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El 13 de noviembre de 1808 el filósofo inglés Jeremy Bentham, a la sazón de casi 60 años de edad, padre del utilitarismo, reformador, codificador e implacable crítico de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de los revolucionarios franceses, le escribió al barón Holland una larga carta en la cual le pedía su intercesión con el gobierno español, con el fin de obtener permiso para viajar a México. Bentham deseaba seguir los pasos de Humboldt en la Nueva España y realizar un viaje de estudios. En la misiva el filósofo imagina formas de lograr el apoyo del ministro español Jovellanos y juega con la idea de regalarle a su amor imposible una o dos plumas del penacho de Moctezuma.

Bentham


Bentham fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XIX. Sus ideas sobre la educación, el derecho y un sin fin de temas sociales, políticos y económicos moldearon debates e instituciones en ambas orillas del Atlántico. Bentham es el inventor del famoso panóptico, modelo de racionalidad. El filósofo había pasado temporadas productivas fuera de Inglaterra. Por ejemplo, en la carta al barón Holland menciona que escribió el panfleto Defensa de la usura (1787) mientras vivía con su hermano, Samuel, en Rusia entre 1786 y 1787.

El precoz interés de Bentham por la América española, aun antes de las independencias, emanaba de sus lecturas. Por ejemplo, en la Edinburgh Review había leído que en 1792, en la provincia peruana de Cajamarca, había ocho personas vivas, cuyas edades oscilaban entre los 114 y los 147 años. En una carta fechada en esos días, le escribió a John Mulford que en esa comarca un español había muerto en 1765, a la edad de “144 años, siete meses y cinco días y había dejado 800 personas que descendían de forma directa de él”.1 A Mulford le escribió: “Ante mí se encuentran mapas manuscritos de carreteras y diarios de viajes entre Veracruz y la capital, que nunca han sido publicados”.

Holland, un prominente político whig inglés (estudioso de la poesía del Siglo de Oro), desempeñó un papel de primera línea en la política del imperio español de las primeras dos décadas del siglo XIX. Tuvo un gran ascendiente intelectual en el mundo político e intelectual español. Fue muy influyente en los debates constitucionales que llevaron a la Constitución de Cádiz. Más de diez años después Bentham abogó por la independencia de las colonias españolas en una obra inédita: Libraos de Ultramaria.

El viaje a América nunca se realizaría. Sólo podemos especular qué efecto habría tenido la presencia de Bentham en el mundo político e intelectual novohispano en 1808-9, en plena crisis política en la Nueva España. Esta carta está recopilada en el volumen siete de sus obras completas, publicado por Oxford y editado por J.R. Dinwiddy. (José Antonio Aguilar Rivera)

Carta sobre un posible
viaje a México

Jeremy Bentham

Queen’s Square Place Westminster

Mi Lord,

Su Señoría no espera ser perturbado por una carta de quien esto escribe y menos sobre el tema que la anima. El suscrito se ufana de ser conocido en el círculo de su Señoría, como un callado, meticuloso e inofensivo recluso, en quien a pesar de que ningún hombre tenga un compañero, cualquiera encontrará un amigo y quien, a pesar de ser un inglés por nacimiento es por naturalización un ciudadano del mundo. La Defensa de la usura fue planeada y realizada en una casa campestre aislada en la vecindad de Krichev, un pueblo en las márgenes del río Soje, en la provincia de Mogilyov en la Rusia Blanca.

Un deseo se ha apoderado de él de defender otra cosa tan mala, o de hacer alguna otra tan caprichosa, en similar privacidad y con tan poco propósito, en alguna localidad aislada en la vecindad, si es factible, de la ciudad de México. Y ahora, mi Lord, su Señoría anticipa la sustancia de lo que me queda por escribir. El caso es que, en su conjunto, considerando el tiempo que he vivido, no tengo grandes motivos de queja en el apartado de la salud. Sufro de algunos ligeros padecimientos, contra los cuales la Providencia parece haberme indicado la meseta de ese país como un lugar de refugio. Durante más de la mitad del año me siento tan aguijoneado por el frío de nuestros inviernos ingleses que una gran parte del tiempo que habría sido empleado arrastrando la pluma es consumido en pensar en el frío y tratando, en vano, de alejar esa incómoda sensación sin causar algo peor. Pero ¿acaso no produce calor el fuego? Sí, pero como proviene de nuestros hogares ingleses, ni mis ojos ni otras partes del cuerpo pueden soportar tal calor. Hay un pleito perpetuo entre mis ojos y los pies por el calor; mientras que los pies nunca tienen suficiente, a los ojos siempre les sobra. Una nueva instancia de la vieja parábola de los miembros.2 Por diversas autoridades, tanto privadas como públicas, he llegado a considerar que México ofrece un clima en el cual todas esas diferencias desaparecerían. Tiene justo la temperatura que complace a cualquier cuerpo: si se desea más cálido se descienden unas cuantas yardas, si se quiere más fresco se sube. En la capital misma la temperatura nunca sobrepasa los 84 grados.3 Comparada con una condición sana [sic], la duración promedio de la vida humana es un tercio superior (no recuerdo exactamente el número) a la de Europa. Se dice que tal es el poder de dos circunstancias antagónicas que, sin embargo, se armonizan y regulan mutuamente: la altitud del sol sobre el horizonte y la altura de la tierra sobre el nivel del mar.

Explícito. Sección 1. Respecto al fin propuesto: íncipit sección 2. Respecto a los medios para lograr lo antedicho.

Cuando mi hermano regresó de Rusia me trajo, como obsequio del almirante Mordvinoff, una copia de una traducción al francés de famoso trabajo de Don G. M. Jovellanos (ci-devant Ministre de Grace et Justice, según la portada): L’Identité de l’Interêt general avec l’Interêt individuel, etc. año 1806, hecha e impresa en Petersburgo.4 El traductor según la dedicatoria: M. Rouvier. El patrono de la obra parece haber sido el conde Kotchubey, ministro del Interior, por cuyas órdenes se hizo la traducción; el mismo personaje que ordenó se hiciera una de las dos traducciones al ruso del libro de Dumont.5

Mordvinoff debe ser más o menos conocido para su Señoría como el predecesor inmediato del actual ministro Tchichagoff al mando de la Marina: después de renunciar a ese puesto Mordvinoff se convirtió en la cabeza de una especie de oposición, en la medida que el gobierno ruso lo permite, y en ese carácter fue electo Comandante de la Nobleza en Moscú, la cual se ofreció como voluntaria con motivo de la guerra con Bonaparte. […]

Mi Lord, los motivos de mi proyecto en relación a México le son para este momento ya discernibles. Tomando en consideración que hace uno o dos años (si hemos de creerle a Dumont) cerca de 750 copias de su libro lograron llegar a España y Portugal, se me ocurre que tal vez una copia de alguna de las dos traducciones publicadas en París de la Defensa de la usura6 pudiera haber llegado a las manos del señor Jovellanos. Posiblemente también una copia del libro de Dumont, el cual obtuvo la protección inmediata o mediata de Lady Holland, si es que lo que la Señora se dignó referirme a este respecto no fue mera coba. En la actualidad los días de lectura del ministro [Jovellanos] deben haber acabado tan completamente como los del Eremita, aunque espero que no debido a la misma causa […]

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Si el camino a la capital mexicana está abierto, o pudiera abrirse, para los ingleses en general, es algo que tal vez conocen los que saben, pero para mí es completamente desconocido. Y una recomendación para los poderes fácticos en aquella esquina del imperio sería un asunto no de necesidad, sino de fineza, y un tipo de fineza sin la cual, en este momento de mi vida, no estaría dispuesto a ir en la búsqueda de aventuras. Si intentase ir allí, sería una necesidad indispensable, además de una recomendación, una autorización o licencia. Antes de que Bonaparte se convirtiera a tal grado en amo de España al menos Humboldt (desconozco si algún otro francés) fue admitido en México con el propósito confeso de escribir lo que pudiese aprender y de publicar lo que escribiese. 7

¿Será ahora negado a un inglés el favor que entonces fue concedido a un francés? Cuando él fue [a México] lo hizo con el conocido, y me parece manifiesto, objetivo de escribir y publicar sobre el estado de ese país. Aun ahora si un hombre tuviera esa intención no veo qué gran daño haría. Incluso en estas circunstancias no esperaría que [el viaje] produjese preocupación en este o aquel lado del Atlántico.8 Sin embargo, el hecho es que mi ambición nunca ha apuntado en esa dirección y en consecuencia si se me impusiera alguna condición en ese respecto no me costaría nada aceptarla. En el año y tres cuartos que permanecí en Rusia no escribí nada de ese tenor. Lo que escribí fue la Defensa de la Usura, la parte principal del Panóptico, otras partes del libro de Dumont y no sé que otras visiones, del tipo de las que a nadie le importa un comino. De la misma manera seguiré escribiendo mientras tenga mano para hacerlo (mis ojos no sirven para leer) dondequiera que se encuentre mi ermita, ya sea en Queen’s Square Place o en México.

A partir de aquí, mi querido Lord, además de asegurar el patronazgo de vuestra Señoría, en la forma de una escalera para ascender y obtener la gracia y el favor de su alteza el Señor Jovellanos, permítame recurrir a la fiabilidad de vuestra merced como testigo, rogándole que firme a mi favor una especie de certificado, que pudiera ser llamado un certificado de inocuidad. Nadie que sepa algo sobre mí puede desconocer en qué grado he sido siempre incompetente en todo sentido para aquello que en francés se llama intrigue, o en inglés política. Estoy cierto que el finado Lord Lansdown habría en última instancia firmado un certificado para tales efectos y en los más amplios términos. Las señoritas Fox y Vernon, quienes no pudieron evitar escuchar lo que Lord Lansdown tan a menudo decía, no se rehusarán a dar fe y así ser la mejor evidencia que es posible obtener, ahora que nuestro noble amigo ha dejado de existir […].9

Me he detenido de manera larga y enfática en el certificado deseado —el Certificado de Insignificancia— en el supuesto de que es la mejor recomendación que, en una visita a México, un hombre puede llevar en el bolsillo. Y si la declaración por su forma no es de las que tienen más peso, en el fondo vuestra Señoría sabe que no es por ello menos cierta.

No puedo sino confesar que el saqueo es uno de mis objetivos, pero en mi caso la materia del saqueo no será, como lo fue en el caso de Dupont y Junot, crucifijos y candelabros, sino otras cosas más bonitas, de las que son atesoradas en St. Anne Hill y apreciadas en Little Holland House.10

Me siento tan intimidado por Lady Holland, y me encuentro tan agitado por el temor de haber caído de su favor con respecto a la Dhalia, que soy del todo incapaz de determinar con qué tipo de nuzzer [obsequio] debería aproximármele.11 ¿Una pluma o dos del penacho de Moctezuma, si queda algo de él…? En corto, heme aquí, un hombre afligido que no sabe qué decir. Al Señor Jovellanos considero que le ofrecería un soborno apropiado y suficiente si le prometo perseverar en mi apoyo al principio de Laissez nous faire [Dejadnos hacer] en tanto tenga pluma para escribir. Y si aller [ir] se incluye con faire [hacer] y aller a la Mexique [ir a México] en aller (que debiera ser el caso a menos que mis nociones de lógica sean del todo incorrectas) hablando con propiedad entonces no veo cómo pudiera rehusarse a conceder mi petición sin caer en inconsistencia. Sin embargo, en lo que concierne a su Señoría, admito francamente y con cierta presunción que me siento bastante tranquilo. Todo aquello que alguna vez haya salido de las imprentas en la forma de poesía, ya sea en el viejo o el nuevo México, desde la muerte de Guatamozin [Cuauhtémoc] hasta el presente será fielmente coleccionado y enviado a Holland House, para que ahí sea transmutado [sic] del español mexicano al elegante inglés. Pero, ¿Señor? Oh, sí, mi Lord, conozco la diferencia. La prosa es donde todas las líneas, salvo la última, van al margen: la poesía es donde algunas de ellas no lo alcanzan.

Puesto que tengo el hábito de enviar mis pensamientos a la región de las contingencias futuras, ya preveo la necesidad eventual de ayuda en la forma de información por parte de Mr. Allen, cuyo conocimiento sobre el estado de cosas en España y Perú no podría ser tan completo e íntimo como parece ser sin que hubiese aprehendido algunos particulares sobre México, que me podrían concernir; como los medios y la forma de llegar y vivir allí. Pero cualquier cosa de este tipo es como hablar de pollos antes de que éstos hayan roto el cascarón.

Aquí también no me encuentro del todo libre de bochorno, entre el temor de no obtener su ayuda y el temor de ofender su sensibilidad. Si me llegara a encontrar un buen retrato del dios Vitzlipultzi [Huichilopoztli], digo uno que estuviera del todo seguro que hubiese sido pintado a partir del original, y que al mismo tiempo le fuese notablemente fiel, por ventura se lo enviaría a Holland House con mis cumplidos. Para una mente escrupulosa, esa prueba resultaría más satisfactoria que cualquier explicación de una “flor imperial” o cualquier argumento sobre una “corrida”.

Si el Señor Jovellanos tiene algo en común con otros estadistas o con otros autores no le desagradará poseer una traducción de su trabajo, especialmente una traducción hecha y publicada en un lugar tan remoto como San Petersburgo. Ya que, a juzgar por la fecha del pie de imprenta, el libro ha circulado por dos años durante los cuales, creo, ha habido en Madrid un embajador ruso, por lo que sería muy extraño que una copia de la traducción no hubiera llegado de alguna forma a las manos del autor [Jovellanos]. Si no fuese así, a pesar de lo mucho que aprecio mi ejemplar, y puesto que mi hermano posee otro, tomaría medidas para enviarlo a España, a la consignación de su Señoría. Ya había incluso planeado una visita a Holland House llevando el libro en mi bolsillo cuando, ¡oh sorpresa!, me detuvo un artículo en el Times del 19 de octubre de 1808 que hablaba del noble señor que con todo su menaje se encontraba ya camino a Falmouth. Mas, si contra lo que uno pudiera esperar, ocurriese que el campeón de la libertad en la agricultura [Jovellanos] no posea una copia, como suponemos, la mía deberá serle entregada en la primera oportunidad y esto bajo los principios del desinterés más heroico y ello a pesar de que el Ministro hubiera prestado oídos sordos a mi petición, como seguramente se ve obligado a hacer con tantos otros. Excepto por lo anterior, no vislumbro cómo podría serle de utilidad, de modo alguno, en México, o en cualquier otro lugar, al señor Jovellanos, o a cualquier otra persona. Mas, si él fuese de otra opinión, estaría a sus órdenes para cualquier servicio que pudiese prestarle.

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Se me ocurre una posibilidad, una potencial observación por parte del Señor Jovellanos: “una recomendación de su Señoría surte todo el efecto que puede tener una recomendación pero para mí es mucho firmar un papel, y más aún pedirle a otros que lo firmen, a favor de un caballero al que ninguno de nosotros conoce. Si se tomara la molestia de venir hasta aquí para que le veamos y le hagamos una o dos preguntas, entonces habría oportunidad para negar o conceder su petición”. España no es el mejor país para viajar en este momento; menos en invierno, durante una guerra, ¡y qué guerra! Tampoco posee el clima que busco. A pesar de ello, si ésta fuese la condición sine qua non, y aun a pesar de que al final sólo hubiese un resquicio de esperanza, no me amilanaría.

Si no hay acceso a ningún puerto mexicano sino directamente desde España, entonces la visita [a España] sería una cuestión de necesidad física. Sin embargo, no creo que sea el caso, puesto que en las circunstancias presentes no sería el deseo de España, ni tampoco estaría en su poder, cerrar todos los puertos mexicanos a los barcos ingleses. Pero desembarcar en un puerto es una cosa, que se le permita a uno viajar 190 millas tierra adentro es otra. Y en un puerto situado en la zona tórrida no esperaría permanecer vivo por muchos días. Veracruz en particular tiene la reputación de ser uno de los puertos más mortíferos.

Para equiparme para la empresa hay ciertos favores que en mi consideración son indispensables, mientras que otros son deseables.

Indispensables.
Una carta al Virrey de México de alguna autoridad competente en España, recomendándome su protección, con una pensión para subsistir en la capital o en su alrededores en tanto mantuviera un buen comportamiento.

Una carta del Virrey de México al gobernador de Veracruz con el propósito de conminarlo a dejarme continuar de inmediato mi camino hacia la capital sin que se me obligase a permanecer en Veracruz una noche. O en el peor de los casos, no más de una noche.

Deseables.
Exención del registro de equipaje. Llevaré conmigo una pequeña biblioteca y a pesar de estar perfectamente determinado a no pronunciar una sola sílaba que pudiera atacar o manchar la pureza de la religión católica, demasiados de mis libros estarían en peligro de no pasar un escrutinio severo: leyes inglesas en general (la Compilación de Comyn, el Abridgement de Bacon) y una Enciclopedia, por ejemplo. ¿Alguna de estas publicaciones soportaría las pesquisas del inquisitorial ojo católico?12 Pero una cosa esencial es que, en caso de que haya revisión, ésta sea hecha en México y no en Veracruz, donde moriría en el transcurso del procedimiento.

Información. Para la cual recurro a dos de los atributos de Mr. Allen: su urbanidad y su omnisciencia sobre:

¿Paquebotes u otro medio regular de transporte a Veracruz desde España? ¿Existen? Y de ser así, desde qué puertos y con qué horarios.

¿Transporte ocasional de Veracruz a España?

¿Index expurgatorius?13 ¿Hay alguno en el cual se pueda consultar cuáles libros no pueden ser legalmente importados a México? Libros malvados, tales como Rousseau, Helvecio, Voltaire, Hollis, etc. Todos los pecadillos de juventud de ese tipo, si es que alguna vez los tuve, los dejaré de este lado del Atlántico.

Mapa de México, si contiene caminos, mucho mejor.

Libro, o libros, donde se muestren los costos de viajar y vivir ahí; por ejemplo en los que se ofrezcan indicaciones sobre los artículos que se manufacturan, los artículos que se importan y exportan a y desde México, con sus respectivos precios, junto con los precios de otras necesidades y comodidades ordinarias: renta de casa, salarios de los sirvientes, impuestos, si existen, etc.

Supongo que conseguir este tipo de cosas es algo imposible, aun para una persona en Madrid, un lugar al cual tal vez su Señoría no regrese. Sin embargo, si alguna cosa de este tipo estuviese al alcance y si el Sr. Allen tuviese la gentileza de enviármelas junto con una relación de su costo, será reembolsado al Sr. Buonaiutti o a cualquier otra persona que quiera designar, religiosamente y con agradecimiento. Las ideas del Sr. Horner respecto a los tesoros estadísticos acumulados por el Sr Allen, incluyendo (me supongo) muchos relativos a México, pero que se supone no son ya accesibles, hacen que se me haga agua la boca.

Pero la humilde petición es que no se demore la transmisión de cualquier información que pudiera haberse obtenido sobre las cosas indispensables mencionadas arriba por esperar información respecto a cualquiera de los otros rubros. Para no acrecentar, más allá de lo necesario, la carga que pretendo imponer, he pedido prestada una mano que escribe de manera menos ilegible que la mía y he reservado la mía propia para autenticación y para la seguridades del respetuoso apego con cual tengo el honor de ser, mi Lord, el más obediente servidor de su Señoría.

Jeremy Bentham

P.D. Si fuera a ir a México, me llevaría conmigo al Sr. John Herbert Koe, de Lincoln Inn (conocido de la Señorita Fox y todos los que me conocen) y tal vez, si se me permitiese, uno o dos sirvientes. En el permiso, si se me concediese, tal vez sería necesario mencionar esto. Desde que escribí lo anterior he sabido de buena fuente que hace ya tiempo que los barcos salen directamente desde este puerto hacia Veracruz. Incluso me han ofrecido mostrarme las facturas.

José Antonio Aguilar Rivera.
Investigador del CIDE. Autor de Cartas Mexicanas de Alexis de Tocqueville (Cal y Arena, 1999). El autor agradece la ayuda de Francisco Eissa en la traducción de esta carta.

1 Jeremy Bentham, “To John Mulford”, 8-10 noviembre de 1808, en Jeremy Bentham, The Correspondence of Jeremy Bentham. Vol. 7, January 1802 to December 1808, editado por J.R. Dinwiddy, Clarendon Press, Oxford, 1988.
2 Bentham hace alusión a la famosa fábula de Esopo, “El vientre y los miembros”, en la cual distintas partes del cuerpo pelean por la comida.
3 28 grados centígrados.
4 Bentham se refiere al español Gaspar Melchor de Jovellanos. La obra citada (L’Identité de l’Interêt general avec l’Interêt individuel; ou la libre action de l’interêt individuel est la vrai source des richesses des nations. Principe exposé le rapport sur un projet de loi agraire, adressé au Conseil Suprême de Castille… St. Petersburgo, 1806) es un fragmento del informe sobre la ley agraria de 1795 que Jovellanos presentó a la corona española. La nota es de Dinwiddy.
5 El editor ginebrino Pierre Étienne Louis Dumont (1759-1829), admirador y seguidor del filósofo, tradujo varios libros de Bentham al francés. En 1808 Dumont ya había traducido el Traité de legislation civile et pénale (1802) y posiblemente Bentham se refiera a ese libro.
6 Jeremy Bentham, Defence of Usury, 1787.
7 Como se sabe, el barón Alexander von Humboldt, notable geógrafo y naturalista, hizo un célebre viaje a México en 1803 y 1804. En 1811 publicó un libro en el que daba cuenta de sus hallazgos: Ensayo político del virreinato de la Nueva España. La obra describió la riqueza del virreinato y lo puso en la imaginación de los europeos de la época. El libro aún no aparecía cuando Bentham escribía estas líneas.
8 España estaba en 1808 invadida por las tropas francesas de Napoleón.
9 Se refiere a Caroline Fox, hermana de Lord Holland, a quien Bentham tres años antes había propuesto matrimonio.
10 Explica Dinwiddy que Dupont y Junot fueron dos generales franceses que participaron en la ocupación y saqueo de la península ibérica en la invasión napoleónica de 1807-8. St. Anne Hill era la residencia de la viuda de Charles Fox. Ahí se atesoraban las semillas de plantas exóticas. Little Holland House era la casa de Caroline Fox y Elizabeth Vernon.
11 En la India era un regalo que un subordinado le hacía a un superior. En 1805 Bentham le había hecho un pequeño desaire a Caroline Fox a propósito de un espécimen de Dhalia, una exótica planta del Perú importada por Lord Holland. El cincuentón Bentham había prometido, en el transcurso de una cena en Holland House, salir con Caroline (una mujer de 40 años “cuyos largos dientes la salvaban de ser una belleza”) al jardín a contemplar la flor, pero turbado por la situación se marchó antes de hacerlo. Ese mismo año Bentham le propuso matrimonio a Caroline, quien amablemente declinó por escrito. El desaire fue mayúsculo. Jamás se volvieron a ver. Sin embargo, cuando Bentham estaba cerca de cumplir 80 años le escribió una carta en la cual le decía que no había dejado de pensar en ella un solo día.
12 Sir John Comyns, A Digest of the Laws of England, 5 vols. (1762-7); Matthew Bacon, A New Abridgement of the Law, 5 vols. (1736-66).
13 La lista de libros prohibidos por la Inquisición.