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ácida

Juan Villoro,
Arrecife,
Anagrama,
Barcelona, 158 pp.

Leí Arrecife de Juan Villoro en formato electrónico. Es la primera novela que leo de este modo aún incipiente en el mundo de habla hispana. Acaso el dato se antoje menor cuando la intención es ofrecer las razones por las que considero que esta novela de Villoro —la quinta en su cuenta— es el libro que mayor placer literario me proporcionó y, por tanto, no dudo en colocarlo como el mejor publicado en 2012.

Tal vez —decía— la mención de haberlo leído en formato electrónico parece accesoria pero, para mi propia experiencia como lector, no lo fue: donde hay buena literatura, no importa el formato que se utilice. Y Arrecife es una novela angelada y bien conseguida que transita por un entramado de temas y subhistorias que le otorgan una dimensión rica y memorable a la trama principal. La gran sorpresa de esta articulación es que, al final, uno es el que debe escoger cuál es la trama principal.

Porque Arrecife es una novela policiaca en la que se descifran dos asesinatos vinculados. Pero también es la novela que completa una parte de la historia del rock mexicano marginal al indagar a dónde fueron a parar los sueños y las creencias de los rockeros que vivieron —según su romántico y delirante modo de pensar— la contracultura nacional en las últimas décadas del siglo XX. Al mismo tiempo es una puesta en perspectiva de la tendencia a modificar hasta el “extremo” todo lo que hoy en día no despierta pasión alguna o alimento espiritual presentado en sus formas naturales o tradicionales. Cuando las cosas del mundo ya no saben a nada, hay que inventar —por ejemplo— el turismo extremo, y aun una secta practicante del deporte extremo para morir “heroicamente”.

La novela transcurre en un complejo turístico estrambótico llamado la Pirámide, sito en una Kukulkán que sirve para asentar el tono apocalíptico en el que toman parte las creencias acerca de las profecías mayas. Y si Villoro narró en una notable crónica de viaje la historia de su familia, en la que las palmeras recibían gozosamente la brisa rápida, esta imagen queda pervertida por la artificialidad de la vegetación que rodea a la Pirámide, y que sólo sirve para camuflar las cercas electrificadas en este coto de lujo delirante y experiencias virtuales (que guarda cierto parentesco con la isla de del doctor Moreau y —por ende— con la de Morel: por la naturaleza extrema en los animales-humanos creados por el perverso científico en el primer caso; y por el artificio deshumanizante en el segundo). El resultado es un ámbito angustiante y desolado, falsamente confortable y excitante, rodeado de manchas de población en pobreza extrema.

En este paraíso apocalíptico, la guerrilla, sus asaltos y sus secuestros están incorporados al concepto turístico del complejo, mientras que los ríos subterráneos de la península son surcados por buzos narcotraficantes. Y mientras los grandes hoteles a la orilla de la playa van siendo abandonados y habitados por iguanas que se alimentan de las sábanas, las compañías aseguradoras multinacionales se enriquecen obscenamente utilizando esas ruinas de la modernidad como magníficos lavaderos de dinero. Al denunciar el aprovechamiento de los nuevos vicios que está generando la acaudalada decadencia de los ricos, Arrecife se emparenta también con la puesta en perspectiva del turismo sexual entablada por Houellebecq en Plataforma.

Como obra policiaca, Arrecife consigue mantener la atención del lector sostenidamente, pues donde hay cadáver hallado en situaciones misteriosas, hay materia y, como en las clásicas novelas de sitio cerrado, el aislamiento acotado del espacio de la Pirámide hace que los pocos personajes que ahí laboran en altos puestos sean los sospechosos. Hay un inspector inolvidable que los domingos es pastor protestante; hay coartadas límpidas y bien estructuradas, hay cuestionamientos morales bien atendidos por el sentido del humor y, sobre todo, hay una evolución del protagonista, cuya vida presente y pasada nos es revelada —y la futura queda muy bien planteada—. Esta última es la novela con la que yo me quedo, misma que transcurre articulada con la indagación policiaca y la puesta en perspectiva del turismo extremo (inventado por una suerte de mesías también extremo, amigo de la infancia del protagonista).

En esta subtrama —la del pasado del protagonista, cojo y sin una falange, y su participación en la contracultura rockera de fin de siglo— encuentro al Villoro de sus primeros cuentos: el niño que oía a Yes mientras se bañaba en tina; al adolescente que tradujo las letras de sus canciones favoritas en El rock en silencio; y al que asimiló aplicadamente la lectura de la narrativa de José Emilio Pacheco y de sus hermanos mayores, como José Agustín, que escribía novelas con soundtrack. Los pasajes de la amistad de los niños Tony y Müller que es relatada en esta subtrama se antojan excepcionales en la narrativa mexicana, donde escasean los niños. Y luego, el Tony juvenil que toca el bajo y admira a Jaco Pastorius, y la banda de nombre atinadísimo: los Extraditables, que fue telonera de Velvet Underground.

Me alegra haber leído Arrecife en versión digital en la compu: así tuve acceso inmediato al soundtrack que completa la visión del mundo planteada en esta novela extraordinaria.

Noé Cárdenas. Escritor, editor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.