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Shakespeare

Roger Chartier,
Cardenio entre Cervantes y Shakespeare. Historia de una obra perdida,
Madrid,
Gedisa, 2012, 288 pp.

La extensa obra del historiador francés Roger Chartier (la cual supera la veintena de libros) ha contribuido a que nuevas generaciones de historiadores y lectores puedan superar la frontera artificial entre el estudio contextual de las obras literarias y el análisis formal de su contenido. En sus trabajos sobre la historia cultural y del libro en la Europa moderna, Chartier defiende que contenido y contexto son inseparables, como espejos borgesianos que se reflejan mutuamente.

En Cardenio entre Cervantes y Shakespeare, el catedrático del Colegio de Francia nos propone otro juego de espejos borgesiano entre la ficción y la historia; en concreto, entre un texto imaginado que existe y un texto real que ya no existe. Con una intriga casi novelesca, en el libro se entremezclan el misterio de cuatro siglos que rodea a un manuscrito perdido y la erudición de un historiador que busca desentrañar el misterio y aclarar su conexión con Cervantes y Shakespeare. Para lograrlo, Chartier sigue la pista de la historia de Cardenio, incluida en la primera parte de El Quijote (1605).

La historia cuenta la desdicha de Cardenio, quien presenció impotente el casamiento de su amada Luscinda con don Fernando, un noble desalmado que poco antes había abandonado a la humilde Dorotea tras desflorarla con argucias. Después del matrimonio de Luscinda, el desdichado Cardenio huyó a la Sierra Morena, y allí erraba hasta su encuentro con don Quijote, cuya intervención permitió desfacer el entuerto. La historia tiene un final feliz, pero su dramatismo no pasó desapercibido para los contemporáneos de Cervantes.

En cerca de 300 páginas, Chartier estudia la difusión de la historia de Cardenio en España, Francia e Inglaterra, rastreando tanto las adaptaciones de un texto que aún existe, la historia inserta en El Quijote, como las reconstrucciones de otro texto que ya no existe: una adaptación teatral en inglés titulada Cardenno, que fue representada dos veces en la corte de Jacobo I en 1613. La autoría de esa adaptación se desconocía hasta 1653, cuando resultó atribuida a Shakespeare. Una atribución polémica desde entonces, y que críticos, investigadores, escritores y aficionados han tratado de confirmar o refutar. De ahí que para muchos de ellos localizar el manuscrito de Cardenno se haya convertido en una especie de búsqueda del Santo Grial.

Chartier no ha descubierto el paradero del manuscrito, aunque ha realizado un hallazgo igual de fascinante. La historia de Cardenio es un ejemplo excelente de la inestabilidad y las transformaciones constantes de los textos en la Europa moderna; una idea que vertebra la obra de Chartier y que representa una de sus aportaciones más novedosas a la historia cultural. La primera parte de El Quijote, incluyendo la historia de Cardenio, fue traducida al inglés en 1606. Si bien no se imprimió hasta 1612, habiendo circulado mientras tanto como copia manuscrita. Este y otros ejemplos confirman que la cultura del manuscrito no fue reemplazada de inmediato por la cultura tipográfica, sino que el libro manuscrito y el impreso convivieron durante décadas, como hoy ya conviven el libro impreso y el electrónico. La inestabilidad y las transformaciones también afectaron sobremanera a la supervivencia de los textos. Alrededor del sesenta por ciento de las obras de teatro inglesas representadas entre 1576 y 1642 no han dejado ningún trazo escrito. Además, la mayoría de las obras supervivientes fueron redactadas por varios autores. Así debió ocurrir con Cardenno, escrita por Fletcher y acaso Shakespeare.

Tan extendida estaba la práctica de la autoría colectiva que nuestra actual fascinación por el “Autor” hubiese resultado incomprensible para los hombres y las mujeres de los tiempos de Shakespeare y Cervantes. Según Chartier, esta diferencia cultural obedece a un cambio discursivo ocurrido en los siglos XVII y XVIII, cuando fraguó el concepto moderno de autor. Como resultado, desde entonces toda obra literaria que se precie debe ser el producto de un único autor. Esta individualización del autor ha afectado al propio Shakespeare, quien escribió entre dos eras. La era de obras anónimas como El lazarillo de Tormes y la era poblada de autores famosos como Voltaire. Para los lectores modernos, Pericles o Los dos nobles caballeros no son obras canónicas dado que Shakespeare no fue su único o, en su defecto, principal autor. Sin embargo, en Inglaterra a comienzos del siglo XVII, a los espectadores les importaba poco si la pieza teatral era obra de uno o varios autores. En 1613 los King’s Men, la compañía teatral en la que participó Shakespeare, representaron Cardenno en la corte real, aunque hubo que esperar hasta 1653 para que el librero Humphrey Moseley la atribuyese a “M. Fletcher. & Shakespeare”. Ese extraño punto y seguido después de Fletcher ha acrecentado las dudas: ¿se trata de un error tipográfico o de un añadido posterior?

Lewis Theobald pertenecía a la era fascinada por el “Autor”. No en vano dedicó su carrera a editar las obras de Shakespeare. Cardenno era una obra suya. Theobald no tenía ninguna duda, es más, dijo haber descubierto el manuscrito perdido. Tras adaptar su contenido a las convenciones y costumbres de 1727, Theobald llevó la obra a escena con el título de Double Falsehood. Ya entonces se dudó de su autenticidad; cuestionada en especial por Alexander Pope, otro editor de Shakespeare. La investigación más reciente, aplicando métodos sofisticados para encontrar las huellas del “Autor”, absuelve a Theobald de la acusación de fraude. La investigación no aclara si el texto de base que usó era el manuscrito perdido de 1613 o una copia posterior y tal vez modificada, pero sí aclara que el texto de base debe más a Fletcher que a Shakespeare.

La polémica sobre el autor verdadero y el contenido exacto de Cardenno no ha cesado. Al contrario, se ha recrudecido en las últimas tres décadas. El descubrimiento del manuscrito perdido figura en varias novelas recientes, y a la vez se ha producido una avalancha de representaciones teatrales a escala global. Un claro ejemplo es Cardenio: una adaptación libre escrita por el dramaturgo Charles Mee y Stephen Greenblatt, editor y biógrafo de Shakespeare. Para no ser menos, la Royal Shakespeare Company canonizó la obra perdida mediante el estreno en 2011 de su propia versión de Cardenio. Y la cuestionada Double Falsehood se incluyó en la colección Arden —la edición crítica de referencia de las obras de Shakespeare. Los editores justificaron su inclusión alegando que el texto presenta similitudes lingüísticas y estructurales con las obras canónicas de Shakespeare.

Umberto Eco dice que mientras escribía El nombre de la rosa acabó por descubrir el secreto escondido en las páginas del segundo libro de la Poética de Aristóteles. Como el Cardenno de 1613, esa obra aristotélica es un texto perdido que fue imaginado por un escritor siglos después. Más que imaginar el contenido perdido de Cardenno, Roger Chartier consigue revivir el código de la cultura europea entre finales del siglo XVI y comienzos del XVIII. Y lo hace escribiendo la historia de un manuscrito perdido condenado desde hace cuatro siglos a buscar un autor. Semejante historia no la habría imaginado ni Borges en el más laberíntico de sus sueños.

Álvaro Santana Acuña. Historiador y doctorando en sociología por la Universidad de Harvard. Actualmente es miembro del Minda de Gunzburg Center for European Studies y el Mahindra Humanities Center.