luego, al ir creciendo, fui memorizando cada rama, cada pequeña cicatriz del árbol. Aprendí a escalar árboles en sus brazos y a jugar con los insectos que la habitaban, entonces “rescataba” a las catarinas que se escondían en su cuerpo y las transportaba a un refugio hecho con las eternas flores que alfombraban el piso. La jacaranda era mi compañera de juego favorita y nos divertíamos mucho juntas, ¡o al menos una de las dos lo hacía!
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