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Black

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) en el año 2006, por acuerdo con una editorial inventa una nueva voz en su escritura, adopta el seudónimo de Benjamin Black. Desde entonces ha escrito seis novelas que le han dado un lugar central en la narrativa de suspenso contemporánea. Su detective, Quirke, camina a la par de Kurt Wallander de Henning Mankell y Lisbeth Salander de Stieg Larsson.

Banville se ha consagrado en Irlanda lo cual no resulta del todo fácil. Es inevitable pensar en escritores como Oscar Wilde, James Joyce o Samuel Beckett, a los que podemos sumar otra larga lista de… ¿genios? Wilde con su despliegue de inteligencia en el género que se le antoje, Joyce con novelas que exploran la conciencia y el lenguaje o Beckett con una lúcida y lúgubre visión del ser humano.

Banville se ha construido en esta tradición como un digno heredero. Escribiendo novelas sobre grandes genios de la historia: Kepler, Copérnico y Newton. Su escritura es emblemática, en la novela europea, de esa extraña búsqueda que es hacer Gran Literatura. Entre sus obras más importantes están El libro de las pruebas, finalista del Premio Booker que obtuvo después con El mar. Su obra es considerada entre las más influyentes de la literatura europea. A tal grado que Martin Amis ha dicho: “John Banville es un maestro y su prosa, un deleite incesante”. Su última novela, Antigua luz, es una deslumbrante apología del erotismo. Tan profundo es su amor a la escritura, a la literatura, que recientemente declaró: “Lo siento, la escritura es mucho más interesante que la vida”.

Con todo, da de alguna forma la espalda a todo este prestigio y trabajo de más de 30 años al escribir como Benjamin Black. Es acertado el término inglés pen name puesto que se adquiere otra pluma, otra mano, otro cuerpo. Da la espalda a su escritura anterior porque se trata de escritores antípodas. Al respecto, advierte un reseñista del Newsday: “Hará a no pocos lectores cerrar el libro para ver la foto del autor y estar seguros que es Banville realmente quien mueve las cuerdas”.

Estamos ante algo más complejo que un simple seudónimo. Porque cambiarse el nombre es algo que hacen todos los artistas. Son pocos los que no lo han hecho. Omitir un apellido, ponerse el de los abuelos o algún héroe personal. La primera creación de un autor es, no cabe duda, la de su nombre.

Hay algunos que han llegado más lejos y han descubierto que no son sólo un autor sino que habitan diversas voces dentro de ellos. Exigen algo más que un nombre falso, sino un nombre que defina a otro individuo. Desde luego que el ejemplo paradigmático es Fernando Pessoa, tan complejo que más vale ahora no tocarlo. Pensemos en cambio en Barbara Vine que adquiere la voz policiaca de Ruth Rendell; Julian Barnes que es Dan Kavagnagh o en otros dos, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges que firmaron novelas policiacas como Honorario Bustos Domecq.

Los autores han tomado otro nombre para escribir novelas policiacas. Esto lo hicieron en parte por razones económicas —pues la novela policiaca dio para comer a los escritores durante el siglo XX; también porque este género implica una voz específica: una estructura novelística cerrada en la que lo más importante es resolver el caso. Un álter ego necrófilo, llano y directo. Dice el autor: “Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras al día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso”.

Pero el género policiaco va más allá de una simple estructura concisa. Pasó de las novelas de enigma donde asesinar es un acto de locura o excentricidad, a la novela negra, donde a partir de un crimen se retrata una sociedad. Hay algo que no funciona y se concentra en crímenes que lo demuestran. Lo importante ya no es resolver el crimen, sino descubrir una sociedad, una naturaleza.

Me gusta pensar que la novela negra comienza con una escena de El halcón maltés de Dashiell Hammett: un hombre camina por las calles de Nueva York, una viga se desprende del décimo piso de un edificio en construcción y le pasa rozando la cabeza. Un segundo, un centímetro más y habría muerto. Según dice Hammett: “Se sintió como si le hubiesen quitado la tapadera que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo”. Encuentra la realidad desencarnada. Sin venas que la recorran, el mundo desnudo, sin ninguna lógica. Descubre el esqueleto de la vida.

Cuando pensábamos que después de Hammett o Chandler ya todo estaba dicho en la novela negra, Black se hace tranquilamente de un lugar.

Benjamin Black debuta con El secreto de Christine (2006) a la que siguieron El otro nombre de Laura (2008), El lémur (2008), En busca de April (2010) y Muerte en verano (2011). Todas protagonizadas por el patólogo Quirke: huérfano, viudo, con problemas de alcoholismo y enamorado de la hermana de su esposa muerta. Un hombre, a fin de cuentas, normal.

El secreto de Christine se abre paso a través del Dublín de los años cincuenta entre los pecados ocultos de un convento católico y una familia. Quirke, tras una borrachera en el hospital, descubre a su cuñado hurgando en los papeles del cadáver de una joven que murió post partum. Se involucra en el caso diciéndose a sí mismo que lo hace por curiosidad pero el tema en realidad toca profundamente sus entrañas.

Conforme avanza la historia se siente que hay algo putrefacto en el ambiente. Algo que a Quirke y al lector les hacen sentir una claustrofobia moral.

El detective siempre está involucrado emocionalmente en los crímenes. Resolverlos o al menos buscar la verdad, es más que un trabajo o un deber moral. Lo hace, aunque él no lo sepa, para descubrir lo que está dentro de él.

El otro nombre de Laura comienza con un extraño suicidio de una joven mujer. Estamos ante un Dublín irascible, depravado por conservador. Un extraño gigoló heroinómano está involucrado en la muerte de la joven. Junto a una red de drogas y sexo ilícito. Y, este hombre, anda nada menos que rondando a Phoebe, la hija de Quirke.

Publica luego El lémur, novela ubicada en el presente que explora los escabrosos orígenes de una fortuna formada en el Dublín de los cincuenta. Aquí Black hace de la novela policiaca un estudio de la estirpe irlandesa en Estados Unidos.

En busca de April trata sobre una extraña desaparición de una mujer. En este caso la detective es la hija de Quirke, Phoebe, pues la mujer que desaparece es nada menos que una de sus mejores amigas. Es una novela sobre los entresijos, las incógnitas de la amistad.

Las novelas se convierten, en sentido propio, en una droga. El lector por mediación del narrador, puede crear verdaderas fisuras en la intimidad o en las conciencias de otros individuos, los personajes. Porque lo que hay a fin de cuentas en cualquier novelista es una búsqueda de un conocimiento del ser humano. O, en específico, de sus personajes que son reflejos del mundo.

Conforme se leen estas novelas vamos descubriendo con cada escena a seres complejos, personajes que sufren extrañeza al descubrirse en este mundo con un puñado de confusos sentimientos.

Con Muerte en verano, los lectores de Black tienen la sensación de estar en un lugar conocido, con personas a las que se conoce bien. Esta novela toca puntos dolorosos para Irlanda como las diferencias de clase y el antisemitismo, del cual había dicho el célebre personaje de James Joyce, Buck Mulligan, que nunca hubo antisemitismo en Irlanda simplemente porque nunca habían dejado entrar a los judíos.

El lector se encuentra ya tan inmerso en el mundo de Quirke, que es capaz de hacer fisuras, cortes en los personajes y en sus criterios. Esto se debe a un cuidadoso desdoblamiento: John Banville, el de la pluma virtuosa; Benjamin Black, necrófilo y oblicuo; y Quirke, quien se asoma a los cadáveres.

Estos álter ego muestran una analogía que dice mucho. El detective es un patólogo que explora las entrañas de los muertos, ve lo que hay bajo la carne: el páncreas, los pulmones, el hígado, la grasa y el corazón. De igual forma estas novelas auscultan las vísceras de una sociedad, de una ciudad. Se internan en la naturaleza humana.

Banville declara que fue a partir de las lecturas de George Simenon que decidió incursionar en el género policiaco. Descubrió la existencia del mal en el ser humano. La certeza de una parte desgraciadamente intrínseca en nosotros. El mal, la destrucción, el morbo, la amargura, la perversidad, la traición, la hipocresía. Que todo esto causa suicidios, violaciones, asesinatos.

Estamos ahora a la espera de la última novela, Venganza. Seguro es otra historia dura, para paladares de gustos densos, mórbidos, oscuros. Paladares irlandeses como la cerveza Guinness.

Adán Ramírez Serret. Crítico literario. Ha colaborado en las revistas El Mono Gráfico, Tramoya: cuaderno de teatro y en el Periódico de Poesía de la UNAM. Actualmente está a cargo de la sección de “Libros” en el noticiero Atando Cabos con Denise Maerker.