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En la casa donde nací, una jacaranda esperaba afuera. Siempre abanicando un hola; siempre murmurando un adiós. Cuando era niña solía pensar que era un gigante. Tan alta y fuerte, con sus hojas de confeti durante el otoño, y sus flores de color lila lloviendo en primavera. Luego, al ir creciendo, fui memorizando cada rama, cada pequeña cicatriz del árbol. Aprendí a escalar árboles en sus brazos y a jugar con los insectos que la habitaban, entonces “rescataba” a las catarinas que se escondían en su cuerpo y las transportaba a un refugio hecho con las eternas flores que alfombraban el piso. La jacaranda era mi compañera de juego favorita y nos divertíamos mucho juntas, ¡o al menos una de las dos lo hacía!

Jacaranda

Me fui haciendo mayor y lo último que me interesaba era pasar más tiempo corriendo alrededor del árbol, buscar insectos o leer bajo su sombra. A veces hasta me parecía bastante molesta pues tenía que limpiar el piso varias veces a la semana cuando la jacaranda florecía. Si no lo hacía, las flores muertas se convertían en un peligro para la gente que caminaba por la calle, además, también podían bloquear las coladeras y había pocas cosas tan incómodas como la calle inundada. Mi hermosa jacaranda se había convertido en una tarea que me mantenía alejada de los amigos… o, peor aún, de la televisión.

Un día, mientras me quejaba del infortunio que significaba encargarme del árbol, mi abuela escuchó mis quejas y sólo tuvo a bien mostrarme su enorme sonrisa. Me sentí traicionada y enojada con ella, ¡cómo se atrevía a divertirse con mi sufrimiento! Al contrario, me explicó, se sentía identificada conmigo porque muchos años antes ella también había tenido que cuidar a sus propios árboles. En Cuba, donde nació y creció, su familia vivía en una casa rodeada por un escudo lila. Cuando era pequeña le molestaba no poder sembrar otras plantas debajo de las jacarandas, y sentía que eran los árboles más egoístas de los que se tuviera memoria. A ella le gustaban las flores y quería que su vida estuviera rodeada de muchos colores, no sólo el lila de temporada. Ella quería rosas, geranios, margaritas. Ni siquiera el pasto crecía debajo de las jacarandas y algunas, incluso, levantaban el piso con sus fuertes raíces. “Son iguales a nosotros”, le dijo su padre, “fuertes y solitarias”.

“No les guardes rencor”, abogó por ellas. Y luego procedió a explicar algunas de las bondades de esos árboles. “Alégrate de tenerlas cerca. Es cierto que es molesto no tener todas las otras flores que te gustaría, pero enfocarte en el lado negativo no te va a llevar a ninguna parte. Es mejor pensar que, al contrario de las flores pequeñas, las jacarandas proporcionan protección contra el sol y el calor, les sirven como casa a los colibríes que anidan en sus copas, y también hacen brisa los vientos fuertes. Además, mira”, le dijo mi bisabuelo tomando una de las pequeñas flores que yacía en el suelo, “¿escuchas su música?”, conocía bien a su hija y sabía cuánto le gustaba cantar. “¿Música?”, preguntó mi abuela en su voz de niñita. “Sí, las jacarandas son los árboles más musicales del planeta. ¿Ves?, hasta sus flores tienen forma de trompeta”, le informó mientras se recargaba en el árbol. “Ven aquí, siéntate conmigo y quédate calladita”, mi abuela obedeció pues en todo caso era cierto: las flores parecían trompetitas. Después de un rato pudo escuchar la melodía. ¡Era verdad, las jacarandas producían el concierto más bello que había escuchado!

Aquel día se prometió que nunca volvería a ver las cosas desde un solo ángulo. Estaba dispuesta a darles otra oportunidad a las jacarandas ya que, de todas formas, las demás flores podían ser plantadas en otro lugar. Esa misma tarde, mientras caminaban hacia la casa, su padre le contó también la leyenda de la jacaranda. De acuerdo con ella, se debe pedir un deseo al pasar por debajo del árbol; si una de sus flores cae sobre la cabeza, el deseo se hará realidad. Sin embargo, se tiene que dar algo a cambio del favor recibido.

La historia de mi abuela hizo que me olvidara por completo de mis quejas, pero tenía curiosidad sobre una cosa. “¿Alguna vez te cayó una flor en la cabeza?”, le pregunté con la necesidad de indagar sobre lo que realmente me intrigaba. “Sí, sí, varias flores”, respondió sonriendo. “¿Y entonces qué pediste?”, quería conocer lo que mi abuela soñaba cuando era casi de mi edad. “No, mi amor, la leyenda prohíbe contarles a los demás tus deseos; ésos sólo le pertenecen a cada quien, y al árbol, claro. Pero te diré algo: justo en este momento estoy muy cerquita de uno de mis deseos”. Aunque la historia me tenía encantada, en ese momento no la entendí muy bien. Seguramente mi abuela se dio cuenta pues, suspirando, puso fin a todas las preguntas que estaba empezando a murmurar: “algún día lo entenderás”.

El relato de mi abuela permaneció escondido en mi mente, pero cada vez que pasaba por debajo de una jacaranda pedía un deseo. Nada sucedía, por supuesto, ni siquiera una semilla caía cerca de mí. Mi abuela murió cuando el invierno estaba terminando y la temporada de jacarandas empezaba a florecer. Con un poco de resentimiento vi cómo las copas de los árboles adquirían sus tonalidades lilas; su presencia me hacía recordar constantemente las historias de mi abuela y no podía sino culpar a las jacarandas que continuaban con su vida como si nada. Era tan doloroso que decidí que debía alejarme de la ciudad.

De alguna manera terminé viviendo en Los Ángeles, donde las jacarandas florecen a mitad de la primavera y donde, por primera vez, una flor de jacaranda cayó sobre mi cabeza. De repente el mundo se detuvo. ¡Tantos años esperando ese momento para que se me olvidara pedir un deseo! Me quedé inmóvil y, al tratar de tomar aire para controlarme, dejé pasar otra flor deseando haber deseado el deseo de la primera. De pronto sopló un viento constante que desprendió cientos de flores y, aún así, yo sólo fui capaz de desear una cosa, el mismo anhelo que he tenido desde que mi abuela me contó la leyenda de la jacaranda. Levanté la vista hacia el árbol y parecía como si pudiera hablar con él. Los dos sabíamos cuál era mi deseo, y también los dos entendimos que ése sería nuestro secreto para siempre.

Ahora sé que los deseos sí pueden cumplirse. Yo siempre recordaré el mío y, con él, la sonrisa de mi abuela cada vez que miro las hermosas jacarandas. Sí, abuela, tenías razón: los sueños se hacen realidad. Pero también tenías razón y hay que dar algo a cambio. Y yo te extraño tanto.

Ana Lucía Guerrero. Internacionalista. Actualmente estudia la maestría en ciencia política en la Universidad Estatal de California. Fue asesora del secretario de Gobernación (2010-2011).

 

 

Un comentario en “Jacaranda

  1. ME ENCANTAN LAS JACARANDAS Y SIEMPRE EN CASA HE QUERIDO TENER UNA, Y EN ESTE AÑO AUN SU TALLO ES DELGADO Y ALCANZA UNA ALTURA DE 2.5 MTS. A TARDADO AÑOS EN PODER CRECER PERO LLEGA EL INVIERNO Y SE SECA Y VUELVE A SALIR ESTE AÑO EL HIELO NO LE HIZO NADA Y ESPERO CON ANSIA VERLA FLORECER, ESTA HISTORIA ES VERDADERAMENTE HERMOSA, DEBERMOS APRENDER AMAR NUESTRO ENTORNO.