Son las diez de la noche, el concierto debía haber empezado a las nueve, y Ron Peterson* no aparece. Salvo por el impaciente quinteto y un par de universitarios melancólicos, el Bar Luca está desierto. La gente empieza a recoger sus cosas, y sólo entonces, como si hubiera planeado un examen de lealtad, Peterson irrumpe en el bar. Es robusto, y lleva el cabello castaño partido a la derecha, fijado con una generosa dosis de gel. Taciturno, murmura disculpas entre dientes, mientras ensambla distraído su clarinete.
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